TAHUANTINSUYO: El cóndor herido de muerte  

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Alfonso Klauer

Tributación agobiante

Pues bien, disponiendo los hatunrunas, yanaconas y mitimaes del 60 % de los recursos, pero trabajando y explotando el 100 % de los mismos, debe entonces concluirse que el nivel promedio total de tributación de este sector de la población fue del orden de 40 %.

También a este respecto hemos cambiado pues la cifra que pusimos en nuestra primera edición (¡70 %!).

En ella –debemos admitir que sin mayor análisis–, aceptando a rajatabla el trillado y famoso criterio de los tres tercios iguales en el reparto de la tierra, dimos por válida la afirmación de Núñez en el sentido de que durante el Imperio Inka los trabajadores andinos producían “33,33 % como trabajo necesario y 66,66 % como trabajo supletorio”.

Bastante más sensata parece ser pues la cifra de 40 %. Ese nivel de tributación quizá sólo se da hoy en algunos países desarrollados. Pero cuidado, solamente entre los sectores de más altos ingresos. Y no precisamente entre los más pobres, que quizá sólo tributan los impuestos al valor agregado (5 – 10 %). Proporcionalmente, ese mismo tipo de tributos, que virtualmente son casi los únicos que pagan los más pobres en los países subdesarrollados de hoy, son bastante más altos, como ocurre en el Perú, donde debe estar en el orden de 15 – 20 %.

En esos términos, debe considerarse que la carga tributaria que pesaba sobre el sector poblacionalmente más numeroso y pobre del Imperio Inka era pesadísima, sumamente onerosa, habida cuenta de que lo que les quedaba apenas aseguraba la subsistencia. Y con el agravante de que, en ausencia de indicios que permitan suponer lo contrario, eran en verdad los únicos que tributaban –como también ocurrió en casi todos los imperios de la antigüedad en todas las latitudes–.

La variada y copiosa producción agrícola y ganadera, pero también textil, que los ayllus de hatunrunas entregaron como tributo, fue la más importante modalidad de ingreso de que dispuso y manejó a su arbitrio el poder imperial. No obstante –y como observa Valcárcel–, en términos absolutos los volúmenes aportados debieron fluctuar con la variabilidad periódica de las cosechas –afectadas por un clima esencialmente inestable, agregamos–.

Hubo sin embargo formas complementarias y sustitutorias de tributación, que se impusieron porque –como bien aclara Nachtigall–, las grandes distancias respecto del centro imperial dificultaban el acarreo de grandes volúmenes.

Así, los mapochos de Chile fueron obligados a tributar en oro –afirma Vitale–; y los pastos de Colombia con esmeraldas y turquesas –asevera a su turno Espinoza–.

La especialización natural de los territorios determinó a su vez que los kollas tributaran con grandes cantidades de llamas, alpacas y cargas de lana fina –según puede leerse en Valcárcel 549–; pero asimismo con huevos de aves lacustres, y con pescado del Titicaca, que era enviado fresco o seco –según da cuenta Waisbard–. Pero además con oro de lavaderos y “cantidad grande de pastas de plata” –como refiere Cossío del Pomar–.

Por su parte, zonas costeras tributaron también con pescado salado y con pescado fresco que era llevado expresamente al Cusco por chasquis –según da cuenta el cronista Garci Diez de San Miguel–. También se pagó tributo con productos manufacturados, tales como ropa y calzado, así como con cántaros y ollas de barro –refiere el cronista Íñigo Ortiz de Zúñiga–.

Y también con la responsabilidad que tenían los muchachos de nueve a doce años que –según Huamán Poma–, debían recolectar plumas para la confección y adorno de prendas.

Y fue tributo, claro está, el incansable y masivo trabajo de las mujeres hilando y tejiendo prendas por disposición del poder imperial –como afirma Murra–.

También fueron tributo los ingentes botines de guerra que tomó el poder imperial en sus incursiones de conquista, reconquista o represalia.

