TAHUANTINSUYO: El cóndor herido de muerte  

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Alfonso Klauer

 Panorama cronológico del pueblo inka

Ese período inicial y remoto –“A” en el Gráfico N° 2– debió durar siglos. Quizá tanto como los mil años del Imperio Chavín o más.

Así, el asentamiento de los primeros inkas tendría tanto como 3 000 a 3 500 años de antigüedad. Cossío del Pomar va más allá: afirma que tenemos que aceptar la existencia de la “ciudad del Cusco” desde hace 4 500 años.

Diseminados, con prácticas eminentemente rurales y concentrando sus esfuerzos en la producción agrícola, fueron paulatina y progresivamente poblando distintos valles y vertientes de los territorios que hoy son los departamentos de Cusco y Apurímac.

En la medida de lo posible, cada vez que utilicemos el nombre “Cusco”, trataremos de precisar si se trata de: a) la ciudad, b) el valle en la que está asentada la provincia del mismo nombre, o c) el área total del departamento del mismo nombre.

En ese espacio, los testimonios más antiguos que hasta ahora han sido encontrados corresponden a la cerámica Marcavalle y, algo más reciente, a la cerámica Chanapata.

Dicha alfarería, fue confeccionada por los ayllus que habitaron los valles del Cusco entre 1500 y 500 aC. Es decir, por contemporáneos del Imperio Chavín.

“En el Cuzco –dice el historiador peruano Franklin Pease– hay evidencia de una larga ocupación humana, y 1 000 años antes de nuestra era ya existía la agricultura”, y también por cierto la alfarería –agregamos–.

Sin haber caído bajo la férula de Chavín –el primer imperio andino–, ocupaban, no obstante, las proximidades de la que llegó a ser la frontera sureste del mismo. Debieron pues recibir diversos tipos de influencia. Más aún, por su ubicación, esos antiguos ayllus inkas debieron contribuir al puente que se tendió, en el espacio y en el tiempo, entre Chavín y Tiahuanaco –sobre el que hemos expuesto en Los abismos del cóndor, Tomo II–.

El Imperio Chavín se había impuesto en gran parte de los Andes durante casi mil años.

En su fase final de dominación –y según venimos postulando–, la hegemonía chavín debió concretarse a través de la fuerza. Es posible pues que, en ese contexto, las poblaciones que quedaron fuera, pero en las proximidades del imperio, tuvieran un período de paz interna que les permitiera enfrentar, con mayores probabilidades de éxito, los eventuales intentos de expansión del primer imperio andino. Sin duda, durante aquellos siglos los inkas estuvieron muy alertas en torno a cuanto acontecía cerca de sus fronteras.

Pero cuando cayó liquidado el Imperio Chavín, los pueblos habrían ingresado a una etapa de abiertas y violentas confrontaciones.

Unos porque necesitaban o ambicionaban incrementar sus recursos, y otros porque tenían que defender los suyos. Unos porque querían imponer su proyecto histórico nacional y hegemonizar, y otros porque deseaban mantener su autonomía. Así debieron enfrentarse ayllus contra ayllus, al interior de los pueblos.

Pero también pueblos contra pueblos. Y más tarde, naciones contra naciones.

¿Escapó el pueblo inka a esa regla? ¿O –como puede suponerse– fue más bien ese el contexto en que el ayllu de Pacaritambo –según veremos– se impuso sobre el resto de ayllus del pueblo inka –tal como puede colegirse del mito de los Hermanos Áyar–? Conforme a la leyenda, los ayllus de guallas, sauaseras, alcabizas y culunchimas, entre otros, fueron vencidos y dominados. El ayllu de Pacaritambo, asentado al sur, a 30 kilómetros de distancia, les arrebató sus tierras y se trasladó a vivir en ellas. Poco a poco iría surgiendo allí la ciudad del Cusco. Ese triunfal episodio pasó a ser el punto de partida de un dinámico, vasto y prolongado proceso histórico.

Los vencedores quedaron en posesión de las mejores tierras. Con ello se aseguraron la apropiación de un volumen de excedente mayor los vencidos. Pero ése no habría sido su único objetivo. Los vencedores buscaron, además, que los ayllus de la periferia aceptaran su preeminencia jerárquica. Y, a la postre, que aceptaran como propio el proyecto histórico implícito del ayllu vencedor.

