TAHUANTINSUYO: El cóndor herido de muerte  

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Alfonso Klauer

Las conquistas “diplomáticas”

Los calchaquíes de Tucumán (Argentina), habrían constituido un caso, probablemente poco frecuente y aislado, de “sumisión voluntaria” 119 e incondicional. La conducta de los calchaquíes de acercarse “doscientas leguas” con obsequios al ejército de Túpac Yupanqui que victorioso avanzaba desde el Altiplano hacia el sur, pudo ser, sin embargo, más una engañosa decisión táctica que una “reprochable” sumisión.

Sabían, en todo caso, que el enfrentamiento a un ejército desproporcionadamente grande podía conducirlos al exterminio –y, en consecuencia, a la cancelación absoluta de su proyecto nacional–.

Los calchaquíes, muy posiblemente, estaban al tanto de la infeliz suerte que habían tenido los cañete (y sobre la que abundaremos más adelante)–.

Con la sumisión, en cambio, podía evitarse, incluso, hasta la presencia de tropas de ocupación. Y como la subordinación al imperio implicaba enviar excedentes al Cusco, con la sumisión voluntaria los calchaquíes se aseguraron la continuidad, aunque parcial, en la prosecusión de su proyecto nacional.

Una segunda modalidad, quizá más frecuente que la anterior, fue pues la sumisión con prebenda. Es decir, una aparente relación de intercambio en la que el kuraka del pueblo amenazado entregaba la sumisión del mismo y, en compensación, recibía nada despreciables beneficios. Fue posible allí donde existían dirigentes, envilecidos y corruptos, acostumbrados a distingos y privilegios.

Los estrategas inkas, que habían experimentado y conocían de cerca ese flanco, supieron aprovecharlo. Y recurrieron a esta política con gran frecuencia.

Enviaban mensajeros a los kurakas de los territorios que querían ocupar, y –dice a este respecto Lumbreras–, si éstos aceptaban la sumisión les concedían privilegios. Muchos kurakas fueron incapaces de resistir el feroz golpe de una dádiva generosa y bien calculada –mujeres, yanaconas para su servicio personal, vajilla de oro, ganado, etc.–. A cambio de ello sometieron a sus pueblos reconociendo la autoridad imperial –como reconoce Hernández–.

Los orejones, conocedores de sus propias grandezas y debilidades, eran perfectamente concientes de cuánto ambicionaba cada uno de ellos poseer mayores privilegios. Y de lo que eran capaces de hacer –ellos y otros– para conseguirlos. Es decir, tenían perfecta conciencia del enorme poder disuasivo de un ofrecimiento obsequioso y abundante.

En excelente prueba de que las apreciaciones estratégicas realizadas sobre sus enemigos habían sido correctas, no dudaban que, dadas muy similares condiciones, la reacción de muchas élites dominantes de los pueblos a conquistar sería semejante a la de ellos: sucumbirían más rápida, voluntaria y entusiastamente, mientras mayor fuera la magnanimidad de la oferta.

El arma disuasiva instaurada fue sumamente eficaz.

Se construyó sobre una debilidad humana de gran universalidad: la ambición inescrupulosa. De allí que mantuvo efectividad y vigencia en todo tiempo y en todo espacio –en la historia de la humanidad–.

Así, quienes en un momento, a cambio de compensaciones generosas hicieron crecer el Imperio Inka, en el siguiente, siempre en su propio beneficio, habrían de contribuir a hacerlo caer.

Una variante del caso precedente la proporcionaron aquellas élites que, ya no para obtener privilegios, sino para mantener los que poseían, accedieron, sin resistencia, a aceptar la dominación del Imperio Inka. Significativa fue, por ejemplo –según afirma Rostworowski– la sumisión de la élite chincha –de la nación ica, que declinó toda posibilidad de resistencia. No tanto a cambio de los regalos que recibió –como dice la propia historiadora–, sino para que no le sean recortadas las ventajas que le reportaba su exitosa y vasta actividad marítimo–comercial internacional.