Famosos por su magnitud fueron los botines arrebatados a los chankas –como recuerda Hernández–; a los kollas –a decir del cronista Cabello Valboa–; y a los chimú –según Rostworowski–. Asimismo –según el cronista Murúa–, el botín de esmeraldas y turquesas capturado a los cayambis, y el de esmeraldas a los habitantes de la isla Puná, frente a Guayaquil.

Fueron además tributo de los pueblos las legiones de prisioneros de guerra que se capturó al momento de las conquistas, y que fueron asignados como yanaconas, y los contingentes de éstos que anualmente debieron seguir aportando. Y lo fueron las mamaconas y acllas que capturó el poder imperial, y las demás mujeres adultas que fueron entregadas como premio a miembros de la élite y funcionarios.

Y por cierto las innumerables bajas en las huestes que aportaban los pueblos para las guerras de expansión y para el aplastamiento de las rebeliones nacionales.

Es posible sin embargo que, además de todo ello, los pueblos dominados tuvieron que pagar aún más.

Ello habría ocurrido sobre todo en las postrimerías del gobierno de Huayna Cápac, cuando la necesidad de debelar levantamientos independentistas obligó al ejército imperial a un despliegue realmente extraordinario.

No sólo por la magnitud del ejército reclutado que –como se ha dicho–, llegó a tener hasta 200 mil hombres, sino por el enorme despliegue de esfuerzos y gastos que tuvo que realizarse para, guerreando, cubrir distancias tan grandes como las que separan a Charcas, en Bolivia, con Quito, en Ecuador.

En esas desesperadas circunstancias, los pueblos fueron obligados a dar de comer a las tropas –afirma Murúa–, desprendiéndose de una parte de la fraccion que les correspondía para su precaria subsistencia.

Y también debe ser entendido como tributo el trabajo organizado que, bajo la denominación de chunga, emprendían los pueblos para enfrentar los estragos de inundaciones, derrumbes, terremotos, etc. –según da cuenta Del Busto–.

Quizá la relación más detallada de algunas de las múltiples formas complementarias de tributo que pagaban los pueblos, fue la que en 1549 proporcionaron los kurakas de Huánuco sobre las obligaciones del grupo étnico Chupaychu durante el Tahuantinsuyo.

Los chupachos posiblemente constituían un grupo de 15 mil a 18 mil personas, o –como afirma Pease 564–, de 3 mil a 3 500 unidades domésticas. Estaban ubicados en la zona del Alto Huallaga, esto es, a pie, a casi 1 000 kilómetros del Cusco. Y administrativamente dependían del establecimiento inka de Huánuco Pampa.

He aquí el recuento de los tributos que estaban obligados a aportar y que transcribimos de Los Incas, del historiador Franklin Pease 565. Nos hemos permitido sin embargo reagruparlos en tres subconjuntos:

Contribuciones permanentes:

– Tres hombres y tres mujeres, por cada cien adultos, para extraer oro que durante todo el año era llevado al Cusco;

– Sesenta hombres y sesenta mujeres para extraer plata que durante todo el año era llevada al Cusco;

– Cuatrocientos hombres y sus esposas 566 trasladados al Cusco durante todo el año para participar en tareas de construcción (si moría alguno tenía que ser sustituido);

– Cientocincuenta hombres para trabajar permanentemente como yanaconas de Huayna Cápac;

– Cientocincuenta hombres para la custodia permanente de la momia de Túpac Yupanqui;

– Diez yanaconas para trabajar en depósitos de armas;

– Doscientos para custodiar a los chachapoyas;

– Doscientos para custodiar a los quitos;

– Ciento veinte hombres para hacer adornos de plumas;

* Sesenta hombres para extracción de miel;

– Cuatrocientos hombres para confeccionar prendas finas (cumbi);

* Cuarenta para preparar tinturas y colores;

* Doscientos cuarenta para pastoreo;

* Cuarenta hombres para extraer sal;

– Cuarenta hombres para confeccionar calzado que era llevado al Cusco;

