TAHUANTINSUYO: El cóndor herido de muerte  

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Alfonso Klauer

El origen del quechua

Si el quechua fue el idioma de los chankas durante el Imperio Wari, fue entonces el idioma difundido en los Andes entre los siglos VI y XI. Y, en consecuencia, se difundió pues también, o se consolidó como tal, en el área del Cusco, que fue no sólo parte importante del Imperio Wari, sino el territorio conquistado más próximo a Wari, la capital imperial de los chankas.

¿Puede de ello concluirse que el quechua nació pues en Ayacucho? No. Porque dominando durante siglos los chankas a los moche –mochica (chimú) –(a2) en el Gráfico Nº 21–, si no pudieron erradicar el muchik de éstos, debe presumirse pues que tampoco pudieron erradicar el idioma de los vecinos chavín –(c2)–.

Y, en el improbable caso de que esto hubiese ocurrido, tendría que admitirse entonces que el quechua fue implantado en los Callejones de Huaylas y Conchucos en apenas el siglo de hegemonía inka (c) lo que es todavía menos probable. El quechua, entonces, necesariamente habría sido también el idioma de los chavín durante el Imperio Wari (c2).

¿Cómo habría llegado pues el quechua a implantarse en los Callejones de Huaylas y Conchucos y en Ayacucho desde antes del Imperio Wari?

Torero presume que en el período inmediatamente anterior al Imperio Wari –“C” en el gráfico–, en mérito a su privilegiada situación geográfica, entre los pueblos del norte y del sur, habría correspondido a la nación ica, fundamentalmente desde la hegemónica Nazca, la tarea de difusión del quechua. Y que, en el período precedente –“B” en el gráfico – dicho rol habría sido cumplido por Pachacámac 652, que, a la caída del Imperio Chavín –“A” en el gráfico–, habría ocupado el papel de centro religioso ecuménico.

¿Fue entonces el centro ecuménico de Pachacámac el foco originario del quechua? Es muy poco probable. Y dos razones abundan en esa conclusión. La primera es que –a la luz de la experiencia del Vaticano en los últimos mil años, que no es precisamente un antecedente históricamente despreciable– un centro ecuménico, por importante y poderoso que sea, casi no tiene forma de expandir su idioma: la presencia de los visitantes es casi efímera; así, su impacto idiomático es pobrísimo.

Salvo en el caso de aquellos visitantes que hablan el mismo idioma que el del centro ecuménico (como ocurre con el italiano para el caso del Vaticano), en cuyo caso les refuerza el idioma.

La segunda razón es que todavía es menos probable que, además de sus escasas posibilidades de impacto lingüístico, en quinientos años Pachacámac hubiese podido erradicar el lenguaje de los chavín, desarrollado durante los mil años del imperio, para imponerles el quechua. Así, si tampoco en este caso hubo erradicación de idioma, lo más probable, pues, es que también el quechua –o protoquechua– fuera el idioma de los chavín.

Todo parece indicar, pues, que el Imperio Chavín habría sido la cuna del quechua, cuyas raíces y difusión, entonces, se remontarían a más de 3 000 años. Ese prolongadísimo tiempo sí parece razón suficiente para explicar la expansión pan–andina del quechua.

Y sólo una raigambre tan profunda como ésa permite entender su persistencia actual, a pesar de cinco siglos de intensa castellanización.

Chavín, en definitiva, sería la cuna del quechua. Y el Quechua Wáywash hablado en el siglo XX en los Callejones de Huaylas y Conchucos, la resultante de las influencias y variantes que se dieron en el tiempo durante la preeminencia de Pachacámac (c4), Nazca (c3), Wari (c2), Chincha (c1), y Cusco (c).

El protoquechua sembrado en Ayacucho durante el Imperio Chavín –(b6) en el gráfico – habría evolucionado de manera distinta tras la pobre influencia que habría recibido de Pachacámac (b5), el reforzamiento de la variante que se difundió desde Nazca (b4), el desarrollo autónomo que adquirió durante la vigencia del Imperio Wari (b3), el retraimiento que sufrió tras el colapso y con la influencia que llegaba de Chincha (b2), la influencia de la variante que se impuso desde el Cusco durante el Imperio Inka (b1–b), y, finalmente, el nuevo retraimiento a que dio lugar el período Colonia–República.

