TAHUANTINSUYO: El cóndor herido de muerte  

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Alfonso Klauer

La composición demográfica del pueblo inka

La riqueza que se fue acumulando en esos tres siglos en los valles del Cusco y Apurímac no correspondió sin embargo a todos sus habitantes por igual. La distancia social entre la élite y el pueblo; o entre los funcionarios gubernamentales y el pueblo campesino; o, si se prefiere, entre orejones y hatunrunas, se fue haciendo cada vez mayor.

Aunque a muchos siglos de distancia, aquéllos, los miembros del sector dirigente, reproducían la situación del viejo y dominante ayllu de Pacaritambo, acaparando beneficios y privilegios. Los hatunrunas, en cambio, concentrando obligaciones, reproducían la situación de los remotos ayllus dominados.

Uno de los privilegios de mayor trascendencia para el sector dirigente fue la educación.

Sólo accedían a ella los hijos de los orejones.

Con esa discriminación, la brecha social que existía en el siglo XII entre pobladores rurales y urbanos, fue agigantándose en los siglos siguientes.

Porque con la segregación en la educación los orejones monopolizaron la enorme cantidad de información que controlaban los especialistas –amautas (maestros y/o técnicos y científicos), quipucamayocs (contadores, administradores, estadígrafos), etc.– y con ello, subrepticiamente, alcanzaron otro objetivo de gran significación: asegurar y perpetuar el privilegio del poder.

Desde tiempos inmemoriales, los pueblos andinos, como muchos otros, designaban por líder a quien más dotado parecía estar para guiar al pueblo hacia la consecución de sus objetivos. En los más remotos tiempos, las grandes fieras y los desastres naturales eran los mayores obstáculos que debía enfrentar un pueblo.

No puede extrañar por ello que, en ese contexto –y como afirma John Murra–, los kurakas fueran designados en mérito a su valentía y fuerza física. Pero, sin duda, era exigida también una cierta capacidad organizativa.

Más tarde, los mayores obstáculos los pusieron otros pueblos. Así, cuando las barreras más importantes fueron las guerras, eran designados kurakas aquellos que, a más de fuerza, valentía y capacidad organizativa, poseían dotes de estratega.

Posteriormente, entrados en el estadio en que cada pueblo estaba conformado por miles y miles de individuos, dispersos, conformando núcleos locales con complejos conjuntos de problemas, incluso rivalidades; en que el espacio ocupado no sólo era vasto sino dotado de un sinnúmero de recursos y carente de otros tantos; en que alternaban trabajadores con muy variadas ocupaciones, completamente diferentes unas de otras; en que con la agricultura coexistían múltiples y cada vez más complejos procesos productivos; en que crecían las ciudades creando nuevos retos, etc., el líder, sin duda, tenía que reunir una nueva e indispensable condición: información.

Fuerza, valentía, capacidad organizativa, dotes de estratega e, información, eran los mínimos requisitos que, seguramente, debía reunir –como aprecia Rostworowski– el “más habil y suficiente” de los individuos.

Ése y otros que como él reunían tales atributos, tenían derecho a acceder al liderazgo.

En esas condiciones, es de presumir que al kurakazgo de un pueblo accedieran, indistintamente, individuos de cualesquiera de los diversos ayllus del mismo. Porque era muy poco probable que los individuos de uno solo de ellos monopolizaran esas aptitudes y condiciones.

Todo parece indicar sin embargo que, en el seno del pueblo inka, esa tradición de alternancia en el liderazgo fue sustituida cuando empezó a hegemonizar el ayllu de Pacaritambo.

A partir de ese momento, sólo entre sus miembros y herederos, a quienes se está identificando aquí como los orejones, surgía el Inka. Esta nueva regla habría tenido vigencia durante los períodos “B” y “C” del Gráfico N° 2. Con este primer cambio, sólo el más hábil y suficiente de los orejones resultaba erigido Inka.

Más tarde, quizá como secuela del sensacional triunfo independentista del siglo XII contra el Imperio Wari, Sinchi Roca –que presumiblemente lideró tal epopeya– habría logrado imponer un segundo cambio, aún más restrictivo.

Es decir, que la selección del más hábil y suficiente se hiciera solamente entre los hijos del Inka. Ésa habría sido la norma a través de la cual se ciñeron la mascaypacha casi todos los Inkas hasta Pachacútec. La única excepción habría sido la de Huiracocha. Pues –según dice Del Busto 33–, “no está claro que el Inca Huiracocha fuera hijo de Yahuar Huácac”.

