TAHUANTINSUYO: El cóndor herido de muerte  

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Alfonso Klauer

El celibato masivo: dramática consecuencia

Como consecuencia de las cruentas guerras de conquista, rebeliones independentistas, y reconquistas militares, puede presumirse que la población masculina era sensiblemente menos numerosa que la femenina, en particular –insistimos–, en los pueblos y naciones sometidos dentro del Imperio Inka.

¿Puede suponerse algún porcentaje? Sí.

Los resultados de un censo en Lunahuaná, en 1577 –a 45 años de iniciada la conquista española –, cuando todavía no se habían borrado muchas de las secuelas de la política imperial inka, muestran que allí la población femenina era 29 % más numerosa que la masculina.  

Asumiendo, con carácter de hipótesis, que la población de mujeres en el conjunto del imperio fue superior en ese orden de magnitud (30 %) a la de hombres, ¿puede presumirse, a su vez, que con la poligamia se absorbió dicho excedente de población femenina? Huamán Poma, el célebre cronista mestizo, registró una escala que muestra probablemente la máxima cantidad de mujeres a las que tenía derecho cada funcionario que estaba a las órdenes del emperador Inka. Y Valcárcel, logró reconstruir la escala jerárquico –organizativa que se puso en práctica bajo el imperio. Una y otra fuente, permiten componer el Cuadro Nº 8.

Si la poligamia bajo el Imperio Inka se hubiera dado estrictamente bajo esos parámetros, por cada 10 mil varones adultos habría tenido que haber casi 27 mil mujeres, lo que resulta virtualmente inimaginable –y en lo que hasta ahora no ha reparado la historiografía tradicional, que es precisamente la que proporciona esos datos sin haberlos sometido nunca a evaluación–.

Si ese extremo de poligamia eventualmente llegó a darse, cabe presumir –porque tampoco lo define ni aclara la historiografía tradicional– que sólo ocurrió en “beneficio” de los varones adultos de la élite y del sector de funcionarios de la nación imperial, y de algunos kurakas y otros funcionarios “premiados” de los pueblos dominados.

Como se verá más adelante, consistentemente puede asumirse que, en las postrimerías del siglo XV, esa población masculina adulta polígama estuvo conformada por aproximadamente 202 mil personas, que habrían tenido entonces en conjunto tanto como 550 mil esposas. La enorme diferencia, 348 mil mujeres, habrían sido el “tributo” que esa generación de los pueblos dominados pagó para satisfacer ese especialísimo aspecto de la “cultura inka”.

Mas no puede pasar desapercibido que, entonces, esa misma cantidad, 348 mil varones adultos de los pueblos dominados, estuvieron “condenados” a no poder disponer –legal y efectivamente– de esposa alguna.

Habrían sido, pues, célibes forzosos.

Considerando una población sojuzgada de 9 millones de habitantes, con 40 % de población adulta, en la que había un 30 % más de mujeres que de hombres, el total de varones adultos era aproximadamente de 1 565 000 personas. Así, los “célibes compulsivos” constituían nada menos que el 22 % de los hombres, esto es, algo más de uno de cada cinco.

Se trataba, pues, de un problema social de enormes proporciones y, sin duda, de gravísimas repercusiones –pero sobre el que, sin embargo, la historiografía tradicional no ha dicho nunca una sola palabra–.

El “celibato” forzoso al que habría conducido la poligamia del poder dominante alcanzó no obstante a mantenerse bien soslayado.

¿Pero existió realmente la poligamia, o no pasó de ser un alarde de machismo? ¿Alcanzó a ser realmente masiva? ¿Fue en efecto también masivo el “celibato forzoso? Algunos indicios permiten concluir que, aunque en magnitud imprecisa, en efecto, tal problema social existió.

Valcárcel recoge la versión de un cronista anónimo 445 que, por ejemplo, indicó que entre los hombres del imperio: la mayor pobreza y miseria que sentían era no tener mujer.

En sentido contrario, pero ratificándose el concepto, el jesuita mestizo Blas Valera apuntó: llamábase rico el que tenía hijos y familia...

Eludir el celibato forzoso fue quizá la circunstancia que empujó a algunos hombres de los pueblos conquistados a disfrazarse. Entre los kollas, por ejemplo, se descubrió que muchos se vestían de mujer.

En el contexto del que venimos hablando, para muchos kollas –y seguramente también a varones de otras naciones dominadas–, vestirse de mujer fue, muy probablemente, una estratagema que les permitió superar furtivamente la violenta restricción del celibato forzoso a que en la práctica los condenaron los conquistadores inkas.

