Descentralización: Sí o Sí

 

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Alfonso Klauer

¿Qué lecciones deja la historia?

No es suficiente contar con un territorio providencial

El Perú, como consecuencia lógica –pero azarosa– de su compleja y variadísima geografía y topografía, y por su ubicación subtropical, reúne, como casi en ningún otro rincón del globo, en el menor espacio:

 a) La más amplia gama de climas y eco–sistemas del mundo. “De los 32 climas que existen en toda la Tierra –resume Miguel Vega Alvear–, 28 coexisten en el territorio del Perú; y de los 103 ecosistemas o zonas de vida del mundo, 84 coexisten en el Perú” . Ello otorga al Perú –en todas las coordenadas de su territorio– una sin par potencialidad agrícola y pecuaria. No obstante, nada de ello ha sido ni siquiera mínimamente explotado en los últimos 500 años.

b) Por exactamente las mismas razones, regado en el suelo y el subsuelo, y en el amplio mar adyacente, se encuentra –y ha sido irrazonable e ineficientemente mal explotado–, el más variado espectro de riquezas materiales: oro, plata, zinc, hierro, cobre, petróleo, guano y salitre; anchoveta, atún y merluza; madera y caucho, etc., y;

c) Una también poco frecuente variedad de riquezas turísticas –paisajísticas, históricas, ecológicas, etc.– cuya explotación virtualmente no ha comenzado.

Es decir, pues, objetivamente –sin chauvinismos ni subjetivismos de ningún género–, el Perú, en relación con la extensión de su territorio, es uno de los espacios más densamente ricos del planeta. Pero toda esa inmensa riqueza, incluyendo la cuantiosísima e inmisericorde explotación que se ha hecho de oro, plata, guano, anchoveta y caucho, no ha servido hasta ahora para proporcionar bienestar a la población del Perú. Es decir, para alcanzar el desarrollo, no es suficiente con que un pueblo sea potencialmente rico.

Inversión, el quid del asunto

Y es que el quid de la cuestión –la “clave secreta” del Desarrollo–, no reside solamente por la riqueza de la que potencialmente puede disponer un pueblo. Más allá de la riqueza patrimonial de una nación, cuenta:

a) cuánto de ella se explota económica y racionalmente, para satisfacer las necesidades de alimentación, vestido, vivienda, salud, seguridad, esparcimiento, realización espiritual, etc., y;  

b) en qué proporción los excedentes generados se destinan a gasto y a inversión. Si el gasto representa bienestar presente, la inversión significa un mayor o menor sacrificio de aquél, de cara a asegurar el bienestar futuro.

La inversión, pues, ha sido y es uno de los más importantes seguros –aunque no el único– del bienestar en el porvenir. Así, hoy los pueblos disfrutan de mayor o menor bienestar, o padecen de mayor o menor pobreza, dependiendo de cuán grandes o pequeñas fueron sus inversiones productivas, y de cuán grandes o pequeños fueron sus gastos improductivos en el pasado. Pero, en rigor, en los siglos y no sólo en las décadas pasadas.

No es difícil pues demostrar –como pretende ilustrar el Gráfico Nº 2– que el nivel de vida de que disfrutan los pueblos tiene estrecha relación y depende de por lo menos cuatro factores:

1) su capacidad de generación de riqueza, y en definitiva, de excedentes (“G”);

 2) cuánto del excedente generado se invierte (“I”), en vez de gastarse;

3) cuánto de la inversión realizada se concreta en el territorio fuente de la riqueza (“T”), y;

4) cuánto de ésta última fracción de la inversión se concreta a su vez de manera descentralizada (“D”).

Capacidad de generación de excedentes (G)

Sin la menor duda, a mayor capacidad de generación de excedentes, mayores posibilidades de alcanzar el Desarrollo. No obstante, ello no es suficiente y, ni siquiera, una garantía de que pueda alcanzarse el objetivo de bienestar general. Una magnífica prueba de ello la ofrece pues el Perú: gran parte de su población es desgarradoramente pobre, y su territorio penosamente mal equipado, aún cuando ha generado una de las mayores cantidades de excedentes entre los pueblos del planeta. Sólo durante la Colonia en el Perú se generaron excedentes por más de un millón de millones de dólares de hoy.

Inversión de riqueza generada (I)

En realidad, pues, más gravitante que la capacidad de generación de excedentes resulta la proporción en que dichos excedentes son productiva y eficientemente invertidos. En este sentido, categóricamente puede afirmarse que, bajo la hegemonía del Imperio Español, tanto desde Madrid como desde Lima, se impuso una inmensa mayor predisposición hacia el gasto improductivo que hacia la inversión reproductiva. Ello, de por sí, ya limitaba significativamente las posibilidades del desarrollo peruano.

Inversión en el territorio (T)

No obstante, aún cuando la proporción destinada al gasto improductivo sea mucho más alta que la orientada a la inversión, debe tenerse en cuenta, además, en qué proporción esa inversión se hace dentro del territorio del pueblo que generó esa fracción de los excedentes que fueron destinados a inversión. Esto es –en nuestro caso–, en qué proporciones la inversión se materializó dentro y fuera del Perú. Hasta donde se sabe, las dos únicas grandes inversiones productivas que se concretaron durante la Colonia, en el territorio del Perú actual, se hicieron en las minas de plata y mercurio de Huancavelica y, muy posteriormente, en las minas de plata de Pasco.