¿Cómo habría resultado elegido entonces Huiracocha? No se nos dice.

Pachacútec, fortalecido a raíz del segundo gran triunfo sobre los chankas, esta vez en el siglo XV –que veremos en detalle más adelante –, habría terminado de concretar un tercer cambio. A partir de él, en efecto, los Inkas ejercitaron el derecho de designar e imponer, entre sus hijos, a su sucesor.

Mas, en todos estos casos, desde que la posibilidad de ser Inka quedó reservada a los orejones, y desde que la educación era también derecho exclusivo de ellos, ésta, inexorablemente, les aseguraba el monopolio de la información y, por consiguiente, el privilegio de ser los únicos que reunían todos los requisitos para ser reconocidos como los “más hábiles y suficientes”.

La cultura urbana suponía para los orejones disponer de un amplio espectro de bienes materiales y servicios de los que no podían usufructuar los pobladores rurales: viviendas sólidas, amplias, iluminadas, ventiladas y suficientemente adornadas; mobiliario, utilería y vajilla de la mejor calidad.

Asimismo vestido y adornos personales finamente acabados; alimento muy variado; algunos disponían incluso de agua dentro de la propia vivienda; plazas, calles y jardines; escuelas y centros religiosos.

Por lo demás, cientos de diferentes oficios se daban cita en la ciudad, demandando sus propios instrumentos, sus propios insumos y sus propias jergas: religiosa, militar, médica, ingenieril, artesanal, contable, astronómica, hidro–meteorológica, etc.

Todo ello configuraba un espectro muy amplio de intereses que, además, sólo podía ser referido con un conjunto también amplio de palabras, o, mejor, con un universo vocabular muy rico. Todo ello contrastaba, sin lugar a dudas, con las carencias, precariedades, discreción y monotonía del mundo rural.

Mundo que, por cierto, podía ser descrito con un reducido universo de palabras.

Es decir, a través de la amplitud del idioma, quizá también por medio de giros idiomáticos y modismos, tonalidades, etc., se manifestaba además, ostensiblemente, el distanciamiento entre orejones y harunrunas.

A adquirir esa diferenciación idiomática contribuyó, seguramente, el hecho de que los orejones actuaron, durante siglos, como interlocutores con los comerciantes kollas y con los administradores chankas. A todo ello debe pues referirse el testimonio de Garcilaso, según el cual los orejones hablaban distinto de como hablaba el resto del pueblo inka –constatación que, por lo demás, se ha hecho en casi todas las culturas y civilizaciones en la historia de la humanidad–.

Pero, además de los privilegios de educación, del usufructo exclusivo de refinados bienes y servicios propios de la vida urbana, y de multiplicidad de elementos diferenciadores en casi todos los aspectos de la cultura; es decir, además de esos intereses, claramente diferenciados de los del resto de los miembros de la sociedad, los orejones gozaban de otro privilegio: la poligamia.

El Inka, por privilegio excepcional, tenía derecho a tener muchos hijos en muchas mujeres (poliginia), la mayor parte de las que, con sus hijos, permanecían en sus tierras de origen.

Los orejones, dependiendo de la posición que ocupaban en la estructura jerárquica, podían llegar a tener 7, 15, 30 y hasta 50 mujeres –según refiere Huamán Poma–.

Y, aunque con cifras probablemente exageradas, los cronistas han registrado que Mayta Cápac, Inca Roca y Yahuar Huaca tuvieron 40, 300 y 162 hijos respectivamente –según puede verse en Valcárcel–. Más tarde, durante el imperio, Túpac Yupanqui, “en su esposa y hermana (...) tuvo varios vástagos, que añadidos a los bastardos sumaron doscientos” –refiere Del Busto–.

Cossío del Pomar recoge sin embargo la versión de que sólo fueron 92. Y Huáscar, en ocho años, y sólo en la ciudad del Cusco, habría tenido 80 hijos –dice Murúa–.

Ello implicaba, necesariamente, que para el sostenimiento de madres e hijos, el Inka utilizaba una significativa porción del excedente que producía la sociedad.

En la estratificación social, entre orejones y hatunrunas se estuvo formando, desde antiguo, un grupo intermedio constituido por los especialistas y por el personal subalterno ubicado en la administración de la producción y en las esferas militar y religiosa.

