EL NIÑO-LA NIÑA. EL FENOMENO ACÉANO-ATMOSFERICO DEL PACIFICO SUR, UN RETO PARA LA CIENCIA Y LA HISTORIA

 

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Alfonso Klauer

Las advertencias del fenómeno vienen del oeste (continuación)

Es claro sin embargo que, comparadas con las de los picos alcanzados en mayo y junio de 1983, respectivamente, la magnitud de dichas anomalías es poco significativa, explicitándolo claramente Quispe para el caso de la TSM en Chicama 120. Y debe entenderse –siguiendo a Pourrut– que en ese período enero–abril 72 aún no se manifestaba ninguna anormalidad en el TSM en Oceanía. Por lo demás, en el año 1972 las precipitaciones en Piura alcanzaron 150 mm. Ello bien podría explicarse porque las anomalías de TSM volvieron a manifestarse entre mayo y setiembre de 1972, aunque la temperatura absoluta, que fue bajando de 19 a 17° C en Chicama, estuvo muy distante de la que genera lluvias en la costa, pero que eventualmente las habría generado en las partes más altas del lado occidental de la cordillera. ¿Podríamos concluir entonces que, efectivamente, entre enero–abril 1972 habríamos estado en el primer tramo de un “ENOS estándar” que se prolongó hasta marzo de 1973? O, como se presenta en el gráfico, ¿no parece más bien que entre enero 72 y marzo 73 habríamos asistido sucesivamente a “dos fenómenos”, distintos entre sí: uno corto, gestado en las costas sudamericanas y en el verano austral; y uno mucho más largo, gestado en Oceanía? Y si así fuera, ¿se sucedieron un “ENOS estándar” e inmediatamente después uno “atípico”? La gráfica muestra que, en efecto, se puede considerar que a partir de abril de 1972 se habría desatado en Oceanía un segundo fenómeno, pero esta vez largo y del tipo de los que Pourrut considera los “ENOS atípicos”, aunque con manifestaciones ostensiblemente de menor magnitud que las de 1982–83 (que se expresa en líneas punteadas). Y parece coherente que a su menor intensidad –¿menor fuerza, podemos decir por analogía?– se deba el hecho de que sus correspondientes repercusiones en las costas sudamericanas tardaron más en ponerse de manifiesto: 5 1/2 y 6 1/2 meses, pero siempre antes la alteración en el nivel del mar que en la TSM.

Pero además también parece coherente que las manifestaciones del fenómeno en el Perú tuvieran corta duración con el hecho de que las anomalías de presión en Oceanía, además de mostrar altibajos mostraron una ligera tendencia decreciente hasta su extinción. Y el conjunto de razones puede contribuir a explicar porqué entonces, a consecuencia de este segundo evento 1972–73 las precipitaciones en Piura alcanzaron sólo 100 mm.

Pues bien, si se analiza con esta lógica el reciente evento de 1997–98, se llega también a la misma conclusión: se habrían sucedido igualmente dos fenómenos distintos, uno, corto, gestado en las costas sudamericanas en el verano de 1996–97; y uno muy largo gestado en Oceanía, donde el campanazo de alarma se habría dado en marzo de 1997 con el sensible crecimiento de los valores negativos del IOS. Y tampoco sería una simple casualidad que, en razón de su mayor magnitud –casi equiparable a la del fenómeno de 1982–83–, su primera manifestación en Sudamérica se diera también –como en él– a 3 1/2 meses de haberse presentado el primer campanazo de alarma.

La hipótesis es pues que tanto lo ocurrido en las postrimerías del verano austral de 1972, como lo que se dio en el verano 1996–97, no habrían sido lo que se viene denominando “ENOS”, sino un fenómeno distinto: corto, circunscrito al período estival y de ámbito muy localizado, eventualmente a raíz de una invasión de aguas cálidas del trópico ecuatoriano–colombiano.

¿Cómo y porqué habría ocurrido ello? Ciertamente valdría la pena, por lo menos a peruanos y ecuatorianos, investigarlas posibles razones de ocurrencia de este fenómeno específico y darle nombre. Porque de cara al futuro hay necesidad de comprender las razones de todas aquellas lluvias que se han hecho presentes en las costas ecuatoriales de Sudamérica, o específicamente en Piura, en ausencia de anormalidad notable alguna en Oceanía (1965, 1967, 1971 y 1980, por ejemplo). Y porque, como demostrarían los casos de 72–73 y 82–83, las consecuencias son realmente dramáticas cuando el que estamos considerando un fenómeno local se anticipa y empalma con el que llega de Oceanía. Aun cuando queda para los especialistas el análisis y discusión de lahipótesis de Pourrut sobre la existencia de “ENOS estándar” y “ENOS atípicos”, asoma como posible causa del ensombrecimiento que todavía existe sobre los orígenes y mecánica de funcionamiento del fenómeno, el enorme sesgo que se viene dando al estudio de las temperaturas superficiales del fenómeno.

En efecto –tanto en la profusa bibliografía publicada, como en la no menos profusa que aparece en INTERNET–, el peso del estudio de las temperaturas oceánicas se centra en las anomalías térmicas (Gráfico Nº 17, en la página anterior) más que en las temperaturas absolutas que se manifiestan en los océanos.

Ese criterio general, que para muchos casos resulta el más aparente, no parece serlo por lo menos en el caso del estudio del fenómeno océano–atmosférico del Pacífico Sur. Lo sería si el océano Pacífico –y cada una de las grandes masas oceánicas– fueran conjuntos homogéneos en toda su extensión. Mas ni el sur del Pacífico, ni el sur del Atlántico y el sur del océano Índico lo son. En cada una de esas franjas oceánicas hay importantes porciones exprofeso señaladas en el Gráfico N° 4 (pág. 9)– con características térmicas “naturalmente” frías; en tanto que, en la misma latitud, al otro extremos, las aguas son sensiblemente calientes. Bajo esas condiciones, cuando el fenómeno se manifiesta en los extremos occidentales (Australia, etc., en el caso del Pacífico), elevaciones de temperatura de 5°C, por ejemplo, representan sólo un incremento de 18% sobre los valores “normales” del área; en tanto que esa misma elevación de la temperatura superficial del mar en las costas del Perú representa un muy significativo incremento de 33% sobre sus correspondientes valores “normales”. Por ello son específicamente importantes las “anomalías” en el caso del fenómeno “El Niño”; en tanto que, por contraste, más relevantes las temperaturas absolutasen el caso de “La Niña”.

El estudio de las anomalías térmicas pone en evidencia y hasta patentiza la existencia

del fenómeno cuando el calentamiento del océano se manifiesta en las costas sudamericanas. Pero lo minimiza y hasta encubre cuando las grandes masas calientes se han concentrado en Oceanía. La gráfica de las anomalías térmicas, en el caso del “El Niño”; y la de las temperaturas absolutas en el caso de “La Niña” –como muestra el gráfico– ponen en evidencia la concentración de aguas calientes de la “piscina” en uno y otro extremos del Pacífico Sur.

Pues bien, todo lo que venimos revisando en las últimas páginas es el resultado de la utilización, tanto de modernos criterios científicos, como de los sistemas de control y evaluación más sofisticados. Así, los países más desarrollados vienen auscultando meticulosamente el océano Pacífico con boyas electrónicas y satélites en el espacio.

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