Descentralización: Sí o Sí

 

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Alfonso Klauer

Contexto favorable a la vista (pero en el largo plazo)

Entre tanto, los pueblos debemos aprender a reconocer los contextos desfavorables y obstáculos de todo orden que habrán de presentársenos en el camino hacia la descentralización y el Desarrollo. Y hemos ya hablado de aquellos que aparecen como los más relevantes.

Mas no puede perderse de vista además el caso de las crisis económico–financieras externas que de una u otra manera, con mayor o menor impacto repercuten en nuestro país.

Basta recordar cómo y cuánto afectaron al país las crisis de México, Tailandia, Rusia y Brasil. Y cómo frente a esta última, aún cuando fue tan anunciada, nuestra tardía reacción no hizo sino incrementar el impacto negativo que ha ahondado seriamente la crisis recesiva que vive el país.

Hoy sin embargo el mundo, y en consecuencia nosotros también, estamos ante el caso típico de una eventual grave crísis económico– financiera que, si llega a desatarse, podría tener enormes repercusiones en prácticamente todo el planeta. Y, en todo caso, debemos desde ya empezar a prepararnos.

Nos estamos pues refiriendo a la famosa “burbuja financiera” que se ha creado en Estados Unidos a raíz de haberse refugiado allí ingentes masas de capitales tras las crisis de Asia, Rusia y Brasil.

Los economistas no han dudado en afirmar que esa inesperada “burbuja”, dependiendo del manejo de la política económica estadounidense, puede desaparecer por uno de los siguientes dos caminos, o por una combinación de ambos: a) bien puede lentamente desinflarse sin mayores repercusiones, o; b) podría estallar violentamente con consecuencias catastróficas no sólo en Estados Unidos sino en prácticamente todo el mundo.

Ante esta prevista eventualidad –según afirmó recientemente en Lima el analista Marcelo Gullo–, la “locomotora” (Estados Unidos), virtualmente se detendría, ingresando a una gran recesión, que detendría por igual la marcha de todos los “vagones” (el resto de los pueblos del mundo). La analogía empleada por Gullo –aunque no es precisamente la más correcta ni la más pedagógica–, no deja de ser útil.

Pues bien, ¿qué debemos hacer los pueblos del mundo ante esta ya prevista aunque sólo eventual crisis? ¿Acaso sólo “rogar” que los responsables de la política económica de Washington acierten en sus decisiones y desinflen lentamente la “burbuja”? No, bastante más razonable y esperable es que los gobiernos de nuestros países hayan ya comenzado a preparar los planes económicos de contingencia para el eventual caso de que la “burbuja” estalle repentina y violentamente, deteniendo así la marcha de la “locomotora” y los “vagones”.

¿Se ha empezado ya a preparar esos planes de contingencia? Esperamos que sí, porque es absolutamente obvio que es preferible tenerlos preparados y a mano, que empezar desesperadamente a preparlos cuando ya la “locomotora” se haya detenido.

Pues bien, y como es lógico, debemos también aprender a reconocer los contextos favorables y las coyunturas internacionales que pueden catalizar y acelerar nuestro proceso de Desarrollo. Y que, sin atenuantes, tenemos que saber aprovechar y potenciar.

En todo caso, y aunque parezca obvio, debemos explicitar que el principio lógico y rector es el siguiente: “en una relación asimétrica, cada vez que se debilita el lado más fuerte, crece en proporción la fuerza del lado más débil”.

Y el “débil”, en la medida de sus posibilidades, debe estar siempre preparado para sacar el mejor partido de cada pequeña disminución de la fuerza del más “poderoso”.

Difícilmente, sin embargo, seremos capaces de aprovechar adecuadamente una coyuntura internacional favorable si nos coge por sorpresa. Ante ellas, en todo caso, debemos ser capaces de demostrar nuestra mejor capacidad de reacción.Hay coyunturas favorables altamente predecibles.

Ante ellas debemos mostrar, por el contrario, nuestra mejor capacidad de anticipación, y nuestro mejor planeamiento y preparación para legítimamente aprovecharlas y potenciarlas de cara a la consecusión de nuestros objetivos y metas.

Entre las coyunturas internacionales favorables y predecibles debemos distinguir sin embargo las de corto plazo y corta vigencia, y las de largo plazo y larga vigencia. Las primeras son generalmente de orden económico y eventualmente de orden militar.

Ante ellas son la Economía y la Ciencia Política las disciplinas que deben proporcionar la información y el conocimiento para mejor aprovecharlas.

Y no precisamente para actuar inescrupulosamente y a mansalva, sino para serena y objetivamente desenvolvernos en función a nuestros intereses y objetivos. Tal y como actuó, por ejemplo, Estados Unidos en la Guerra de las Malvinas, en la que razonadamente actuó en función a sus intereses y no en función de los intereses de América Latina (a pesar de la existencia del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca).

En las de largo plazo y larga vigencia, es sin duda la Historia la disciplina que con más y mejor virtud nos puede permitir preverlas, y una vez más son la Economía y la Ciencia Política las disciplinas científicas que mejor pueden permitirnos aprovecharlas.

