Descentralización: Sí o Sí

 

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Alfonso Klauer

El difícil contexto internacional actual

Conozcamos pues primero, entonces, los difíciles escollos internacionales que tenemos que superar de cara a nuestro caro y sagrado objetivo estratégico de descentralización

La hegemonía norteamericana Hoy ya ningún economista del mundo, ni siquiera el más recalcitrantemente pro–norteamericano, duda de la hegemonía real y efectiva de los Estados Unidos sobre el resto del mundo, pero, en particular, sobre las economías –y en el fondo las sociedades– de todos los países de América Latina. Un sólo dato es reveladoramente suficiente: la economía norteamericana es cuatro veces la de toda América Latina

Ninguno duda tampoco de que, entre otras manifestaciones, esa hegemonía se expresa en el férreo control norteamericano sobre el FMI y el BM y, en consecuencia, en el férreo control norteamericano de las políticas reales y efectivas que imponen directamente esos dos importantísimos organismos multilaterales, y, de hecho, indirectamente otros –como el Club de París, por ejemplo– que han puesto como condición indispensable para cualquier plan de financiación o refinanciación la aquiescencia de aquéllos

Lo cierto es que, en las actuales circunstancias, agobiados por la pobrísima capacidad de ahorro interno y por la insoportable magnitud de la deuda externa, nuestros gobiernos han sido presas que con enorme facilidad y docilidad se han tragado las pastillas de las “recetas” del FMI y el BM, o, si se prefiere, unas desagradables e ineficaces “pastillas de alquitrán”

En tales circunstancias nuestros países –como muy claramente insinúa la prestigiada economista inglesa Frances Stewart 79 –han sido objeto de una nefasta presión: “tragan la pastilla o no hay crédito”

En efecto, como reconocen Stewart y todos los economistas del mundo, el FMI y el BM han condicionado su apoyo financiero (los nuevos créditos) a la aceptación de sus recetas económicas (las pastillas de alquitrán), esto es, al paquete de políticas económico financieras que el norteamericano John Williamson bautizó en 1990 como “Consenso de Washington”

Veletas o marionetas

A pesar de que “históricamente América Latina ha tenido más independencia intelectual que cualquier otra región” –como generosa y objetivamente reconoce Frances Stewart – en la práctica las políticas económicas aplicadas en nuestros países se han diseñado o inspirado generalmente afuera. Y nosotros, siguiendo a pie juntillas la “moda”, las hemos aceptado siempre como “las adecuadas” para alcanzar el Desarrollo

Así, en los años cincuenta se puso de “moda” el keynesianismo norteamericano, esto es –y como indica Stewart–, la “firme creencia en el papel del Estado en los asuntos económicos y sociales”

Convergente y coincidentemente, fueron llegando desde Europa –en boca de Gunnard Myrdal y otros economistas preocupados en el clamosoro subdesarrollo del Tercer Mundo –teorías que también ponían énfasis en el rol preponderante que debía cumplir el Estado en el Desarrollo de nuestros pueblos

Y casi sin más, aunque con bastante atraso y desde una “perspectiva específicamente latinoamericana” –léase las teorías de Raúl Prebish y la CEPAL, por ejemplo–, y porque eran la “moda”, fueron puestas en práctica por nuestros gobiernos, pero sin que ninguno reparase en que en ellas no había ninguna palabra en relación con la “descentralización

El “keynesianismo” fue pues la primera ineficiente receta que se nos obligó a adoptar

Y es que ¿acaso había sido “el Estado” el secreto del Desarrollo que ya habían alcanzado los países del Norte al iniciarse el siglo xx? No, el secreto del Desarrollo de los países del Norte no había sido la “preponderante participación del Estado en la Sociedad”. Los secretos habían sido, por el contrario, y principalmente, la “descentralización política”, la alta predisposición al ahorro y la inversión, y la consecuente y cuantiosa “inversión descentralizada”, realizada no en pocas décadas sino durante siglos

¿Por qué, entonces, se nos recomendó una “solución técnica”, una “receta distinta” a la que ellos habían seguido? ¿Fue acaso un error involuntario? ¿Fue quizá una maquiavélica jugada, y con algún propósito específico? ¿Fue una simple pero deplorable y clamorosa torpeza? En todo caso, estas cruciales interrogantes están aún pendientes de respuesta

