EL MUNDO PRE-INKA: Sobre el “estado de la cuestión” en Historia  

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Alfonso Klauer

Colofón: reeditemos la historia andina

1) comprender cabalmente cómo es que ha llegado a la situación en que se encuentra, y;

2) le muestre qué derroteros tomar para –como en el caso del Perú de hoy–, emprender por fin y definitivamente el camino del desarrollo, con cabal y genuina independencia, en el insoslayable contexto de globalización actual.

No puede seguir imponiéndose por más tiempo el prurito de la erudición por sí misma.

Y menos todavía cuando los conocimientos reunidos con ella –como dice con bastante conocimiento de causa Pablo Macera– “son vaciedades, pequeñeces, distracciones o vulgaridades”. La Historia debe pasar a ser, por sobre todo, explicativa y proyectiva.

Y, en segundo lugar, en perspectiva metodológica, todas las investigaciones históricas deben acometerse con hipótesis generales y/o específicas en el punto de partida; o con preguntas relevantes cada vez que nos encontremos frente a un hallazgo. De lo contrario, como hemos mostrado para el caso de los recientes descubrimientos en el centro arqueológico El Brujo (Ilustración N° 14), seguiremos acopiando presunciones y respuestas insustanciales, cuando no francamente fantasiosas e inútiles.

La historiografía tradicional andina, debemos admitirlo con objetividad e hidalguía, ha concentrado virtualmente el íntegro de sus esfuerzos en torno a dos extremos: la apariencia más obvia de los restos arqueológicos (arquitectura y urbanismo, y expresiones artísticas en piedras, huacos y tejidos), y los aspectos místico–religiosos, casi insondables de la ideología de los pueblos andinos.

Eran, sin duda, una base fundamental.

Hoy sin embargo resultan notoriamente insuficientes.

Entre uno y otro extremos han quedado vacíos abrumadores, que, por lo general, vienen siendo llenados con mitos y falacias a cual más grande. A ese respecto, además de los enjuiciamientos que ya hemos realizado, obsérvese también los siguientes.

a) Habiéndose medido escrupulosamente las dimensiones de grandes construcciones y de muchas ciudades en los Andes, y contado el número de edificios contenidos en ellas, y habiéndose registrado con gran meticulosidad la cuantía de los ejércitos, por ejemplo; no se ha presentado casi nunca en cambio las dimensiones del área agrícola explotada, su probable producción total, y la probable magnitud de los excedentes generados.

La combinación de unos datos y otros puede aproximarnos a saber cuánto de ese excedente se destinó a gasto y cuánto a inversión. Para luego definir cuán proclives a uno y otro uso fueron nuestros antepasados, y, en función de ello, esclarecer cuán intrínsecamente sólidas o frágiles, y duraderas o efímeras fueron esas sociedades.

Porque –insistimos– resulta imperiosa la necesidad de llegar a saber lo más claramente posible por qué sucumbieron culturas, civilizaciones e imperios. Cuáles fueron sus errores y cuáles sus mayores debilidades. Para finalmente saber cuáles, por desconocimiento de aquéllos y éstas, seguimos absurdamente cometiendo y manteniendo.

Porque es muy probable que la relación proporcional “consumo / inversión” tenga muchísimo que decir al respecto. ¿No es acaso una verdad meridiana hoy que la inversión y no el consumo es el secreto económico del desarrollo?

b) Pero, independientemente de ello, debemos reconocer que la visión del mundo andino antiguo que tenemos es recortada, parcial. Bástenos el siguiente ejemplo. La historia inka, que desde Garcilaso, Huamán Poma de Ayala y los cronistas españoles es la que más y “mejor” se conoce, muestra que en el Imperio Inkas se dieron, entre muchos otros, además de los que están más divulgados, los siguientes tipos de hechos:

1) Traiciones, 2) corruptelas, 3) magnicidios, 4) atroces genocidios, 5) ambiciones y pugnas por el poder, 6) golpes de estado, 7) guerras civiles, 8) poligamia y sodomia, 9) parricidios, 10) robo, 11) castración y uso de eunucos, 12) cuasi esclavitud de jóvenes mujeres, 13) poligamia extrema, 14) espionaje, 15) cárceles y prisioneros. Y, en otro sentido, hubo: 16) maestros, 17) escuelas, 18) médicos, 19) festividades, 20) teatro y poesía, 21) música y bailes, 22) deportes, 23) premios y estímulos, etc. Y, por cierto, también, 24) odios, pasiones y amores; penas y alegrías.