Una revisión adecuada de la Historia nos permite prever que, aunque en el largo plazo, habrá de presentarse a nuestros pueblos una extraordinariamente favorable coyuntura internacional que, sin atenuantes, tenemos obligación de saber aprovechar en mérito a una minuciosa y exhaustiva preparación.

Veamos pues de qué se trata. Y preparémonos a sacarle el mejor partido.

La próxima y Novena Ola de la historia Por leyes históricas que aún la ciencia no ha logrado desentrañar bien del todo, el centro de las grandes civilizaciones hegemónicas de Occidente se ha venido desplazando, de vecino a vecino, invariablemente hacia el oeste: Mesopotamia, Egipto, Creta, Grecia, Roma, Francia, España–Inglaterra–Alemania y Estados Unidos. El Gráfico Nº 5 resulta muy elocuente.

En nuestros días, tras ciento cincuenta años de indiscutible hegemonía, Estados Unidos muestra ya síntomas de haber ingresado a la fase de declinación que siempre precede en el tiempo –aunque en este caso en un plazo aún imprecisable– a la del colapso.

En efecto, hay serios indicios de que, en ese sentido, habrá de repetirse el mismo fenómeno que invariablemente han experimentado todos y cada uno de los centros hegemónicos precedentes. ¿Cuál habrá de ser el próximo centro hegemónico? Todo parece indicar que –manteniéndose la tendencia histórica– el centro de la próxima gran ola de civilización de Occidente habrá de desplazarse una vez más hacia el oeste.

En efecto, aunque sin necesariamente ser concientes de que se estaría cumpliendo una “ley histórica”, ya muchos especialistas –sobre todo económicos– advierten de la enorme importancia que está adquiriendo el “eje Asia–Pacífico” En realidad –creemos–, la tremenda importancia que está adquiriendo en la economía mundial el “eje Asia–Pacífico” no es sino un indicio de que el próximo gran centro hegemónico mundial estará constituido por el conjunto Japón–China.

Japón por su fantástico potencial económico– financiero, y China por las increíbles magnitudes potenciales de su mercado. Si ese nuevo centro hegemónico efectivamente se concreta, se estará asistiendo, por fin, e incluso, a la globalización de la historia. A partir de allí ya no podrá distinguirse entre Oriente y Occidente.

Entre tanto, y a pesar de la euforia en que vive norteamérica, ya puede constatarse la declinación de su importancia económica y, simultáneamente, la creciente importancia de Japón, habida cuenta incluso de la crisis económica por la que viene atravesando en estos días.

Resulta muy significativo que durante varias décadas el incremento de la productividad en Japón haya estado siendo mayor que en Estados Unidos. Así como el hecho de que, de manera también significativa, Japón haya superado a Estados Unidos como acreedor mundial, teniendo además aquél una tendencia creciente de activos externos, en tanto que –según cifras de The Economist– desde hace más de diez años Estados Unidos ha pasado a ser el más grande deudor del mundo.

También resulta sintomático por ejemplo y esta vez directamente relevante para nuestros pueblos, que en el período 85–90, mientras la inversión norteamericana en América Latina fue de 186 700 millones de dólares, la de Japón haya sido de 202 800 millones de dólares. En los últimos quince años el conjunto de la economía mundial no ha crecido, ni con mucho, en esos porcentajes. En todo caso, la economía de los doce países más grandes del mundo ha crecido, en ese período, 122 %. Pues bien, la importancia relativa de esos dos grandes países en la economía mundial ha variado sustancialmente, como lo demuestran los siguientes porcentajes referidos a los doce países más grandes: Así, si se mantienen dichas tendencias, pronto Japón tendrá la misma importancia económica que Estados Unidos, y luego habrá de superarlo.

Cuando ello se concrete, y presumiblemente sólo es cuestión de décadas, para todos los pueblos de América Latina –pensando por ahora particularmente en ella– el panorama general habrá cambiado sustancialmente: para unos favorablemente y para otros, desgraciadamente, en términos desfavorables.

En este orden de cosas resulta también muy ilustrativo lo que mostramos en el Gráfico Nº 6 (en la página siguiente).

Es decir, a diferencia de lo que ha venido ocurriendo en los últimos cinco siglos, Venezuela, Brasil, Paraguay, Uruguay y Argentina, quedarán a “espaldas” del centro de la nueva ola.

En tanto que Ecuador, Perú, Bolivia y Chile, por primera vez en su historia, quedarán de “cara” al centro de la Novena Ola. Colombia será el único país para el que las condiciones no habrán cambiado sustancialmente: tiene costas en el Atlántico y Pacífico.

Por lo demás, nadie puede discutir otros tres datos objetivos: a) Brasil y Argentina son las dos economías más grandes de esta parte del mundo; b) Brasil tiene ya las más grandes inversiones japonesas de Sudamérica y la más grande “colonia” de origen japonés en esta parte del mundo, y; c) el canal de Panamá es ya una vía interoceánica saturada. Es decir, las inexorablemente cada vez más grandes exportaciones japonesas a Brasil y Argentina –pero también a Europa y África–, y las cada vez más grandes exportaciones chinas, deberán transitar –como lo insinúa el gráfico–, por nuevas e inexistentes rutas: nuevos canales interoceánicos en América Central y/o el Mar Rojo, el siempre peligroso y larguísimo camino por el estrecho de Magallanes, y nuevas y grandes vías transandinas y transamazónicas.

