TAHUANTINSUYO: El cóndor herido de muerte  

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Alfonso Klauer

La poligamia, un excepcional privilegio

Uno de esos privilegios, que dejó en evidencia el discriminatorio carácter machista de la sociedad inka, fue la poligamia –para la que, como se ha visto, algunos autores utilizan también el término “poliginia”–.

El Inka podía tomar como esposas, de modo libérrimo todas cuantas él decidiera y en cuanto poblado quisiera. Pachacútec, Túpac Yupanqui y Huayna Cápac tuvieron esposas secundarias en todas las naciones que integraron el territorio imperial –afirma Espinoza–. A Huayna Cápac, por ejemplo, se le atribuye más de 500 esposas secundarias –dice el mismo autor–.

La poligamia practicada por los inkas –sigue diciendo Espinoza–, era una de las más extensas que hayan podido existir en cualquiera otra parte del mundo. Sin embargo, no hay evidencia de que todas las mujeres del Inka hubieran vivido juntas. De haber ocurrido, “fácil habría sido entonces darse cuenta de que el serrallo real andino superaba a cualquier harem de otras monarquías despóticas del mundo” –afirma el mismo Espinoza–.

Simultáneamente, pero en menor magnitud, el privilegio de la poligamia alcanzó a otros varones. Para los miembros de la élite imperial, tener muchas mujeres “era su principal hacienda” –registró el cronista y licenciado Juan Polo de Ondegardo–.

Quizá de ser un monopolio original de los orejones, tal como había ocurrido en otros aspectos, debió hacerse extensivo a los miembros de la subalterna y postiza élite arribista, y a todos aquellos que por sus acciones relevantes recibieron mujeres en premio –afirman Rostworowski y Espinoza–.

El poder imperial utilizó con sagacidad y pragmatismo el recurso de regalar mujeres.

Ciertamente, buscó gratificar a quienes se mostraban adictos y colaboradores del régimen, alentando, de paso, que otros imiten el ejemplo de los premiados. Es decir, deliberada, conciente y consistentemente se procuraba incrementar las huestes de suscriptores del proyecto imperial.

Muchos de los que por sus merecimientos accedieron repentinamente a la poligamia, experimentaron una radical transformación de sus vidas y, por consiguiente, en su posición social. En efecto, los funcionarios civiles, militares y yanaconas que fueron gratificados con mujeres, recibieron además, para el sostenimiento de las mismas, tierras, semillas, ganado, vajilla, ropa y yanaconas para el trabajo de las tierras y el mantenimiento de la vivienda –dice una vez más Espinoza–.

En la poligamia, ajustándose a los cánones de la estratificación social, y ratificando su discriminatorio carácter machista, las esposas sólo podían pertenecer al estrato social del marido o a estamentos inferiores. Por más merecimientos que ostentara un individuo, no podía pretender una mujer de estrato social más elevado que el suyo.

El legendario drama de Ollantay, que de guerrero se encumbró a gobernador inka, y que a pesar de contar con tan privilegiado cargo vio frustradas sus expectativas de matrimonio con una hija de Túpac Yupanqui, resulta una buena ilustración al respecto.

Una de las mujeres que pertenecía al mismo estrato social del marido era reconocida como esposa principal. No obstante, las restantes del mismo estrato eran también consideradas principales. Y las que pertececían a estamentos inferiores eran las esposas secundarias.

En mérito a esa diferenciación –afirma Espinoza–, los hijos habidos en las primeras eran reconocidos como principales, correspondiendo discriminatoria condición subalterna a los de las otras.

Hasta aquí, pues, aparecen nítidamente definidos dos factores de discriminación social: estrato y sexo.

Todo parece indicar que la poligamia fue un privilegio del que dispuso un considerable número de la población masculina. Habría llegado a ser, en las postrimerías del imperio, un fenómeno masivo. Y, salvo que se hubiera tratado de un derecho reconocido a muchos pero ejercido por unos pocos, para que miles de hombres pudieran acceder a la condición de polígamos, tenía que estar disponible, necesariamente, un conjunto muy numeroso de mujeres.

Las sociedades, sin embargo, tienen poblaciones masculinas y femeninas numéricamente equivalentes. Así, indefectiblemente, la poligamia masiva condenaba a otros al celibato forzoso.

Las guerras –como se sabe–, rompen siempre el equilibrio poblacional entre hombres y mujeres. Más aún cuanto más cruentas son. Los Andes, precisamente en el siglo XV, en el contexto de la expansión imperial, fueron escenario de prolongados y cruentos enfrentamientos militares que, sin duda, minaron significativamente la población masculina, y, en particular, la de las naciones derrotadas y conquistadas.

El excedente resultante de población femenina fue, entonces, la mayor cantera de mujeres con las que se materializó la poligamia durante el imperio. Múltiples referencias dan cuenta de ello:

– el Inka tomaba por esposas secundarias a hijas de los kurakas de las naciones conquistadas;

– muchas de las esposas secundarias del Inka permanecían viviendo en sus pueblos de origen;

– muchas mujeres llegaban al Cusco formando parte de contingentes de prisioneros de guerra;

– periódicamente los pueblos conquistados tenían que entregar niñas para los acllahuasis, etc.