Algunos indicios muestran que, además de orejones, hatunrunas y del sector intermedio, el espectro social se completaba con un infeliz estrato de yanaconas, mantenidos en estado de virtual esclavitud. A él pertenecían algunos individuos de los ayllus dominados.

En esa subalterna condición debían estar, presumiblemente, algunos alcabizas y culunchimas.

Ello permitiría explicar, por ejemplo, por qué el que llegaría a ser el Inka Mayta Cápac, siendo aún niño, impunemente, lastimaba y hasta mataba a los hijos de aquéllos –según refiere el cronista Sarmiento de Gamboa–.

Esquemáticamente, en los albores del siglo XV, la sociedad inka estaba compuesta pues por cuatro distintos estratos, cada uno de los cuales tenía su propio conjunto de intereses –Int.– por defender, y a cada uno de los cuales correspondía a su vez un conjunto de objetivos –Obj.– por alcanzar (como se propone en el Gráfico Nº 4, en la página precedente).

Puede suponerse que en ese momento, posesionado sobre un territorio de 30 000 Km2, el pueblo inka estuviera constituido aproximadamente por 500 000 habitantes. Es posible, en consecuencia, estimar el orden de magnitud de cada uno de los estratos sociales.

Es obvio sin embargo que, arbitrariamente –aunque a la luz de la experiencia de las sociedades subdesarrolladas más elitistas y diferenciadas– hemos asignado los porcentajes que aparecen en el Cuadro N° 1.

La concentración de privilegios y, en consecuencia, la concentración social de la riqueza, pudo concretarse porque el excedente, que antes fluía al extranjero, quedó en el pueblo inka, pero centralizado en el Cusco y, dentro de él, sólo en manos de los orejones.

En esas circunstancias, inadvertidamente, se había concretado pues un cambio de gran significación: los orejones dejaron de ser grupo dirigente y se convirtieron en élite dominante del propio pueblo inka.

Repitiendo lo que había acontecido varias veces en distintos rincones del territorio andino, administraron selectiva y discriminatoriamente el excedente. Frente a siempre múltiples posibilidades, los orejones optaron de manera sistemática y obstinada por realizar todo aquel gasto que les permitiera alcanzar sus objetivos de grupo. Y postergaron las inversiones que habrían permitido a los estratos restantes concretar sus propias aspiraciones.

Así, la élite dominante terminó por sustituir el proyecto nacional inka por su elitista proyecto de grupo, centralista, urbano y excluyente.

El fenómeno “excedente –> apropiación –> riqueza” (gráfico en la página siguiente) se repitió una vez más en el mundo andino.

En un caso, se había dado en la relación entre diferentes naciones. En la nueva circunstancia, era, sin embargo, en la relación entre los distintos grupos de una misma nación. El resultado, no obstante, fue siempre el mismo: independientemente de qué sector social generaba el excedente, sólo se enriquecía aquel que se apropiaba de él.

Cuando los orejones, excluyendo al resto de la población, discriminándola, se apropiaban de la mayor parte del excedente generado por toda la sociedad, obtenían beneficio.

Y el sistema total, en apariencia, producía ganancia. Pero, inexorablemente, hacían también daño: la contraparte acusaba pérdida. Objetivamente, con la apropiación excluyente del excedente, la élite perjudicó al resto de la población y, en particular, a hatunrunas y yanaconas.

Así, aunque quizá de manera involuntaria, pero efectiva, hubo grave daño. Y como éste se prolongó durante siglos, la élite puso en evidencia que trataba a hatunrunas y yanaconas, ni más ni menos, que como a enemigos.

Mas, en los siglos anteriores, durante la hegemonía del Imperio Wari, los hatunrunas y yanaconas inkas habían sido tratados también como enemigos por la élite chanka. Es decir, para los hatunrunas y yanaconas inkas, patéticamente, quedaba en evidencia que, de manera coincidente, tanto la élite nacional inka como la élite extranjera chanka los trataban como enemigos, perjudicándolos sistemáticamente.

Las relaciones dentro del trinomio “élite nacional – hatunrunas – élite extranjera” pueden ser vistas desde varias perspectivas. Desde el punto de vista de la élite chanka, por ejemplo, la élite inka era “el enemigo del enemigo”, esto es, un aliado potencial.

