Descentralización: Sí o Sí

 

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Alfonso Klauer

Las lecciones que nos deja todo esto

Como afirma el título general de esta sección, y como hemos pretendido mostrar hasta aquí con los aspectos más relevantes de la cuestión, el contexto internacional actual no es precisamente el más favorable ni para emprender la descentralización ni para iniciar el despegue hacia el Desarrollo. No obstante, es en éste, real y tangible, y no en otro, ideal e ilusorio, el mundo en el que debemos actuar.

Debemos pues ser capaces de sacar partido a todas y cada una de las oportunidades favorables que se nos presentan, hasta las más insignificantes.

E, incluso, y por qué no decirlo, debemos ser capaces de sacar el mejor partido a las propias flagrantes contradicciones en las que ostensiblemente cae el Norte, muchas de las cuales ya hemos mostrado. Sin embargo, nuestra actitud y nuestra conducta deben ser absolutamente responsables, respetuosas e incluso amicales. No se trata de actuar canallescamente, y menos a traición. Porque además, y aunque un extraviado intentara guiarnos por ese camino, no podríamos lograrlo.

Se trata, por el contrario, de llegar a alcanzar una estatura moral respetable que, a pesar de las diferencias notables de poder político efectivo con que nos supera el Norte, nos coloque en el diálogo y la negociación en pie de igualdad frente a él.

Difícilmente podremos lograr alcanzar una estatura moral respetable si seguimos dejando todo al azar; si seguimos dejándonos llevar por el espontaneísmo y la improvisación; si seguimos manteniendo dormida nuestra imaginación; si seguimos dejando al Norte toda la iniciativa.

Tampoco podremos llegar a tener una estatura moral respetable mientras prevalezcan entre nosotros el inmediatismo fácil y demagógico y las urgencias coyunturales, tanto las económico–financieras como las electoreras, con las que se llega dócil y sumiso, y hasta en actitud rastrera, ante el interlocutor, que así mal puede apreciarnos y respetarnos.

Y tampoco podremos llegar a alcanzar una estatura moral respetable mientras nuestros interlocutores, en virtud de nuestra propia omisión, monopolicen el análisis y los planteamientos estratégicos en los que a lo sumo atinamos a ubicarnos ya sea tímida u oportunistamente “lo mejor que podemos”.

Asimismo no alcanzaremos nunca una estatura moral respetable mientras en ausencia de acertados análisis estratégicos sigamos desconociendo nuestra “situación real” en el contexto histórico e internacional y en la geografía política del planeta. Y en ausencia de esa valiosísima herramienta sigamos engañándonos a nosotros mismos en relación con nuestra importancia en el mundo, nuestra capacidad de acción y nuestras verdaderas posibilidades.

Ni mientras en ausencia de esos acertados análisis carezcamos pues subsecuentemente de perspectiva estratégica y así seamos incapaces de plantearnos y exhibir objetivos claros de largo plazo, legítimos y viables, y las metas precisas de mediano y corto plazo para lograrlos. Y seamos incapaces de mostrar una estrategia lúcida para acceder a esos objetivos y esas metas.

Pero tampoco conseguiremos tener una estatura moral respetable mientras prevalezca entre nosotros –y absurdamente ponderemos– el pragmatismo, invariablemente cortoplacista, invariablemente oportunista, invariablemente sinuoso, intrínsecamente contradictorio y contraproducente.

Sólo superando todas esas carencias y defectos adquiriremos una estatura moral respetable con la que –insistimos–, recién podremos dialogar, negociar y concertar en pie de igualdad con el Norte.

He aquí, sin embargo, en una primera aproximación, algunas de las tareas que debemos acometer en el camino a adquirir una estatura moral con la que se nos aprecie y respete en el concierto internacional: 1) Para conocer nuestra “ubicación real” en la historia y en la geografía política del planeta, en el país debe darse enorme importancia –académica, profesional y oficial– al análisis y estudios estratégicos de la situación nacional e internacional, con énfasis en los aspectos políticos, económicos, financieros y tecnológicos.

Éstos no deben ser privilegio de unos cuantos y espontáneos aficionados. Y en todos los más altos niveles del Estado, tanto a nivel central como regional, debe haber especialistas en la materia.