Al poder imperial, a su turno, le interesaba sobremanera que los experimentados marinos mercantes de Chincha se mantuvieran como seguros proveedores del mullu, ese preciado y eficaz anunciador hidro–meteorológico.

Y, en general, de todos aquellos productos que traían desde las lejanas costas de México, Ecuador y Chile.

Hasta allí, por lo menos en apariencia, era equivalente el intercambio en lo que a los intereses de las élites chincha e inka se refiere.

El poder imperial, sin embargo, recibio muchos otros beneficios. Exigió y logró la construcción de palacios, locales administrativos, tambos, casas para mamaconas y caminos.

También demandó artesanos, orfebres y tejedores; agricultores y yanaconas.

Pero la nación ica sufrió además, sucesivamente, expropiaciones de tierras que dispusieron Pachacútec, Túpac Yupanqui y Huayna Cápac –según refiere María Rostworowski–. Caro resultó pues a la nación ica el oportunismo de su élite dominante.

Como caros resultaron todos los tipos de oportunismo que, en ausencia de unidad, hacían gala las distintas fracciones en que estaban divididos algunos pueblos y naciones.

El oportunismo y la conveniencia no se pusieron de manifiesto recién durante la expansión imperial inka. No, tal parece que era de vieja data.

Así, durante la incursión de los chankas al Cusco, es decir, inmediatamente antes del inicio del proceso de expansión imperial, algunos de los ayllus vecinos a la invadida ciudad abandonaron a su suerte a las huestes que lideraba Pachacútec. Antes –dice el cronista Betanzos –quisieron ver si Pachacútec lideraba o no las fuerzas suficientes para vencer a los chankas. Y sólo si los vencía, se ponían de su lado. Recibidas en efecto las señales de la victoria, se plegaron en tropel al lado de los triunfadores –como reconocen Rostworowski y Hernández–.

El cuantioso botín de guerra que se obtuvo de los chankas fue utilizado pues también para garantizar, en un acto que sólo en apariencia era de “reciprocidad”, la alianza de aquellos pusilánimes y oportunistas.

Esta poderosa arma de satisfacer apetitos y ambiciones –insistimos–, habría de demostrar más tarde que su eficacia era sólo transitoria, cuando, como un bumerán, regresaría con la misma potencia contra quienes la pusieron en práctica.

Aunque quizá sólo fue un complemento de todas las demás, la tercera modalidad de dominación, de uso también frecuente, fue el chantaje. Se aplicó diversas modalidades:

– captura como rehén del propio kuraka y su traslado al Cusco;

– captura de las esposas e hijas del kuraka;

– retención en el Cusco de otros personajes importantes;

– amenaza al kuraka con su humillante relevo por un yanacona;

– traslado de ídolos y dioses al Cusco; etc.

En todos los casos se perseguía que el pueblo dominado fuera conciente que de él, de su sumisión y docilidad colectiva, dependía la vida de los rehenes.

El reclutamiento de hombres para las huestes militares, de mitimaes y yanaconas, y de aquellos que eran colocados como “carne de cañón” en las guerras; la captura de especialistas, y la captura de mujeres para asignarlas como acllas y mamaconas; todo ello neutralizaba los arrestos de belicosidad y potencial rebeldía de los pueblos conquistados.

Pero además permitía engrosar el ejército y la fuerza de trabajo al servicio del proyecto imperial. Las cínicas conquistas “diplomáticas” dieron pues grandes resultados en el proceso de expansión imperial.

No obstante –adelantándonos al desenlace final–, sorprendentemente, durante la guerra civil imperial que precipitó la caída del Tahuantinsuyo, ninguna gestión diplomática, ni sincera ni ficticia, logró tener ningún éxito.

En aquellas dramáticas circunstancias, en múltiples ocasiones los emisarios de las partes terminaron desollados vivos –refiere Del Busto–. O fueron “pasados a cuchillo” –registra Cossío del Pomar, que agrega– había “una sola respuesta para los dos bandos: la muerte”.

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