TAHUANTINSUYO: El cóndor herido de muerte  

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Alfonso Klauer

Los privilegiados orejones

El sector hegemónico, aquel que desempeñó el papel de sujeto activo del proyecto imperial inka y, por consiguiente, beneficiario del mismo, no era tampoco un grupo homogéneo.

Constituido al principio sólo por orejones, es decir, por el grupo dominante del pueblo inka, pasó con el tiempo a ser un grupo social y nacionalmente heterogéneo y complejo.

Hasta el gobierno de Huiracocha, en efecto, la élite del pueblo inka, aunque dividida en fracciones que se disputaron siempre la hegemonía, sólo estuvo formada por orejones.

Mas su composición se fue modificando a partir de la formación y expansión del Imperio Inka.

El grupo hegemónico –también denominado como “aristocracia” e incluso como “nobleza” por algunos historiadores, más allí no se autocritica el sesgo occidentaloide –, poco a poco fue ampliándose y diversificándose.

Al conjunto de orejones se agregó una subalterna y postiza élite arribista, conformada por individuos que provenían tanto de los pueblos dominados, como de los estratos inferiores del propio pueblo inka.

Muchos autores reconocen a los orejones inkas como aristócratas o nobles “de sangre”. Y los otros –que según Del Busto tenían las orejas cortas–, son denominados “nobles de privilegio advenedizos”, si eran de otras naciones, y “nobles de privilegio recompensados”, si eran del propio pueblo inka.

Entre los orejones, esto es, entre la élite originaria, quedaban repartidos los cargos de emperador Inka, miembros del consejo imperial, altos mandos de las jerarquías castrense y eclesiástica, y los más importantes cargos de la administración imperial. Constituían ese grupo también sus antecesores vivos, sus esposas e hijos.

Pachacútec, quizá de manera intuitiva pero sin embargo táctica, decidió ampliar el espectro de privilegiados. Buscó acrecentar las fuerzas del sector hegemónico, restando al propio tiempo las de los sectores dominados.

Así –afirma Espinoza–, los vencidos y humillados ayllus sauaseras y alcabizas –las antiguas víctimas de la expansión del ayllu de Pacaritambo–, fueron por ejemplo parcialmente reivindicados, asignándoseles tierras y otorgándoseles consideración deferente. Ellos fueron, quizá, los primeros miembros de la subalterna y postiza élite arribista.

Cumplir el objetivo de ampliar la élite a cambio de servicios excepcionales, quizá no fue una tarea muy difícil. Probablemente era numeroso el espectro de candidatos, conservadores, oportunistas, pusilánimes y arribistas, al interior de los pueblos andinos.

Así, entre los kurakas que a todo trance quisieron conservar sus privilegios, entre los que incondicionalmente se ofrecieron como aliados de la élite inka, entre los que mostraron sumisión y docilidad para abdicar de su propio proyecto y asumir el proyecto imperial, entre los que estuvieron dispuestos a cualquier cosa para acceder a mayores privilegios, entre todos ellos, se fueron llenando muchas de las vacantes administrativas que aparecían conforme el imperio ganaba batallas y crecía.

Por lo demás, los kurakas locales realizaron un invalorable trabajo de intermediación en la transmisión de órdenes en actividades productivas y militares, difusión técnica, ejecución de obras, recolección de tributos, administración civil y religiosa, etc., permitiendo salvar exitosamente barreras culturales en general e idiomáticas en particular. Y por todo ello fueron recompensados, entre otras modalidades, pasando a formar parte del sector dominante.

En la recompensa que por sus servicios recibieron muchos kurakas, se concretaba la convergencia de sus intereses y objetivos con los del poder imperial.

Incluso hatunrunas y soldados de distintos pueblos, y del propio pueblo inka por supuesto, en razón de servicios excepcionales, accedieron a compartir algunos privilegios con la élite imperial.

“Los casos más conocidos –afirma Del Busto– son los de Quisquis y Ramiñahui, los generales de Atahualpa. El primero había sido barbero o depilador de Huayna Cápac; el segundo un indio plebeyo o vulgar, simple aventurero afortunado”.

El ejército, pues, se convirtió en eficaz, aunque muy selectivo, vehículo de ascenso social. Los privilegiados –dice Espinoza– se hacían acreedores a gratificaciones en comida, ropa, vajilla y mujeres.

El hábitat regular de la élite inka originaria era un área reducida y céntrica del valle del Cusco. El resto, muchísimas hectáreas de terreno, era ocupado por la subalterna y postiza élite arribista.

Los orejones, no obstante, en clarísima conducta citadina, prefirieron vivir en la misma ciudad del Cusco, rodeados de nutrido grupo de yanaconas –afirma Espinoza–.

A través de un doblemente discriminatorio servicio escolar, sólo los descendientes de la élite, pero de entre ellos específicamente los hijos varones, alternaban con maestros –amautas–, que celosamente los preparaban para las tareas de gobierno, administrativas y religiosas, y en especialidades técnicas y militares.

Muchos de ellos, sin embargo, sobre todo en las postrimerías del imperio, no llegaron a ejercerlas nunca. Porque al cabo de casi un siglo de vertiginosa expansión y ulterior deterioro, entrado el siglo XVI, el sector dominante del Imperio Inka no fue capaz de eludir la laxitud, el deterioro moral y la decadencia.

Los herederos de los rudos guerreros –dice Rostworowski–, es decir, los herederos de la presumiblemente austera élite que rodeó a Pachacútec, estaban totalmente embriagados de lujos, boato, ocio y lujuria bajo el imperio de su nieto Huayna Cápac.

En esas circunstancias los orejones dejaron de ejercer los altos cargos públicos que ostentaban. Se constituyeron así en un conjunto ocioso que pasaba la vida vegetando, en grandes juergas, banquetes y borracheras –registraron los cronistas Sancho y Pedro Pizarro–, usufructuando todo tipo de privilegios.

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