Pues bien, sobre esos no menos importantes aspectos de la vida de los pueblos no puede decirse sino muy poco en la historia del larguísimo y complejo período preinka. Y todo ello, qué duda cabe, debió darse sin embargo también en la antigüedad.

Porque nada, absolutamente nada hay que nos sugiera que las poblaciones conquistadas por el Imperio Inka sufrieron una transformación extraordinaria que los habría conducido a comportarse en éste de modo sustantivamente distinto a como se comportaban antes de su sometimiento al imperio.

¿La ausencia de fuentes escritas es un obstáculo que cierra definitivamente las puertas para acceder a ese conocimiento? No, no necesariamente. Puede y debe hacerse sin documentos escritos si éstos no existen, asegura Lucien Febvre, uno de los grandes historiadores franceses de este siglo.

Más de una muestra se ha dado aquí, por ejemplo, de que la misma arquitectura, los mismos murales, las mismas piedras grabadas, los mismos tejidos y la misma cerámica, que tan escrupulosamente han sido auscultadas por la historiografía tradicional, pueden dar lugar a otra u otras razonables lecturas que llenen vacíos, aclaren perspectivas y alcancen a dar mayor consistencia y verosimilitud a la historia andina.

Para ello, sin embargo, como bien se sabe, no será suficiente volver a observar los testimonios arqueológicos. Es fundamental hacerlo de la mano de conjeturas e hipótesis previas, destinadas a su aprobación o rechazo, porque tanto en uno como en otro caso crece y/o se hace más sólido el conocimiento.

c) Con empecinamiento digno de mejores causas, y haciéndole un flaco favor a nuestros pueblos, la historiografía tradicional ha logrado que cale hondo la idea de la “originalidad” de la historia andina. Nada más falso. Esa presunta y prejuiciosa “originalidad” es absurdamente encubridora y anticientífica.

Falso porque, entre lo efectivamente relevante en la vida de los pueblos, muy poco o casi nada hay en la historia andina que la distinga realmente de la del resto de los pueblos del mundo. Hoy el cine y la televisión –cumpliendo un rol que debió cumplir la Historia (en lo que a la difusión y conciencia de la historia comparada se refiere)–, muestran claramente por ejemplo que, como en la nuestra, en la historia de muchos pueblos de la Tierra se encuentran:

1) hermosas piedras grabadas y gigantescos monolitos; 2) magníficas construcciones de piedras perfectamente ensambladas; 3) pirámides de piedra o adobe; 4) terrazas o andenes; 5) complejas obras hidráulicas; 6) complejos sistemas viales y puentes; 7) enormes figuras en el suelo –geoglifos–, y; 8) magníficas ciudades y ciudadelas. Pero también: 9) sistemas de cuentas; 10) correo de postas; 11) sistemas de señales a distancia; 12) sistemas de pesas y medidas; y 13) calendarios.

Y se practicó: 14) medicina y cirugía; 15) sofisticados enterramientos; y, 16) elaboradas prácticas religiosas. Pero asimismo: 17) traslados forzosos y masivos de población (mitimaes); 18) prácticas comunitarias de trabajo (ayni); 19) organización de trabajo masivo para el Estado (mita); 20) conquistas por medios diplomáticos; y, para concluir con esta incompleta relación, 21) capturas de rehenes para garantizar sumisión, etc.

Ciertamente, en cada cultura, fuera en los Andes, Mesopotamia, Egipto, Creta, Grecia o Roma, cada uno de esos asuntos tenía un nombre y una apariencia externa distinta que en las otras. Y cada solución tenía aspectos o matices distintos aquí que allá.

Pero, en esencia, cada solución en todos los casos era la misma, cumplía el mismo objetivo: ya fuera vestir, guarecer, alimentar, almacenar, transportar, cocinar, distraer, adornar, conocer la naturaleza, enterrar a los muertos, etc. Sí, las increíbles variedades de vestuario que entre sí han hecho gala los múltiples pueblos del planeta, por ejemplo, no cambiaban un ápice el objetivo final de todas y cada una de ellas: cubrir el cuerpo y abrigar. Pues otro tanto ha ocurrido siempre con las distintas soluciones dadas a los múltiples aunque comunes problemas de todos los seres humanos.

