TAHUANTINSUYO: El cóndor herido de muerte  

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Alfonso Klauer

Pachacútec y la sombra de sechín

Asumamos pues por un instante que, siglos más tarde, liquidado el Imperio Wari, el pueblo inka y en particular la élite que lideró la guerra de independencia contra aquél, efectivamente se negó a usar nombres a los que atribuían origen chanka.

Asumamos también que esa comprensible actitud anti chanka del pueblo inka fue coherente y consistentemente mantenida durante décadas.

Así las cosas, la presunción de María Rostworowski –como creemos– estaría errada: el nombre “Pachacútec”, adoptado sin reservas por el Inka victorioso, que se tomó precisamente la revancha contra los chankas, no habría tenido para el pueblo inka ni la más mínima sombra de un aborrecido origen wari –en la terminología de Rostworowski–, o chanka –en la nuestra–.

Tendría pues un origen y una significación que al pueblo inka no le significaba rechazo alguno y, por el contrario, le suscitaba enormes simpatías. Habría pues llegado –postulamos–, de la legendaria y reputada mano de Manco Cápac, desde las orillas del Titicaca.

Allí habría sido adoptado por el pueblo inka con la misma simpatía que se adoptó el mítico origen inka de las espumas del lago.

Es decir, “Pachacútec” sería un nombre asumido y prestigiado entre los inkas desde siglos antes de que fueran víctimas de la opresión chanka o wari.

Habría sido pues adoptado, en el Altiplano, por el pueblo inka que migró y trabajó allí durante el esplendor de Tiahuanaco Y, como se vio, habría llegado a su vez a Tiahuanaco vía Nazca (y la Cultura Nazca), y a ésta vía los sechín que, en su diáspora panandina, recalaron allí.

Pero como vía Nazca, e independiente y paralelamente a Tiahuanaco, también había llegado a la Cultura Huarpa –que allí en el territorio de Ayacucho luego lo tomó la Cultura Wari–, “Pachacútec” era entonces también un nombre largamente prestigiado entre los chankas.

Era, pues, desde siglos antes de la formación del Imperio Wari, un nombre por igual e independientemente apreciado entre chankas e inkas, a quienes, por distintas vías, les llegó pues por terceros: kollas y nazcas, entre quienes, lógica y necesariamente, era también muy acreditado. Y antes, pues, por quienes primigeniamente lo habían difundido: los sechín.

Mas como la diáspora de éstos también incluyó el norte del territorio andino, debió pues también adquirir prestigio entre los moches y mochicas y luego entre los chimú. Mal puede considerarse una simple casualidad que “Pachacútec” tenga precisamente la misma terminación que algunos de los nombres más emblemáticos de estos pueblos de la costa norte: “Fempellec” y “Aiapaec”.

Quizá recién ahora estemos pues en condiciones de comprender porqué el nombre “Pachacútec”, como ningún otro, tiene tanta significación y resonancia en la toda la cultura y el territorio andino –hasta nuestros días–. Es un nombre de milenario origen y milenaria vigencia.

¿Puede considerarse una simple casualidad que, como los nombres más emblemáticos de la historia centroamericana –Tenochtitlán y Chichén Itzá–, casi todos sus correspondientes de la historia andina –Chavín, Moche, Mochica, Chimú, Chan Chan, Pachacámac, Cahuachi, Chancay, Chincha, Chachapoyas, así como Sinchi Roca,Wiracocha y Pachacútec, tengan el sonido de la “ch”?

¿Será también una simple coincidencia que entre las extraordinarias historias de México y Perú, el que presumiblemente es su gran aunque único vínculo histórico–cultural, Sechín, también tenga el sonido de la “ch”?

En fin, dejamos pues planteadas la hipótesis, que quizá los antropólogos y lingüistas tengan mucho por decir. Entre tanto retornemos a lo nuestro.

Durante la dominación chanka (período “D” del Gráfico Nº 2), defenestrado el grupo dirigente inka, el poder fue asumido por representantes de la nación hegemónica. En virtud de ello, el tercer contingente de máximas autoridades del pueblo inka lo formaron aquellos funcionarios cusqueños que sirvieron de nexo entre la autoridad chanka y el pueblo inka.

Sin autonomía, su autoridad fue muy restringida.

Quizá, por concesión de la autoridad imperial chanka, las atribuciones de esos funcionarios estuvieron circunscritas, u orientadas con preeminencia, a menesteres religiosos y cargos administrativos subalternos.

Ésa habría sido, eventualmente, la cantera de donde surgió el grupo dirigente de relevo del pueblo inka que gobernó en el período siguiente (“E”). Alternativamente, e incluso con más razón, puede pensarse que fueron más bien otros, aquellos que más se opusieron a la dominación chanka, y que precisamente habrían liderado la guerra de liberación, los que gobernaron luego de la caída del Imperio Wari.

Todo parece indicar que en este cuarto grupo deben incluirse nuestros conocidos Inkas Sinchi Roca, Lloque Yupanqui, Mayta Cápac, Cápac Yupanqui, Inca Roca, Yahuar Huaca y Huiracocha.

En relación con ese estadio de la historia, adquiere gran significación un dato también solitariamente sostenido por el cronista Fernando de Montesinos. Éste, en efecto, atribuye a Sinchi Roca, precisamente el primero de los nombrados, una gran victoria sobre los chankas.