El proceso de centrifugación que se había estado operando dejó de tener vigencia. Fue sustituido por un proceso centrípeto. La dirección y el liderazgo pasó a emanar del centro y la periferia debió acatar obediencia. Poder y autonomía se concentraron en el centro, debilidad y dependencia en torno a él. Las disposiciones fluían hacia la periferia. El excedente se dirigió hacia el centro.

El ayllu vencedor se colocó en la cúspide, en una posición jerárquia que nunca había tenido. Los ayllus vencidos quedaron en una posición subalterna que tampoco antes habían experimentado. Aquél mantuvo su autonomía, éstos la perdieron.

Así, el kuraka –o máxima autoridad– del ayllu vencedor, quedó convertido en Inka. Y, dentro del conjunto, virtualmente todos los miembros del ayllu triunfante pasaron a convertirse en grupo dominante.

En adelante, distinguiremos como inka –con minúscula – a la ancestral nación que se gestó y desarrolló en lo que hoy son los departamentos peruanos de Cusco y Apurímac; y –transitoriamente, como veremos –, como Inkas –con mayúscula– a los personajes que fueron sus más importantes gobernantes nacionales e imperiales.

La transformación fue drástica, alcanzando a todo orden de cosas. Produjo en unos grandes beneficios. Otros, en cambio, vieron gravemente afectados sus intereses.

Es difícil imaginar que todo ello ocurrió de manera apacible, serena, sosegada.

Por el contrario, la violencia con que necesariamente debieron ocurrir esos acontecimientos –según también puede colegirse del mito de los Hermanos Áyar–, debió ser equivalente a la que la que se dio, y se daba en esos mismos instantes, en otros rincones de los Andes, donde –como reiteradamente se ha visto en Los abismos del cóndor, Tomo I– el canibalismo, como colofón de las guerras, era una práctica muy extendida.

Las prácticas de canibalismo más cercanas al Cusco han sido encontradas en Pukara, 250 Kms. al sur, en Puno; y en Pachamachay, 500 Kms. al norte, en Junín.

El cronista español Sarmiento de Gamboa, en su relato de la Leyenda de los Hermanos Áyar, recogió la versión de que los miembros del ayllu de Pacaritambo: mataron a cuentos pudieron haber a las manos, y a las mujeres preñadas sacaban las criaturas de los vientres, porque no quedase memoria de aquellos miserables...

Si efectivamente el mito de los Hermanos Áyar correspondiera a acontecimientos ocurridos en los inicios de nuestra era, el clima de ese relato, saturado de violencia, se ajusta al clima bélico que se vivió en los Andes en aquel momento.

Violencia y, seguramente también, traición, son hechos cuyo origen se remonta en los Andes a tiempos inmemoriales. Su presencia es constante, siendo innumerables las evidencias. Por lo demás, las leyendas y mitos las reflejan.

No fueron pues un invento perverso de los cronistas, aunque hubo, sin duda, quienes interesadamente deformaron y exageraron. La violencia y traición relatadas en las crónicas no han sido el fruto de que los españoles endosaran a la historia andina y a los mitos fundacionales de ésta, la violencia y la traición de que están cargados la historia antigua de Occidente y los propios mitos fundacionales mesopotamio–judeo –cristianos que portaban los conquistadores.

Independientemente pues de los cronistas europeos, y desde muchísimo antes de que asomaran por los Andes, la historia andina está cargada de mil formas y niveles de violencia. En ningún caso ella tiene visos de originalidad. Aquí se dio en la misma forma y en los mismos niveles que en todos los demás rincones del planeta.

No obstante, sobre la Leyenda de los Hermanos Áyar postulamos más adelante una hipótesis que nos parece más verosímil en cuanto a su más probable momento de gestación.

Los kurakas del ayllu vencedor, es decir, los primeros Inkas, innominados, remotos y legendarios, lideraron pues la consolidación de los territorios conquistados. Así completaron la primera parte de un proyecto implícito más ambicioso. Y actuaron para ampliar su influencia sobre el entorno inmediato.

En efecto, posesionados del núcleo central, fueron dominando en los siglos posteriores al conjunto de todos los ayllus que estaban desperdigados en la periferia del valle del Cusco. Así fueron cayendo bajo la hegemonía del ayllu de Pacaritambo los ayllus de Anta, Urubamba, Calca, Paucartambo, Quispicanchis, Acomayo, Paruro, etc. en el departamento de Cusco; así como los ayllus de Abancay y el valle del Pachachaca, en lo que hoy es el departamento de Apurímac.

Así, entre otros, fueron dominados los ayllus de ayarmacas, pinahuas, cotapampas, omasayos, yanahuaras, quichuas, etc.