Vistas las cosas de esta manera, el conjunto de todas las soluciones, esto es, la “cultura”, es sustancialmente una sola: la “cultura humana”. Pero como la historiografía tradicional ha puesto todo el énfasis en la diversidad de las apariencias, en la variedad de las manifestaciones externas y visibles, resultan entonces múltiples “culturas”, todas distintas, todas “originales”.

Pero la historiografía andina ha ido incluso más allá: la sembrado la idea de que nuestra “originalidad” era aún más “original” que las del resto de los pueblos del planeta.

Y es además absurdamente encubridora y anticientífica porque mientras se siga creyendo y diciendo que cada cultura es “original” –y que la nuestra lo es más–, se seguirá postergando indefinidamente la búsqueda de los patrones, reglas o leyes comunes de la “cultura humana”, o postergando la confirmación de su existencia.

¿Acaso no nos insinúa la existencia de patrones comunes el hecho de que, por ejemplo, sin contacto entre sí, ni en el tiempo ni en el espacio, el Imperio Romano y el Imperio Inka tuvieran tantas y tan notables similitudes –como en extensión podrá verse en la edición corregida y aumentada de Tahuantinsuyo: el cóndor herido de muerte–? Entre tanto, mientras se siga dilatando la confrontación de ésa y otras muchas hipótesis, la Historia seguirá difiriendo también sus posibilidades de convertirse en una ciencia, analítica y proyectiva.

d) Entre la artificiosa originalidad que la historiografía tradicional ha otorgado a culturas, civilizaciones e imperios en los Andes, y su mitificación e idealización, no habia sino un pequeñísimo salto. Y claro, ese paso ya se dio hace bastante tiempo. Ésa y no otra es la razón por la que en el Perú, por ejemplo, se admira al Imperio Inka, y se admira el conjunto de la historia de Chavín, siendo que la segunda etapa de ésta fue también imperialista.

Ello no es sino una secuela de la nefasta y científicamente insustentable e ideológica admiración por el Imperio Romano ha sembrado en Occidente la historiografía clásica.

La historiografía tradicional más divulgada, aquella que más ha calado en las mentes de los pueblos, no ha logrado discriminar y distinguir adecuadamente cuándo, cómo y por qué prácticamente todas las grandes y admirables civilizaciones –como la egipcia, la greco–romana, la chavín o la inka–, en un paso adicional, quedaron convertidas en nefastos y repudiables imperios, brutales y avasalladores como todos, intrínsecamente débiles como todos, y de vida cada vez más efímera (conforme nos acercanos al presente en su revisión).

Sospechamos que más temprano que tarde habrá de probarse concluyentemente la hipotesis de que, a fin de cuentas, los imperios sólo agitan, enervan y envenenan, de manera absurda y contraproducente –en suicida vorágine que termina siempre en decadencia y oscurantismo–, las relaciones de vecindad, intercambio y de comunicación, que son las que, aunque de forma lenta pero sólida y segura, impulsan el desarrollo de los pueblos y sus creaciones culturales. La arqueología y la historiografía andina, por ejemplo, dan muestras irrecusables de no haber asumido nunca sus investigaciones de cara a probar o rechazar una hipótesis como ésa u otra equivalente y alternativa.

El Perú, qué duda cabe, es uno de los países del mundo con los más ricos, bellos y variados testimonios arqueológicos. Fueron el resultado irrefutable del milenario esfuerzo de múltiples naciones. Y no sólo de una.

Chan Chan, de los chimú, Chavín de Huántar, de los chavín, las Líneas de Nazca, de los nazcas, Tiahuanaco de los kollas, y Machu Picchu, de los inkas, para citar sólo a los más afamados, fueron labradas a pulso por cinco distintas naciones (tan distintas entre sí en idioma, territorio, costumbres, etc., como lo son hoy España, Francia, Inglaterra, Italia, Suiza y Alemania; ni más ni menos).

Todas, sin embargo, igualmente respetables y dignas. Y no sólo una.