2) El país, es decir los 25 millones de peruanos, tenemos el legítimo derecho de “conocer nuestra situación objetiva real”, nuestro verdadero “punto de partida”, particularmente en lo que a las condiciones materiales de vida, empleo e infraestructura se refiere.

Debemos desterrar el engaño y el ocultamiento de la verdad. En este sentido, el Estado tiene la obligación moral y efectiva de –recurriendo al apoyo de todos los organismos nacionales e internacionales de buena voluntad que quieran prestar su apoyo– realizar el más completo diagnóstico de la Sociedad Peruana, contrastando además nuestra situación con la de los países sub- desarrollados mejor equipados y ciertamente también con la de los países más Desarrollados.

El diagnóstico objetivo y el contraste nos harán ver a cabalidad: a) la brecha mínima, la que evidencia nuestro atraso respecto de los países subdesarrollados mejor equipados –Costa Rica o Argentina, en unos aspectos, o Uruguay y Brasil, en otros, etc.–, y; b) la brecha máxima, la que evidencia nuestro atraso respecto de los países más desarrollados de Occidente –Estados Unidos, Alemania y Japón, por ejemplo–.

Por obvio que parezca –aunque no parece haberlo sido hasta ahora realmente–, sólo conociendo una y otra brecha, estaremos recién en condiciones de conocer nuestra situación relativa real –que es realmente la que cuenta–.

Porque es la que nos indica a qué distancia estamos de otros pueblos y, en consecuencia, la que nos indica cuánto debemos recorrer para alcanzarlos.

Porque tenemos legítimo derecho a alcanzar los niveles de vida y bienestar de aquellos pueblos que han tomado la delantera.

Sólo así sabremos cuál será el costo que se requiere para cubrir una y otra brecha; el tiempo que puede tomarnos superarlas; y cuál es el esfuerzo que debemos acometer.

Sin todo ello, seguiremos engañándonos a nosotros mismos, seguiremos incubando falsas ilusiones, y, tanto peor, seguiremos siendo víctimas de la verborrea hueca y alienante de unos, y del inútil y demagógico pragmatismo de otros, que se dan tiempo para todo menos para estudiar el país, sus verdaderas necesidades, y el costo, el tiempo y el esfuerzo que demanda su solución.

3) A partir de serios y profundos análisis y estudios estratégicos, del diagnóstico certero, y del conocimiento de las brechas que debemos cubrir, el país debe plantearse, de preferencia por consenso, grandes objetivos de largo plazo y metas precisas para el mediano y corto plazo. Así como una estrategia lúcida para alcanzarlos.

Toda la acción del Estado, tanto a nivel central como regional, debe conducirse irrestrictamente en función a esos objetivos y metas y conforme a la estrategia por la que se opte.

Si bien los objetivos y metas no tienen por qué ser sólo cuantitativos, permítasemos decir que la Sociedad Peruana debe seriamente internalizar la necesidad de conducirse y administrarse como en la práctica lo hace cualquier ciudadano o padre de familia en la vida cotidiana, que anhela alcanzar metas cada vez más altas, o como lo hace cualquier empresa nacional o transnacional, que sistemáticamente aspira a crecer e incrementar su participación en el mercado.

Así, por ejemplo, la Sociedad Peruana y el Estado bien harían en imponerse un esquema de metas tan simple como el siguiente, en el que los nunca bien conocidos parámetros de la situación actual están representados desde “p” hasta “z”; y en las siguientes columnas los hipotéticos y previstos incrementos porcentuales que debemos proponernos alcanzar: El Perú nunca se ha conducido en esos términos. Y sus gobiernos nunca han actuado conforme a esa lógica. De esa manera, los peruanos no hemos tenido nunca la ocasión de evaluar a los gobiernos –y a los políticos– sino en función a sus palabras –tantas veces falsas–, pero nunca en función a las metas que debieron cumplir.

Así nunca hemos podido saber si lo que hicieron era poco o mucho en relación con lo que debieron hacer. Ni nunca hemos podido saber por qué un gobierno prioriza esto y el siguiente, aparentemente en forma arbitraria y antojadiza, prioriza aquello.

