TAHUANTINSUYO: El cóndor herido de muerte  

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Alfonso Klauer

La centenaria relación inkas–chankas en cuestión

Para terminar este capítulo de la historia inka preimperial, habremos de recordar –a partir de un dato proporcionado por María Rostworowski en su Historia del Tahuantinsuyu 63 –que “Pachacútec” (“el que renueva el mundo” 64), fue en realidad el apelativo que habría tomado Cusi Yupanqui, o, simplemente, Yupanqui, siguiendo la tradición de cambiar de nombre al asumir el poder.

¿Habían acaso razones especiales para escoger ese nombre –podemos preguntarnos con María Rostworowski –? Si bien el asunto no nos parece en sí mismo relevante, en su discusión surge, sin embargo, un dato de gran importancia. Veamos.

Rostworowski hace la siguiente conjetura, que nos permitimos desagregar en varios supuestos:

1) “en el caso de ser los chancas y tribus emparentadas los destructores de la hegemonía wari...”;

2) la victoria inca (de Pachacútec) sería –entonces – una remota revancha por un suceso legendario acaecido siglos atrás (p. 59), y;

3) “nos permitimos aventurar que algunos soberanos waris llevaron el apelativo Pachacútec”.

Con todo ello llega a la siguiente conclusión: “Cusi Yupanqui optó por el nombre que le recordaba antiguas grandezas de aquella hegemonía, y que posiblemente se sintió heredero de los legendarios señores waris y deseó emularlos” (p. 60).

Al no tener en cuenta Rostworowski que aquel “suceso legendario acaecido siglos atrás” –al que con impresición refiere–, no habría sido otro que el sometimiento inka al Imperio Wari, llega entonces a la insólita conclusión de que Cusi Yupanqui habría adoptado nada menos que un apelativo caro a quienes fueron los conquistadores, sojuzgadores y más grandes enemigos de su propio pueblo. Y ello –francamente–, nos parece muy poco probable, adolece de inconsistencia.

Alternativamente, es posible construir una hipótesis más verosímil y coherente con la historia.

Para ello deberá tenerse en cuenta los siguientes supuestos:

1 Invasión y conquista chanka del del pueblo inka.

Inicio de la expansión imperial Wari y de varios siglos de sojuzgamiento y explotación a los inkas.

2 Liberación inka de la dominación chanka (presuntamente bajo el liderazgo de Sinchi Roca).

Saqueo de Wari y toma de botín.

3 Frustrada invasión chanka.

4 Réplica, victoria de Pachacútec y captura de botín.

Inicio de la expansión imperial inka y de un siglo de sojuzgamiento y explotación a los chankas.

Pugnas y conflictos fronterizos en los períodos inter-imperiales.

A) la relación chankas–inkas tenía, hacia aquel 1400 dC, ya muchos siglos de vigencia: vecindad territorial, comercial, cultural, militar, idiomática, etc.;

B) esa relación incluía un periódo de 3 a 4 siglos en que los chankas, bajo el Imperio Wari, habían sojuzgado a los inkas, y bajo el que,

C) inexorablemente se formó un vasto campo de mestizaje étnico e identidad cultural entre uno y otro pueblo; al fin y al cabo, 3 o 4 siglos de historia común son argumento demás suficiente para ello (como después ocurriría durante la Colonia, por ejemplo), y;

D) nada de ello obsta sin embargo para que entre ambos pueblos se mantuviera vigente una enorme rivalidad, dentro de la que el sentimiento inka anti chanka guardaba una gran dosis de anhelo revanchista (equivalente al sentimiento independentista criollo anti español).

Pues bien, si como parece lógico el nombre “Pachacútec” tenía origen wari, esto es chanka, es harto razonable que, en el intenso y complejo mestizaje chanka –inka, hubiera sido desde muchos siglos atrás asimilado como propio por el pueblo inka (así como los criollos y muchos otros mestizos peruanos asumieron como propios nombres de la cultura hispana).

Así, para Cusi Yupanqui, no habría sido entonces un nombre ajeno sino familiar. Y su adopción, pues, no habría representado ninguna ambición de emular a los viejos conquistadores de su pueblo.

Parece pues razonable asumir que “Pachacútec” habría sido un nombre mestizo chanka-inka. Es decir, de gran significación para uno y otro pueblo. Y Cusi Yupanqui necesariamente lo sabía. Como sabía cuán simbólica y sicológicamente útil podía y habría de serle para cuando, derrotados, conquistados e incorporados al ejército imperial inka, los soldados chankas de una u otra manera compartieran los éxitos militares con que se formó el tercer y último imperio andino.

Así, pues, el análisis de un asunto tan aparentemente irrelevante como el cambio de nombre de un Inka –pero sobre el que no obstante volveremos más adelante–, nos está permitiendo afianzar la presunción de cuán sólida e intensa debió ser la relación histórica entre chankas e inkas.

La historiografía tradicional, sin embargo, dista mucho de compartir dicha hipótesis: virtualmente ignora por completo la larga e intensa relación inkaschankas.