Digamos –esta vez a manera de paréntesis – que la existencia actual (aunque en ruinosa condición en su inmensa mayoría) de infinidad de restos arqueológicos en el Perú, no es sólo la prueba de una larga ocupación en el territorio y de la presencia de una población cada vez más numerosa. No. Es también –y muy lamentablemente– una buena prueba de nuestro subdesarrollo económico y material.

¿Puede alguien creer que el Viejo Mundo europeo no tuvo también –y en muchísima mayor densidad, siendo que fue el doble de poblado–, miles y miles de construcciones equivalentes? Ciertamente. Si subsisten pocas, no es sino porque la inmensa mayoría ha sido barrida en el larguísimo proceso de expansión urbana, industrial y vial de los últimos cinco siglos. Algunas sin embargo, yacen aún por descubrirse, como lo demuestran los constantes hallazgos en la construcción de metros subterráneos, por ejemplo. No puede obviarse sin embargo el rol destructivo que han jugado en Europa cientos de prolongadas y devastadoras conflagraciones.

Así, el pobrísimo desarrollo urbano, industrial y vial del Perú en los últimos siglos (pero también la ausencia de grandes guerras), ha dejado a salvo –paradójicamente– innumerables vestigios arqueológicos. Algún día tomaremos conciencia de que, también paradójicamente, esa enorme riqueza arqueológica (en algún momento técnica y adecuadamente remozada) debe constituirse en uno de los puntales de nuestro desarrollo. Porque, en efecto, a diferencia de otras, ésa sí es una ventaja comparativa absoluta (por lo menos mientras los gigantescos negocios transnacionales no hagan una réplica de Machu Picchu, Chan Chan, etc., al lado de Epcot, por ejemplo. Mas siempre les será difícil reproducir el contexto).

Pues bien, a pesar de esa indiscutible riqueza histórica, y del legítimo orgullo que logramos sentir por ella, esa historia es quizá lo que menos y peor conocemos. Por asombroso y extraño que parezca. Si no fuera real y patéticamente así, nunca alcanzaríamos a comprender la angustia –profundamente crítica y autocrítica, sincera y objetiva, y entrañablemente cargada de amor por el Perú– del historiador y catedrático universitario Fernando Silva Santisteban, cuando hace poco expresó: ...me preocupa el enorme desconocimiento de nuestro pasado.... Y otro tanto admite el propio historiador Pablo Macera. Ha dicho él, en efecto, que es paradójico que la cultura andina donde es menos conocida es en el propio Perú y por aquellos que antes la hicieron.

¿Cómo, si no fuera así, entender entonces que, con esos monumentales testimonios de creatividad y esfuerzo, la mayoría de los estudiantes peruanos cree que somos un país subdesarrollado y pobre porque “somos ociosos”? Ello, en efecto, cruda y patéticamente mostró una encuesta cuyos resultados se difundieron por televisión, muy significativamente, un día de aniversario de la Independencia Nacional. ¿Cómo ha podido la historiografía tradicional contribuir a inocular tamaña alienación? ¿O se cree que ella no tiene ninguna responsabilidad al respecto? Claro que la tiene. Y muy grande.

Y es que los hechos de la historia, tan abrumadoramente cargados de racionalidad en su inmensa mayoría, han sido volcados en el discurso de la Historia tradicional en versiones más bien repletas de arbitrariedad, inconsistencia e incoherencia, plagadas de subjetivismo y de distorsiones. A la postre, resultan lecturas aburridas, sin sentido e ininteligibles –como todavía seguiremos viendo –.

Nuestros estudiantes, pues, no tienen otra alternativa que memorizarla de paporreta hoy, para de ella no recordar nada mañana.

Así, la Historia tradicional, cómplice de facto de la desconcertante alienación, ha servido de muy poco a la población adulta y sirve otro tanto a la población estudiantil. En todo caso, no precisamente para explicarles cómo, de esos tan admirados y trabajadores abuelos prehispánicos, hemos llegado al mundo sus “zánganos” tataranietos de hoy. Y, menos entonces, para sugerirles cómo remontar y deshacernos de ese presunto y penoso lastre.