La acción de disfrazarse de mujer fue, sin embargo, una decisión que habría de resultar doblemente riesgosa.

En primer lugar, porque expresamente lo prohibía y severamente castigaba la legislación inka. Y en segundo lugar porque, sacada de su verdadero contexto histórico–social, y a partir de prejuicios, habría de ser visto –como la vio el cronista y sacerdote Ramos Gavilán y habrían de verla después muchos otros–: como una acción de hombres malvados, nada honrados, de malos instintos y costumbres dudosas, en referencia, sin duda, a un presunto homosexualismo.

En relación con esos hechos, puede también ubicarse la legislación inka sobre conducta pública y privada que recopiló el historiador Valcárcel, y cuya autoría otorgan los cronistas al Inka Pachacútec. De hecho, si sólo un porcentaje de los afectados con el “celibato forzoso” respondía a su violenta situación con actos de violencia sexual, tal circunstancia, sin duda, explica que la élite dominante decidiera tipificar esos delitos y reprimirlos.

Esa legislación, por ejemplo –como también han registrado Garcilaso, Huamán Poma y el padre Salinas–puso énfasis en indicar que la perversión, el afeminamiento, el homosexualismo, el estupro, el rapto y la violación eran severamente castigados. Todo aquel que tenía relaciones sexuales con una aclla –recordémoslo–, era condenado a muerte conjuntamente con ella.

Los forzadores y estupradores –afirma Huamán Poma– fueron condenados también a muerte, colgándoseles de los cabellos, y muertos a pedradas –abunda Kauffmann–. Los que se masturbaban en público –dijo asombrosamente a su turno el cronista Murúa– eran expulsados de su pueblo por un mes.

Finalmente, el cronista Sarmiento de Gamboaregistró su sorpresa al constatar el “abominable uso de bestias” –léase auquénidos – al que recurrían muchos hombres para satisfacer sus ímpetus sexuales.

Ratificando nuestra sospecha del camuflado clima de violencia sexual que se vivía en el Imperio Inka, las jóvenes y vírgenes acllas, al salir a la calle, lo hacían acompañadas de una mujer adulta y con escolta de guardias armados –refiere Del Busto–. Y para atenuar los riesgos de violación, los porteros de los locales donde residían y se formaban las acllas, habían sido precautoriamente castrados –refiere el mismo autor–.

Eran, pues, eunucos.

¿Dirá la historiografía tradicional que la institución del eunuconaje –porque así la llamaremos –no era idéntica a la que se practicó, por idénticos propósitos –y razones –en la vieja historia europea y asiática?

Pues bien, en el contexto de la compulsiva abstinencia sexual que impuso el poder inka, y a la luz de todas las manifestaciones de violencia que acabamos de mostrar, adquiere patética significación una insólita y brutal pero también reveladora decisión del Inka Huáscar, en plena guerra civil contra Atahualpa.

El cronista Santa Cruz Pachacutinarra en efecto que el Inka, burlándose de las autoridades de la localidad de Pomapampa y de los privilegios que se les había otorgado, y burlándose de las propias leyes del imperio, dispuso que cien soldados violaran públicamente en la plaza del pueblo a un grupo de mujeres jóvenes.

¿No resultan altamente consistentes con nuestra hipótesis de un “masivo celibato forzoso” durante el Imperio Inka, todas y cada una de las manifestaciones de violencia sexual a las que hemos hecho referencia?

Muy probablemente, no estaban dadas en el siglo XVI las condiciones para que Garcilaso y Huamán Poma, los padres Cobo, Ramos Gavilán y Salinas, y los cronistas Sarmiento de Gamboa, Murúa y Santa Cruz Pachacuti, se percataran de que muchos de esos “pobres sin mujer y sin hijos, de los que se disfrazaban de mujeres, raptaban y violaban, se masturban en público o recurrían a bestias”, no eran sino una inexorable consecuencia de la violenta abstinencia sexual que sufrían miles de los varones adultos de los pueblos dominados a consecuencia del abusivo privilegio de la poligamia inka.

Como muchas otras manifestaciones, el celibato forzoso habría perjudicado pues a miles de los que ocuparon las posiciones más bajas de la pirámide social del Imperio Inka: piñas, yanaconas y mitimaes. E, incluso, a muchos de los hatunrunas que permanecieron trabajando en sus tierras ancestrales.

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