Una muy elocuente prueba de ello nos la ofrece la Gran Historia del Perú, de reciente edición, en la que dicha relación apenas se insinúa haciéndose pobre y superficialmente referencia anecdótica a la extensión geográfica y altura de las paredes de Pikillacta, el asentamiento administrativo–militar que los chankas construyeron en el Cusco para controlar y sojuzgar al pueblo inka.

Pero más patético resulta el caso de la aún más reciente edición de Culturas Prehispánicas 64a. Son penosas y ostensibles las contradicciones en que incurren sus múltiples autores. Veamos.

– Denise Pozzi-Escot reconoce explicitamente la existencia del Imperio Wari, en el que, entre otros pueblos, fue conquistado el pueblo inka (p. 130).

– Pero Ruth Shady pone en tela de juicio la existencia del Imperio Wari. El “Horizonte Medio” se habría caracterizado, más bien –afirma–, por la existencia de múltiples “emporios regionales” (¡?), “una serie de naciones y estados regionales independientes y prósperos que ejercen control político, económico y cultural sobre sus propias áreas...” (p. 136).

¿Cuál fue –nos preguntamos entonces– el próspero “emporio” y estado regional del Cusco durante tal Horizonte Medio? ¿Y cuáles las evidencias culturales y materiales del mismo?

¿Acaso Piquillacta, por ejemplo?

– Sorprendentemente, entre una y otra página un autor anónimo afirma que Piquillacta “es uno de los sitios más grandes del Horizonte Medio (...y...) se piensa que era la residencia de una élite política y religiosa que administraba [el territorio del Cusco] según los intereses de los huari” (p. 135).

Y, convalidando este último concepto, antes otro autor ha dicho (pág. 131) que uno de los tres caminos más importantes, y por consiguiente más costosos de la época era, precisamente, el de casi 600 kilómetros que unía Wari con Piquillacta, esto es, la sede de la nación chanka con una de las áreas más importantes de la nación inka.

¿Puede, ingenua e idealistamente, imaginársele una gran vía internacional, construida de común acuerdo por ambas naciones que presuntamente en dicha época habrían sido independientes, ateniéndonos al criterio de Ruth Shady? No, sin duda. Bastante más verosímil –como ha ocurrido en todos los imperios en la historia de la humanidad–, es que fuera una vieja vía internacional, ampliada y mejorada por decisión del poder imperial chanka, para unir su sede y el territorio del Cusco.

Esto es –como razona Denise Pozzi-Escot–, para “el control” –y extracción de riquezas– de la nación inka, no sólo la geográficamente más proxima, sino una de sus colonias y despensas alimentarias más importantes.

El gran camino debió servir pues para el transporte anual a Wari de miles de toneladas de tubérculos, en cientos y miles de animales de carga. Y para el desplazamiento incesante de los destacamentos de control administrativo y sojuzgamiento militar .

Pero el texto de Culturas Prehispánicas habrá de sorprendernos nuevamente más adelante (p. 172), cuando un autor innominado nos dice que “hay estudiosos que cuestionan (...) la existencia de los chancas...” (los que asaltaron el Cusco en las primeras décadas del siglo XV –3ª guerra en el Gráfico Nº 6a–), “sugiriendo más bien que fue una fabricación de la historia oficial del estado incaico...”.

“De cualquier forma –dice acto seguido asombrosamente el autor anónimo– la derrota de los chancas y la ascensión de Pachacútec” marcaron el inicio del Tahuansintuyo. ¡Cómo “de cualquier forma”¡ ¡Existían o no existían¡ No hay otra posibilidad. Si no existían no podía derrotárseles.

Pues bien, María Rostworowski sale al paso de los escépticos y, enmendando además la plana a nuestro anónimo autor, cree que la imponente y costosísima fortaleza de Sacsahuamán fue –nada más y nada menos – que “un monumento a la victoria sobre los chancas” (p. 183).

Y Luis Millones abunda precisando que la pequeña pero principal estatua de oro en el templo de Coricancha, en el Cusco, conmemoraba “la legendaria victoria sobre los chancas” (p. 186).

Es obvio, pues –para Rostworowski y Millones, como para nosotros–, que existieron los chankas. Y que en aquel siglo XV debieron constituir un pueblo grande y poderoso, con un ejército igualmente grande y poderoso, como para que el memorable golpe que le infligió el ejército inka fuera celebrado con un gigantesco y costoso monumento, como jamás se había erigido en los Andes; y con una imagen mítico-religiosa cargada del más alto simbolismo y significación; a menos que se asuma que Pachacútec era un megalómano que, tras una victoria insignificante, ordenó tan desproporcionados y onerosos recordatorios).

María Rostworowski, sin embargo, debería contribuir a desentrañar el “misterio” de cómo las que denomina “hordas chankas dedicadas al pillaje”, que saquearon la gigantesca ciudad Wari en el siglo XII –2ª guerra en el Gráfico Nº 6a–, dieron paso, tres siglos más tarde –3ª guerra–, a un ejército suficientemente grande como para que su derrota justificara un monumento tan imponente como Sacsahuamán.