¿Dudaría alguien que de lo poco que los estudiantes peruanos conocen de nuestro pasado, entre la preinka y la del Tahuantinsuyo es precisamente ésta la historia que “más conocen”? No, no debe haber duda de ello. Ésta es una, la otra muy diversa. Ésta se presenta como una unidad, la otra en un sinnúmero de compartimentos estancos. Ésta, sustentada en mil y una fuentes escritas, asoma certera e irrecusable; aquélla, a partir de mudos testimonios arqueológicos, es apenas presunta.

Hay pues, aparentemente al menos, sólidas razones para que la Historia del Imperio Inka aparezca más inteligible y, así, más asimilable y mejor comprendida.

Mas todo ello, desgraciadamente y como pasaremos rápidamente a revisar, no es más que un débil castillo de naipes. ¿Cómo se puede alcanzar a comprender una Historia inka plagada de los gravísimos errores que la historiografía tradicional tercamente sigue sosteniendo a pie firme? Veamos.

1) Las más de las veces, las mistificaciones e idealizaciones de los imperios, se sustentan en grotescas falsedades y distorsiones.

Obsérvese esta joya de recientísimo tallado: “A diferencia de otros pueblos de la antigüedad, el incario no tuvo contactos con las culturas de otras latitudes”.

Dos gravísimos errores en apenas dos líneas de texto. En efecto, en primer término: ¿el contacto con qué gran civilización catapultó al Imperio Antiguo de Egipto? ¿Y cuál a los pueblos antiguos de Mesopotamia? ¿Y cual a los Mayas? ¿Y cuál a China o a Japón? Todas ellas, pues, desde esa miope y errónea presunción de “aislamiento”, igualmente habrían surgido sin contacto con “nadie”. La inka, entonces, no habría sido la única.

Pero, en segundo término: ¿Acaso el pueblo inka no tuvo real y efectivamente “contactos” directos y estrechísimos con Tiahuanaco y el Imperio Wari, que lo dominaron e influenciaron política, económica, militar, cultural e incluso en religión y leyendas; e indirectos con Chavín que culturalmente alimentó a aquéllos? Por cierto éstas no fueron culturas de “otras latitudes”. ¿Pero acaso ello cambia lo sustantivo?

¿O se pretende que las contemporáneas de otras latitudes eran intrínseca y necesariamente mejores, y que por ello –cuando entraran en contacto– habrían tenido un “mejor” impacto en el pueblo y en el Imperio Inka? Pero, curiosamente, ¿no fue acaso que, paradójica y patéticamente, al primer contacto con una “cultura de otra latitud” el Imperio Inka sucumbió como un castillo de arena? Mas véase esta otra perla (del mismo párrafo): “Por eso es mucho más admirable que (...) haya logrado dominar la naturaleza...”.

¿Acaso no lo habían hecho también, y antes, Chavín y el Imperio Wari, los moches y los nazcas, los chankas y los kollas? ¿Acaso –como ocurrió con algunos de aquéllos– no dominaron también su propia geografía y hasta la ajena los egipcios, asirios y babilonios, griegos, cartagineses y romanos, mayas y aztecas, chinos y kmer? ¿Cuál, entonces, el sustento de la admiración, si cada pueblo, sin excepción, hizo lo propio? A menos que no reparemos en que si admiramos todo, en realidad ya no estamos admirando nada.

Cierto es que los dos frescos párrafos que hemos transcrito son de un periodista (elogiando la producción televisiva e “histórica” de un colega suyo). Ni éste ni aquél son pues historiadores. ¿Exime ello de responsabilidad a quienes lo son? Ni en lo más mínimo. Uno y otro periodista (genuina y típicamente irreflexivos y paporreteros, como el promedio de los estudiantes, trabajadores y profesionales peruanos), no han hecho sino recoger y reproducir los más socorridos lugares comunes construidos por la historiografía tradicional.

2) Es absolutamente falso, arbitrario y expropiatoriamente injusto que la historiografía tradicional siga atribuyendo al pueblo y al Imperio Inka, méritos que, sin dejar de corresponderle en parte, le corresponden también, aunque con más derecho, al conjunto de todos y cada uno de los pueblos y naciones que, antes que los inkas, paso a paso, en miles de años, construyeron la enorme escalera de la cultura andina: todas y cada una de las conquistas técnicas, organizativas, políticas o sociales que se ha enumerado en el acápite (c) precedente, habían sido dominadas por prácticamente todas las grandes naciones preinkas.