Por múltiples razones el Poder Ejecutivo debe ser el primero en dar ejemplo y conducirse en términos de metas y objetivos, tanto en relación con la Sociedad a la cual representa, como en relación con nuestras obligaciones con otros Estados y los organismos multilaterales.

4) La política internacional del país tiene que modernizarse drásticamente, de cara a cumplir los siguientes objetivos: a) ser la más importante herramienta de respaldo y apuntalamiento de una política internacional decididamente pacifista y defensiva, de progresiva, consistente y significativa disminución de gastos militares, para liberar así importantes recursos para el Desarrollo del país; b) ser el más importante vehículo para la capacitación y reentrenamiento profesional del más alto nivel científico, tecnológico y técnico de miles de estudiantes y profesionales peruanos; c) ser el más importante instrumento para la captación de cientos y miles de medianos y pequeños empresarios del mundo que deseen invertir en el Perú, y de cientos y miles de profesionales y técnicos que deseen afincarse en el país; d) ser el más importante vehículo para la búsqueda y captación de nuevos mercados para la producción peruana, y en particular las exportaciones no tradicionales; e) ser el más importante instrumento para la “venta” de la imagen del país y la atracción masiva de turistas al Perú.

5) Para que todo lo anterior sea viable, el país, es decir tanto el conjunto de la Sociedad como el Estado que la representa, debe reconocer la extraordinaria importancia de establecer un Estado de Derecho irreprochable. Y, en base al diálogo y la concertación, concretarlo en el plazo más breve posible.

En el peor de los casos, definitivamente entonces a partir del 28 de julio del 2000, cuando accedan al gobierno autoridades genuina y decididamente democráticas, que den ejemplo de respeto escrupuloso a la sociedad a la que se deben, a todas sus instituciones, a las leyes del país, a las leyes de convivencia pacífica entre los estados, y a la vida y la naturaleza.

6) Si resulta imposible antes, definitivamente entonces a partir del 28 de julio del 2000, la Sociedad Peruana, con el Estado a la vanguardia, debe iniciar drásticos cambios de conducta cívica y ciudadana, con los que empiecen a imponerse definitivamente hábitos de respeto irrestricto y sin excepción, a todos y cada uno de los ciudadanos del país, y a las leyes y normas de convivencia, y empiecen a imponerse definitivamente la solidaridad, la lealtad, el orden, la disciplina, la puntualidad, el honor de la palabra empeñada, en fin, todos los valores que han hecho grandes a las grandes sociedades de ayer, de hoy y de siempre.

No existe razón alguna que nos lo impida. Podemos hacerlo. Y debemos hacerlo para ganarnos el auténtico y decidido respeto y aprecio de todos los pueblos del mundo.

7) Queda sin embargo algo muy importante por decir. Las familias se organizan y funcionan en torno al patrón de conducta, los valores y el ejemplo que imponen los padres, no a los que imponen los hijos. En ese sentido nunca dejará de ser esencialmente verdadera la sentencia “de tal palo tal astilla”.

En forma similar, las empresas se organizan y funcionan en torno a los patrones de conducta y valores que imponen los propietarios y sus gerentes. Las empresas son muchísimo más un reflejo de éstos que de los patrones de conducta y valores de los empleados, obreros y sus sindicatos. La responsabilidad de un barco es del capitán, no de los marineros

¿No es acaso virtualmente idéntica la lógica en que se organizan las Sociedades en relación con el Estado? ¿No es acaso este último el equivalente a los padres en una familia o el equivalente a los propietarios y gerentes en una empresa, y al capitán en una nave? ¿Y no corresponde entonces al Poder Ejecutivo, ya dentro del Estado, la mayor responsabilidad? ¿Y al Presidente de la República a su turno la mayor de cuantas responsabilidades hay en un país? ¿No nos resulta acaso todo esto evidente y consistente? De todo esto podemos desprender por lo menos dos conclusiones:

• Si bien la Sociedad Peruana en su conjunto no puede ni debe excluirse de sus propias responsabilidades, nadie –ni propios ni extraños– tiene el derecho de atribuir a los pueblos del Perú la responsabilidad íntegra de nuestro subdesarrollo y de todas aquellas penosas deficiencias que a diario se aprecia en las calles y carreteras, y pueblos y ciudades del país. No, para ser coherentes y consistentes, tenemos obligación de admitir que la primera y mayor responsabilidad, efectiva e histórica, de todo cuanto nos aqueja, abruma y en muchas ocasiones hasta nos avergüenza, ha sido, es y será del Estado.

