EL NIÑO-LA NIÑA. EL FENOMENO ACÉANO-ATMOSFERICO DEL PACIFICO SUR, UN RETO PARA LA CIENCIA Y LA HISTORIA

 

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Alfonso Klauer

Las principales manifestaciones del fenómeno

Quizá la primera de todas es la significativa elevación de la temperatura superficial del mar (TSM), como consecuencia de la incursión en el litoral peruano–ecuatoriano de la gigantesca masa de aguas cálidas que llega desde el Pacífico Occidental.

Como muestra con elocuencia el Gráfico N° 10 (en la página siguiente), dependiendo de la latitud, las temperaturas “normales” de las aguas costeras peruanas fluctúan de 14, 16 y 18 °C, en invierno, a máximos de 16, 18 y hasta 21 °C en verano, según se mida frente a los puertos de San Juan, el Callao o Lobitos, respectivamente.

Y aun cuando no se ha presentado en el gráfico, puede por ejemplo también precisarse que generalmente la temperatura superficial del mar en Chicama es 1–3 °C menor que en Paita (quinientos kilómetros más al norte).

Por la mayor perpendicularidad de incidencia de los rayos solares, cualquiera que sea la época del año, cuanto más próxima es la distancia a la línea ecuatorial, más alta la TSM. Y cuanto más alta es ésta, mayor evaporación, más formación de nubes y mayores posibilidades de lluvias.

De allí que normalmente las precipitaciones anuales en Lima y Nazca sean menores que en Tumbes y Piura, áreas éstas donde además cuenta el hecho de que parcial o totalmente ha dejado de actuar el fenómeno de enfriamiento, internándose la Corriente de Humboldt en el océano en dirección a las islas Galápagos.

Esas relativamente bajas temperaturas –originadas como está dicho por el permanente afloramiento de aguas frías en la costa peruana–, distan bastante de los 27–28 °C “normales” de las aguas y climas de latitud tropical (0–15° Sur) en la que sin embargo están ubicados los citados puertos.

Cuando la TSM alcanza 27–28 °C, no sólo se incrementa sustancialmente la evaporación, sino que se rompe el fenómeno de inversión térmica de la costa peruana (Gráfico N° 4), se produce entonces la formación de grandes nubes y, consecuentemente, de lluvias.

Así, el acercamiento de grandes masas de aguas calientes provenientes del oeste, no sólo es la causa de la anormal elevación de temperatura de las aguas costeras peruanas y de la atmósfera de la costa, sino que generalmente también contribuye a transitoriamente quebrar o dejar sir efecto el fenómeno de inversión térmica y desatar consecuentemente grandes precipitaciones.

Pues bien, según anota Woodman, basta un incremento anómalo de temperaturas de sólo 2 °C para definir la presencia del fenómeno océano–atmosférico del Pacífico Sur, aunque débil.

Puede calificarse como eventos “medianos” los que sobrepasan los 3 °C de anomalía, e “intensos” aquellos en que la temperatura superficial del mar muestra anomalías de más de 4 °C 69.

En este sentido –como nítidamente muestra el gráfico– “intenso” o “fuerte” fue el fenómeno océano–atmosférico observado entre finales de 1991 e inicios de 1992. Según Woodman, 1925 fue un año excepcional. En efecto, en Puerto Chicama –de donde se cuenta la serie histórica más antigua de temperaturas superficiales del mar–, en abril de dicho año las temperaturas alcanzaron 8 ºC sobre lo normal 70. Harto significativo y revelador de la escasa importancia que el Estado Peruano y muchos sucesivos gobiernos concedieron al fenómeno océano atmosférico del Pacífico Sur, es el hecho de que la Estación Meteorológica de Puerto Chicama (o Malabrigo) fuera instalada y manejada por una empresa privada (Gildemeister, que hoy es la empresa azucarera Casagrande), y no por el Estado.

Mas no puede soslayarse que, en esa irresponsable conducta del Estado Peruano, mucho ha tenido que ver el por lo general frívolo y anecdótico contenido de la historiografía tradicional, para la que el recurrente e importantísimo fenómeno océano–atmosférico virtualmente “no ha existido” sino hasta estas dos últimas décadas del presente

siglo, aun cuando las evidencias eran apabullantes desde los tiempos de la Colonia.