El quechua llegó al siglo XX en el Cusco con una historia sumamente distinta. Débilmente habría sido sembrado el protoquechua durante el Imperio Chavín (d6). Habría sido pobremente reforzado durante la preeminencia costeña de Pachacámac (d5). Quizá llegó con mayor impacto durante la más próxima influencia de Nazca (d4). Pero fue enormemente reforzado durante el Imperio Wari (d3). Con pobre desarrollo autónomo durante el período siguiente, pero influenciado desde Chincha (d2), adquirió luego un enorme desarrollo durante el siglo del Imperio Inka (d1).

Algunos cronistas –y en particular el padre Bernabé Cobo 653–, refieren que en el Cusco imperial se hablaba hasta dos tipos de quechua. El popular o runa simi, y el de la élite.

Cobo, de la información que le habría proporcionado un nieto de Huayna Cápac, concluyó que el de la élite debió ser el dialecto quechua de Pacaritambo 654. De ser así, éste, según nuestras propias conjeturas, se habría moldeado entonces en el período que estamos denominando (d4). En cuyo caso, contra lo que se cree, habría sido más bien una variante arcaica.

Mucho más probable es en cambio que el quechua de la élite cusqueña fue el que se enriqueció del contacto de ésta con la élite chanka (d3), y del contacto que, en el período siguiente, tuvo la misma élite inka con la élite de comerciantes chinchas (d2).

El hecho de que en el siglo XX no existieran ya variantes idiomáticas entre élites nativas, dado que habían sido totalmente eliminadas del espectro social por la absoluta hegemonía hispana durante el Virreinato y criolla durante la República –“G” en el gráfico –, no debe hacernos perder de vista que, en efecto, durante los larguísimos períodos precedentes, tales variantes se dieron siempre.

Ciertamente, en todas las grandes civilizaciones e imperios en la historia de la humanidad, hablándose un mismo idioma en la nación hegemónica, las élites siempre han hablado –y hablan– un lenguaje muy especial, distinto del de las masas.

Eventualmente no se trata sino de un idioma más culto o mucho más culto, en mérito al hecho de que las élites se desenvuelven en un mundo cultural muchísimo más complejo y variado, a diferencia del simple y rudimentario mundo cultural dentro del que viven los campesinos. Y ello, indiscutiblemente, también se dio en el Imperio Inka.

En síntesis, si nuestra hipótesis es válida, habría razones suficientes para dejar de seguir atribuyendo al Imperio Inka el mérito de la difusión pan–andina del quechua. El foco inicial habría sido Chavín de Huántar. Y, como se ha visto, el “mérito” de su difusión habría correspondido sucesivamente a casi todas las más importantes naciones el Perú antiguo y sus respectivos centros urbanos hegemónicos: chavín, desde Chavín de Huántar; lima, desde Pachacámac; ica, desde Nazca y Chincha; chanka, desde Wari, e; inka, desde el Cusco.

La persistencia del quechua en muchas áreas del territorio andino en pleno siglo XXI, a pesar de los 500 años de hegemonía castellana, y de los eficientes sistemas masivos de difusión de las últimas décadas, es una prueba concluyente de cuán difícil y centenariamente prolongado es el proceso de arrancarle a un pueblo su idioma materno.

Y más todavía cuando esa erradicación, explícita o implícitamente, no es un objetivo prioritario del grupo hegemónico, como ha ocurrido y sigue ocurriendo en muchas áreas del territorio andino.

Porque, por el contrario, allí donde masivamente se concentraron los conquistadores españoles, primero, y las élites republicanas, después, esto es, en la costa en particular –donde en la práctica la castellanización se convirtió en un objetivo implícito prioritario –, allí sí fueron erradicados los idiomas correspondientes: el muchik de los chimú, en la costa norte; y el quechua de los lima e ica, en la costa central; y el aymara de las colonias kollas, en la costa sur.

Por último, y aunque parezca innecesario explicitarlo, el vínculo entre el Quechua del norte o Wáywash (Q I) y el Quechua del sur o Wámpuy (Q II), fue completamente roto, desde los inicios de la Colonia, cuando se dispuso el asentamiento del centro hegemónico “castellano–excluyente” en Lima. Así, tras 500 años de completo aislamiento entre sí, ambas variantes idiomáticas del quechua resultan prácticamente ininteligibles.

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