¿Leyes de la historia?

 

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Alfonso Klauer

Independencia secular: el caso de Estados Unidos

Resultaría inaceptable dar por acabado este análisis sin analizar el que todavía podría considerarse el más extremo y grave de todos los casos: el de los pueblos que sucesivamente han sido objeto de dos e incluso más, y sucesivos, procesos de dominación y expoliación. Es decir, el de aquellos que, sin solución de continuidad, sin respiro, han sufrido daño tras daño, sin tener ocasión de reponerse.

Y es que, por sus diferenciables implicancias económicas, demográficas y sicológicas, no puede considerarse como equivalentes –pues apenas si lo son en apariencia– a casos profundamente distintos como los de Suecia, Estados Unidos, Francia y España, con los de Egipto y el Perú, para sólo citar esos casos.

Suecia, como la propia Alemania –o, mejor, aquella parte de ésta que durante varias décadas del siglo XX fue conocida como Alemania Occidental–, y Japón, entre otros, no han conocido nunca la nefasta experiencia de ser sojuzgados y saqueados por poder imperial alguno. Han acumulado pues, a ese respecto, una ventaja histórica, de siglos y siglos, que hoy nítidamente reflejan sus economías y, en general, su desarrollo material y cultural (incluyendo en esta última ciencia, técnica y tecnología).

Francia sólo ha conocido la experiencia de permanecer tres siglos bajo la hegemonía romana. Pero de esto, y sin volver a tener pues experiencia similar, hacen ya buenos 1 800 años. En este lapso, sin embargo, obtuvo importantes botines en mil guerras, perdió otros tantos en otras tantas, y saqueó impunemente a diversos pueblos de África, Asia y el Caribe.

España, que estuvo casi siete siglos sojuzgada por el Imperio Romano, poco después vio caer buena parte de su territorio en poder de la hegemonía árabe, en la segunda década del siglo VIII dC. La reconquista fue costosamente labrada, pero no puede desdeñarse la colaboración que prestó Francia en algunas oportunidades. A la postre todo el territorio español quedó completamente liberado cuando aún no amanecía en siglo XVI. Mas como en los últimos siglos el dominio árabe había quedado confinado al extremo sur de la península, el resto de España, libre de dominación alguna, fue convirtiéndose no sólo en una potencia económica, sino que sin duda en la más grande e importante del mundo occidental. No es ninguna casualidad que, el mismo año de la liquidación del poder árabe, España pudo lanzarse con extraordinario éxito y magníficos resultados, al “descubrimiento” del Nuevo Mundo , empresa sin duda costosísima, sólo posible de emprender por una gran potencia. Después de la dominación árabe, España no ha vuelto a conocer experiencia alguna de ese género. Lleva pues, cuando menos, 500 años sin transferir riqueza alguna. Y, por el contrario, durante los siglos XVI a XVIII, recibió de sus colonias transferencias que largamente le permitieron resarcirse de cuanto perdió frente a Roma y los árabes norafricanos.

Estados Unidos, por su parte, constituye a todas luces una experiencia sui generis en el mundo, quizá sólo comparable a la de Australia. La primera colonia inglesa se estableció en el extremo oeste del Atlántico en 1607. Y hacia 1733, desde Nueva York, por el norte, hasta Carolina del Sur, habían quedado fundadas las que bien se conoce como las “13 Colonias”. Ésa, como mal podría darlo a entender el nombre, no fue una empresa del Imperio Inglés. Sino fundamentalmente el resultado de la inmigración voluntaria de miles de familias británicas, pero mayoritariamente inglesas. No fue pues un traslado forzado de poblaciones conquistadas que, como practicaron el Romano y otros imperios, eran desterradas a los confines del imperio.

No por ello debe desconocerse que Inglaterra hizo efectivo el control político y tributario del nuevo espacio. Mas esto a su vez no implicó que el imperio saqueara a sus colonias. Pues ninguna de ellas fue víctima de esa experiencia. Sino que más bien tuvieron un desarrollo autónomo muy grande. De allí que, cuando el poder político dominante intentó elevar a niveles exorbitantes los tributos, las colonias iniciaron en 1775 y hasta 1783 las guerras que las condujeron a su completa independencia. Pero ya se vio que con la significativa contribución de fuerzas militares de Francia y España, las potencias rivales de turno. En el ínterin, en 1776, con el liderazgo de George Washington, fue oficialmente declarada la independencia que Inglaterra sólo reconoció en 1783. Y constitucionalmente el Estado Federal quedó formado a partir de 1787.

A partir de allí, desde ese minúsculo rincón que se destaca en el Gráfico Nº 49 (izq.), y en menos de un siglo, los primeros estadounidenses fueron haciéndose del tercer territorio más grande del mundo (después de Canadá y Rusia), pero muy probablemente el potencialmente más rico de todos. Quizá el precio más grande que fue pagado para alcanzar tan caro objetivo, debieron pagarlo los millones de nativos, que virtualmente quedaron exterminados.

En 1804 se iniciaron las primeras expediciones de reconocimiento del oeste, que estuvieron financiadas por el Estado, para entonces dirigido por Thomas Jefferson. Pero también las primeras de múltiples caravanas de colonos en busca de tierras. La fiebre colonizadora desataría otras fiebres. Así, poco más tarde, Estados Unidos compró Luisiana a Francia y Florida a España, pero ya en evidente señal de un poderío económico creciente y grande para entonces.