Entre tanto, parece razonable asumir, cuando menos, una mínima coherencia entre la magnitud del monumento y la magnitud del ejército al que derrotaron las huestes dirigidas por Pachacútec –4ª guerra–.

Pues bien, avalando esa coherencia, María Rostworowski 65 afirma que el trascendental triunfo militar de Pachacútec representó al pueblo inka apoderarse de un “cuantioso botín”.

Sin embargo, la razonable y rotunda afirmación de Rostworowski sobre la magnitud del botín capturado a los chankas, coloca en serios aprietos a la historiografía tradicional, pero por cierto también a la propia historiadora. Porque ella misma define a esos chankas que derrotó Pachacútec como rústicos guerreros “con sus caras pintadas de negro y ocre, sus largos cabellos aceitados y menudamente trenzados” 66.

¿Idénticos –nos preguntamos– a las “bárbaras hordas de pillaje” que saquearon Wari tres siglos antes? Tal parece que sí, o –debemos admitirlo–, ésa es cuando menos la imagen que nos queda de dichos guerreros.

Resulta sin embargo muy difícil imaginar a esos rústicos y casi primitivos guerreros como poseedores de una riqueza que para el pueblo inka constituyera un enorme botín. Ante la ostensible inconsistencia –de la que obvia e implícitamente se hace eco–, Rostworowski explica entonces que dicha riqueza habría sido la suma de “los bienes logrados anteriormente por [las hordas chankas de pillaje] en acciones de rapiña”.

El parche, sin embargo, resulta todavía menos feliz. No sólo porque no parece históricamente sólida esa imagen de “Uscovilca y sus 40 ladrones”, en la que por ningún lado aparecen –ni habremos de encontrar – los ricos pueblos del entorno ayacuchano que habrían sido víctimas de dicha rapiña. En las fronteras del área ayacuchana la única población donde podía considerarse que había riqueza era la costeña Chincha.

Pero no hay la más mínima evidencia de que los chankas hubieran estado acosando y saqueando a los chinchas antes de arremeter contra el pueblo inka.

Así las cosas, ¿de dónde reunieron entonces los presuntamente rústicos, rapaces y carapintados chankas la enorme riqueza con la que se terminó alzando Pachacútec? ¿Será necesario explicitar que robando sistemáticamente a los campesinos pobres del entorno inmediato de Ayacucho, que por cierto también eran chankas, mal podía reunirse riqueza, y menos todavía riqueza considerable? El artificioso recurso de la rapiña tribal o “bárbara”, grotescamente deja de reconocer la verdad histórico –social e histórico–económica. Esto es, que el pueblo chanka que en el siglo XV –3ª guerra– arremetió contra los inkas, tenía un territorio, una población y una riqueza agrícola y ganadera tan grande como la de los éstos.

Así, el botín material, territorial, agrícola y ganadero –porque difícilmente puede imaginarse de otro género–, apareció aún más cuantioso de lo que efectivamente debió ser. Porque siendo poblaciones numéricamente equivalentes, la riqueza de los triunfadores quedó virtualmente duplicada. Y de la noche a la mañana, lo que todavía era más significativo.

Y a ello debe agregarse que el triunfo militar permitió a los inkas, además, apoderarse de miles y miles de prisioneros de guerra, hombres y mujeres que, de suyo, por mil razones, constituían una enorme riqueza efectiva. Y, potencialmente, generadora de más riqueza.

Por si no estuviera del todo claro, las conjeturas históricas se plantean allí donde hay vacíos de información –económica, social, etc.–. Pero allí donde está a la vista, y con contundencia, ¿para qué plantear inútiles hipótesis de ficción cinematográfica? En este gran capítulo de la historia andina, el grave desaguisado de la historiografía tradicional se origina desde que:

1) no se quiere admitir que el Imperio Wari, él sí, como todos los imperios en la historia de la humanidad, fue rapaz con los pueblos a los que sojuzgó;

2) que éstos, con legítimo derecho, acometieron contra él una gran guerra revolucionaria de liberación, y;

3) entre los pueblos que se liberaron de la hegemonía de la élite imperial chanka estuvieron pues los propios campesinos chankas.

Negándose a admitir esto y aquello, la historiografía tradicional ha tenido entonces que “inventar” “bárbaros” para explicar la caída del Imperio Wari. Y, para tres siglos más tarde, ha “inventado” que, a pesar del tiempo que había transcurrido, ese mismo pueblo de “bárbaros”, sin un ápice de progreso, fue el que asomó ante el Cusco en el siglo XV.

No, las cosas han sido bastante más coherentes, y bastante más simples:

– miles de campesinos chankas contribuyeron a la liquidación del imperio que construyó su élite, y participaron del saqueo de la sede imperial.

– tres siglos después, sus herederos –que constituían una nación tan grande y rica como la inka– intentaron conquistarla pero, contraproducentemente, fueron derrotados y luego conquistados, contribuyendo con su patrimonio territorial, material y humano, a duplicar la riqueza del pueblo inka, catapultándolo así a la conquista de todo el territorio andino.

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