¡Y merecen respuesta! Pues bien, las malhadadas y falsas “recetas estatistas” no habían empezado a dar sino insignificantes y hasta contraproducentes resultados en torno a la Descentralización y el Desarrollo de nuestros países, cuando ya había cambiado la “moda” en el Norte: el “pensamiento keynesiano” había sido sustituido por el “pensamiento monetarista”

Así, en una violenta y gran contorsión malabarística de la que nadie se ruborizó, el rol que lleno de soberbia y seguridad el “keynesianismo” había asignado “al Estado” –un ente finalmente concreto–, el “monetaris- mo”, con idéntica soberbia y seguridad, se lo asignaba ahora “al Mercado” –un ente finalmente abstracto–

Mas el novísimo “pensamiento monetarista”, llegando en lo político de las férreas y amenazantes manos de hierro de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, no tuvo el más mínimo tropiezo para empezar a imponerse en nuestros países, aunque también desfasado en el tiempo

Así, cual veletas o marionetas, los gobiernos de los pueblos latinoamericanos, sin plantear objeciones ni el más mínimo reparo, empezaron a ser “monitoreados” desde Washington a través del FMI y el BM

Y la nueva “receta” era esta vez la del paquete de políticas económicas del eufemísticamente llamado “Consenso” y acertadamente denominado “de Washington”

Como lo fue la receta del “estatismo keynesiano”, la del “Consenso de Washington”, es decir, la nueva “receta del Desarrollo” y sus correspondientes “programas de ajuste previos”, no son sino –como lo demuestra Stewart – la convergencia de voluntades e intereses de: a) la tecnocracia internacional del FMI, el BM y el resto de Instituciones Financieras Internacionales; b) la profesión económica estadounidense y la pléyade de PhD’s latinoamericanos en Economía que luego de ser formados y graduarse en Norteamérica han llegado a nuestros países a ocupar importantísimos cargos en el manejo de los asuntos económicos y financieros; c) el Gobierno de los Estados Unidos –el “amo no tan encubierto” como lo denomina Stewart–, y; d) los intereses comerciales de Occidente –los “amos encubiertos”, como los denomina la misma Stewart–

Es decir, en la elaboración de las teorías del “Consenso de Washington” han confluido los intereses de “todos”, menos los de los que deberían ser los protagonistas: los gobiernos y pueblos de nuestros países

¿Será acaso porque nosotros no sabemos qué queremos, qué necesitamos y cómo debemos manejarnos, y ellos, a pesar de sus malabarísticos saltos, tienen invariablemente siempre la razón y la verdad a la mano? La novísima “pastilla de alquitrán” Veamos pues el contenido de la nueva receta, la del “Consenso de Washington”. Sus diez componentes son : 1) Disciplina fiscal; 2) Una sola tasa de cambio (la que fije el mercado); 3) Apertura comercial (con arancel bajo y uniforme); 4) Apertura financiera (los intereses los fija el mercado); 5) Reforma fiscal (ampliación de la base tributaria y cambio de impuestos directos por indirectos); 6) Prioridad del gasto público en infraestructura, salud y educación); 7) Promoción de la inversión extranjera directa; 8) Privatización de las empresas estatales; 9) Desregulación (eliminación de barreras burocráticas a la actividad económica), y; 10) Asegurar y ampliar el derecho de propiedad

Una vez más tenemos derecho a preguntar: ¿ha sido acaso con esa receta que los países del Norte alcanzaron el Desarrollo ya en los albores del siglo xx? ¿Verdad que no? ¿Y entonces por qué nos recomiendan una medicina que no han utilizado nunca? Porque en rigor ni siquiera la utilizan hoy

