¿Leyes de la historia?

 

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Alfonso Klauer

Centralismo y descentralización en la historia

Los pueblos del Perú, como resulta ostensible, tienen frente a sí un doble reto: descentralizarse y desarrollarse. Es verdad que ése es también un desafío de muchos otros pueblos, en particular los de América Meridional. Pero las cifras que se conoce muestran que para ninguno otro de éstos es tan gigantesca la tarea a emprender. En el Perú se ha llegado a extremos inauditos, insospechados, que no conoce pueblo otro de América Latina; y, como se verá, ni siquiera de África.

Y, es que, hasta donde conocemos, si bien en África algunos pueblos viven masivamente en condiciones infrahumanas, sus niveles de descentralización poblacional constituyen una base o punto de partida objetivamente más ventajoso para


el desarrollo. Compararemos al Perú con cuatro países africanos que tienen prácticamente sus mismas dimensiones, y que sólo por su distribución geográfica constituyen en conjunto una muestra altamente representativa –como puede observarse en el Gráfico Nº 53–.

En Nigeria, en la parte centrooccidental del continente, apenas el 1,5 % de su población vive en Lagos. En Egipto, en el extremo nororiental del continente, aún cuando El Cairo alberga a más de ocho millones de habitantes, la concentración en la capital apenas supera al 16 % del total. En Zaire, el ex Congo belga, en el área ecuatorial del continente, el 7 % de los habitantes está concentrado en Kinshasa. Y en Sudáfrica reside en Pretoria sólo el 2 % de la población (en tanto que en la ciudad más poblada, Johannesburgo, algo menos del 5 %). Esas cifras, comparadas con el 32 % de concentración poblacional en Lima relevan a cualquiera de algún comentario al respecto.



¿Ha sido así siempre ocupado o, todavía mejor, ha estado siempre así desocupado el territorio peruano? Ciertamente no. Los primeros cronistas de la conquista, en las décadas iniciales del siglo XVI, desconociendo cómo fue la remota ocupación poblacional en sus territorios de origen, anotaron asombrados que en el Perú sus pobladores “vivían aislados conforme a sus antiguas costumbres” . Hoy –como hemos advertido en anterior ocasión –, tenemos derecho a interpretar esa expresión en el sentido de que vivían dispersos en el territorio, ocupando y explotando económicamente todo el espacio disponible.

Y es que al momento de la conquista no más del 0,5 % de la población estaba concentrada en el Cusco. Y, más en razón de la catástrofe demográfica que se produjo que en razón a la migración hacia la capital, durante las guerras de independencia la capital albergaba a no más del 5 % de la población peruana. Los censos posteriores fueron dando cuenta de que progresivamente pasó a ser 9, 18, 27 y 32 %.

Así, cualquier matemático o estadístico podría demostrar que hay una altísima correlación entre el progresivo –absoluto y relativo–, deterioro de la economía peruana, y la concentración de la población en la capital, o el abandono de la mayor parte del territorio. Pero con todo cuanto hasta aquí se ha considerado, mal podríamos concordar con que se trata de una “correlación estadística”, sin relación causa–efecto entre uno y otro fenómeno. No, se trata sin duda de una consecuencia inexorable de la pobreza creciente en que han sido sumidas las provincias del Perú a lo largo de los 180 años de historia republicana, secuela pues de la dependencia interna y de la hegemonía externa.

Descuidando la enorme relevancia de la información demográfica, la Historia tradicional no provee de información que permita hacer análisis comparativos certeros. Pero, por ejemplo, para que Roma llegara a concentrar el 5 % de la población del imperio habría tenido entonces una población de por lo menos 1,3 millones de habitantes, y ello resulta a todas luces impensable. Algunos de los principales territorios que estuvieron bajo su compulsiva hegemonía tienen hoy las siguientes concentraciones poblacionales en sus correspondientes capitales o, en los casos que señalamos (*), en sus ciudades más pobladas (en %):