En su apogeo en el Cusco, antes de su expansión imperial del siglo XV, el pueblo inka contribuyó colocando el último peldaño autóctono de la cultura andina.

¿Qué razón, qué derecho y con qué criterio se ha endosado virtualmente todas esas conquistas culturales al Imperio Inka, menoscabándose así sibilinamente un aporte múltiple y milenario? ¿Puede algún historiador serio y responsable mostrar uno, aunque fuera sólo un trascendental aporte original inka a la cultura andina? 3) En todo caso, resulta de veraz patético que, al cabo de montar ese mitológico gigante, la historiografía tradicional no tenga hasta ahora una respuesta solvente que explique cómo, cuándo y por qué le aparecieron los pies de barro que lo desplomaron.

Y así, sin pena ni gloria, permitió que todos los tesoros de los Andes cayeran precipitada y fácilmente en las garras del imperialismo español.

No deja de ser paradójico que, a estos respectos, la moderna historiografía española 230 –más allá de los gravísimos errores que también encierra (como podrá verse en En las garras del imperio)– sea largamente más objetiva, lúcida y consistente que la peruana.

4) Harto reveladora de la pobre eficacia pedagógica de la historiografía tradicional andina, es la comprobación cotidiana de que no ha logrado hasta ahora difundir bien ni siquiera los parámetros más elementales del Tahuantinsuyo. Apreciemos en primer lugar, aunque una vez más, el ejemplo del recientemente difundido documental de la televisión peruana “Cusco: ombligo del mundo”.

En él, a pesar de una acreditada asesoría historiográfica, se ha reiterado garrafales errores como: los orígenes del Tahuantinsuyo se pierden en la leyenda. Bien deberíamos saber hace tiempo todos que esa letanía es falsa en extremo. Se pierden en el tiempo los orígenes mitológicos del pueblo inka, mas no sus orígenes históricos.

Y mucho menos los orígenes del Tahuantinsuyo o Imperio Inka.

Éste, al concretarse las primeras conquistas militares de Pachacútec sobre otras naciones andinas, surgió en las primeras décadas del siglo XV dC. El acreditado historiador peruano Federico Kauffmann –ya hace más de quince años– ha precisado incluso que ese suceso puede fecharse en 1438 dC.

Ese dato –muchísimo más trascendente que las fechas de cientos de irrelevantes episodios–, es, no obstante, casi desconocido.

De allí que, habiendo tenido el Imperio Inka a lo sumo entonces 87 años de existencia, no debe extrañar que los menos letrados de los peruanos le atribuyan miles de años de historia. Pero sí extraña, y sobremanera, que en Mi Tierra, Perú se haya afirmado en estos días que el Imperio Inka “tuvo en realidad sólo 250 años de vida”.

Y conste que el editor general del libro, Alejandro Miro Quesada, se precia de ofrecer “los más rigurosos datos”, y de que la obra es el “fruto de la labor colectiva de diversos especialistas”. Entre éstos, como podemos presumir, hubo cuando menos un historiador. Por todo ello, y en otro buen indicio de cuán poco sabemos los peruanos del Imperio Inka, no debe extrañarnos que el laureado escritor peruano Alfredo Bryce Echenique, afirme que ese texto, “sin duda alguna (...) es, hasta el día de hoy, el más importante entre aquéllos que han querido darnos una visión total del Perú” .

5) Esencialmente es sin embargo muchísimo más grave que, acto seguido, en el mismo “riguroso” y elogiado texto, se diga que el Imperio Inka “se consolidó como una de las organizaciones estatales más eficientes y sorprendentes de América”.

Ello, como extensamente veremos en Tahuantinsuyo: el cóndor herido de muerte, no sólo es también falso en todos sus extremos. Sino que, una vez más sibilinamente, con el atributo de “eficiencia”, se soslaya y encubre a uno de los más despiadados, nefastos y efímeros imperialismos del mundo.