* Cuarenta artesanos para confeccionar platos y otros utensilios de madera;

* Cuarenta artesanos para confeccionar vajilla de cerámica;

– Sesentiocho hombres como guardias del tambo de Huánuco;

– Ochenta cargadores para llevar bultos a tambos distantes;

– Cuarenta para custodiar a las mujeres del Inka;

– Quinientos como cargadores de las andas del Inka;

Contribuciones periódicas:

– Cuatrocientos hombres para sembrar tierras en el Cusco (una o dos veces al año);

– Cuarenta hombres para trabajar las tierras del Inka en Huánuco;

– Cuarenta hombres para sembrar ají en el Cusco;

– Sesenta hombres para sembrar y cosechar la coca que era llevada al Cusco;

Contribuciones esporádicas:

– Cuarenta hombres para acompañar al Inka durante sus cacerías de venados, y;

* Quinientos hombres para sembrar (?) y otras diversas actividades, sin salir de sus tierras.

Resulta obvio que, conforme lo muestra la lista que se acaba de presentar, se deduce que la atención principal de la administración imperial “giraba alrededor del control de la energía humana” –como afirma Pease–.

En lo que extrañamente no reparó Pease es que, a ese respecto, la administración inka no significó ningún cambio y menos un aporte técnico–administrativo para la etnia en cuestión. Porque –bien lo saben todos los historiadores– ese ponderado “control de la energía humana” ya lo hacían en todos los pueblos, desde la antigüedad más remota, los kurakas y grupos administrativos que los rodeaban.

Pease señala poco después un segundo aspecto igualmente obvio que se desprende de la larga y citada relación. Dice en efecto que la población Chupaychu “no entregaba cosa ninguna de su personal producción”. O, si se prefiere, no entregaba como tributo parte de la producción de alimentos, tejidos, cerámica, etc., que hacía para sí misma.

Pero no por ello esa contribución en “trabajo” o “energía humana” dejaba de constituir el tributo o conjunto de impuestos que dicho pueblo conquistado pagaba al poder imperial. Y no era poca cosa.

¿Trabajó Pease las cifras que tuvo a mano? No lo sabemos. Pero nuestros cálculos indican que la etnica Chupaychu contribuyó ni más ni menos que con 8 millones de horas–hombre por año. Es decir, y a la tasa de los míseros ingresos de los campesinos peruanos de hoy, tanto como el equivalente anual de 4 millones de dólares en impuestos.

¿Puede ambiguamente seguirse diciendo –como en este caso hace Pease– que dicha forma de administrar la energía humana “hacía posible la redistribución ejercida por el poder”?

¿Redistribución? ¿Redistribución en el sentido de “modificación hecha por motivos sociales” –como incluso reconocen hasta los diccionarios comunes–? ¿Y en beneficio de quiénes, acaso de los pueblos más pobres del imperio?

¿No es obvio que la mayor parte de la tributación de los chupachos tenía como destino satisfacer el gasto, consumo y los privilegios del poder imperial? ¿Y que el saldo –eventualmente sólo aquellos que hemos señalado con asterisco, y que representan el 15 % de las horas–hombre tributadas–, tenía como destino otros estamentos del Estado?

¿Corresponde a esa típica y abusiva exacción imperial denominarse “redistribución”? No, ello no sólo es un uso abusivo del lenguaje. Sino, lo que es más grave, deforma grotescamente la realidad.

Sí puede decirse en cambio –con el mismo Pease–, que “los incas llevaron a niveles quizás insospechados (...) muchas de las formas de organización andinas, aprovechando de esta manera su experiencia histórica”.

En nuestra opinión, sin embargo, esos insospechados “niveles” sólo estuvieron definidos por un parámetro cuantitativo: la mayor extensión del territorio en que se pusieron en práctica.