España (Madrid) 10
Francia (París) 16
Italia (Roma) 5
Suiza (* Zurich / Berna) 11
Rumania (Bucarest) 9
Turquía (* Estambul / Ankara) 6

¿Han llegado a esas cifras, acaso al cabo de otros tantos y compulsivos procesos de descentralización? No, bien se sabe que no. Como que tampoco ello ha ocurrido en ninguno de los tres más grandes países de Europa Occidental que se libraron de estar, o de caer, bajo la hegemonía del poder romano, y que hoy exhiben los siguientes porcentajes de concentración poblacional en sus capitales:

Alemania (Berlín) 4
Suecia (Estocolmo) 17
Polonia (Varsovia) 4

La Historia tradicional –bastante bien auxiliada por la novela, hay que admitirlo– ha cargado las tintas en los aspectos épico–románticos del Medioevo. Y, para el mismo período, la historiografía marxista destacó en él la transición entre la esclavitud y el feudalismo. Pero una y otra, a la luz de cuanto se veía en el mundo al momento de hacerse esos estudios, dejaron de relievar el hecho de que, objetivamente, la constitución de los feudos definió en la mayor parte de los territorios de Europa Occidental la consolidación de estructuras económicas y demográficas no centralizadas, y, por añadidura, bastante bien integradas, más allá de los conflictos que se daban entre los intereses de señores feudales vecinos; o, entre feudos vecinos, para cuando las poblaciones de cada uno se sentían suficientemente identificadas con su propio territorio, y concientes de ser distintas a las poblaciones de las áreas vecinas y más aún de las lejanas.

Todavía hoy se presenta como una “desventaja” o como un handicap el hecho de que, bien entrado el siglo XVI, en lo que hoy es Alemania pugnaban entre sí hasta 200 grupos humanos, en otros tantos medianos y pequeños espacios, que reivindicaban el derecho a manejar con completa autonomía sus asuntos internos. Pues bien, ése y no otra es, fundamentalmente, el sustento objetivo de la extraordinaria capacidad de capitalización y desarrollo de Alemania. Y, en los términos proporcionales que corresponda, de los otros países desarrollados de Europa.

Se sostiene hoy que, entre los países desarrollados de Europa, Francia es aquel con mayor grado de centralismo. Ésa, sin duda a nuestro juicio, es una visión recortada cuando no miope de la realidad. Porque obviamente se está hablando de centralización política, pero de ella, a su vez, en el sentido más restringido de la palabra. ¿Se decide y diseñan en París las escuelas que se construye en Cherbourg, en el extremo noroccidental de Normandía; o los centros médicos que se levantan en Loches, en Orleanais, en el centro del país; o los puentes que se tienden en Les Arcs, en la Provenza, al borde del Mediterráneo? ¿Alguna vez fue así, siquiera en tiempos de Luis XIV? De España se tiene por ejemplo la evidencia de que ni siquiera el poderoso emperador Carlos V pudo –cuando lo intentó–, imponer su criterio en las obras de infraestructura que llevaban a cabo los cabildos o municipios; porque en los de su propia Alemania ni siquiera intentó inmiscuirse.

En general, los países de Europa Occidental –y en más de un sentido también los de Europa Oriental–, son un magnífico ejemplo de ausencia de centralismo económico y demográfico, y de gran autonomía en los asuntos locales, a lo largo de por lo menos los últimos quinientos años. Porque, en el caso de Suiza, bien puede reivindicarse ese extraordinario valor para todos los últimos mil años.

Pero como hoy mismo ocurre con Estados Unidos, todos los imperios han tenido siempre a estos respectos una doble política: el más pleno no centralismo en los asuntos de la sede del imperio; pero, al propio tiempo, el más completo y absurdo centralismo en todos los asuntos de las colonias. Mas quizá ningún área del globo como América Latina ha quedado tan marcada con la impronta centralista que dejaron los virreinatos, y que virtualmente sin excepción se vio reforzada bajo las sucesivas hegemonías de Inglaterra y Estados Unidos.