Convengamos en todo caso que, con un mínimo de rigor, es bastante endeble sostener que fue “eficiente” aquello que apenas alcanzó a ser “efímero”. Si debemos utilizar el calificativo de “eficiente”, tendrá que ser para definir la enorme capacidad que mostró el Imperio Inka para ganarse el odio y la animadversión de la inmensa mayoría de los pueblos a los que sojuzgó.

Éstos, bien se sabe, a la hora de la verdad, sin el más mínimo reparo, lo abandonaron a su suerte, colocándose incluso la mayor parte de ellos como aliados de los nuevos conquistadores. Pero también tendrá que usarse “eficiente” para definir la asombrosa capacidad de desatar tan prontamente las desproporcionadas ambiciones que lo llevaron a la guerra civil.

¿No fueron una y otra acaso sus endebles piernas de barro? ¿Cuándo estarán esas verdades meridianas en todos los textos de Historia –tanto en la erudita como en la de divulgación–, con la misma naturalidad y reiteración con que se habla de “axiomas” en la Matemática, de “gravedad” en la Física, o de “huacos” en la Historia tradicional? 6) Ya no debe extrañarnos entonces que, en el mismo sentido, uno de los más difundidos textos de secundaria (nada menos que un Atlas universal y del Perú), afirme –en su escuetísima versión del Tahuantinsuyo – que éste “extendió su poder a amplios espacios del continente sudamericano”.

¿Su poder? ¿Poder patriarcal? ¿Poder eclesiástico? ¿Poder político? ¿Qué poder? ¿Es lo mismo hablar del ascendiente y poder que otorga la hegemonía tecnológica –como las que en algún momento habrían tenido Chavín y Nazca–, por ejemplo; que hablar con total y negligente imprecisión de “su poder”, a secas, obviando que ese poder se sustentó en un avasallamiento militar, típicamente imperialista? 7) Dejemos de lado los textos escolares y las ligeras versiones periodísticas que propalan los medios masivos de comunicación.

Hablemos pues de las “sólidas verdades” que sostienen los mejores especialistas.

En efecto, cuarenticinco reconocidos historiadores peruanos, bajo la dirección del quizá más reputado historiador del Inkario, Franklin Pease, elaboraron recientemente la más novísima versión de la Gran Historia del Perú.

Se sostiene allí –¡como en los textos escolares! – que “el Tahuantinsuyo (...) constituyó el más importante y poderoso Estado que existió en los Andes...”.

¿Importante? Quizá, pero a condición de que nos refiramos a la gran extensión geográfica que controló y a la numerosa población que mantuvo sojuzgada. ¿Poderoso? Sí, pero sólo en relación con los pueblos y naciones que sojuzgó. Pero no en relación con el primero de sus “pares” que, desde “otras latitudes”, asomó las narices en los Andes. ¿Estado? Sí, pero Estado imperial, que no es lo mismo. ¿No reconocen tampoco los especialistas la diferencia entre nación y nación imperialista, ni entre Estado nacional y Estado imperial?

8) Dicen también nuestros eruditos en la Gran Historia del Perú: “los incas llegaron al Cuzco alrededor del siglo XIII dC”. ¿Del siglo XIII dC? Viniendo de quienes viene, aceptemos entonces por un instante tan insólito dato –aunque no pase de ser un monumental disparate–. Razonemos entonces:

a) Si fueron pocos cuando llegaron, ¿cómo pudieron crecer poblacionalmente tanto (hasta probablemente más de 500 000 personas) en sólo dos siglos, batiendo todos los récords de tasas de crecimiento de la época?

b) Si eran muchos cuando llegaron, ¿cómo atravesaron el territorio andino sin dejar rastro ni huella?

c) ¿En sólo doscientos años impusieron su lengua en su entorno inmediato y luego en menos de cien años la impusieron a casi todo el territorio andino? ¿Cómo pudieron lograr ese portento que nunca ha ocurrido en ningún otro espacio en la historia de la humanidad? ¿Acaso no consta a todos que, con la ayuda de más modernos métodos de divulgación, e incluso masivos hoy, esa inaudita hazaña aún no la logra el castellano en cinco siglos, ni el inglés en su “patio trasero” en estos dos últimos siglos? Sí, pues, la penosa y “erudita” afirmación no resiste el más mínimo análisis.