Al cabo de varios siglos –período “B” en el Gráfico N° 2–, el pueblo inka, organizado y nucleado a partir del valle del Cusco, pasó de controlar un territorio de 10 000 Km2 aproximadamente, a dominar uno de 30 000 Km2 19.

Asi quedaron establecidas fronteras con los chankas, al noroeste; con los soras, al oeste y; con los canas y canchis, de la nación kolla, al sur y sureste; pueblos agrícolas, unos, y ganaderos, otros, con los cuales venían alternando y seguramente intercambiando productos desde muchos siglos.

A partir de la hegemonía del ayllu de Pacaritambo, el proceso de nucleamiento y de vertebración orgánica de los cientos de ayllus inkas, es decir, el objetivo de consolidación del pueblo inka, quizá se creyó logrado.

En adelante, cabía la posibilidad de alcanzar otros objetivos dentro de las fronteras del pueblo inka, o, alternativamente, rebasando incluso sus fronteras ancentrales.

Frente a esa disyuntiva, sea cual fuere la decisión que tomó el grupo dirigente inka, el proceso autónomo que se estuvo dando debió sin embargo detenerse. Obligó a ello una azarosa coyuntura externa. Los inkas y otros pueblos, no habrían podido preveer, ni pudieron evitar quedar atrapados entre dos procesos expansivos de mayor fuerza: el de los kollas, desde el Altiplano, y el de la nación ica, hegemonizada desde Nazca, a partir de la costa. Aquél, en las proximidades, extendió su influencia desde el sureste, y éste, en el área mediata, desde el noroeste.

En efecto, la nación kolla en el Altiplano, primero desde Pukara, en la vertiente noroccidental del lago, y luego desde Tiahuanaco, en el extremo sur del mismo, había alcanzado un enorme y singular desarrollo.

Particularmente en Tiahuanaco, la nación kolla, en especialísimas circunstancias climáticas, había empezado a acumular grandes volúmenes de excedentes de riqueza. Como larga y detenidamente se ha analizado en Los abismos del cóndor, Tomo I, una prolongadísima versión del fenómeno océanoatmosférico del Pacífico Sur –muy probablemente en su modalidad “La Niña”–, y quizá en concurrencia con un fenómeno climático específico del Altiplano, desatando grandes y generosas lluvias, habrían sido los responsables de un gran e inusitado período de bonanza agrícola en torno al lago Titicaca.

Dicho fenómeno, según recientes investigaciones llevadas a cabo en los hielos de los nevados Quelcayo y Macusani del Altiplano, habría ocurrido en torno al 600 dC.

Aludiendo claramente a un evento de esa naturaleza, el cronista Pedro Cieza de León 20, a mediados del siglo XVI, expresó en referencia al Altiplano: Muchos destos indios cuentan que oyeron a sus antiguos que hubo en los tiempos pasados un diluvio grande...

No deja de ser sorprendente que un dato histórica y científicamente tan valioso como ése, haya sido –y siga siendo– tanto tiempo obviado por la historiografía tradicional.

Resulta comprensible que en el siglo XVI, dándolo por “fabulesco” –como nos lo recuerda Pease–, el propio Garcilaso rechazara la versión de un “diluvio” en relación con Tiahuanaco. Pero resulta incomprensible que se le siguiera considerando fantasioso en las últimas décadas del siglo XX. Sobre todo cuando los conocimientos de hidrología y climatología –en particular los que ya se desprendían del estudio del Fenómeno océano–atmosférico del Pacífico Sur o “El Niño – La Niña”– permitían postular una hipótesis de esa naturaleza para contribuir a explicar el enigmático y asombroso desarrollo histórico de Tiahuanaco.

Sólo un inusitado evento climático de ese género explicaría el carácter repentino y fugaz de Tiahuanaco. Pero explicaría también su carácter explosivo. O, si se prefiere, el hecho de que alcanzó el esplendor “de la noche a la mañana”. A este respecto, una vez más corresponde recurrir a Cieza de León.

Dice en efecto que los kollas: oyeron a sus pasados que en una noche amaneció hecho lo que allí se veía.

Los kollas del área circunlacustre, casi en permanente en sequía, estaban acostumbrados a los rigores de una vida de subsistencia, casi sin capacidad de inversión o acumulación.

Y, de repente, sorpresivamente, se vieron obteniendo cosechas 10, 25 o quizá hasta 50 veces mayores, nada menos que sobre una superficie de casi 100 000 Km2.

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