TAHUANTINSUYO: El cóndor herido de muerte  

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Alfonso Klauer

Intereses y objetivos

El Imperio Inka, en los albores del siglo XVI, mostraba pues cuatro grandes grupos sociales: la élite hegemónica, el grupo intermedio dominante no hegemónico, el sector dominado de hatunrunas y mitimaes, y el sector dominado de yanaconas y piñas en condición esclavizada.

Cada grupo tenía su propio conjunto de intereses por defender y, por consiguiente, aspiraba a alcanzar su propio conjunto de objetivos.

Afirmar –embriagados de idealismo, e incluso de chauvinismo anticientífico– que no hubo tal multiplicidad de grupos, y en consecuencia la correspondiente multiplicidad de conjuntos de intereses y objetivos, equivale a sostener que la sociedad andina bajo el Imperio Inka era un conjunto social homogéneo. Y ello, simple y llanamente, es insostenible –no obstante, ésa es la imagen que se suyo difunde aún la historiografía tradicional–.

Pues bien –recurriendo a una analogía de la física–, cada uno de los cuatro grupos era una fuerza –fuerza social– y se comportaba como tal.

Cada una de las fuerzas sociales actuaba, implícita pero coherentemente, para mantener sus intereses, es decir, para preservar todas aquellas conquistas materiales y espirituales que históriamente había logrado. Pero también actuaba para incrementarlos, y así alcanzar los objetivos que, quizá también sólo de manera implícita, se había fijado.

Intereses y Objetivos generales

Permítasenos explicitar una vez más que, en la versión de la historia andina que estamos presentando, nuestra hipótesis básica –como extensamente hemos desarrollado en Los abismos del cóndor, Tomo I–, es que, en condiciones normales –de salud mental– cada individuo y cada grupo social actúa cotidianamente de manera tal que asegura la preservación de sus intereses (vida, familia, alimento, abrigo, ideas y creencias, idioma, etc.); y, complementariamente, cada individuo y cada grupo aspira a alcanzar el correspondiente conjunto de objetivos (prolongar su vida, extender su familia, mejorar sus condiciones de vida, etc.).

Coherentemente, la hipótesis básica complementaria es que sólo excepcionalmente, en casos graves de alienación, los individuos actúan atentando contra sus propios intereses o los del grupo al que pertenecen. El suicidio es quizá el ejemplo por antonomasia.

Las conductas y aspiraciones normales o habituales, tanto en el caso del individuo como del grupo social, por lo general son inadvertidas e intuitivas e implícitas. Pero pueden alcanzar a ser concientes y explícitas. Mas, invariablemente, el ser humano actúa en función y en procura de lo que estima su legítimo beneficio.

Así, consistentemente, las razones de que un individuo, grupo social, pueblo, nación o país se vea perjudicado en sus intereses y/o no concrete sus objetivos, deben buscarse en las circunstancias históricas o el entorno al que pertenece: en la naturaleza, pobre de recursos y/o que sistemáticamente atenta contra el grupo; en su relación con otros grupos sociales, que eventualmente lo dominan o sojuzgan; en ambas razones, etc.

A nuestro juicio, y aunque nunca ha sido explicitada, la historiografía tradicional –de hecho y quizá hasta inadvertidamente– ha enfrentado el “fracaso histórico de muchos pueblos” (ausencia de creación de grandes culturas, atraso, pobreza, subdesarrollo, etc.) a partir de una hipótesis sustantivamente distinta: los individuos y grupos actúan cotidianamente de manera errática –no consistente–: hoy obteniendo beneficio de sus acciones, y mañana perjudicándose así mismos. O, si se prefiere, que los individuos y grupos actúan absolutamente desprovistos de objetivos. Así, como resultado de ese errático “ir y venir”, ven transcurrir el tiempo sin ver incrementados sus intereses, sin progresar.

No se requiere profundizar mucho en el análisis para concluir que, de la mano de esa hipótesis implícita, la historiografía tradicional –sin duda sin proponérselo –, ha reducido al ser humano a una condición inferior a la de los animales mismos. Porque éstos, aunque claramente sin objetivos, actúan en cambio consistentemente –por instinto de supervivencia–, en defensa de sus “intereses” biológicos. No se conoce de especie animal que actúe erráticamente poniendo en riesgo su propia existencia.

Si la conducta humana fuera infrazoológicamente errática, ¿cómo explicar entonces que unos grupos sociales o pueblos “progresen” y otros “fracasen”? ¿Acaso porque, contra toda lógica y contra toda probabilidad, unos tienen la increíble fortuna de erráticamente “acertar” siempre; y otros la inaudita desgracia de erráticamente “equivocarse” siempre? ¿Y cómo explicar que un mismo grupo social, o un mismo pueblo, o una misma nación –la inka, por ejemplo–, en un estadio no fuera sino un pueblo primitivo, que hasta cayó dominado sucesivamente por los kollas y por los chankas; en otro fuera la quintaesencia del éxito, centro y protagonista de un imperio; y en un tercer estadio –hoy– volviera a ser uno de los tantos pueblos atrasados y pobres de los Andes? ¿Acaso porque a su vez, también azarosamente, el pueblo inka saltó del yerro sistemático al acierto sistemático para caer nuevamente en una conducta cotidianamente errónea? ¿No resulta absolutamente absurdo todo ello?

¿No es obvio más bien que, manteniéndose constante el empuje y el espíritu de progreso del pueblo inka, fueron los distintos contextos por los que pasó los que explican los notables cambios o saltos que experimentó en el transcurso de su historia? ¿Y que es este mismo esquema lógico el que debemos aplicar para el caso de los distintos grupos –o fuerzas sociales – al interior de una sociedad, sea nacional o imperial?

Pues bien, en el esquema que venimos proponiendo, la dirección en que actúa cada fuerza social apunta hacia los objetivos que el grupo quiere alcanzar, Y, complementariamente, todo parece indicar que la magnitud de cada fuerza social está directamente relacionada con la magnitud de los intereses que defiende.

Si cada fuerza social actuara con absoluta libertad, sin ningún tipo de interferencia ni obstáculo –como si fuese la única protagonista en escena–, la consecución de sus objetivos sólo sería cuestión de tiempo.

Pues bien, durante el Imperio Inka todas las fuerzas sociales actuaban en el mismo escenario, disputándose el uso de recursos comunes en función de objetivos no comunes.

En la práctica, concientemente o no, se obstaculizaban e interferían mutuamente. Es decir, y una vez más por analogía, constituían parte de un campo de fuerzas.

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