En 1983, la máxima temperatura superficial del mar registrada en Chicama (27,1 °C 71) se midió en mayo, excediendo en 10 °C el promedio de dicho mes. Resulta pues evidente porqué el fenómeno de 1983 se considera

en muchos sentidos como el más grave de los últimos siglos.

Mas todavía hay un aspecto importantísimo a tener en consideración. Nunca en los registros hidrológicos de Chicama se habían experimentado anomalías de 6 °C en los meses de julio y agosto, como las que se manifestaron en esos mismos meses de invierno en 1997. Fueron pues incluso superiores a las temperaturas récord de julio y

agosto de 1972 y 1983. Sin embargo, las ostensibles anormalidades térmicas de 1997 no produjeron pre-cipitaciones catastróficas porque se presentaron en invierno, alcanzándose así temperaturas absolutas que estaban todavía lejos de producir grandes precipitaciones 72.

Cuenta pues mucho en la intensidad del fenómeno, y sus repercusiones, la fecha en que se manifiestan los “anormales” incrementos de temperatura en el océano: mientras más distantes del verano resultan entonces menos intensos, y los que se superponen con el verano son precisamente los más intensos.

Estrechamente vinculada con el incremento anómalo de la temperatura superficial del mar, está pues la segunda de las más obvias manifestaciones de la presencia del fenómeno océano–atmosférico del Pacífico Sur: el incrementode las precipitaciones. El primero en realizar un escrupuloso y meritorio seguimiento de las precipitaciones en Piura fue Víctor Eguiguren, quien en una publicación de 1894 73 reunió una vasta información sobre las lluvias ocurridas entre1791 y 1890.

Hace pues más de un siglo que se publicó esta valiosísima información que, de haber tenido una acogida más responsable de parte de gobernantes, políticos y académicos, muy distinta habría sido la historia de las consecuencias del fenómeno océano–atmosférico del Pacífico Sur en este último siglo.

No menos valiosas son las recopilaciones realizadas por Santiago Távara, de 1791 a 1845, y Juan de Helguero, desde 1839 hasta 1864 74. Harto elocuente de la indiferencia –para no decir desprecio– con que se enfrentaba un asunto tan importante y trascendental, es el hecho de que esta última valiosísima información apareció publicada en el diario El Amigo del Pueblo, de Piura, en la sección “Vejeces y Cachivaches” (trastos, cosa inútil).

Aunque dependiendo mucho de los años que se tome en consideración, en general se acepta que el promedio de precipitaciones en la ciudad de Piura (incluyendo los años en que se presenta el fenómeno) es de 50 mm

anuales (medidos en la estación meteorológica de San Miguel, en el valle del Bajo Piura, en las inmediaciones de la capital del departamento) 75.

Es decir, la presencia del fenómeno océano–atmosférico del Pacífico Sur, en su versión más leve, virtualmente triplica el volumen de las precipitaciones en Piura, elevándolas por encima de 135 mm anuales 76.

Ello ocurrió, por ejemplo, en 1941, cuando la temperatura superficial del mar que se registró en Chicama fue apenas de 23 °C 77, y sólo en el mes de marzo, habiendo probablemente llegado en las costas del departamento de Piura a 25–26 °C.

Sin embargo –sostiene Woodman–, cuando la TSM se eleva hasta 29 °C, “esperamos precipitaciones cercanas a los 800 mm por mes” 78, como en efecto ocurrió en 1983. Ese año, en Chicama, aunque desde octubre del año anterior, empezaron a manifestarse fuertes

anomalías en la Tsm que llegaron al histórico récord de 27,1 °C en mayo.

Así, fueron registradas extraordinarias precipitaciones de 1 761,3 mm, en la estación de San Miguel; 2 340 mm, en la del aeropuerto de Piura; 2 957,7 mm en la población costera de El Alto; y un récord de 4 167 mm en el distrito de Chulucanas, a 60 kilómetros al este de la ciudad de Piura.

En ésta, pues, llovió en 1983 tanto como en casi 50 años “normales”. “Dudo exista un lugar en el mundo en el que se haya presentado una precipitación que difiera tanto del comportamiento normal” –ha expresado Woodman 79–.

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