Pero una vez más aquí tenemos obligación de hacer distinciones esclarecedoras. En efecto, no en todos los espacios coloniales se tuvo el mismo y grande interés en mantener o agudizar el centralismo. Así, el poder hegemónico de España mostró relativa o gran indiferencia frente a los pueblos cuyos territorios no ofrecían una gran riqueza que expoliar. Fue el caso de Argentina, Chile e incluso Colombia. Y ninguno de ellos sufrió tampoco el acoso de la hegemonía inglesa. De allí que lograron consolidar dirigencias nacionales que, de hecho, más que a través de una política conciente y explícita, dieron curso a procesos de crecimiento demográfico y económico que nunca fueron marcadamente centralistas. Los resultados están hoy a la vista: son países significativamente menos centralizados que el Perú, por ejemplo.

Perú y México fueron sede de los virreinatos más grandes y poderosos de América Latina. Este último, sin embargo, es un país significativamente menos centralizado que el primero. ¿Hay razones objetivas que den cuenta de esa diferencia? Sí, en nuestro texto Descubrimiento y Conquista: en las garras del imperio (tomos I y II), hemos desarrollado ampliamente éstas que consideramos razones de gran peso: (a) la ostensible mayor cercanía de México, respecto de España, representó una también bastante más numerosa migración hispana hacia dicho territorio que hacia el Perú; (b) la gran riqueza agrícola mexicana facilitó la formación de poderosos enclaves de poder criollo desperdigados en casi todo el territorio; (c) la mayor migración hispana se dispersó además por casi todo el territorio mexicano, en tanto que la que a su turno fue una menor migración hacia el Perú se concentró fundamentalmente en la costa; (d) el hecho de que las grandes minas de plata de México estaban a no más de 2 mil m.s.n.m. libró a los nativos mexicanos del genocidio en trabajos forzados que se dio en el Perú, y; (e) la magnitud significativamente menos catastrófica de la debacle demográfica en México, aunada a la mayor y más desperdigada presencia de pobladores hispanos, produjo un proceso de mestizaje mucho más notorio que en el Perú. Téngase presente que a finales del siglo XVIII, mientras la población en el Perú apenas superaba un millón de habitantes, en México era del orden de seis millones de personas . Por todas esas razones se formó y consolidó en México un poderoso y no centralizado sector criollo y mestizo que incluso hoy aún no existe en el Perú.

Bastan esas razones para explicar que en la historia de México, entre 1808 y 1821, aparecieron en ese territorio figuras con proclamas o incluso cruentas y exitosas rebeliones militares que virtualmente no tienen correspondencia exacta en el Perú: Primo de Verdad, en la ciudad de México, en 1808; Allende, en San Miguel, e Hidalgo, en Querétaro, en 1810; Morelos, en Zitácuaro, en 1813; e Iturbide, en 1821. En el Perú, en cambio, ninguna rebelión interna alcanzó a tener éxito. La independencia sólo pudo lograrse tras la incursión militar de los ejércitos de San Martín y Bolívar, desde Argentina y Venezuela, respectivamente. Y aún cuando en ambos países se habló ya en 1824 de dar paso a la constitución de una República Federal, ese caro objetivo se logró en México ese mismo año, en tanto que en el Perú no sólo no se ha concretado, sino que ha pasado a ser incluso una imagen temida y estigmatizada desde las más altas esferas del poder político centralista.

Así, tras casi dos siglos de una República Unitaria, que no es sino una reconocida pero eufemística etiqueta tras la que se escuda el imperio de Lima, pero más exactamente del poder dominante en la capital, sobre las provincias del Perú, los resultados no pueden ser más pobres y vergonzantes. Un amplísimo desarrollo de ello lo mostramos en nuestro texto Descentralización y Economía. Pero más de una evidencia ha quedado mostrada en los precedentes Gráficos Nº 52 y Nº 53, y ofrecemos otras en el Gráfico Nº 54 (en la página siguiente), cuya elocuencia nos releva de mayor comentario.
 

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