Descentralización: Sí o Sí

 

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Alfonso Klauer

El contexto: factor determinante externo

No obstante, y para no crearnos falsas ilusiones, debemos tener absoluta conciencia de que la tarea no es ni habrá de ser fácil.

No sólo porque el centralismo interno –aunque sólo fuera inconcientemente– desatará todas sus armas –y todas sus furias–, viejas y nuevas, contra la idea y contra el proyecto.

Sino, fundamentalmente, porque el centralismo –como está visto–, no depende tan sólo del contexto interno, y no depende sólo de la forma de organizar el gobierno.

El federalismo, por sí sólo no es garantía de descentralización. Basta mirar a nuestro entorno geográfico y cultural más relevante: como parte de él, Argentina, Brasil y México, siendo repúblicas federales, son no obstante países centralizados, aunque por cierto en una situación sensiblemente menos comprometedora y grave que la del Perú.

Esos buenos ejemplos, una vez más, deben hacernos volver la mirada al centro de la cuestión, al factor largamente más gravitante: el contexto dentro del que se encuentran todos y cada uno de nuestros países.

Es ese contexto común el que, a fin de cuentas, define que los pueblos de América Latina –ya como repúblicas unitarias o ya como repúblicas federales–, sea que hablemos castellano, portugués, francés o inglés; o sea que tengamos 200 o 100 años de vida formalmente independiente, sean todos igualmente subdesarrollado–centralizados.

Ese contexto no es otro que el de la Octava Ola de la civilización occidental: la del capitalismo mundial bajo hegemonía norteamericana.

Es absurdo pretender ocultar el sol con un dedo; en todas las grandes olas de la civilización se ha dado el mismo fenómeno: el centro hegemónico impone en su entorno sus intereses y objetivos, durante larguísimas –pero siempre finitas– décadas, y de manera absoluta e inexorable, más allá de la voluntad de los pueblos que caen bajo su influencia y dominación.

En el siglo pasado –ya como países formalmente independientes–, estando Inglaterra significativamente más distante, y siendo las comunicaciones notablemente más lentas, menos masivas y menos eficientes que las de hoy, no pudimos escapar a su hegemonía.

Cuánto más difícil pues habrá de resultarnos escapar de la dominación económico–financiera, tecnológica y cultural que impone hoy Estados Unidos.

Aunque en el fuero interno nos resulte incómodo y hasta repulsivo admitirlo, objetivamente formamos parte del último círculo de los intereses norteamericanos, esto es, de aquella porción periférica de su entorno a la que despectivamente ellos mismos han denominado su “propio patio trasero” –como textualmente dijera en 1941 el funcionario del Departamento de Estado Norteamericano J. F. Melby–. Dicho sea de paso, los pueblos latinoamericanos están aún a la espera de las disculpas correspondientes.

Y, aunque desagradable, la analogía es pedagógicamente útil. Porque, en efecto, si el “dueño” ordena, manda y se impone en su casa, es generalmente con sus peores maneras y modales como ordena, manda e impone las cosas en “su patio trasero”.

Es elegante y fino en la sala con sus socios más importantes (Inglaterra, Alemania, Japón y el resto del famoso G7), pero rudo y grosero, cruel y desleal con los trabajadores de “su patio trasero” –recuérdese, por ejemplo, la conducta norteamericana frente a la Guerra de las Malvinas, para citar sólo la última de mil viles actuaciones del Gobierno Norteamericano en América Latina; o la notable ausencia del presidente Clinton en Brasilia, durante la reciente firma del acuerdo final entre Perú y Ecuador, el último de sus desplantes–.

No nos engañemos pues. No existe razón alguna para que América Latina pase a ocupar un rol más destacado frente a Estados Unidos.

Y ninguna posibilidad, ni siquiera en los próximos cincuenta años, de que podamos actuar de igual a igual frente a él.

Por un largo tiempo por delante, sus intereses y objetivos prioritarios estarán orientados hacia Europa y Japón. Y nuestros asuntos tendrán una subalterna importancia.

Mientras ello siga ocurriendo, la gigantesca economía norteamericana dominará totalmente en su entorno, es decir, también en el nuestro.

La hegemonía norteamericana se ha impuesto virtualmente en todo el planeta. Hay pues virtualmente un sólo centro, y todo el resto forma parte de “su periferia”. Es decir, Estados Unidos ha convertido el centralismo en un fenómeno planetario.

Bien podemos decir pues que asistimos al megacentralismo global –absolutamente distinto y opuesto a la “megatendencia descentralista mundial” que ilusoria y erróneamente han empezado a “ver” algunos autores.

A lo largo de la historia, y en tanto perdura la hegemonía, todo lo que inadvertida o deliberadamente imponen los centros hegemónicos, se termina convirtiendo en una moda, que se generaliza y reproduce en el área de influencia, pero fundamentalmente dentro de los pueblos que no tienen cómo contrarrestarla.

Así, el mega–centralismo global da origen al centralismo en los países, y dentro de éstos al centralismo en las regiones, y dentro de éstas al centralismo en las provincias, y dentro de éstas al centralismo en los distritos...

Y es que la influencia del centro hegemónico es enorme. Porque la desproporción de sus fuerzas –respecto de las nuestras– es abismal. Nunca debe perderse de vista, por ejemplo, que el PBI de Estados Unidos es 15 veces más grande que el de Brasil, el gigante sudamericano; y 150 veces más grande que el del Perú.

¿Qué posibilidades de vencer o empatar tiene alguien que se enfrenta contra 150 como él? Y cuidado, no nos dejemos seducir por el mito de David y Goliat.

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