TAHUANTINSUYO: El cóndor herido de muerte  

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Alfonso Klauer

La invasión chanka: detonante del imperio

Los ayllus chankas que sobrevivieron a la caída del Imperio Wari habían estado constituidos por campesinos pobres y rústicos de las áreas ayacuchanas más alejadas. Sin duda tuvieron que subsistir en medio de las terribles restricciones que sobrevinieron tras la derrota militar del imperio que había sido forjado y liderado por su élite.

A partir de esa población supérstite, la nación chanka se recompuso, encerrada 300 años dentro de sus fronteras, con una producción agrícola de subsistencia, casi sin intercambio con sus vecinos. ¿Cómo solventaron el desarrollo de un poder militar suficiente como para emprender una nueva aventura bélica y expansionista? Es un misterio.

No obstante, es obvio que los estrategas chankas, que sin duda ambicionaban reeditar las glorias –y dividendos– de su viejo y recordado Imperio Wari, habrían evaluado a todos sus distintos vecinos. Quizá no tanto para decidir en qué dirección expandirse. Sino para resolver por dónde comenzar. El primer golpe debía ser no sólo de rápida ejecución, sino poco riesgoso y rentable.

Hacia el norte, suficientemente guarnecido tras las caudalosas aguas del río Mantaro, moraba el pueblo huanca. Hacia el occidente, en la costa, estaba asentada la nación ica. Ésta, hegemonizada desde Chincha, sustentaba su existencia en la agricultura y la pesca, pero, sobre todo, en el comercio internacional.

Tanto el marítimo, desde el centro de Chile hasta México; como terrestre, enlazando casi todo el territorio andino.

Equidistante, en el sureste cordillerano, se ubicaba el pueblo inka. Con su centro de poder en el Cusco, la producción inka era básicamente agrícola y ganadera.

En esas condiciones, la costa resultaba un hábitat desconocido a los nuevos estrategas chankas; el pescado, un alimento sin mayor atractivo; la actividad comercial y el mar, dos grandes enigmas; y la producción agrícola ica quizá no dejaba satisfechas sus ambiciones.

Por lo demás, bajar a la costa era librar peligrosamente la retaguardia a los inkas, con los que se venían dando permanentes conflictos fronterizos. Resultaba pues una empresa riesgosa que, por añadidura, no reportaría grandes beneficios inmediatos.

El sureste cordillerano de los inkas tenía, en cambio, un territorio y un clima que les resultaba enteramente familiar. Lo mismo que su producción agrícola y pecuaria. Y si optaban por tomar esa dirección, pequeños contingentes en las agudas gargantas que comunicaban con la costa eran suficientes en ese caso para controlar la retaguardia. La división en el frente interno inka –de la que sin duda estaban bien enterados– fue quizá otro elemento que facilitó la decisión.

Los chankas, en efecto, asomaron a las puertas del Cusco, vencieron transitoriamente a los inkas y saquearon y destruyeron la ciudad –según refiere Pease 52–. Siglos atrás, durante la expansión del Imperio Wari, cuando por primera vez se dio una situación de esa naturaleza, nada pudo impedir el torrente chanka.

Esta vez, sin embargo, las cosas fueron distintas. Entre los inkas, bajo el gobierno de Huiracocha, la victoria inicial de los chankas precipitó la solución de conflictos que se venían gestando desde tiempo atrás.

Frente a la agresión e invasión chanka, la fracción de orejones a la que pertenecía Huiracocha se mostró partidaria de la rendición: huyó y se refugió en el valle de Yucay, entre Cusco y Ollantaytambo. La otra, liderada por Pachacútec, uno de sus hijos, optó en cambio por enfrentar a los invasores.

Pachacútec desplazó de hecho del poder a Huiracocha. Asumió la conducción de la guerra y lideró las tropas que finalmente derrotaron y expulsaron a los invasores chankas.

Y tras superar emboscadas, acciones sediciosas y ataques armados de la fracción rival 54, Pachacútec obtuvo un segundo triunfo, derrotándola. En uno de los enfrentamientos murió Urco o Urcón 55, máximo exponente de aquélla, hermano y rival de Pachacútec, e hijo predilecto y “heredero” 56 de Huiracocha.

Pachacútec –dice Rostworowski–, expropió finalmente los bienes de la fracción competidora, con lo que terminó de liquidar su poder.

T No debe estar muy distante de la realidad –insistimos– la hipótesis de que, en el contexto de la ya mencionada poliginia imperante entre los Inkas, Pachacútec y Urco fueran hijos de madres distintas de ayllus también distintos. Muy posiblemente, pues, pertenecían a fracciones de la élite que, directamente a través de ellas o escudados en ellas y sus hijos, se disputaban la hegemonía.

En general, y las más de las veces por omisión, la historiografía tradicional sigue minimizando el papel de la mujer en la historia andina. En el terreno económico –como veremos más adelante–, su rol fue descollante: aportó tanto como el hombre. En la esfera militar su apoyo logístico fue sustancial. Y, aunque absolutamente anónimo, su apoyo anímico a uno y otro lado de las líneas de combate debió ser importantísimo.

En el terreno político, a su vez, más allá de lo que simplemente puede sugerir el párrafo anteprecedente, hay serios indicios de que dentro de la élite las mujeres llegaron a tener un rol trascendente.

Tal habría sido por ejemplo –adelantándonos a las postrimerías del imperio– el caso de Paccha, la principal mujer quiteña de Huayna Cápac. Todo parece indicar que tuvo participación definitoria en la decisión del Inka de “convertir a Quito en otra capital del Imperio, con igual categoría política a la del Cusco” –según refiere Cossío del Pomar–.

Paccha –agrega el historiador–, será “el instrumento conciente” de la fracción quiteña de la élite imperial para empezar a quebrar la hegemonía de la mayoritaria fracción inka cusqueña.

Las distintas esposas del Inka de turno, pero en especial las que estaban más cerca de él, debieron tener mayor o menor conciencia de que, de hecho, participaban en las luchas por el poder. Más aún cuando a tal efecto eran objeto de las ambiciosas presiones de sus familiares. Éstos y ellas tenían la convicción de que desenlaces favorables podían cambiar radicalmente sus vidas, obteniendo beneficios que de otra manera eran inalcanzables.

Así, cuando Túpac Yupanqui, relegando a muchos de sus hijos, escogió como sucesor a su hijo Titu Cussi Huallpa –que la posteridad conocería como Huayna Cápac–, la madre de Cápac Huaira inició una conspiración, aunque finalmente fracasó.

Pero no sólo una sino varias ambiciones se encresparían en tales –y similares– circunstancias.

De allí, por ejemplo, que Huayna Cápac admitiría más tarde que varios de sus hermanos “habidos de otras mujeres pretendían” su cargo.

Quizá pues directas o indirectas participaciones femeninas estuvieron también presentes durante la feroz disputa final entre Huáscar y Atahualpa.

De otro lado, corresponde resaltar aquí que la historia inka, preimperial e imperial, muestra reiteradas evidencias de que el flagelo de división fratricida ha estado muy presente al interior del grupo dirigente inka. Pero además, sorprendentemente, siempre en los capítulos estelares de su historia: • en sus mitos fundacionales, y específicamente en los célebres conflictos entre los hermanos Áyar; • en el momento dramático en que se inicia la construcción del imperio, es decir, en la disputa entre Urco y Pachacútec, y; • durante la crisis final: la guerra civil imperial que enfrentó a Huáscar y Atahualpa, en la que las intrigas de los consejeros juraron un rol decisivo.

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