¿Fue Sinchi Roca, entonces, quien lideró la independencia del pueblo inka y reinició la ejecución autónoma del proyecto nacional inka? Puede presumirse que sí. Porque, abundando en favor de la hipótesis, en este mismo contexto encajan, además, y consistentemente, otros datos de no poca importancia.

Del Busto 96 aporta los siguientes: Sinchi Roca habría sido, ni más ni menos, que el primero en ceñirse en la frente el máximo símbolo de poder del pueblo inka, la mascaypacha.

Y, tanto o más significativo, fue quien impuso el nombre de “Cusco” al centro poblado más importante del pueblo inka. Tales atribuciones, sin duda, sólo las podía asumir alguien de extraordinaria importancia, un victorioso libertador, por ejemplo.

Es posible –como se ha dicho anteriormente –, que la victoria independentista sobre los chankas significara para los inkas la obtención de un enorme botín. En relación con esta hipótesis, es harto sugerente que los cronistas sindiquen también al mismo Sinchi Roca como el que se encargó de ampliar el Templo del Sol. Y como el que, para poder seguir erigiendo edificios, desecó la zona pantanosa del valle sobre el que se asienta la ciudad, canalizando los ríos Huatanay y Tullumayo que lo atraviesan, obras, sin duda, de gran envergadura –y costo–.

El templo presumiblemente fue adornado con tesoros extraídos de Wari. Al fin y al cabo –siguiendo el rastro del dato que proporciona el cronista Montesinos–, después de liquidar la última resistencia del ejército imperial chanka, las huestes triunfantes de Sinchi Roca regresaron al Cusco ataviados de oro y plata, obviamente como resultado del saqueo de la ciudad.

Por lo demás, es comprensible que la ejecución de las primeras grandes obras públicas del Cusco debía esperar hasta que se dispusiera del excedente necesario para solventar una mita masiva. Presunta y coherentemente, Sinchi Roca fue, entonces, el primero que pudo disponer de esa riquesa con el botín capturado en Wari.

De Sinchi Roca en adelante, ese cuarto y pequeño grupo de gobernantes se erigió en conductor y reiniciador del proyecto autónomo del pueblo inka, liderándolo en el transcurso de los siglos XII, XIII y XIV.

El quinto grupo de Inkas estuvo compuesto por Pachacútec, Túpac Yupanqui y Huayna Cápac. Con su liderazgo reión quedó constituido el Tahuantinsuyo o Imperio Inka.

Es decir, con la direción de esos tres Inkas se materializó, durante el siglo XV (período “F”), el proyecto imperial de la élite dirigente del pueblo inka.

El sexto y último grupo de Inkas, integrado sólo y simultáneamente por Huáscar y Atahualpa, cumplió la paradójica tarea de precipitar la caída del tercer imperio de los Andes, y asistir a su derrota militar y liquidación.

Derrota que, como había ocurrido primero con el Imperio Chavín y luego con el Imperio Wari, también corrió a cargo del conjunto de pueblos dominados. Esta vez, sin embargo, en alianza con la poderosa fuerza conquistadora española.

El memorable y celebrado triunfo sobre los chankas tuvo dos efectos inmediatos: consolidó en la cúspide del poder a la fracción a la que pertenecía Pachacútec, y abrió de par en par las puertas de los Andes al pueblo inka.

Tras el sensacional triunfo militar, incentivado anímica y materialmente por ese acontecimiento, el pueblo inka inició un vertiginoso proceso de expansión imperial.

Si Sinchi Roca había sido el héroe que lideró la guerra de independencia contra el Imperio Wari, Pachacútec representaba el paradigmático personaje que permitía al pueblo inka revertir aquella pasada relación, vengar las humillaciones y dominar a los antiguos opresores.

Si además, y premunido ya de un gran prestigio, logró derrotar a la fracción de la élite que le disputaba el liderazgo, no puede extrañar entonces que Pachacútec ocupara el centro del vasto y novísimo escenario imperial durante 32 años. Esto es, durante todo el primer tercio de vigencia del proyecto imperial inka.

Pachacútec, sin embargo, no sólo era el símbolo de la gloria militar y nacional inka.

Sino que, habiendo la victoria sobre los chankas reportado importantes dividendos materiales, que representaron un gran y singular beneficio dentro de la sociedad inka, aunque por cierto mucho más a unos que a otros, se acrecentó su ya sólida y estable posición de liderazgo, y se afianzó con él en el poder el sector de la élite que comandaba.

El cuantioso botín, en efecto, permitió cumplir con el ofrecimiento de “llamas, ropa, oro y plata, mujeres y yanaconas” que se había hecho a los guerreros inkas. Y al capturarse miles de prisioneros chankas e incorporarse a otros al novísimo ejército imperial, muchos campos ayacuchanos probablemente quedaron desocupados. Así, no es difícil imaginar que en los repartos de tierras a los que recurrió Pachacútec al inicio de su gestión, estuvieran incluidos esos predios.

Es de presumir que, tanto en el reparto de bienes, mujeres y yanaconas, como en la asignación de tierras, tuvieran preeminencia los miembros de la nueva fracción hegemónica de la élite inka, y algunos de los triunfantes militares a los que, en mérito a sus acciones, se les empezó a tratar como si pertenecieran a ella.

Puede suponerse que todo eso exacerbó ambiciones individuales y colectivas. A ello se sumó que los éxitos habrían potenciado un clima triunfal y avasallador en el que –como precisa Rostworowski –el ámbito de los valles del Cusco resultaba pequeño para la ambición inka.

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