Descentralización: Sí o Sí

 

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Alfonso Klauer

¿Cómo hemos llegado al borde del abismo?

¿Qué ha ocurrido en nuestra historia para que lleguemos a ese extremo de debilidad, a esa vulnerabilidad tan absurda y riesgosa? ¿Son realmente válidas las explicaciones que nos ofrecen la historiografía tradicional y otras ciencias sociales? ¿E insinúan esas explicaciones el camino que debemos seguir para drásticamente alterar el proceso centralista y revertirlo? Erróneas y endebles pero sacralizadas versiones La más tradicional y socorrida versión de la macromegalia urbana de la capital del Perú es la que hace referencia al alud provinciano, a las migraciones provenientes de los Andes. “En los últimos cuarenta años –dice Hernando de Soto–, la migración indígena ha hecho que la población urbana –del país– se quintuplique...” . En ese contexto, el crecimiento de Lima fue aún más dramático. El mismo autor señala que “la capital ha crecido 7.6 veces” entre 1940 y 1981. No obstante, otros autores señalan que ya en el período 1972–81 se fue observando “que el factor migratorio [aunque presente, era] cada vez menos significativo”.

¿Qué produjo la avalancha? ¿Qué dio origen a ese popular desborde? “Las grandes oleadas migratorias han sido formas de trasladar [hacia Lima] los problemas irresueltos de los espacios más pobres...” –responde Barrenechea Lercari –. Esta explicación aparentemente correcta nos lanza sin embargo a un también aparente contrasentido: los peruanos hemos resuelto un problema (la miseria rural), creando otro (el vulnerable y subdesarrollado gigantismo de la capital). Más adelante veremos que ese contrasentido efectivamente es sólo aparente. “Se ha sostenido –nos lo recuerda de otro lado Caravedo Molinari, refiriéndose a otros autores–, que la concentración de actividades, instituciones, empresas, producción y población (entre otros) es responsable de parte de los males que aquejan al Perú”.

¿Un efecto que es al propio tiempo causa de sí mismo? Y siendo que el centralismo (o concentración) es precisamente uno de los males que aquejan al país, ¿cómo entonces una de las partes puede ser causa del todo (los males) y de ella misma? Es decir, las erróneas y endebles explicaciones tradicionales del fenómeno centralista, son gruesamente inconsistentes e incongruentes.

Entre tanto, muchos intelectuales peruanos caen en ingenuo idealismo al enfrentar los problemas teóricos que plantea el centralismo y, en consecuencia, los que plantea la descentralización. Así, hay quienes –como José María de Romaña–, sostienen que para desarrollar el Perú “urge una nueva cultura de esfuerzo, éxito (...), excelencia, ética, generosidad, imaginación, audacia, disposición al cambio y a la innovación...” . Para otros como Francisco Sagasti es imprescindible un “ajuste estructural de mentalidad” ; o una “renovación de los modelos conceptuales”.

Es decir, hay quienes olímpicamente obvian las razones objetivas e históricas del centralismo pretendiendo así resolverlo con recursos casi esotéricos. Por lo demás, destacan en el foro, de un lado, los constitucionalistas ciegamente convencidos de que una “buena Constitución” puede conducirnos a la descentralización y el desarrollo; y, del otro, los críticos, aquellos para quienes la Constitución de 1993, por ejemplo, habida cuenta de sus múltiples vacíos e inconsistencias, es la responsable de que terminara frustrándose el proyecto de regionalización y descentralización que inició el gobierno aprista.

Para otros intelectuales, como el economista Carlos Boloña, ex ministro de Economía y Finanzas del gobierno de Fujimori y hoy rector de una universidad, “la hoja clínica de la economía peruana muestra que nuestros gobernantes de los últimos 40 años, han sido cada vez menos eficaces o responsables ...” . Y, por su parte, en el diagnóstico de Vargas Llosa se pone énfasis en el “egoísmo o ceguera de las elites políticas...”. ¿El centralismo y el subdesarrollo consecuencia de la ineficacia de los últimos cuarenta años? ¿Y sólo resultado de la ceguera de las élites? ¿Es que no somos capaces de avisorar causas de origen mucho más remoto y de vigencia mucho más prolongada? ¿Es que no podemos percibir razones objetivas bastante más poderosas que el egoísmo de unos pocos?

