TAHUANTINSUYO: El cóndor herido de muerte  

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Alfonso Klauer

Sacsahuamán: el reloj más costoso del planeta

Como parte de la concentración en el Cusco de la enorme riqueza que fluía de todo el territorio andino, la ciudad contó con el más grande y espectacular edificio de piedra jamás erigido en toda la América Meridional: la fortaleza de Sacsahuamán. El cronista español Sancho 587 dijo de ella:

...muchos españoles que la han visto y han estado en (...) otros reinos extraños [de Europa] dicen que no han visto otro edificio como esta fortaleza, ni castillo más fuerte.

El historiador inglés Clements Markham, diría en las postrimerías del siglo XIX: “No hay construcción de su género en el mundo, que pueda comparársele. Es la obra más grandiosa del hombre antiguo de América”.

En general se presume –como afirma Del Busto–, que su construcción se inició bajo el gobierno de Pachacútec. Y, según se cree, la enorme obra continuó levantándose hasta el gobierno de Huayna Cápac.

A despecho de lo que tradicionalmente se afirma, es muy posible que la versión más remota de Sacsahuamán empezó a erigirse muchísimo antes de que Pachacútec gobernara en el Cusco. Esto es, cuando todavía el pueblo inka no había rebasado sus fronteras, cuando sólo era uno más de los pueblos andinos que pugnaba por materializar su propio proyecto nacional.

Los textos de Garcilaso y otros cronistas dejan entrever que, durante siglos, hubo una mutua y profunda animadversión entre ambos vecinos. Hoy está claro que el imperialismo chanka dio razones suficientes para ello.

Tras la caída del Imperio Wari, y quizá a lo largo de todo el siglo XII, ambos pueblos habrían vivido, empobrecidos y encerrados en sus fronteras, lejos de un clima bélico. Es posible presumir, sin embargo, que los conflictos fronterizos reaparecieron y las tensiones fueron constantes a lo largo de los siglos XIII y XIV, llegando a su cima durante la invasión chanka del Cusco, en las primeras décadas del siglo XV.

Es entonces razonable suponer que fue en ese contexto de tensión fronteriza, en presencia de la siempre latente amenaza chanka, que el pueblo inka empezó a erigir la primera versión de Sacsahuamán. Esto es, hasta doscientos años antes de lo que viene sugiriendo la historiografía tradicional.

Aquella primera fortaleza, erigida sólo con los brazos del pueblo inka, habría sido una obra diminuta y rústica. Por lo menos en comparación con el edificio que, con el concurso de miles y miles de constructores kollas y de otras naciones, terminó de levantarse durante el imperio.

No obstante, el principal objeto de esta sección es poner en tela de juicio si la monumental obra que llegaron a conocer los conquistadores españoles, para efectos prácticos y hacia las primeras décadas del siglos XVI, aún era o no una fortaleza.

Nos explicaremos mejor. Mientras estuvo latente la amenaza chanka, fue sin duda una fortaleza, un reducto militar eminentemente defensivo. Más aún, tras el triunfo de las huestes de Pachacútec sobre los chankas bien pudo iniciarse su renovación y engrandecimiento, con propósitos no sólo militares sino también –como hemos visto que opina Rostworowski – con propósitos celebratorios, pues uno y otro objetivo no se excluyen.

Pero, desde mediados del gobierno de Pachacútec, consolidada ya la fase imperial, ¿tenía sentido seguir destinando gigantescos recursos materiales y humanos, en la ampliación y culminación de una gran fortaleza, siendo que objetivamente el poder imperial residente en el Cusco se sabía exento de amenaza vecina alguna –como coincidentemente se plantea también en Culturas Prehispánicas–?

¿No resulta obvio que en el esplendor del poder imperial, una obra defensiva de esa naturaleza, en la ciudad del Cusco, resultaba un gasto absolutamente inútil? La ostentación y derroche que exhibió la élite inka en sus usos cotidianos, y el inaudito engalanamiento de oro y plata con que revistió edificios como el templo de Koricancha, no deben llevarnos a una conclusión equivocada.

Todo ello, objetiva y subjetivamente, les resultaba “gasto útil”: cumplía funciones específicas. En términos objetivos, les permitía distinguirse con nitidez del resto de los mortales. Y, subjetivamente, satisfacía sus gustos y apetencias.

En otras palabras –y a menos que se nos demuestre lo contrario–, postulamos que la élite imperial inka, ni siquiera en sus mayores extravíos, habría incurrido absurdamente en “gastos inútiles”, esto es, en aquellos que –para ella– no cumplían ningún fin objetivo ni subjetivo.