Teniendo un mismo enemigo, las dos élites ponían en evidencia que contaban, en eso, con un importante interés común. Independientemente de que intentaran demostrarlo o no. Prescindiendo de si eran concientes o no de esa identificación de intereses. El hecho es que, potencialmente por lo menos, ella se daba y establecía la condición necesaria para que, en algún momento, pudiera concretarse que “el enemigo del enemigo es un amigo”.

¿Qué movía a los grupos a actuar en calidad de amigos, procurando mutuo beneficio, o, alternativamente, en calidad de enemigos? O, mejor, ¿en función de qué argumento, los grupos establecían relación amistosa con un grupo y antagónica con otro? ¿Qué argumento daba además coherencia al hecho de que se establezca en un momento relación amistosa con un grupo y más tarde relación antagónica con el mismo? ¿Hay tal argumento?

Sí: los grupos sociales –como los individuos – actúan buscando obtener beneficio de las acciones que realizan; actúan tratando de alcanzar sus objetivos. Así, descarnada y objetivamente: si hoy “conviene” ser amigo, se va por ese camino; si mañana “conviene” ser enemigo, se vira en ese sentido.

Habiéndose transformado de dirigentes en dominadores, los orejones, para poder alcanzar sus objetivos de grupo, requerían apropiarse del excedente generado por los hatunrunas.

Era imposible concretar el perjuicio a la luz de una relación amistosa. Para materializar la apropiación, para ejecutar el perjuicio, se requería, necesariamente, establecer en la práctica una relación inamistosa.

No obstante, sólo esporádicamente esa relación de oposición se hacía evidente, y con violencia. En manos de los hatunrunas y yanaconas, cuando intentaban o ejecutaban un magnicidio, intentando el asesinato del Inka o lográndolo. O a través de revueltas y asonadas, huyendo de la leva, haciendo sabotaje, etc. Y, en manos de la élite, a través del genocidio, de la represión violenta y masiva, castigando a poblaciones cuando correspondía sancionar a individuos, a través de la crueldad en el castigo, etc.

Quizá los orejones no eran concientes de que daban a los hatunrunas, cotidianamente, el mismo trato que, sólo episódicamente, en las guerras, daban a sus peores enemigos. No era una decisión conciente, pero sí un hecho objetivo que formaba parte de su conducta cotidiana.

La mayor parte del tiempo, sin embargo, la inamistosa relación orejones–hatunrunas estaba disimulada tras formas no violentas, aunque igualmente perjudiciales para los intereses de la mayoría. Así ocurría, por ejemplo, en la mita masiva de hatunrunas convocados para erigir un palacio en el Cusco o para canalizar el río que pasaba por la ciudad: sólo beneficiaba a la élite. Pero, además, impedía que, con el mismo excedente, se construyera, alternativamente por ejemplo, un puente que acortase las distancias que tenían que recorrer los hatunrunas, o un ducto para incrementar el área agrícola.

Por otro lado, y en rigor, la élite dominante, aunque poco numerosa, no constituía un grupo compacto. Y es que –más allá de las abstracciones– no era en verdad un conjunto social perfectamente homogéneo. Por el contrario, era un agregado de subgrupos o fracciones.

Esa existencia de fracciones daba cuenta de que no hubiese un solo conjunto de intereses y su correspondiente conjunto de objetivos.

Más bien, cada fracción –y con prescindencia de que sus integrantes fueran concientes o no– defendía su propio subconjunto de intereses y objetivos.

La aparición de distintas fracciones se había dado a lo largo de la historia. En efecto, los miembros del triunfante ayllu de Pacaritambo y sus descendientes habían dado origen a una primera élite dominante. La hegemonía chanka, sin embargo, al desplazarla del poder, eliminó sus privilegios afectando así seriamente sus intereses. Entre otras consecuencias, al quedar liquidado el ejército inka, los orejones de Pacaritambo perdieron su condición de jefes militares.

Pero como los dominadores chankas necesitaron funcionarios que mediaran entre ellos y el pueblo inka, crearon, sobre la base de funcionarios subalternos, una fracción de reemplazo, adicta a los dominadores, y con intereses quizá centrados en torno al ordenamiento productivo y la jerarquía religiosa.

Ya para ese momento, sordamente competían entonces dos fracciones dentro de la élite inka.

Y muy probablemente tras la guerra de independencia contra el Imperio Wari, apareció una tercera fracción, la de los líderes independentistas.

