Descentralización: Sí o Sí

 

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Alfonso Klauer

El centralismo: secuela del colonialismo

El centralismo nunca se ha puesto de manifiesto durante la vigencia de los Proyectos Nacionales, esto es, durante la experiencia de vida autónoma de los pueblos. Por el contrario, durante dichas experiencias, siempre se ha mostrado una “natural” propensión a la descentralización que, aunque implícita, fue siempre efectiva. De allí que hasta que no aparecieron los fenómenos imperialistas y coloniales, la humanidad desconoció el centralismo. Mas, dentro de la complejidad del fenómeno, debemos de ser capaces de observar varios ángulos del mismo. En primer lugar, en el centralismo no siempre ha prevalecido el aspecto de concentración poblacional en la capital.

Aunque siempre presente la inevitable “atracción fatal” de la sede imperial –que atraía a los foráneos como una fuente de luz atrae a las polillas–, nunca revistió en la antigüedad las proporciones que hoy se dan a ese respecto. Así, durante larguísimos períodos de la historia de Occidente, dentro del fenómeno del centralismo, prevaleció el centralismo económico: las riquezas de la periferia fluían sistemáticamente hacia el centro hegemónico. Ocurrió en Mesopotamia y Egipto. Por cierto también durante el paradigmático Imperio Romano. Los historiadores no han podido callar, por ejemplo, que sólo la caída del imperio puso término a la transferencia masiva de recursos (...) hacia Roma... . Siglos después España, Francia e Inglaterra reeditaron la misma experiencia, llevando a Europa inconmensurables riquezas extraídas de sus colonias americanas, asiáticas y africanas.

En América, antes del “descubrimiento”, la historia fue muy similar. Los imperios Maya y Azteca han dejado ostentosos testimonios arquitectónicos del centralismo económico que impusieron. Como por igual ocurrió aquí en Chavín de Huántar y en Wari. Y el Cusco que asombró a los conquistadores no fue también sino el resultado del siglo de exacerbado centralismo, imperialista y confiscatorio, que impusieron los inkas a la veintena de naciones andinas que conquistaron y sojuzgaron .

En segundo lugar, si bien todo indica que todas las sedes hegemónicas crecieron desproporcionadamente, hay evidencias suficientes de que ello no significó el despoblamiento y abandono de la periferia. Resulta muy ilustrativa al respecto la constatación que hicieron los conquistadores españoles en el Perú, estando, aunque en plena crisis cismática, aún vigente el Imperio Inka. Se dijo, en efecto, que los pobladores andinos “vivían aislados conforme a sus antiguas costumbres”. ¿Puede equívocamente colegirse de ello que los nativos peruanos tenían alma de ermitaños y que, por consiguiente, les gustaba vivir aislados. No, por “aislados” debe entenders “dispersos en el territorio, ocupando y explotando económicamente todo el espacio disponible”. Es decir, debe entenderse que tenían una actitud y una conducta eminentemente descentralistas que, en su siglo de existencia, el Imperio Inka no logró erradicar aun cuando logró imponer el centralismo en todo el conjunto del imperio. Mas el asombro de los conquistadores no partía del hecho mismo de que la población nativa viviera absolutamente dispersa en el territorio andino. Al fin y al cabo, ello también ocurría en la península de donde provenían. No tenía entonces por qué llamarles la atención.

Su real y especialísimo motivo de asombro fue que el descentralismo andino atentaba contra los intereses de España: dejaba al virreinato sin la fuerza de trabajo que le era indispensable para extraer las riquezas que encerraban las entrañas de los Andes. Y los obligaba a costosísimos y agotadores recorridos para captar esa mano de obra y para captar los tributos que se habían propuesto cobrar a los nativos. Así, en cumplimiento estricto de los objetivos imperiales –y con órdenes precisas a ese respecto–, el virrey Toledo “redujo” drásticamente el territorio poblado, dando forma a las “reducciones”, esas artificiales concentraciones de la población que, entre otras consecuencias, dieron cauce al drástico y compulsivo abandono de millones de hectáreas de andenes y miles de kilómetros de vías de comunicación que durante milenios se había construido en los Andes.

Tampoco es una simple casualidad –y más bien ratifica nuestra afirmación– que, coincidentemente con la constatación de descentralización que hicieron los españoles en América hace quinientos años, los pueblos más “atrasados” del mundo actual se cuenten precisamente entre los más descentralizados del planeta. Así, por ejemplo, en Lagos, la ciudad más poblada de Nigeria, apenas habita el 1,5 % de sus pobladores. Lusaka, la capital de Zambia, concentra al 11 % de los habitantes de ese otro país africano. Y, para terminar, Johannesburgo, la urbe más poblada de Sudáfrica, apenas reúne al 4,7 % de los compatriotas del presidente Mandela. Es decir, en el “primitivismo” de ayer y hoy, existe y predomina un profundo, muy arraigado y muy racional espíritu descentralista. El tercer y último aspecto del centralismo en el que queremos poner énfasis, es el hecho de que las naciones imperialistas, aún cuando centralizan la riqueza y la población de los territorios que conquistan y dominan, no se centralizan poblacionalmente a sí mismas y, menos aún, en términos acusados y graves. Por el contrario, preservan decididamente, y con gran eficiencia, su propio y sano descentralismo. ¿No resulta ello evidente para el caso del imperialismo romano, español, francés, inglés, holandés o norteamericano? Ciertamente, centralizaron a sus colonias pero se mantuvieron a sí mismas como naciones descentralizadas.

En suma, pero particularmente con lo dicho en este acápite, puede construirse una matriz como la siguiente: Es decir, en el contexto de sus propios Proyectos Nacionales, tanto los pueblos o civilizaciones “avanzadas”, como los pueblos o civilizaciones “primitivas”, experimentan los beneficios del descentralismo. En tanto que, en el contexto de Proyectos Imperiales, mientras que las naciones hegemónicas –que siempre han sido los pueblos o civilizaciones “avanzadas” de su época–, preservan el descentralismo, los pueblos sojuzgados –que siempre han sido las < naciones “primitivas” de su época–, caen, o, mejor, son empujados a caer en el pernicioso y nefasto centralismo. Éste, pues, sólo aparece en el contexto de los fenómenos colonialistas e imperialistas. ¿Cómo negarse a admitir, entonces, que el centralismo es una evidente secuela histórica del colonialismo?  

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