Así, respondiéndose a las exigencias de los tiempos, y de la economía, puede sensatamente presumirse que, salvo por el estrecho de Magallanes, el gran incremento previsible del comercio mundial transite por las nuevas e inexistentes vías a las que estamos haciendo referencia.

Es decir, y en las próximas décadas y siglos, ellas inexorablemente habrán de ser construidas, sí o sí. Querrámoslo o no. Nos guste o no.

En América del Sur su importancia y existencia resulta vital para Japón, como el gran exportador, y para Brasil y Argentina, los grandes importadores sudamericanos.

¿Vamos a dejar los ecuatorianos, peruanos, bolivianos y chilenos que todo ello nos coja por sorpresa? ¿Vamos a dejar que todo ello ocurra sólo y exclusivamente a la luz de los grandes intereses del nuevo y previsible centro hegemónico? No, advertidos como estamos, tenemos derecho y obligación histórica de sacar provecho de la nueva coyuntura que se avecina. Es decir, de sacarle partido a: 1) el debilitamiento progresivo del actual centro hegemónico, y, 2) a las insoslayables exigencias y necesidades comerciales y de transporte del muy probablemente nuevo centro hegemónico.Ése es un contexto indiscutiblemente favorable.

Tenemos derecho y obligación histórica de sacar partido de él. No debemos dejar pasar la oportunidad. Y sólo podremos real y efectivamente sacarle partido a ese contexto favorable y, dentro de él, a la construcción de las nuevas grandes vías transandinas y transamazónicas, en un contexto interno de descentralización.

Es decir, cuando ya estemos inmersos en él. De lo contrario, sólo se acentuará nuestro ya nefasto centralismo.

Antes de terminar este capítulo permítasenos una reflexión final que, como se verá, resulta del todo pertinente. El tránsito entre una ola y la siguiente en la historia de la humanidad es virtualmente un “hecho nuevo” para la ciencia, y en particular para las Ciencias Sociales.

No porque dicho tránsito nunca se halla verificado antes. Pues como está dicho ha ocurrido hasta siete veces en la historia. Sino por el hecho de que nunca antes se ha tenido conciencia lúcida del fenómeno. Ni los mesopotamios, ni los egipcios, ni los cretenses, ni los griegos y romanos, en la antigüedad, tuvieron conciencia de lo que “en su momento” estaba significando su propio colapso.

Más tarde, y dentro de la misma inconciencia, cayeron en la debacle los imperios español, francés e inglés.

Entre tanto, mientras se operaba la caída de una hegemonía, otro pueblo –el cretense de manos de Egipto, o el romano de manos de Grecia, por ejemplo–, sin más conciencia que aquel que la perdía, se iba encumbrando como nuevo centro hegemónico. Y en el caso del pueblo norteamericano –que tomó la posta al Imperio Inglés–, ni siquiera sus hombres más lúcidos tuvieron conciencia de que, en realidad, se alzaban hacia la cúspide de la hegemonía mundial.

En el análisis de los múltiples factores que han contribuido para que Estados Unidos alcance ese sitial “privilegiado”, difícilmente se negará que un rol protagónico ha sido jugado por el cine norteamericano.

Éste ha sido, qué duda cabe, un eficientísimo vehículo de “ablandamiento” y de adoctrinamiento cultural e ideológico. Así, en gran parte del mundo hasta cuatro generaciones han sido ideológicamente “inoculadas”, desde su primera infancia, con los valores transmitidos por los ídolos y héroes del cine hollywoodense.

Y, aunque no necesariamente se tuviera conciencia de ello, de la mano del Pato Donald y de la de Roy Rogers y Superman, los niños y jóvenes de la periferia de Norteamérica fueron ganados anímica y sentimentalmente a la causa ideológica del adalid del mundo moderno.

Mas, oh sorpresa, a esos mismos hombres y mujeres así “cultivados”, hoy padres de familia, les consta por igual que sus niños y jóvenes pasan interminables horas de sus vidas pegados a las pantallas de televisión seducidos por las aventuras de Marco, los Caballeros del Zodíaco, Candy, Supercampeones o Dragon Ball Z que, en su conjunto, constituyen una también muy potente avanzada ideológica, pero que, no precisamente por simple casualidad, esta vez proviene de Japón.

Por múltiples razones, pues, a diferencia de todas las experiencias históricas prece- dentes, esta vez a la luz de la Economía, la Sociología, la Sicología, la propia Historia y otras Ciencias Sociales, el tránsito entre la ola actual y la siguiente, viene siendo objeto de atenta observación. Y en especial sobre las formas y evidencias en que se viene manifestando.

Y no puede dejar de preocuparnos el hecho de que, ostensiblemente, Japón también apunta a mantener el megacentrismo mundial y, en consecuencia, a convertirse también en firme obstáculo para nuestros intentos de descentralización.

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