Los miembros de la élita inka originaria, la cusqueña, generalmente tomaron por esposas principales a mujeres del pueblo inka.

Con ellas tuvieron esos hijos a los que denominaron principales. La mayoría de sus esposas secundarias era oriunda de otras naciones.

Y sus discriminados hijos, considerados secundarios, eran, por consiguiente, mestizos.

Mezcla de varón inka con mujer extranjera.

Mezcla de nacionalidades. “Mezcla de sangre” –dirá Garcilaso–.

Dos pretextos se esgrimía para la discriminación de los hijos secundarios: el inferior estrato social de la madre, y el hecho de que ésta no fuera de nacionalidad inka. Garcilaso 436, enfáticamente, pone de relieve la enorme importancia del factor nacional: Los hijos de las parientas serán tenidos por legítimos porque no tenían mezcla de sangre ajena (...). Los hijos de las mancebas extranjeras eran tenidos por bastardos.

Y, a mayor abundamiento, afirma líneas más adelante que el Inka tenía tres tipos de hijos: los de su mujer, que eran legítimos para la herencia del reino; los de las parientas, que eran legítimos en sangre, y los bastardos, hijos de las extranjeras.

Entre otras restricciones, los hijos secundarios, pues, no podían aspirar al trono imperial.

Desde la perspectiva del pueblo inka, pero en particular desde la perspectiva de su élite dominante, durante la vigencia del Imperio Inka alternaron dos tipos de naciones: una de ellas, la propia, la nación inka, principal o superior; y todas las otras, subalternas o inferiores.

Esta consideración de naciones y nacionalidades “superiores” e “inferiores” debió aparecer en los Andes incluso antes del surgimiento del Imperio Chavín, conjuntamente con las primeras y remotísimas guerras y en relación con los resultados de ellas. Así, los pueblos triunfantes debieron sentirse “superiores”.

Es de presumir que los chavín, los chankas y los inkas, en sus respectivas triunfales circunstancias, se consideraron a sí mismos “superiores” al materializar sus vastas conquistas.

Pero, por cierto, en las circunstancias en que estuvieron dominados –los chankas por los chavín, durante el Imperio Chavín; los chavín e inkas, por los chankas, durante el Imperio Wari; y los chavín y chankas por los inkas, durante el Imperio Inka–, fueron tratados como “inferiores”. Es decir, cada uno de esos pueblos apareció en la historia como “superior” en un momento y como “inferior “ en otro.

Y otro tanto ocurrió con los pueblos de España.

Sucesivamente fueron considerados “inferiores”, entre otros, por los romanos y árabes que los conquistaron.

Pero en América, triunfantes, se presentaron como “superiores”.

Ello es una buena prueba del carácter arbitrario y nada objetivo de esa trajinada consideración de “superioridad” o “inferioridad” de las naciones y nacionalidades (y de las culturas que les corresponden).

En ese contexto de relación desigual, asimétrica, la poligamia, y la violencia sexual que por lo general acompañaba a las acciones de conquista, contribuyeron notablemente a masificar el mestizaje andino. Y a difundir sus consecuentes efectos discriminatorios, con los que necesariamente fueron familiarizándose los pobladores de las distintas naciones de los Andes.

Ello puede contribuir a apreciar cuán rapidamente entendieron los pobladores andinos los mecanismos discriminatorios que, poco después, pusieron en práctica los conquistadores europeos.

Resulta sugerente sin embargo poner algún énfasis en un aspecto de este problema social. En efecto, los pobladores de las naciones andinas se percibían, con claridad, mutuamente distintos unos de otros, aun cuando sus diferencias (idiomáticas, de vestido, etc.) fueran muy sutiles. No obstante, percibieron como un conjunto homogéneo a los conquistadores europeos: “todos parecían muy iguales” –registró Huamán Poma de Ayala–.

Es decir, no percibieron diferencias entre extremeños, andaluces, manchegos, catalanes, etc. Ni las de esos españoles con los portugueses e italianos, e incluso moros y judíos, que los acompañaron en la conquista.

A su turno, los primeros conquistadores europeos no hicieron distingo entre las diferencias nacionales de los pobladores andinos. Y si las percibieron, no les concedieron importancia, les resultaron irrelevantes.

Para ellos, en la práctica, todos los hombres andinos “eran iguales”.

Así, Paulo, un hijo de Huayna Cápac con mujer huaracina, que se autoreconocía como bastardo, y por consiguiente impedido de acceder al trono imperial, fue sin embargo coronado Inka por Almagro.

De hecho, entonces, conjuntamente con el sexo y el estrato social al que pertenecían los individuos, la nacionalidad fue pues también un importante factor de discriminación social en el mundo andino, específicamente durante el Imperio Inka, pero muy probablemente desde mucho antes.

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