Nadie tiene el derecho a eximirlo y dejarlo libre de una responsabilidad histórica tan grave y enorme. Y nadie tiene el derecho a eximir a los presidentes de la república de su correspondiente y también enorme responsabilidad histórica a esos respectos. Ha sido en efecto en el Estado, desde los inicios mismos de nuestra vida republicana, donde se han enquistado todas las modalidades de mal ejemplo e inconducta. Desde las de irrespeto y violación a las leyes y las constituciones, pasando por la corrupción e incluso el crimen y la impunidad, hasta la burla inicua y el engaño, la trampa y el golpe artero, la mentira y el cinismo, etc. Y eso, todo eso, sin excepción, y durante 500 años, ha sido sistemáticamente irradiado a toda la Sociedad Peruana. De allí que haya cundido el irrespeto por la ley y el orden. De allí que se hayan generalizado la indisciplina y la coima, y tantas otras lacras que nos abruman y avergüenzan, y con las que ha quedado modelado un país cuyo pasado asombra por su grandeza y su presente asombra por su pequeñez. Tenemos pues el deber, pero también el derecho de dar un drástico golpe de timón. Debemos hacerlo

• En virtud de ese lamentable diagnóstico, y ahora que el derecho al voto alcanza a todos los hombres y mujeres del Perú, la Sociedad Peruana tiene entonces la responsabilidad histórica de enmendar gruesos errores de elección. Tanto a nivel del Poder Ejecutivo, como a nivel de las Regiones, Provincias y Distritos del país, no debemos apostar más por la improvisación; no debemos apostar más por la demagogia y el cinismo; no debemos apostar más por los rostros y los gestos.

Si en verdad queremos empezar a ganarnos el genuino aprecio y respeto de nosotros mismos, para ganarnos legítimamente el genuino respeto y aprecio del mundo, debemos apostar en lo sucesivo, y para todos los niveles de gobierno, empezando por las elecciones del año 2000, por autoridades de probada y comprobada solvencia moral y honorabilidad, de probado y comprobado patriotismo, de probada y comprobada solvencia técnica y profesional, de probada y comprobada responsabilidad, de probada y comprobada calidad humana, de probada y comprobada transparencia, y, para terminar, de probada y comprobada actitud democrática.

Pero además, y de manera particularmente importante, no debemos apostar por los aspirantes que irresponsablemente nos piden que les extendamos en las urnas el equivalente a un cheque en blanco, generalmente contra sus volátiles y siempre endebles ofertas electorales de palabra. No, además del derecho a exigir la presencia de todas y cada una de las virtudes morales y profesionales en las que hemos hecho énfasis, tenemos y debemos ejercer irrestrictamente el derecho a exigir a los aspirantes a cargos de gobierno que nos expliciten por escrito, en blanco y negro, con su rúbrica y bajo responsabilidad, sus planes y programas de acción.

Son éstos, y no los gestos y las palabras, los que tienen que ser evaluados y contrastados durante los períodos pre–electorales.

Y, ciertamente, y a la hora de la verdad, y solo frente a nuestra conciencia, debemos de ser capaces de optar por el mejor entre los mejores planes y programas de acción.

Pues bien, sólo cuando hayamos dado esos pasos trascendentales, iniciaremos el camino hacia el aprecio y respeto de nosotros mismos, que es, ineludiblemente, el paso previo a la conquista del aprecio y respeto que, legítimamente, esperamos de los demás. Cuando todo ello ocurra, no estará aún libre de escollos el camino hacia la descentralización y el Desarrollo.

Pero sí habremos logrado: a) un estado de ánimo más firme y decidido; b) mayor capacidad de diálogo y concertación en el país, es decir, mayor fuerza interna, y; c) más simpatía y afecto externo por nuestra causa, esto es, más y mejores aliados y amigos, en definitiva, más fuerza externa. Provistos de todo ello, la tarea por delante será menos dura, menos larga y menos costosa. Así, los objetivos y metas que nos habremos propuesto estarán más próximos y serán más accesibles. La cuesta habrá dejado de ser tan empinada.

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