Pero además de esas razones históricas, la poligamia bien pudo acentuar el fraccionalismo al interior de la élite inka, desde el momento en que, por lo general, las distintas esposas del Inka, en particular, pertenecían a ayllus distintos. Así, los medio hermanos hijos del gobernante no habrían sido sino la cabeza visible de disputas de mayor envergadura.

En ese contexto, los intereses comunes del conjunto de la élite quizá sólo quedaban reducidos a uno: mantener la apropiación de la riqueza extraída a los hatunrunas; y sus objetivos también a uno: incrementar el territorio y la población a explotar.

Tras la caída del Imperio Wari, los tres siglos de autonomía que se habían sucedido fueron tiempo suficiente para que las élites desplazadas reclamaran y eventualmente obtuvieran el resarcimiento de parte de los privilegios y de los poderes perdidos. El más importante de los cuales fue, sin duda, el control de la organización militar.

Todo parece indicar que hacia el siglo XV dos fracciones de orejones compartían el poder y la condición de dominantes dentro del pueblo inka. Una con importantes intereses administrativo–religiosos; y la otra con intereses estrechamente relacionados al renovado aparato castrense.

Según claros indicios, ambos subgrupos se disputaban la hegemonía total sobre el pueblo inka. Y recurrieron en algunas ocasiones a los métodos más violentos, incluyendo el asesinato por supuesto, para dirimir sus diferencias e imponer sus apetencias.

Al cabo de tres siglos de vida autónoma, el pueblo inka no había podido concretar pues su proyecto nacional. En su reemplazo se fueron incubando, por lo menos e implícitamente, dos proyectos distintos: el de los hatunrunas y el de los orejones.

La mayor fuerza que fueron capaces de aglutinar y concretar en torno a sí estos últimos, les permitió imponer el suyo. Las evidencias de centralismo, énfasis en el desarrollo urbano, y elitismo, muestran que, en efecto, el conjunto del pueblo inka fue movilizado para alcanzar, prioritaria y selectivamente, los objetivos que persiguió la élite dominante.

No obstante, y mientras la unidad interna fuera precaria, tanto al interior de la sociedad inka como dentro de la élite, el proyecto era intrínseca y estructuralmente frágil. Y en algún momento, más temprano o más tarde, habrían de patentizarse las fatídicas consecuencias.

Sarmiento de Gamboa registra el levantamiento de los dominados ayllus de alcabizas. Cabello de Valboa a su turno registró la invocacion que realizó Cápac Yupanqui en la ceremonia en que se le reconoció como Inka, pidiendo a sus hermanos que le guarden lealtad y no fuesen sus competidores y perturbadores de la paz.

Yahuar Huaca murió asesinado 46. El propio Túpac Yupanqui, el segundo Inka imperial, “en la flor de la edad”, habría muerto envenenado –según refiere Del Busto–.

Murúa por su parte consigna que el Inka no bebía en vasos de oro o plata, sino en keros de madera que ponían de manifiesto el veneno cuando la bebida había sido deliberadamente emponzoñada 48. El mismo cronista afirma que el Inka no dormía de día, y que en las noches mudaba de cama para huir de las acechanzas.

De allí que Hernández y otros enfaticen que dentro del grupo dominante las intrigas eran cosa frecuente, las pugnas entre facciones muy intensas, y la eliminación física de los rivales moneda corriente.

Incluso en circunstancias difíciles, como cuando los chankas volvieron a aparecer a las puertas del Cusco, en el siglo XV, había disputas intestinas. Quizá la mejor evidencia es el hecho de que Pachacútec, uno de los hijos de Huiracocha –el entonces Inka gobernante –, “estaba desterrado del Cusco” –conforme refiere Pease–.

Es probable sin embargo que, siendo eventualmente Pachacútec de un ayllu distinto al que gobernaba en el Cusco, la referencia a “destierro” no haga sino alusión al hecho de que vivía con su madre en la tierra de sus ancestros maternos.

Pues bien, en ese contexto, cuando el pueblo inka cumplía tres siglos de vida autónoma y en trance de consolidación territorial, pero con resquebrajaduras en el frente interno, asomaron nuevamente los chankas sobre la ciudad del Cusco. Este episodio, azarosamente, habría de constituirse en el detonante que dio paso a la formación del Tahuantinsuyo.

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