¿Acaso no nos consta a todos que Estados Unidos ha sido siempre el primero en violentar la receta de la “apertura comercial”? ¿Acaso no consta a todos que Estados Unidos ha llegado a tener los más altos déficits fiscales del planeta? ¿Y que el Estado Norteamericano sigue manteniendo en sus manos “industrias estratégicas”, como la aeroespacial, que no está dispuesta a “privatizar”? ¿Y que Estados Unidos subsidia a sus agricultores de los grandes valles centrales? ¿Acaso no consta a todos que la Comunidad Europea acaba de aprobar en Berlín un plan de siete años para destinar 100 000 millones de dólares por año para subsidiar a la agricultura europea? ¿Y que Japón acaba de destinar la extraordinaria suma de 250 000 millones de dólares para salvar al sistema financiero privado de ese país? ¿Por que, pues –y valga la analogía–, ellos se inyectan suero para mantener el crecimiento y solidez de sus economías, y a nosotros nos recomiendan tomar “pastillas de alquitrán” para dar solidez a las nuestras? ¿Cuál es la racionalidad y consistencia de aplicar dos recetas distintas ante la misma enfermedad? Por lo demás, no es difícil comprobar, otra vez, que la receta del “Consenso de Washington” no contiene tampoco ni una sola idea ni palabra sobre “descentralización”. Ninguna

Ni siquiera para guardar las apariencias de que es una propuesta verdaderamente técnica y científica. Y es que los tecnócratas del “Consenso de Washington” son como los peces: viven en sociedades absolutamente descentralizadas sin tener conciencia de ello, como aquéllos viven en el agua sin tener tampoco conciencia de ello

Y tampoco tienen entonces conciencia –porque probablemente muchos de ellos lo desconocen– que en la historia de los países Desarrollados resulta incontrovertible la trascendental importancia del no–centralismo en el proceso del Desarrollo

Ni de que, más específica y precisamente, el no–centralismo es condición indispensable e insustituible del Desarrollo. Y, en consecuencia, no tienen tampoco conciencia de que a los países subdesarrollados de América Latina que ellos tan soberbiamente monitorean, les resulta imperiosa la necesidad de atacar a fondo el problema del centralismo y erradicarlo

¿Es que a los tecnócratas del “Concenso de Washington” no les ha resultado digno de reflexión y estudio el hecho de que el centralismo poblacional y económico de nuestros países sea en promedio más del doble del de los países desarrollados? ¿Es que no han reparado que ese centralismo es una lacra tan nefasta y peligrosa como el control estatal de la tasa de cambio o la irresponsabilidad en el manejo de los recursos fiscales? ¿Es que no son concientes de que como aquellas otras es igualmente imperioso erradicar el centralismo suicida? ¿Es que no han reparado que el centralismo es tan absurdo y peligroso como poner “todos los huevos en una canasta”, receta que los tecnócratas aborrecen cuando de invertir en la Bolsa se refiere, por ejemplo? Por qué, en definitiva –nos preguntamos–, los tecnócratas del “Consenso de Washigton” no han reparado en el gravísimo problema del centralismo que afecta a todos los países latinoamericanos, y en especial al Perú, constituyéndose en un pesadísimo lastre que impide cualquier posibilidad de despegue económico? ¿Será acaso –nos preguntamos como de hipótesis–, porque nuestro centralismo en el fondo conviene a los intereses del Norte en general y de Washington en particular, en tanto que nos debilita cada vez más y, en consecuencia, proporcionalmente fortalece cada vez más las posiciones del Norte y de Washington? ¿O será acaso simplemente porque “no la ven”, esto es, porque no han reparado en la virtud de la descentralización –“su” descentralización– ni en los defectos del centralismo –“nuestro” centralismo–? Sea como fuese, lo cierto e inobjetable es que los tecnócratas y PhD’s que manejan las políticas económicas de nuestros países, y que a rajatabla aplican la receta del “Consenso de Washington”, no consideran en ella ni una sola palabra sobre nuestro problema objetivamente más acuciante: la descentralización

Es decir, éste es un asunto que no les preocupa y los tiene sin cuidado

No obstante, y nuevamente cual veletas o marionetas, nuestros gobiernos, una vez más sin objeciones ni réplicas, han hecho suya, con tanta “fe” como “originalidad” y “firmeza”, la nueva receta

Y si las cosas no cambian en nuestros países, mañana nuestros gobiernos abandonarán esta segunda receta para aplicar una tercera que, eventualmente también, volverá a llegar como fruto de un nuevo salto malabarístico desde el Norte.

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