TAHUANTINSUYO: El cóndor herido de muerte  

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Alfonso Klauer

Ejército imperial y tácticas militares

El conjunto de ésas y otras campañas militares evidenció la excelencia de los estrategas militares inkas. Con lucidez, en las distintas circunstancias, cambiaron y combinaron con versatildad distintas maniobras militares.

Aplicaron la “maniobra estratégica por líneas interiores”, en el caso de la derrota y persecusión a los chankas –afirma el general Macha–. Pero también utilizaron la “maniobra estratégica por líneas exteriores”, como cuando rodearon por el norte y el sur el lago Titicaca para derrotar a los kollas; o cuando ejecutaron la formidable tenaza contra el Imperio Chimú –agregamos–.

Dispusieron asimismo la ejecución de varios tipos de acciones tácticas. Así por ejemplo, una vez sitiada la fortaleza de Paramonga –lo que probablemente ocurrió durante una campaña de reconquista–, sus ocupantes fueron hostilizados con fuego y denso humo, aprovechándose la dirección del viento.

Ello facilitó el asalto final y la conquista de tan importante defensa.

En el caso de la última resistencia chimú –como está dicho–, pudo ser finalmente derrotada cuando, recluida en Chan Chan, se la obligó a padecer sed, cortándosele el abastecimiento de agua que llegaba a la ciudad.

Entre los pueblos andinos, por lo demás, era muy frecuente el recurso de provocar deslizamientos de enormes piedras desde las alturas para aniquilar huestes enemigas, cerrar pasos o provocar embalses. Los ejércitos imperiales, por cierto, no prescindieron de aplicar esa modalidad, denominada “guerra de las galgas”.

Tenían, pues, un concepto muy claro de la función y de las ventajas que reportaba el uso de las operaciones especiales con humo, agua y piedras.

Los ejércitos del Imperio Inka estaban conformados básicamente por cuatro grupos: vanguardia, grueso de combatientes, retaguardia y logística. En los tres primeros, los combatientes, en proporciones que variaban según las circunstancias, podían ser honderos, flecheros, hacheros, macaneros y lanceros.

El grupo de logística, constituido mayoritariamente por mujeres –panacunas (hermanas) 236 –proveía alimentación, abastecimientos en general, evacuaciones, sanidad y entretenimiento.

Por otro lado, desde muy antiguo, y en todas las latitudes –como recuerda Toynbee–, los ejércitos imperiales engrosaron sus filas con soldados de los pueblos sometidos.

El Imperio Inka, ciertamente, no escapó a esa regla. Reclutó miles de combatientes entre los pueblos andinos. En tal sentido, la –mal denominada– mita guerrera se convirtió en una de las obligaciones de los pueblos conquistados. Y permitió dar carácter permanente al ejército imperial, trasladando por años a miles de combatientes a los confines del imperio –como refiere Rostworowski–.

La mita guerrera proporcionaba soldados conducidos por jefes de sus propios pueblos, con lo que, además, se simplificaba los problemas de traducción. Se guardaba, no obstante, la precaución de mantener reunidos en el mismo batallón a los coterráneos.

Cuando se constituía batallones multinacionales, los combatientes de pueblos que más antigüedad tenían perteneciendo al imperio eran los que rodeaban al Inka. Rodeado de soldados dóciles, se minimizaba el riesgo de sabotaje y atentados.

Por el contrario, coherentemente, para domeñar a los pueblos rebeldes y a los recién conquistados, se colocaba a sus hombres de manera tal que, teniendo o no adecuado entrenamiento militar, fueran los primeros en entrar en contacto con el enemigo –refieren los cronistas Murúa y Cabello Valboa, confirmando que en los Andes se ejecutaban las mismas prácticas que en el Viejo Mundo, el norte de África y Mesopotamia–.

Los exigentes sistemas de disuación y control, y el enorme aparato coercitivo, no pudieron impedir, sin embargo, las deserciones.

Las más sonadas, que revelan el rechazo y la animadversión que algunos pueblos tenían hacia el proyecto imperial inka, fueron las llevadas a cabo por antis, chankas y kollas –según han referido los cronistas Sarmiento y Cabello Valboa–.

