DESCUBRIMIENTO Y CONQUISTA:

Del nombre de los españoles


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Alfonso Klauer

El “gran imperio de los inkas”

Ahora bien, no podemos concluir esta parte sin explicitar los que consideramos que han sido los supuestos a partir de los que, tan fácilmente, renombrados historiadores han caído en tan erradas conclusiones.

El esquema general es muy simple: si “A” –el Imperio Inka– era bueno, justo, la más alta expresión de la cultura andina, etc.; entonces, fue un error, una locura, una lástima, una respuesta incoherente e, incluso, implícitamente, hasta una traición, que “B” –los huancas los tallanes o los kollas, por ejemplo –, se aliaran con “C” –los conquistadores españoles–.

Entre los primeros y que con más elocuencia idealizaron al Imperio Inka se cuenta el jesuita Blas Valera, que había nacido en Chachapoyas. “...sus continuas alabanzas y ponderaciones de la bondad y excelencia de los Incas –dice Riva Agüero– [alentaron] de manera decisiva las exageraciones idealizadoras y apologéticas a que naturalmente propendía Garcilaso”.

Éste, pues, sin ser el primer apologista, estuvo entre los primeros. Al fin y al cabo, era hijo de princesa inka, nació en el Cusco y, ciertamente, no tuvo la formación histórica ni metodológica que le permitiera ver más allá de lo aparente, ni la objetividad que le permitiera ver más allá de los dictados de su corazón.

Ya en este siglo, al cabo de agotadoras revisiones de las crónicas de la conquista, y en mérito a sus propios análisis, historiadores como Riva Agüero llegaron a la conclusión del “buen gobierno de los Incas”.

Cargado de una subjetividad que nada tiene de científica, Riva Agüero cae en su propia trampa. Dice él, criticando a los críticos del imperio: “...como si deslustrar el Imperio Incaico no redundara en apocar las hazañas de quienes lo domeñaron”. Pues bien, exactamente con el mismo criterio podemos decir de él: como si lustrar al imperio no redundara en apocar las inauditas barbaridades que cometieron sus protagonistas y no redundara en apocar el desastre al que condujeron los inkas a los pueblos que sojuzgaron.

Pero desde vertientes completamente distintas se ha llegado a conclusiones equivalentes.

El caso más notable –porque al fin y al cabo es el autor peruano más leído y traducido de todos los tiempos, y el que ideológicamente ha tenido más trascendencia–, ha sido el de José Carlos Mariategui.

En los célebres 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, dijo Mariátegui: “Al Virreinato le corresponde, originalmente, toda la responsabilidad de la miseria y la depresión de los indios”. Poco después agrega: “A la República le tocaba elevar la condición del indio. Y contrariando este deber, la República ha pauperizado al indio, ha agravado su depresión y ha exasperado su miseria”. Por último recogemos la siguiente cita: “La feudalidad criolla se ha comportado, a este respecto, más ávida y más duramente que la feudalidad española. En general, en el ‘encomendero’ español había frecuentemente algunos hábitos nobles de señorío”.

A estos respectos, hay dos errores de Mariátegui que queremos poner en evidencia.

En primer lugar, de manera formalmente implícita –porque no lo menciona–, y de modo esencialmente explícito –porque con el “originalmente” que le hemos puesto en cursiva en la primera idea, lo exime de absolutamente toda responsabilidad–, Mariátegui insisúa que el Imperio Inka no ha jugado ningún rol ni tuvo consecuencia alguna en la historia de los pueblos a los que sojuzgó –humilló, desarmó y arruinó–, eliminándoles toda posibilidad objetiva de respuesta militar.

Y los seguidores de Mariátegui, con información más reciente, reconociendo explícitamente que los nativos peruanos fueron “sometidos y también doblemente explotados por sus dominadores imperiales”, a pesar de ello, siguen sin corregir y menos aún enjuiciar el error de Mariátegui.

Pues bien, no dudamos de nuestra reiterada afirmación de que las fuerzas militares del Imperio Español eran, a fin de cuentas y en suma, inconmensurablemente superiores a las de todos y cada uno de los pueblos americanos a los cuales conquistó.

Pero si en vez de encontrarse con un imperio colapsado y con 59 pueblos derruidos, los conquistadores se hubieran encontrado con sesenta pueblos independientes; en vez de 59 aliados y un enemigo debilitadísimo, se habría encontrado con 60 enemigos mortales que, incluso, habrían hecho múltiples y sucesivas alianzas, cada vez más grandes y crecientes, que habrían modificado totalmente la historia.

