¿Leyes de la historia?

 

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Alfonso Klauer

Factores de hegemonía

Decíamos pues al iniciar esta parte del texto sobre “hegemonía imperial” (hipotética tercera ley de progresión de la civilización), que los pueblos que fueron centro de las principales civilizaciones alcanzaron la cima de la ola sólo después de constituirse en el centro o poder hegemónico de un imperio.

Corresponde entonces ahora interrogarse, ¿cuáles son los principales o más relevantes factores que permiten a un pueblo alcanzar la cresta de una ola, convirtiéndose en la vanguardia de la civilización de su época y en hito del proceso histórico de la humanidad? O, también, ¿qué factores permiten entender que un pueblo alcance a hegemonizar sobre otro u otros?

De todos los factores, o de todas las variables en juego, las que parecen haber tenido mayor importancia en la explicación del fenómeno, en lo que va de la larga historia del hombre habrían sido:

a) la riqueza natural de que se dispuso;
b) el dominio de tecnologías de punta;
c) la magnitud demográfica,
d) la ubicación geográfica, y, muy probablemente;
e) favorables golpes climáticos.

En ninguna de ellas, como podrá apreciarse –y como en efecto planteamos–, habría jugado un papel decisivo la voluntad humana. E incluso ni siquiera en la segunda, como podría parecerlo a simple vista.

Tal y como veremos, habiendo estado presentes esos factores en todos los casos de transición entre una ola y la siguiente, los mismos se han combinado en cada caso –o si se prefiere, en cada una de las grandes olas–, de diferente manera, de modo tal que, unas veces, ha tenido mayor preeminencia la riqueza natural, en otras el dominio de las tecnologías de punta, y en otras, incluso, ha sido decisiva la ubicación geográfica, o, también sorpresivos y benéficos golpes climáticos, por ejemplo.

a) Riqueza natural

A mayor riqueza natural disponible, mayores fueron las posibilidades de un pueblo de alcanzar a ser hegemónico y constituirse en el protagonista de una ola. En la más remota antigüedad, durante los cientos y miles de años que la recolección y la caza fueron las únicas formas en las que el hombre se proveyó de alimento y abrigo, la riqueza natural disponible relevante era la que, sin intervención del hombre, ofrecían directamente el suelo y el mar: frutos naturales (leguminosas, granos, frutos de los árboles, tubérculos, etc.), sal, animales terrestres, aves y peces.

Muy disímiles, a este respecto, eran las riquezas que ofrecían los miles de rincones del planeta en los que ya se había ubicado el hombre hace cincuenta mil años. Unos, en torno a grandes y feraces valles, tuvieron enorme ventaja respecto de los que, por azar, se hallaban en territorios desérticos o en bosques tropicales muy húmedos. Aquéllos, con menor esfuerzo, obtenían tantos o incluso más alimentos y pieles de abrigo que éstos. Tenían, pues, períodos más largos, durante el día y durante el año, para explorar los territorios vecinos y estudiar más y mejor a los animales; pero también para dar rienda suelta a la contemplación del firmamento, a la imaginación, y, por cierto también, a la inventiva. Este fue el caso de los pueblos de Mesopotamia .

No es, pues, una simple casualidad que precisamente en aquellos territorios donde las tierras eran más generosas aparecieron las dos primeras tecnologías inventadas por el hombre: la agricultura y la ganadería, hace casi diez mil años. A partir de allí, las riquezas relevantes pasaron a ser la calidad del suelo, la abundancia y regularidad del caudal de los ríos, y las variedades de frutos y sus correspondientes semillas; pero también, la presencia natural de grandes hatos de ganado, especialmente bovino y equino. Sin duda, a aquellos pueblos que la naturaleza les había brindado todo ello en mayor cantidad, estaban en clara ventaja, en particular, sobre sus vecinos más próximos. Fue, una vez más, el caso de Mesopotamia.

Simultáneamente, los grupos asentados en las riberas de los grandes ríos, de los lagos, y en las orillas de los océanos, fueron perfeccionando sus técnicas de pesca y de navegación. Mas tampoco los ríos y los mares poseen igual riqueza ictiológica, ni los territorios adyacentes tienen similares riquezas madereras con las cuales había que construir las embarcaciones. Por lo demás, entre los mares y océanos, los hay relativamente mansos y de menor tamaño, como el Mediterráneo, y otros enormes y bravíos, como el Atlántico, el Pacífico o el Índico. Así, algunos pueblos, como todos los del Mediterráneo, estaban pues en ventaja respecto de otros pueblos costeros, siempre considerando el remoto período al cual estamos refiriéndonos.

