¿Leyes de la historia?

 

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Alfonso Klauer

La guerra, instrumento de dominación y hegemonía

Aunque no es la única, la guerra es quizá la más importante entre las diversas razones que dan cuenta de la relación de dominación que, durante mucho tiempo o episódicamente, ejerce un pueblo, el vencedor, sobre otro, el vencido. Y, aunque tampoco es el único, la guerra ha sido siempre el más importante instrumento de hegemonía. Por lo demás, sin excepción, siempre a través del recurso de la guerra, todos los imperios se han construido extrayendo grandes riquezas a los pueblos sojuzgados, que ésa, y no otra, ha sido siempre la razón de las conquistas.

El hombre –dice Jean Baechler –, “es impulsado por pasiones irresistibles”: “ambición, codicia, avaricia, vanidad, orgullo, envidia”. Y puede pensarse que, además de premunidos de esas pasiones, debe haber correspondido el rol de catalizadores de las guerras a los que el propio Baechler denomina hombres de “talante pendenciero” .

Los líderes con “talante pendenciero” –llámense faraones, sátrapas, césares, emperadores, reyes anglicanos o reinas católicas, emires o sultanes, führers, o lo que fuera, pero también emperadores inkas y presidentes de repúblicas–, lanzaron así a sus pueblos a la conquista de sus vecinos. Ya sea para arrebatarles una riqueza puntual o una parte del territorio, o para someterlos íntegramente y hacerlos formar parte de su imperio. Pero, claro está, muchas guerras han sido desatadas para recuperar riquezas o territorios antes perdidos; para “sancionar” en represalia; para liberar territorios ocupados de pueblos aliados; o guerras de liberación contra algún tipo de opresor, externo o interno.

Para todos los casos, sin embargo, Clausewitz hizo famosa su afirmación de que la guerra es “una forma de hacer política por otros medios”. Pero, por sorprendente que pueda resultar, esa tan celebrada definición no pasa de ser una tautología, porque equivale a decir “la guerra es una forma de hacer política por medios violentos”.

Pero para la comprensión de los hechos de la historia, esa definición, además de inútil, acarrea otros problemas. En efecto, ¿qué se entiende en ella por “política”? Asumamos que supone –como lo dice un diccionario –: “arte, doctrina y opinión referente al gobierno de los Estados”, o, en buen romance, “el manejo de la cosa pública interna”. Así, si reemplazamos en la definición de Clausewitz “política” por la prosaica definición de “política” que se acaba de dar, paradójicamente resulta que la guerra entre dos Estados es “una forma violenta de ventilar en el extranjero los asuntos internos”. Ni una ni otra resultan pues definiciones útiles y consistentes.

Baechler, por su parte, en una definición que no pasa de ser un buen deseo, define la “política” como “el orden cuya misión es asegurar la paz para la justicia...” . En este caso, haciendo la sustitución correspondiente, resulta que, patéticamente, la guerra “es una forma violenta de asegurar la paz para la justicia”. Hagamos sin embargo una última sustitución, pero esta vez con la definición que diera el Papa Juan XXIII sobre “política”: “la forma más alta de ejercer la caridad” . En este caso, pues, resulta una no menos patética definición de guerra, que debería entenderse entonces como “una forma violenta de ejercer la caridad”.

Para la comprensión de la historia, mucho más importante incluso que tener una clara definición de “dominación”, “hegemonía” e “imperio”, resulta tener una adecuada definición de “política”. Porque ésta, siendo consustancial a la vida del hombre y de los pueblos, a diferencia de aquéllos –que sólo son hechos históricos circunstanciales, aunque no por ello necesariamente breves–, ha estado y está archipresente en todo tiempo y espacio, más obviamente en unas circunstancias que en otras, pero siempre. A tal efecto, proponemos entonces la siguiente definición:

Política es toda acción (o aparente inacción) en defensa de intereses.

Así, la harto evocada definición de Clausewitz, resultaría en que la guerra es “una forma violenta de defender intereses”. Pero todavía tenemos entonces obligación de preguntarnos, ¿cuáles han sido, invariablemente, los resultados de las guerras? ¿Acaso siempre han significado una exitosa defensa de los intereses reivindicados para desatarlas? No, por supuesto que no. Por su enorme presencia en los textos de Historia, baste recordar el ostensible fracaso napoleónico en Rusia. O, por lo frescos que están en la memoria, basta recordar los resultados que para la propia Alemania nazi tuvo la Segunda Guerra Mundial que desató; o los que obtuvo Estados Unidos en su brutal incursión en Vietnam.

Aceptemos, no obstante, que muchas veces las guerras sí han tenido resultados exitosos. Pero debemos de hacerlo sólo a condición de que aceptemos también que, siempre, sin excepción, han sido éxitos aparentes, cuando no sólo efímeros. Porque, en el mejor de los casos, han sido éxitos en el corto plazo, pero nunca en el largo, cuando la historia registra la revancha de quienes habían perdido en el pasado. A la postre, pues, hasta la más “justa” y la más “exitosa” de las guerras tiene nefastos resultados, porque en el largo plazo éstos son siempre contraproducentes. De allí, finalmente, que la definición de Clausewitz debería quedar sustituida por esta otra: “la guerra es la forma más nefasta de defender intereses”.

 

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