Si en la mayoría de las experiencias político-culturales independientes que vivieron los pueblos –sin contar pues los períodos en que cayeron bajo la hegemonía Chavín y Wari–, las viejas prácticas andinas de colaboración se dieron al interior de cada pequeña unidad económica, el ayllu; durante el Imperio Inka todo el territorio andino fue convertido en una sola y vastísima unidad económica (mucho más grande que las que administraron los dos imperios que lo antecedieron).

No obstante, con lo que se ha mostrado en los párrafos precedentes –y con lo que veremos inmediatamente después– no podemos suscribir que alcanzar esos “insospechados niveles” de organización y eficiencia “suponía llevar a extremos la reciprocidad y la redistribución como características básicas de la economía y las relaciones sociales andinas” –como también sostiene Pease–. No, con esos “insospechados niveles” de organización y eficiencia sólo se benefició la élite inka.

Por asombroso que parezca, el de Chupaycho es quizá el único caso en que es posible aproximarnos, aunque de un modo muy grueso, a la magnitud del daño que el imperialismo inka produjo a los pueblos conquistados.

En efecto, en los casi cien años del Imperio Inka, la etnia de Chupaychu de Huánuco no vio concretarse en su suelo inversiones productivas de gran significación, y menos aún obras que sumaran más de lo que aportaron en tributos. ¡Ello sí habría representado “redistribución”! Téngase en cuenta que durante la vigencia del Tahuantinsuyo dicha etnia habría aportado en impuestos tanto como el equivalente a 320 millones de dólares de hoy.

Libres del imperialismo inka, muy probablemente los chupachos habrían destinado cuando menos un tercio de esa suma a inversiones reproductivas en su territorio (canales de riego, andenes, vías, etc.); cuando menos otro tercio a infraestructura urbana (poblaciones, centros administrativos y ceremoniales, etc.); consumiendo libremente el resto.

Habría pues capitalizado una cifra sumamente considerable. Y, aunque sólo fuera por las edificaciones que hubieran logrado erigir, hoy todos hablaríamos de Chupaychu. No hay tal. El imperialismo inka, primero, luego el español, y hoy el macrocefálico centralismo en Lima, han determinado que Chupaychu ni siquiera figure en los mapas.

Hoy Chupaychu es sólo una “anécdota” de la historia.

Y, por añadidura, una anécdota que la historiografía tradicional deforma dando espaldas a la ciencia.

Pease, considerando sólo a los 400 chupachos y sus mujeres que debían permanentemente trasladarse al Cusco a labores de construcción, concluye que “una sétima parte del número de jefes de familia estaba adjudicado a las entregas de energía humana específicamente dedicadas a las construcciones durante el Tawantinsuyu”. Permítasenos corregir al historiador: no ambigua ni imprecisamente “a las construcciones”, sino –bien lo sabe –“a las construcciones en el Cusco”, que no es lo mismo.

Pero además, ¿a título de qué obviar el aporte tributario del resto de los chupachos? Nuestra estimación, ateniéndonos a la larga y explícita relación antedicha, es más bien que casi 4 mil tributarios estaban involucrados en ella. Mal puede considerarse una simple casualidad que esta cifra resulte bastante consistente con la del número máximo de unidades domésticas –o familias– a las que hace referencia el propio Pease.

Y no podía ser de otra manera, porque bien sabemos que, sin excepción, todos los hatunrunas tenían que tributar. Así, el kuraka chupacho que hizo la relación, parece haber sido pues bastante objetivo –mucho más que muchos de nuestros historiadores–: no excluyó a ningún tributario. ¿Por qué habría de mentir, excluyendo a algunos? ¿Por qué habría de ser ineficiente, dejándonos a la posteridad una lista incompleta?

Pues bien, al cabo de recuentos probablemente equivalentes a los que acabamos de realizar, el cronista Sarmiento de Gamboa concluyó que el nivel de tributación de los pueblos dominados por el imperio alcanzó la extraordinaria cifra de 75 % de la riqueza que fueron capaces de generar. Difícilmente puede considerarse verosímil un porcentaje tan alto. Mas si sólo hubiese alcanzado a 60 %, ya era una expropiación gigantesca, una carga pesadísima.

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