Descentralización: Sí o Sí

 

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Alfonso Klauer

Agroindustria, turismo y oro: opciones estratégicas

Para que se descentralice y desarrolle un país no es suficiente que este disponga de grandes recursos explotables. El Perú dispone de gigantescos depósitos de riqueza y, no obstante, nos contamos entre los pueblos más pobres y subdesarrollados del mundo.

La explotación de los grandes recursos naturales de que todavía dispone el Perú demanda enormes inversiones que ni el Estado central ni las regiones federales ni los capitales nacionales dispondrán en centurias.

Estamos pues a expensas de los grandes capitales transnacionales. Mas ellos, como es lógico suponer, deciden invertir y explotar los recursos de nuestros países en función de sus intereses y necesidades, no de las nuestras. ¿No nos resulta patética y elocuente la declinación de Shell–Mobil para la explotación del gas de Camisea? Y, finalmente, traer grandes recursos foráneos no es otra cosa que resignarse a obtener una pequeña fracción de los excedentes que generan esos recursos. Por lo demás, el mundo globalizado de hoy supone una voraz e implacable competencia por atraer capitales internacionales.

Competencia en la que no tenemos precisamente una ventaja decisiva que ofrecer. De otro lado, durante largas décadas venimos siendo engañados –inadvertidamente en unos casos, e interesadamente en otros– con la letanía de que “sin industria –manufacturera– no hay desarrollo”.

Pero también con la monserga de que “sin exportaciones –manufactureras– no hay desarrollo”.Quienes ello difunden, y quienes ello suscriben, están, en realidad, hablando de la gran industria manufacturera.

Es decir, de la industria con economías de escala; de la industria con tecnología de punta, que a ese respecto depende total y absolutamente de los países del Norte, exclusivos proveedores de los bienes de capital necesarios, y que cobran royalties por utilizarla; de la industria que en gran escala utiliza insumos importados, cuya adquisición presiona constantemente el precio de nuestras divisas, y; finalmente, de la industria cuyos mercados se encuentran básicamente fuera del país. En definitiva, de una industria pensada en los intereses de cualquiera menos de los peruanos.

Por lo demás, e inexorablemente, se trata de una industria en la que –por lo ya anotado– no tenemos ninguna ventaja comparativa absoluta. Ella se monta y desmonta en función, una vez más, de los intereses transnacionales. Basta mirar lo que viene ocurriendo en Corea del Sur: cientos de enormes fábricas de última generación están siendo desmontadas por las mismas transnacionales que las montaron hace sólo unas décadas.

A partir de esa experiencia, y de cara al futuro, si en todo momento –y más aún ahora con las enormes limitaciones de autonomía que impone la dependencia– no colocamos la imaginación al servicio del Proyecto Nacional, poco podemos esperar.

Pero también a este respecto debemos volver los ojos a los países desarrollados del Norte, prescindiendo de ese caso tan excepcional que constituye Estados Unidos, cuya magnitud de riqueza resulta inigualable –habida cuenta de las otras razones por las que ha alcanzado el Desarrollo–. Dejando de lado esa excepción, podemos preguntarnos, ¿acaso los países desarrollados han puesto históricamente todos sus recursos en la explotación de todos sus sectores de la economía? No. ¿Han sido, por el contrario, acaso racional y estratégicamente selectivos? Si.

En efecto, cada uno de ellos –deliberadamente o no, para la gran acumulación de excedentes que han obtenido en los últimos siglos– ha puesto énfasis en aquellos sectores en los que tenía una gran ventaja comparativa o una ventaja comparativa absoluta.

Inglaterra explotando sus grandes minas de hierro y carbón, y otro tanto Alemania. Francia y Bélgica; así como Suiza, en la explotación de los sectores pecuarios y agropecuarios.

Y hoy buena parte de la riqueza de España, Francia e Italia se está logrando a partir del turismo, dado que en él tienen ventajas comparativas enormes, cuando no absolutas en comparación con el resto de los países de Europa.

Siempre, pues, ha habido una gran selectividad a la hora en que los grandes países han optado por “escoger las palancas” de su Desarrollo. Quizá muchas veces no ha sido una selección explícita, quizá nunca ha figurado explícitamente en un gran plan nacional o en un proyecto nacional. Pero ha habido, sí, y siempre, una sabia selectividad implícita, efectiva y altamente eficiente.