En esos términos, durante la fase de consolidación imperial, Sacsahuamán, como fortaleza, habría sido a todas luces un “gasto inútil”. De allí pues que –presumimos– fue dándose cada vez más a la obra un carácter distinto al original: ya como monumento recordatorio, pero también –como postulamos– con usos más prácticos.

Lo que hoy se denomina el “torreón de Moyocmarca”, en la cima de Sacsahuamán, parece ser un buen indicio de nuestras sospechas. Todo indica que se habría tratado de un inmenso reloj y calendario astronómico con el que se controlaba el advenimiento y transcurso de las estaciones, fundamental para decidir las fechas de siembra y otras tareas agrícolas y, en correspondencia, las grandes celebraciones cívico–religiosas.

La ubicación del “reloj de Moyocmarca” –como correspondería llamarlo– coincide con la referencia que hace precisamente la propia María Rostworowski en el sentido de que, para el mejor cálculo de las fechas, Pachacútec mandó labrar un rejol de piedra en un lugar alto.

Y la descripción que hace Garcilaso en “Alcanzaron la cuenta del año y los solsticios y equinoccios” de sus Comentarios reales, se ajusta perfectamente al diseño geométrico del torreón de Moyocmarca. Veamos.

...tenían cuidado de mirar cada día la sombra que la columna hacía. Tenían la columna puesta en el centro de un cerco redondo muy grande...

Y dando a conocer cómo funcionaba el reloj astronómico agrega el propio Garcilaso:

...en medio del cerco, a manera de hilo, había una raya de oriente a poniente, que por larga experiencia sabían dónde había de poner un punto y el otro (...) Cuando la sombra tomaba la raya de medio a medio desde que salía el Sol hasta que se ponía, y que a medio día bañaba la luz del Sol toda la columna en derredor, sin hacer sombra en ninguna parte, decían que aquel día era el equinoccial...

Esa descripción corresponde en realidad a lo que ocurre en los relojes solares de la zona ecuatorial. En el Cusco –como se ilustra en el gráfico–, incluso en fechas equinocciales la columna hace una pequeña sombra hacia el sur.

El reloj astronómico, con los correspondientes y distintos recorridos de la sombra de la columna central, permitía precisar con exactitud las fechas. Así, cuando la sombra a lo largo del día barría un cono como el que se ha sombreado en rojo en el gráfico, había llegado el solsticio del verano austral: 22 de diciembre.

Era la fecha en torno a la cual, regularmente, y para alborozo de los campesinos, empezaban las grandes lluvias fertilizando la tierra. Era, pues, la época de la siembra de la papa, la oca, el olluco, la quinua y también del maíz. Y todo aquello se celebraba con la gran festividad del Cápac Raymi.

En el solsticio del invierno austral, 21 de junio, normalmente habían terminado las campañas de cosecha. Así, asegurado el principal abastecimiento alimenticio del período siguiente, se daba paso a la gran celebración del Inti Raymi, la fiesta más importante del mundo andino y del calendario inka.

....es de notar –sigue diciendo Garcilaso– que los Reyes Incas (...) así como iban ganando las provincias, iban experimentando que, cuanto más se acercaban a la línea ecuatorial, tanto menos sombra hacía la columna...

Así apreciaron que, entre Tumbes y Quito, durante los equinoccios de primavera y verano, por caer los rayos del Sol exactamente perpendiculares sobre la columna, no había señal de sombra alguna a medio día –como bien señala además el cronista–.

Las importantísimas columnas centrales que por todo el reino había fueron derribadas por los capitanes españoles porque los indios las idolatraban –afirma una vez más Garcilaso 595–. He ahí pues porqué habría desaparecido también la de Sacsahuamán.

En definitiva –según estimamos–, Sacsahuamán habría terminado siendo, aunque siempre útil, y como reloj y calendario oficial del Tahuantinsuyo, el más grande reloj solar de los Andes, y, muy posiblemente, y entre otros aún desconocidos usos, un complejo observatorio astronómico.

Pero no por ello dejó de ser una prueba elocuente del exacerbado centralismo inka. Y no por ello dejó tampoco de ser una obra exageradamente onerosa. Y desproporcionadamente poco rentable: con una millonésima parte de sus costos se obtenía los mismo resultados.

Un magnífico testimonio de ello fueron los innumerables relojes solares ya desaparecidos; que por cierto fueron fácilmente destruidos por sus insignificantes proporciones.

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