Hacia 1840, tras varias expediciones de estudio y reconocimiento, diversos libros publicados sobre la riquísima potencialidad del oeste por “conquistar”, además de cientos de crónicas periodísticas sobre la materia, y miles de colonos en el centro y el oeste del territorio convocando a sus familiares y amigos del este, la “fiebre del oro” estaba prácticamente desatada. Pero oficialmente se le reconoce para fines de dicha década.

Y como si su territorio no fuera suficientemente grande, en una nueva señal, pero esta vez de decidido afán de dominio y hegemonía sobre el entorno, Estados Unidos se anexó los riquísimos territorios mexicanos de Alta California, Nuevo México y Texas.



La extraordinaria riqueza que brotaba a manos llenas del oeste resultaba difícil de trasladar hacia los grandes centros poblados del este. En el istmo de Panamá hubo de encontrarse la solución. De ese modo, en 1849, se construyó el primer ferrocarril que unió las costas del Pacífico y el Atlántico, cuando Panamá era territorio colombiano.

Casi inmediatamente después, en 1853 se iniciaron los estudios técnicos del ferrocarril transcontinental, pero en el propio territorio de Estados Unidos. Sus primeros tramos, sin financiación externa, y en una nueva y clara demostración de gran capitalización interna, fueron inaugurándose en los años sucesivos, pero las obras más importantes tuvieron que detenerse.

En efecto, en 1861, y por espacio de cuatro años, los estados del norte, a la postre vencedores, se enfrentaron en guerra civil (la Guerra de Secesión) a los del sur, para imponer la liberación de los esclavos.

Tras ello, y no obstante los indiscutibles costos de la guerra, ya para 1869 había quedado concluida la construcción de la primera línea transcontinental de ferrocarriles. Y para 1893, el gigantesco territorio había quedado enlazado por un total de cinco grandes líneas férreas. Estados Unidos era ya, sin duda alguna, la mayor potencia del mundo. Es decir, sólo contando desde la proclamación de la independencia, 120 años de explotación de su gigantesco y riquísimo territorio agrícola y minero, sin transferir riquezas a ningún poder hegemónico, invirtiéndose pues todos los excedentes generados en el propio suelo, habían sido suficientes para lograr tan espléndido resultado. Mas los afanes hegemónicos competían con el éxito económico como si éste no se hubiera logrado.

De allí que en 1898, tras declarar de hecho la guerra a España, le arrebató los territorios de Puerto Rico y Cuba (transitoriamente), en el Caribe inmediato a sus costas; así como la isla de Hawai, en el centro del Pacífico, y, transitoriamente también, las Filipinas en el extremo occidental del mismo.

Para entonces, la agresiva política expansionista y hegemónica, militar y “diplomática”, iba ya de la mano con el avasallamiento económico. Y es que, por la misma fecha, se estrenaban las primeras empresas transnacionales estadounidenses en América Latina. Éstas, apoyadas descaradamente por el gobierno de Washington DC, y sobornando a los corruptos y políticamente débiles dirigentes de los Estados de esta parte del mundo, empezaron a concretar una monumental transferencia de riquezas desde el infeliz “patio trasero” –despectiva pero muy significativa denominación que textualmente fue acuñada por un funcionario del Departamento de Estado de EEUU –.

En vías de saturación el ferrocarril del istmo de Panamá, con perspectiva estratégica de largo aliento, que por cierto incluía las enormes riquezas que empezaban a brotar de la América Meridional, fue alentada la construcción del canal interoceánico. Para tal efecto, Estados Unidos, desembozadamente, monitoreó el separatismo panameño y corrompió y extorsionó a políticos colombianos hasta lograr el objetivo táctico: la independencia de Panamá, en noviembre de 1903. Con celeridad inusitada, quince días después de la independencia, en ostensible demostración de que todo estaba meticulosamente previsto, se celebró el contrato entre las autoridades panameñas y estadounidenses mediante el cual, la obra en ciernes y la zona del canal, estarían a perpetuidad bajo soberanía y administración estadounidense. Inmediatamente, en 1904, se inició la obra cuya construcción culminó diez años después. Por cierto fue financiada íntegramente con recursos norteamericanos. Fue la obra de ingeniería más grande, costosa y moderna que se hizo en aquellos años en todo el planeta.

Así, para la primera década del siglo XX, Estados Unidos era ya largamente la primera potencia económica, pero también militar del orbe. Su postrera intervención tanto en la Primera como en la Segunda Guerras Mundiales, sin que su territorio continental sufriera ningún tipo de agresión, fue absolutamente decisiva para el triunfo de las potencias europeas sobre el expansionismo alemán. De allí en más, la historia del imperialismo estadounidense es sumamente conocida.

Pero si hay algo que destacar a modo de resumen, es el hecho indiscutible de que Estados Unidos no ha sido nunca víctima de ningún tipo de dominación externa, y menos pues de forma alguna de hegemonía que le signifique sacrificar riquezas a cambio de nada, sufrir daño gratuito. Pero, no obstante, como si esa enorme ventaja no fuera tampoco suficiente, lleva más de dos siglos trasladando a su territorio inmensas riquezas de otros pueblos. Sea como fuerza de trabajo gratuita, a manos de miles de esclavos llevados de África, desde los primeros días de las 13 Colonias originarias. O como riqueza agrícola, minera o petrolera obtenida a precios viles, mediando trampas de toda índole, sobornos cuantiosos, chantajes diversos, e incluso ocupación militar de territorios. ¿Puede seguirse prescindiendo de esas dos poderosísimas razones en la explicación de la descomunal riqueza que exhibe hoy la sede del imperio más poderoso de todos los tiempos?
 

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