¿Por qué no vamos a actuar nosotros en términos similares y equivalentes? ¿Qué nos impide seguir un camino tan seguro y exitoso como ése? ¿Tiene el Perú alguna o varias grandes ventajas comparativas reales, o algunas o varias ventajas comparativas absolutas? Claro que las tiene. Pero precisamente en el contexto de la dependencia hegemónica han sido puestas de lado. Y es que, coherentemente, a los centros hegemónicos nunca les ha interesado desarrollar y descentralizar al Perú. Pero a nosotros sí. Veamos pues.

El Perú tiene tres rubros en los que cuenta con ventaja comparativa absoluta respecto de la mayor parte del resto de los pueblos de la Tierra: 1) su riquísima potencialidad agronómica, en razón de su azarosa pero virtuosa combinación de latitud geográfica y diversidad de pisos ecológicos; 2) su enorme potencialidad turística, y; 3) su gigantesca potencialidad minera, a disposición de una masiva mediana y pequeña minería, y, en particular, y de larguísimo afianzamiento histórico, de minería en lavaderos de oro.

De manera asombrosa y extraordinaria nuestras tres grandes potencialidades están increíblemente repartidas a lo largo y ancho del territorio nacional.

Las tres son de una potencialidad descentralista enorme. Ninguna de ellas, sin embargo, ha sido puesta aún, decidida y audazmente, al servicio del Proyecto Nacional Peruano.

Y, lo que es tanto más importante, para la explotación de ninguna de esas tres grandes riquezas es necesario convocar a ninguna de las cien más grandes empresas transnacionales del mundo. Basta, para explotarlas y desarrollarlas, convocar el concurso de cientos y miles de actuales y nuevas medianas y pequeñas empresas peruanas.

Pero también debemos ser capaces de convocar a cientos y miles de grandes, medianas y pequeñas empresas del mundo, ninguna de las cuales exigirá sin embargo al país las condiciones que por lo general plantean las gigantes transnacionales del mundo.

Y en lo que a potencialidad agronómica se refiere, todo habrá de pasar por decisiones firmes y audaces. Se trata de convertir en fuente inagotable de riqueza un territorio con potencialidades agrícolas únicas e inestimables.

A diferencia de las grandes planicies de granos de Estados Unidos, Rusia, China, Argentina e incluso Egipto, de vocación natural para el monocultivo, los variadísimos 84 distintos ecosistemas que se dan en el Perú –de los 103 que existen en el planeta–, en las más diversas latitudes –desde las ecuatoriales a las meridionales–, en las más diversas altitudes –desde el nivel del mar hasta por encima de los 5 000 metros sobre el nivel del mar–; y en muy diversos meridianos –desde el Pacífico hasta la inmensa amazonía–, ofrecen una inacabable vocación natural hacia el pluricultivo.

Por lo demás, en términos relativos, pocos países del mundo podrían aumentar la frontera agrícola en la impresionante proporción en que podría hacerlo el Perú, precisamente porque muy poco se ha hecho en estos últimos dos siglos. Sólo recuperando y poniendo nuevamente en producción la gigantesca andenería abandonada en estos siglos, incorporaríamos a la producción tanto como 50 veces el tamaño de Israel.

A su vez, dos y tres veces el territorio de Suiza podría incorporarse con pequeñas y medianas irrigaciones en los Andes. Y una extensión incluso más grande que el territorio de Japón, con las grandes irrigaciones que, en el largo plazo, podría ejecutar el Perú.

Dispone para ello de esas inmensas y desérticas costas que, paradójicamente, hoy ven discurrir hacia el océano, en interminables torrentes de agua dulce, buena parte del 5 % de los recursos de agua dulce del planeta que circulan por territorio peruano, no obstante que su extensión es apenas es el 0.87 % del área continental del globo terráqueo.