Puede presumirse que, luego de más de cien mil años de actividades de caza y pesca, hace diez mil años, Mesopotamia era el territorio más densamente poblado de todo el planeta. La extraordinaria riqueza de flora y fauna, primero, y la agricultura y la ganadería, después, convirtieron a su numerosa población en sedentaria. Aquellos hombres ya no necesitaron errar más en busca de alimentos y abrigo. Así, en la zona baja de Mesopotamia, allí donde el Éufrates y el Tigris están a punto de desembocar en el Golfo Pérsico, los sumerios edificaron las primeras ciudades que hizo pueblo alguno en la Tierra. Fueron, por ello, los creadores de la primera civilización.

Esas primeras ciudades, no tanto por las edificaciones mismas, sino por la compleja organización social que albergaban, fueron, en ese estadio del desarrollo de la vida del hombre en el globo, la cúspide del proceso ascendente de la humanidad. Las primeras ciudades de Mesopotamia constituyeron, en su momento, el resultado más grandioso alcanzado al cabo de casi cinco millones de años de evolución de la especie. Se formaron luego de más de dos millones de años que el hombre aprendiera a fabricar las primeras herramientas; luego de más de un millón de años que el hombre aprendiera a usar el fuego como fuente de calor y para cocinar alimentos; al cabo de 100 000 años de practicar el enterramiento de sus padres; 30 000 años después de que el hombre ocupara ya los cinco continentes de la Tierra; los mismos 30 000 años después de haber alcanzado las mismas características fisonómicas de que hoy se enorgullece el hombre.

Pues bien, los dos grandes ríos de Mesopotamia anualmente manifestaban –como hoy mismo sigue ocurriendo–, grandes crecidas e inundaciones producidas por los deshielos de las montañas de Armenia, donde nacen. Como hoy mismo sigue dándose, allí y en otras partes del planeta, en algunas temporadas esas inundaciones revestían características catastróficas, inundando y destruyendo enormes extensiones de cultivos, generando muerte, desolación y hambruna, más en algunas zonas del valle que en otras, y sin que el hombre pudiera intervenir ni explicárselo.

Sin duda, las poblaciones menos castigadas por la naturaleza obtenían una enorme ventaja sobre las otras: seguían disponiendo de alimentos. No es difícil imaginar que, en ese contexto de disímil y aleatoria distribución natural de la riqueza, con poblaciones numerosas y vecinas, y en presencia de hambre, los conflictos por hacerse de más y mejores tierras y ganado fueran haciéndose cada vez más frecuentes y graves, con cada vez más costosas consecuencias.

Habían pues asomado sobre la faz de la Tierra, hace miles de años, dos de las más terribles lacras creadas por el hombre: las guerras y su más dramática consecuencia para los sobrevivientes del pueblo vencido: la esclavitud. También habría de ser Mesopotamia el territorio del planeta donde se darían por primera vez todas y cada una de estas manifestaciones. En esas circunstancia fue relevante la existencia natural de elementos cada vez más poderosamente destructivos: maderas duras, piedras, metales y, de decisiva y enorme importancia, los animales de montar. Reuniendo todos esos elementos, el hombre confeccionó el primer vehículo militar de la historia: el carro de combate de madera, con dos ruedas y halado por un caballo. Una vez más, sería en torno a Mesopotamia, donde se daría ese gran salto. Habían, sin embargo, transcurrido ya miles de años desde que, por ejemplo, había aparecido la agricultura.

Pues bien, y a otro respecto, baste mirar un mapamundi para darse cuenta que hace diez mil años casi no había espacios del globo en los que un grupo humano no estuviera próximo a otro. Los separaba un río, una cadena de montañas, un desierto o un lago que, de una u otra manera, fueron remontados: a pie, a lomo de bestia o en pequeñas embarcaciones. Así, dada la amplísima gama de microclimas y pisos ecológicos existentes, los grupos humanos fueron enterándose de que sus vecinos disponían de frutos o animales distintos a los que ellos disponían. Surgió entonces el intercambio. A medida que las poblaciones crecían en número, y más se conocía las disponibilidades y los requerimientos del vecino, las necesidades de intercambio fueron también creciendo.

Así, poco a poco, lenta pero inexorablemente, el comercio fue convirtiéndose en una actividad cada vez más intensa y compleja: los comerciantes adquirían productos para el consumo de su propio pueblo, pero también para los de sus vecinos del otro extremo del territorio. El tráfico comercial, quizá más que ninguna otra de las actividades de los hombres de entonces, estimuló grandemente el desarrollo de soluciones que facilitaran y permitieran intensificar el intercambio: vehículos y caminos, pero también formas de llevar las cuentas. Sin duda, los volúmenes e intensidad del flujo de intercambio fueron mayores en aquellos espacios del globo en los que alternaban pueblos numerosos.