Porque la más gigantesca inversión en los dominios de ultramar del imperio fue realizada –por capitales privados– en el riquísimo emporio de plata de Potosí, es decir, en lo que hoy es Bolivia. En efecto –y casi solitariamente–, el historiador John Hemming, refiere que cuatro millonarios conquistadores financiaron la construcción de “un sistema de treinta y dos lagos [artificiales] para reunir el agua de las lluvias, un canal (...) de 16 kilómetros de largo, dieciocho represas y centenares de molinos: una hazaña de ingeniería que aseguraba la molienda de gran cantidad de mineral de plata”. Y es que, fuera de esas obras, y de inversiones de muchísimo menor cuantía en la explotación agrícola de algunas tierras en el norte del país, nadie sensatamente podría afirmar que fueron inversiones los barrocos balcones coloniales, o los veleidosos caprichos urbanísticos del virrey Amat, o los innumerables templos de estilo neo–clásico y mudéjar, y los gigantescos conventos que se construyó en el Perú colonial . Fueron, por el contrario, la más alta expresión de un proyecto colonialista e imperialista en el que en los territorios coloniales poco, casi nada, era lo que debía invertirse, y mucho, muchísimo, lo que debía despilfarrarse. ¿Acaso algún proyecto imperial ha buscado alguna vez desarrollar la población y los territorios conquistados? Nunca. Ese propósito no estuvo jamás en la mente de Isabel la Católica, ni en la de Carlos V, ni la de Fernando II, como insistente y hasta sospechosamente lo han insinuado, cuando no afirmado, muchos historiadores. Lo cierto, entonces, fue que de los inmensos excedentes generados en el Perú a expensas de la riqueza y de la fuerza de trabajo de los peruanos –según cálculos y actualizaciones propias– 750 mil millones de dólares fluyeron a España. Y, en su mayor parte, de allí a enriquecer a casi todo el resto de Europa. Así –como transcribe el historiador franco– peruano Frederic Engel, recogiendo a Pirenne, el historiador flamenco que mejor ha escrito sobre estos temas–: “La plata que llegaba a Cádiz solamente voló por encima de España” . Sin embargo, ese absurdo y monstruoso engendro histórico pertenece a la historia del pueblo hegemónico, y no a la de sus colonias.

Inversión descentralizada (D)

Finalmente, debe tenerse en cuenta que, para alcanzar el desarrollo y el bienestar, no basta con que una significativa fracción de los excedentes se invierta. Ni es suficiente que, a su vez, una porción importante de esa inversión se concrete en el territorio del pueblo que generó los excedentes.

Complementariamente, es fundamental y decisivo que esas inversiones se materialicen de manera descentralizada en el territorio del pueblo en cuestión. Si durante la Colonia se invirtió una ínfima proporción en el territorio del Perú, fue insignificante –y macroeconómicamente tanto como cero–, la fracción que se materializó de manera descentralizada. Y si durante la República creció algo –aunque muy poco– el porcentaje de inversión que se concretó en el territorio peruano, resulta penosamente irrisoria la proporción que se invirtió fuera de Lima. Es decir, el abandono de las provincias del país lleva ya acumulados largos 500 años. ¿Resulta entonces difícil entender por qué se ha dado la avalancha migratoria hacia Lima? Absoluta y diametralmente diferente ha sido la historia de pueblos como Alemania, Japón, Suiza, Estados Unidos y, en definitiva, todos los pueblos desarrollados del mundo actual.

Ellos, durante centurias, e incluso milenios, han decidido e invertido permanentemente, de manera absolutamente descentralizada, la riqueza generada dentro y/o fuera de su territorio. He allí, pues, las poderosas y trascendentales razones de su notable y eficiente descentralismo y, en suma, de su espectacular desarrollo material y bienestar. El “secreto”, pues, no tiene ninguna de las sofisticaciones ni ninguna de las elaboradísimas fórmulas macroeconométricas con que nos marean muchos encumbrados economistas de hoy.

Ahorro y descentralización: decisiones trascendentales .

En síntesis, no es difícil probar cuantitativamente –como también lo insinúa el Gráfico Nº 2–, que, independientemente de la capacidad de generación de riquezas que tenga un pueblo en su territorio (G), muchísimo más importante resultan las decisiones de ahorrar e invertir (I), en su propio territorio (T), de manera absolutamente descentralizada (D). A tal extremo que –como en esa ilustración– aun cuando un pueblo haya tenido y dispuesto históricamente de mucha mayor riqueza natural que otro [GP > GJ], éste resulta invirtiendo en su territorio más que aquél [TJ > TP], pudiendo también concretar más inversión descentralizada [DJ > DP]. Bien puede “P” ser el caso del Perú, y “J” el de Japón. Si esa desigual tendencia se mantiene durante un largo período (500 años, por ejemplo), la riqueza invertida (y de modo descentralizado) en el territorio del segundo (“J”) termina siendo inconmensurablemente mayor que la del primero (“P”). Así, no debe sorprendernos que, en los últimos 500 años, Japón haya invertido en su territorio, y de manera absolutamente descentralizada, 28 millones de millones de dólares más que el Perú.

 

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