El empresario peruano Miguel Vega Alvear ha dirigido una investigación en la que, además de revelarse que en 2 millones 200 mil hectáreas de cultivos los agricultores han obtenido ingresos brutos promedio de sólo 1 000 dólares por hectárea, hay hasta 500 000 hectáreas en las que con riego y explotación tecnificados esos ingresos pueden multiplicarse 6, 7 y hasta 10 veces, e incluso hasta 20 incorporando el valor agregado necesario para la exportación.

Imagínese, además, que la tierra agrícola de que hoy se dispone, y toda la que pueda incorporarse en el mediano plazo, se exploten con los más avanzados sistemas de riego y explotación tecnificados.

Por su parte, en términos de turismo, el Perú es capaz de ofrecer uno de los abanicos de posibilidades y motivaciones de viaje más grande que existe.

Mil facetas distintas en turismo de aventura, en las playas, en los ríos, en la cordillera; mil alternativas de turismo deportivo, en sus costas, lagos y ríos, en la cordillera y en sus cumbres nevadas; mil oportunidades de turismo ecológico, en parques nacionales y ecosistemas naturales únicos en el globo, atrayentes tanto para especialistas como para no iniciados; mil variantes de turismo recreativo– cultural, la más variada diversidad de danzas, música, comidas y mitos, en los más variados y sublimes paisajes; mil posibilidades de turismo científico, para geólogos, mineros, hidrobiólogos, ornitólogos, entomólogos, etc.

Y, para concluir –aunque no por ello hayamos agotado el repertorio–, infinitas atracciones históricas, desde el paleolítico hasta la Colonia, pasando ciertamente por el inkanato y su más portentosa joya, Machu Picchu. Agréguese a todo ello el involuntario pero virtuosísimo privilegio del Perú. En efecto, a diferencia de los grandes centros de atracción turística del mundo, por sus particulares características climatológicas, la mayor parte de los atractivos turísticos del Perú pueden ser visitados los doce meses del año. ¿Qué ocurriría si, tras políticas y decisiones audaces, ingeniosas y firmes, el Perú, en veinte –o incluso en diez años– logra atraer no los 700 mil turistas que hoy casi inercialmente llegan al país, sino tantos como los 40 millones que llegan anualmente a España, por ejemplo? Pues simple y llanamente, sólo por ese concepto, se incrementaría en 60 % el PBI actual del país.

¿Y qué ocurriría si en esos mismos veinte años –o incluso también en diez– fuésemos capaces de poner bajo riego y producción tecnificados el 50 % de toda el área agrícola actual del país y el 30 % de la andenería hoy abandonada? Pues virtualmente tambien duplicaríamos el actual PBI.

Sólo con el aporte incremental de esos dos sectores de la economía. Es decir, sin contar con el crecimiento de la pesquería, la minería, la construcción y todo el resto de las actividades productivas del país, incluyendo la producción masiva de nuestros grandes yacimientos de oro lavado

Desde nuestra perspectiva pues, el Proyecto Nacional que el Perú deberá poner en ejecución desde los primeros días del siglo XXI deberá apoyarse en tres pilares fundamentales: 1) la agricultura tecnificada, 2) el turismo y, 3) la explotación masiva de la riqueza minera y aurífera.

Son los tres más importantes rubros de nuestra economía en los que el país tiene ventaja comparativa absoluta. ¿Por qué? Porque Estados Unidos, por ejemplo, podrá cosechar naranjas y limones, paltas y chirimoyas, o maca y uña de gato, en costosos invernaderos en Colorado o en Oklahoma, pero no podrá jamás llevarse a su territorio la cordillera de los Andes y sus climas, ecosistemas y paisajes; pero tampoco Machu Picchu ni Chavín de Huántar, y tanto menos la Amazonía y el Titicaca.

Nuestras riquezas aún no explotadas son irrepetibles e irreproducibles. Lo son, en cambio, Epcot y Disneyworld, e incluso la Torre Eiffel.

Debemos pues ser capaces de grandes y audaces decisiones estratégicas a partir de nuestras grandes e inigualables ventajas comparativas. Lo demás, esto es, las opciones “tradicionales”, ésas que ya conocemos y que no han hecho sino contribuir más a nuestro subdesarrollo y atraso, no pasan de ser una torpe –o interesada– miopía o, lo que es tanto más grave, una vil –e igualmente interesada– mentira.

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