El historiador Juan José Vega sostiene que la resistencia militar de casi 40 años que lideró una pequeña fracción de la supérstite élite imperial representó la muerte de “unos dos mil españoles”. Asumamos que fue sólo la mitad. ¡Cuán gigantesco esfuerzo y sacrificio humano, despliegue de fuerzas y de recursos habría tenido que mostrar el Imperio Español para vencer a esos 60 pueblos con alta moral, íntegras fuerzas militares e intactos recursos logísticos!

Por lo demás, ¿no es fácil imaginar la reacción en cadena y moralmente fortalecida que habrían tenido el resto de los pueblos de América al constatar que tras 30, 40 o 50 años de lucha los pueblos de los Andes no caían ni se rendían? Mariátegui, pues, yerra gravemente. El daño inferido por el Imperio Inka a los pueblos de los Andes fue infinito.

Y de ello, como podía esperarse, se aprovechó el imperio conquistador europeo.

En segundo lugar, ¿fue acaso por ahorro de palabras que Mariátegui obvió mostrar uno, siquiera un “hábito noble de señorío” que “frecuentemente” se encontrara entre los encomenderos españoles? Doble autoengaño: ni hubo tal “hábito” y, menos aún, fue “frecuente”.

Él ya no está para mostrárnoslo, ni ninguno de sus seguidores podrá mostrarlo jamás.

Como ninguno de los explícitos panegiristas del Imperio Inka podrá mostrar nunca un sólo hábito frecuente de noble señorío en la élite imperial inka mientras dirigió los destinos del imperio. Así como nadie que se conduzca con objetividad podrá mostrar otro tanto en el caso de la élite de Mesopotamia, ni de la de Egipto, ni de la de Grecia, ni de la de Roma.

Desengañemosnos de una vez por todas: no ha habido ni habrá un solo imperio en la historia de la humanidad que haya sido –o sea– bueno para los pueblos sojuzgados. Y, ni siquiera, para toda la propia élite imperial. Y sino recordemos a todos los que murieron exterminados durante la hecatombe final de cada uno de los imperios.

Pues bien, la obra intelectual de José Carlos Mariátegui ha sido una de los más, sino la más trascendente de todos los esfuerzos intelectuales que ha realizado peruano alguno en el siglo XX. Muchísimos intelectuales peruanos y extranjeros –incluso sin advertirlo– han quedado “encasillados” en los esquemas de Mariátegui, dado el enorme y justificadísimo prestigio intelectual que adquirió en su tiempo.

Y los historiadores, en particular, y a partir del grave error de conceptualización que tuvo en torno al Imperio Inka, reforzaron y recrearon esa perspectiva y –contra la historia – fueron encontrando cada vez más y más virtudes al nefasto imperio.

Y, muy probablemente sin que estuviera en las intenciones de Mariátegui, inundaron entonces el mundo intelectual las tesis insólitas del “imperio socialista de los incas”.

Porque si Garcilaso, el jesuita Blas Valera y otros, habían ya dado pábulo, novelesco, anecdótico y superficial para ello, la inmensa autoridad intelectual de Mariátegui le terminó otorgando carta de ciudadanía científica a errores que, a partir del suyo, crecieron como una bola de nieve rodando por la pendiente.

Serios y largos debates y estudios terminaron sin embargo dando al tacho con la tesis del imperio socialista de los inkas.

Ello, no obstante, no fue suficiente para que los historiadores escaparan del error inicial de conceptualización de Mariátegui sobre el Imperio Inka. Mayoritariamente terminaron por aceptar, pues, que no había sido socialista. Pero, a pie forzado, dentro del esquema implícito de Mariátegui, siguieron considerando que había sido un “gran imperio” –un magnífico imperio–, o que había sido “bueno” –justo, equitativo, sabiamente redistributivo–, o, por último, como seguramente pensó Mariátegui, que no había representado daño alguno a los pueblos del Perú.

Del Busto, por ejemplo, sin tener formación marxista ni mucho menos, más próximo en todo caso a Garcilaso y Riva Agüero que a Mariátegui, en las 700 páginas de Perú incaico y La conquista del Perú, –más allá de contadísimas, episódicas e inconsistentes críticas – alcanza a dejar, al cansado y saturado lector, la sensación del “gran” –por grandioso – Imperio Inka.

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