Descentralización: Sí o Sí

 

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Alfonso Klauer

Lima: “inversión cero”

He aquí uno de los aspectos más peliagudos de la cuestión. Quizá tanto como el precedente.

En efecto, si las propuestas anteriores eventualmente pueden suscitar la simpatía de nuestros compatriotas de las provincias del Perú, ésta y otras habrán de suscitar las iras del poder residente en Lima, aunque no necesariamente las de todos los habitantes de la capital, menos aún, los de la inmensa mayoría que precisamente ha migrado a Lima dejando a sus padres y abuelos en su tierra natal.

Lo cierto y concluyente es, sin embargo, que el Perú no puede seguir concentrando el grueso de sus más importantes inversiones –tanto en las regiones como en la propia capital– para satisfacer prioritariamente las exigencias de Lima, sea en energía eléctrica, petróleo o gas, abastecimiento de agua dulce, insumos o alimentos; o para resolver sus problemas de comunicación –autopistas, trenes eléctricos, etc.– No, como bien afirma Barrenechea Lercari, “el centralismo no beneficia a Lima”. La está ahogando, la está saturando, y, en definitiva, la está poniendo en un nefasto nivel de vulnerabilidad. Y, desocupándose cada vez más el territorio nacional, lo está también colocando en un peligroso nivel de vulnerabilidad. Así, es obligación de todos los peruanos frenar a toda costa el centralismo asfixiante e hipertrófico de Lima

Y la forma más eficiente no es otra que revertir la tendencia actual, es decir, pasar a realizar la mayor parte de las inversiones del país fuera de la capital actual. Eso y no otra cosa es lo que queremos decir con el título de esta propuesta.

Mas ésta significa, sí, detener antes de que se inicien los grandes proyectos de inversión que ya han sido anunciados para Lima: el trasvase del Mantaro –a un costo de más de mil millones de dólares–; la supercarretera costera de 30 kilómetros y 2,5 millones de dólares por kilómetro que anunció la Corporación de Desarrollo de Lima y Callao en junio del 98 , o el anillo vial de 54 kms. con 25 kms. de vía aérea que con un costo promedio de 9 millones de dólares/km. anunció en agosto de 1996 el Ministerio de Transportes y Comunicaciones.

Esos mismos 1,530 millones de dólares, invertidos en el desarrollo urbano de Arequipa, Trujillo, Huancayo y Cusco, por ejemplo, tendrían efectos descentralizadores extraordinarios. En Lima, en cambio, precipitarían aún más el centralismo.

Gobierno por objetivos
 

La más moderna administración se ha preocupado en difundir las bondades de la administración por objetivos. En ella, se premia o sanciona al gerente moderno en función de cuánto y cuáles de las metas previstas ha logrado.

El país, en cambio, en ausencia de un gran Proyecto Nacional, y de los correspondientes y coherentes proyectos regionales, en ausencia de objetivos generales y metas específicas –para construcción de carreteras, escuelas, postas y hospitales, etc.–, se gobierna en función del voluntarismo y espontaneismo gubernamental.

Cuando no en función de la coima y del beneficio indebido, sin una mínima pauta objetiva sobre la cual hacer evaluaciones, y sobre todo, porque sistemáticamente todos los gobiernos se preocupan –y logran– que el país olvide sus promesas electorales.

Debemos ser capaces de desterrar esa nefasta realidad. El país y sus regiones, provincias y distritos deben ser capaces de diseñar un conjunto de objetivos generales y de metas específicas para cada año y para cada gestión de gobierno, en todos los niveles y en todos los asuntos de interés público –vías de comunicación, educación, salud, agricultura, etc.–.

Y los gobiernos central y regionales, como los provinciales y distritales, deben ser periódicamente evaluados en función de cuánto y cómo han logrado alcanzar las metas previstas.

Una nueva capital para el Perú
 

Lima, desde su “fundación” española, ha estado colocada de espaldas al Perú. A diferencia de la sabia y trascendental decisión de Hernán Cortés en México –fundando la ciudad a 300 kilómetros de la costa atlántica–, Pizarro dispuso la fundación de la capital colonial peruana en un punto en el que se asegurara la exportación de las inmensas riquezas ya avistadas en el vasto territorio andino.

Como durante los casi 300 años de la Colonia, desde los inicios de la República el rol de Lima ha seguido siendo el mismo: centro del poder hegemónico interno y vía de salida de las principales riquezas peruanas al exterior. Y siempre de espaldas al resto del país.

Ese nefasto esquema no puede seguirse manteniendo y, menos aún, en el contexto de un serio y coherente proyecto de descentralización del país. La capital del nuevo Perú, necesaria e incuestionablemente, debe desplazarse a un punto de los Andes centrales o de los Andes Orientales. Quizá al valle del Mantaro. Quizá en las inmediaciones de La Merced (Chanchamayo).

Precisar aquí la ubicación carece de importan cia, máxime si, dada la pobreza de nuestros recursos económicos y financieros, concretar el cambio sólo podría hacerse, eventualmente, bien entrado el próximo siglo.

En todo caso, sí debe inculcarse entre nosotros la convicción de que, en ningún caso, debemos aspirar a despliegues urbanísticos y arquitectónicos tan faraónicos como los que se han dado en Brasilia Donde se le ubique y cuando se le erija, nuestra nueva capital, aunque inevitablemente moderna, deberá ser sobria y austera, como todo lo nuevo que debe hacerse en el Perú.

La necesidad de alcanzar este objetivo, y dotado de esas características, debe formar parte de la conciencia lúcida de todos los peruanos.

Sobre todo porque, a diferencia de hace 30 o 40 años, los extraordinarios avances de la informática y las comunicaciones a distancia permiten hoy superar inconvenientes que objetivamente antes eran insuperables, a menos que se incurriera en inversiones descomunales.

Esos niveles de inversión, hoy, en términos igualmente objetivos, ya no resultan imprescindibles. En fin, aunque para el largo plazo, tengamos siempre en mente trasladar la capital del Perú a los Andes. Y bien podría ser ese su nombre: “Los Andes”.

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