Esta última se dio en el marco de una sangrienta rebelión, en la que habían sido ejecutados los gobernadores inkas residentes en el Altiplano. En todos estos casos las represalias que ordenó el poder imperial fueron muy rigurosas.

Las acciones militares pudieron completarse y alcanzar gran eficacia gracias al aporte de otros dos tipos de especialistas: espías y chasquis. El espionaje fuera de las fronteras del imperio –dice Del Busto– corrió a cargo principalmente de los comerciantes.

Los marinos mercantes chinchas, chimú y tallanes, en sus balsas a vela traían información desde Panamá, Costa Rica y Oaxaca, al sur de México. Ecuador y Chile fueron a su vez también alcanzados por los marinos mercantes chinchas. Y, en el trayecto, unos y otros obtenían información muy precisa sobre todo lo que ocurría entre los pueblos de la costa andina.

En En las garras del imperio –donde analizamos el “descubrimiento” y la conquista del Perú–, ya se verá cómo la historiografía tradicional ha obviado la larga experiencia de los navegantes internacionales andinos, de modo tal que –contra toda lógica– se presenta la “epopeya” española como un suceso absolutamente imprevisto por los pueblos andinos.

No hubo tal sorpresa. Menos aún fue absoluta.

Esos mismos navegantes, que desde siglos atrás y de continuo llegaban hasta las costas de México, debieron también traer –bastante oportunamente– la “mala nueva” de la llegada y de las indetenibles conquistas de los europeos.

El espionaje e infiltración de los pueblos sometidos fue realizado por oficiales del ejército imperial.

Como aquellos que, más tarde, por orden de Atahualpa, espiarían a las huestes de Pizarro –como refiere Rostworowski 249–.

Pero el espionaje y la infiltración –como también veremos más adelante– fueron además realizados por los mitimaes inkas y los de los pueblos más sumisos, que eran injertados en el seno de pueblos rebeldes y hostiles a la dominación inka.

El poder imperial pobló los principales caminos de miles de chasquis. Sólo para cubrir la ruta Cusco–Quito fueron necesarios casi 1 500 hombres, desde que las postas donde se relevaban distaban entre 6 u 8 kilómetros una de otra, y albergaban a 4 de esos rápidos mensajeros –a decir del cronista Gutiérrez de Santa Clara–.

El enorme gasto que ello representaba permitió sin embargo que, oportunamente, el poder hegemónico, allí donde se hubiese desplazado, contara con la información que requería.

Una noticia entre Cusco y Quito podía ser llevada en 5, 8 o 10 días. De Cusco a Lima en día y medio –asevera una vez más Gutiérrez de Santa Clara–. Y de Ayacucho a Cusco podía llegar en alguna horas.

En situaciones de aguda emergencia, para avisar de algún estallido independentista por ejemplo, se recurría a un método aún más expeditivo. Gentes apostadas en las cumbres de los cerros prendían leña seca –refiere Rostworowski–. Al ver el humo o el resplandor de la fogata –apunta Del Busto–, quienes estaban en el siguiente promontorio hacían lo propio, y así hasta donde debía llegar la noticia.

De esa manera, desde los puntos más remotos, podía llegar a su destino, en sólo horas, una convocatoria de emergencia, abreviando la reacción del ejército imperial que debía debelar el levantamiento.

Concluidas las batallas, por lo general muy cruentas, en las que los campos quedaban sembrados de cadáveres –según refiere Del Busto–, cientos o miles de los derrotados eran conducidos al Cusco como prisioneros de guerra. En el desfile triunfal, el Inka pisaba los cuellos de los prisioneros postrados en las calles. Y los kurakas vencidos, desnudos para mayor humillación, eran paseados en andas y luego sometidos a distintos tormentos.

Restos humanos fueron algunos de los trofeos de guerra que el poder imperial inka concedió a los combatientes, siguiendo una tradición que se remonta a Sechín, Chavín, Paracas, Nazca y Tiahuanaco. Momias, cráneos que eran convertidos en vasos para festejar los triunfos, y pellejos que sirvieron para confecionar tambores, eran los más preciados trofeos de guerra –afirma Del Busto–.

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