¿Lo hemos intentado realmente alguna vez? El debate sobre la descentralización del Perú es un tema recurrente. Pero no precisamente tampoco sólo en los últimos cuarenta años. ¡Estamos a dos décadas de que el asunto cumpla doscientos años! Romeo Paca y Jaime Villena nos recuerdan que las Constituciones de 1823, 1826, 1828, 1837, 1839, 1860, 1867, 1920 y 1923 contenían ya disposiciones sobre la descentralización del país . Y, como bien lo sabe la mayoría de los peruanos, también las contenían las constituciones del 33, 79 y 92. ¿Significa ello que realmente se haya intentado descentralizar el país? Si nos dejamos llevar por las apariencias, habría que reconocer que sí.

Los peruanos hemos visto desfilar Corporaciones para la Explotación de Recursos Naturales, Juntas de Obras Públicas, Corporaciones de Reconstrucción, Rehabilitación y Fomento, Corporaciones Departamentales de Desarrollo, Comités Regionales y Departamentales de Desarrollo, Organismos regionales de Desarrollo, Presidentes y Asambleas Regionales, etc. . Y si nos dejamos llevar por los rótulos, habría que reconocer también entonces que sí.

Finalmente, en discursos, tampoco nos hemos quedado cortos. Recién instalada la República –como bien saben los historiadores– los integrantes del primer Congreso ju- raron solemnemente dedicar todos sus desvelos para sacar al campesino peruano de la oprobiosa postración en que lo había dejado la Colonia, es decir, el imperialismo español. 180 años más tarde, con la misma “convicción”, con la misma “sinceridad”, y con los mismos resultados, el ingeniero J. C. Hurtado Miller, Presidente del Consejo de Ministros, reconoció en su primera presentación ante el Congreso (agosto de 1990) la urgencia de “acabar con el centralismo y sus lacras y enrumbar a una organización del desarrollo descentralizado que privilegie al interior del país”. Escasos meses después, el abogado C. Torres y Torres Lara, el segundo Primer Ministro del flamante gobierno de Fujimori, cuando ante el Congreso se refirió expresamente a la descentralización y la regionalización, manifestó “que se trataba de una importante herramienta para transformar el país en un sentido democrático”. Por su parte, el ingeniero agrónomo Alberto Fujimori, PhD en matemáticas y ex rector de una prestigiosa universidad peruana se encargaría de mostrar y demostrar cuán huecas y falsas fueron las promesas de sus ministros y las que él mismo había realizado durante su campaña electoral. Desacatando la Ley del Poder Ejecutivo, violando la Constitución, pero, aún más grave que todo ello, de espaldas a la voluntad del país y traicionando las más caras expectativas de éste, el 5 de febrero de 1992, disolviendo los gobiernos regionales, sepultó el décimo intento de descentralización en el país.

Y como si ello no fuera todavía suficiente, desde 1993, también a este respecto, viene violando sistemáticamente la Constitución que redactó su propia e incondicional mayoría parlamentaria. Por lo demás –y para dejar de engañarnos–, ésta, siguiendo expresas instrucciones presidenciales, engendró su farsesca Ley Marco de Descentralización. ¿Cuáles son las calificaciones profesionales de los sepultureros históricos de la descentralización? Pues, como está dicho, ingenieros, abogados y doctores en filosofía. Es decir, las mismas de todos aquellos que desde hace 180 años usan todas las tribunas para pregonar cínicamente la misma descentralización contra la que luego enfilan todos los resortes de poder para frustrarla. Mal puede pues hablarse de ineficiencia. ¿Y puede seguirse creyendo que entre los cientos y miles de peruanos que a lo largo de casi dos siglos han ocupado la presidencia de la república, los ministerios y viceministerios, no ha habido un sólo hombre eficiente en relación con ese caro objetivo del país? ¿Y puede seguirse diciendo que, sin excepción, y en concierto, todos ellos han frustrado deliberadamente la descentralización poseídos de un obsesivo egoísmo?

Debe pues quedarnos muy claro que en el Perú nunca se ha encarado seria y responsablemente el reto de la descentralización. ¿Cómo si no es así podríamos entender que dicho propósito, al cabo de dos siglos, no sólo no ha sido logrado, sino que ni siquiera se han dado los primeros pasos? Debemos tener conciencia de que, por el contrario, el centralismo, terca y sistemáticamente, ha sido uno de los más empecinados objetivos de quienes han tenido en sus manos las riendas del poder en el Perú. Las verdaderas causas del centralismo, entonces, debemos buscarlas en otro lado, y no en presuntas ineficiencias ni en también presuntos egoísmos.  

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