De allí que tampoco sea una simple casualidad que, reuniéndose todas esas condiciones, haya sido en la encrucijada en la que se unen Mesopotamia, el valle del Nilo y el extremo oriental del Mediterráneo, donde, como dijimos, se inventaron los primeros vehículos de ruedas, y se desarrolló la ganadería y las técnicas ecuestres, se desarrolló la navegación a distancias relativamente grandes, y surgió el primer pueblo altamente especializado en el comercio –los fenicios– y, al cabo de miles de años de esfuerzo y experimentación, se inventaron los alfabetos y los números.

El comercio, sin que el hombre se lo propusiera, y como está dicho, se convirtió en eficiente vaso comunicante entre los pueblos. A través del comercio, pacíficamente, los productos nuevos iban paulatinamente revelando secretos: qué materiales contenían y, con mayor o menor facilidad, revelaban también cómo habían sido elaborados. Los más entendidos tenían la responsabilidad de descifrar los secretos técnicos, cuando los había. Pero también los comerciantes se encargaban de revelar los secretos técnicos y tecnológicos que los productos, a simple vista, no alcanzaban a mostrar; y los espías, de averiguar todo aquello que ni los productos ni los comerciantes revelaban y que los especialistas no alcanzaban a descifrar.

Cuando aún no había aparecido la escritura, el hombre, muy probablemente sin proponérselo, había inventado la forma de comunicarse eficientemente con otros hombres a grandes distancias. En efecto, los ceramistas y los artesanos textiles, a medida que fueron haciéndose más expertos y más sofisticados resultaban sus productos, les incorporaron decoraciones cada vez más ricas en color y diseño. Así, la vida de los pueblos fue quedando magnífica y fielmente retratada: sus rostros, el paisaje, sus animales y frutos, sus dioses, sus vestidos, sus armas, sus construcciones. Con las vasijas y textiles en las manos, a cientos y miles de kilómetros de distancia, unos pueblos aprendían de otros.

Y las guerras, a pesar de su terrible costo, y sin que el agresor y el agredido se lo propusieran, cumplieron también la función de vaso comunicante. El agresor, sin que ese fuera su propósito, llevaba al territorio del agredido prácticamente todas sus manifestaciones culturales: su idioma, sus animales y alimentos vegetales, sus vestidos, sus dioses, sus armas; su cerámica, su textilería, su orfebrería; sus formas de recreación; sus gustos y técnicas de construcción. Todo ello, de una u otra manera, quedaba regado en territorio del vencido. Pero también se regaba el semen de los soldados vencedores. Los vencidos, sin que igualmente se lo hubieran propuesto, observaban todas y cada una de las expresiones culturales que mostraba el vencedor, y, selectivamente, asimilaban aquello que encontraban más útil o aceptable y aquello que les resultaba más bello y agradable.

El agresor, luego de observar las gentes, la cultura y el territorio del vencido, se apropiaba y asimilaba todo aquello que veía útil o aceptable y aquello que le resultaba bello y agradable. La apropiación que hacía el agresor ciertamente incluía las más hermosas mujeres de su víctima, sus mejores especialistas y técnicos y, en la medida de lo posible, todos aquellos jóvenes que, esclavizados, constituirían refuerzo a los contingentes de trabajo del vencedor. Las mujeres, los especialistas y los esclavos que llegaban al territorio del agresor, se encargarían, a su turno, de observar detenidamente la cultura del agresor, asimilándola en tanto podían. Agresor y agredido, pues, en cada uno de los territorios, daban forma, sin que ello estuviera entre sus objetivos, al mestizaje, cultural y étnico.

Y todo ello –aunque varios miles de años después recién se conociera el concepto–, en el contexto de una relación imperialista, en la que el conquistador imponía sus intereses (haciendo prevalecer su cultura, es decir, su idioma, usos y costumbres, formas de organización social, etc.), e imponía sus objetivos (extrayendo y asimilando todos aquellos elementos culturales de los vencidos, y toda aquella riqueza que ambicionaba).

No obstante, la relación imperialista resultaba inexorablemente finita, en tanto que permanentemente generaba más y más graves contradicciones irreconciliables, cuya única solución –como veremos después– era la ruptura.

En definitiva, sin que la voluntad del hombre jugara un papel decisivo, fue casi exclusivamente en torno a las riquezas naturales de que disponían o no los pueblos involucrados, que uno de ellos, inadvertidamente, sin proponérselo, y menos pues explícitamente, fue llegando a la cresta de la ola.
 

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