9) Por lo demás, ¿de dónde llegaron? ¿Puede reputarse como científicamente seria la imprecisa afirmación que dan más adelante nuestros “eruditos”, cuando afirman que los inkas llegaron al Cusco al cabo de “su recorrido por el sur andino”.

No, no es una tomadura de pelo (eso no está en el talante de nuestros historiadores).

¿Por el sur andino? ¿Acaso desde el norte del Cusco, por ejemplo desde Ayacucho, que también es parte del sur andino? ¿Desde el este, allende el territorio que hoy ocupa Machu Picchu? ¿Desde el oeste, acaso desde las faldas de Misti arequipeño? ¿Desde el sur, acaso desde el lago Poopo, en el sur de Bolivia?

No, en alarde de exactitud y escrupulosidad, en líneas anteriores, ya habían expresado sus asombrosas precisiones: “Habrían pasado por distintos lugares como Pacaritambo, Guaiacancha y Guanacaure, y dominado, a su paso, territorios y poblaciones” 241. ¡Pero si esos puntos no están sino a 30 kilómetros de la ciudad del Cusco!

¿Y no habría podido ser, alternativa y más coherentemente entonces, desde el altiplano kolla –como hemos postulado–?

¿Qué impide a los “investigadores” plantearse, discutir y debatir esa hipótesis? ¿No hay acaso conciencia de que la versión historiográfica clásica del trascendental episodio de la “aparición” del pueblo inka en el Cusco, no sólo no aclara con solvencia nada sino que con imprecisiones y ambigüedades lo confunde todo? ¿Es ése el “lenguaje claro y comprensible” del que se precia el filósofo peruano Francisco Miro Quesada Cantuarias en el prólogo de la Gran Historia del Perú? ¿Qué pueden aprender realmente los estudiantes peruanos de ese atroz desaguisado, en el que están ausentes la reflexión, la lógica y hasta el sentido común? Sólo les corresponde aprenderlo de memoria, aunque no sirva de nada.

10)Una vez más tenemos entonces derecho a preguntar: ¿qué constriñe a los historiadores, impidiéndoles formular hipótesis como esa última que hemos formulado? ¿Acaso el temor a equivocarse? Pero si por eso es sólo hipótesis: está sujeta a la refutación o a la convalidación científicas.

Por lo demás, ¿puede negarse que la refutación de innumerables y hasta célebres hipótesis erróneas –como la de la Tierra plana, o aquella otra que planteaba que todo el universo giraba en torno a nuestro planeta, o más recientemente la del Big Bang– ha contribuido a construir paulatinamente las teorías en casi todas las ciencias?

¿Hay acaso hoy una Inquisición que amedrente a los émulos de Galileo o que calcine a los de Giordano Bruno? En el mundo académico de la historiografía andina, ¿es intocable e irrevisable la versión de los “clásicos”? ¿Es la palabra de las “vacas sagradas” un suedáneo moderno de la Inquisición?

¿No resulta más comprensible ahora, cómo en ausencia de una versión clara y verosímil, hasta los “eruditos” han tenido que optar por esa fantasía que a la postre ha conducido a la mitificación del Imperio Inka?

Sí, en ausencia de racionalidad, ha terminado por imponerse la idealización. Así se explica que en 1985 –como puso en evidencia Gonzalo Portocarrero–, el 67% de los estudiantes expresara una imagen “positiva” del Imperio Inka: lo reconocían “justo, feliz, armónico”.

¿Cuánto han cambiado a la fecha las cosas? Nada. Por todos lados se nos bombardea con la misma monserga. ¿Acaso un erudito enciclopedista de la historia mundial como Geoffrey Barraclough harto reproducido en el Perú, no habla también del “gran imperio del Tahuantinsuyo”?

Es absolutamente incongruente con nuestro dramático presente, esa interminable sucesión de idealizaciones sobre la “grandeza de nuestro pasado”: la “grandeza del Imperio Inka”, la “magnífica herencia que, a pesar de todo, nos dejaron la Conquista y el Virreinato”, y las “inacabables grandezas de nuestros gobernantes republicanos”. Si todo nuestro decurso histórico fue ininterrumpidamente feliz, justo y armónico, tenemos pues derecho a hacernos también la célebre pregunta que puso Mario Vargas Llosa en boca de uno de sus personajes: ¿cuándo entonces se jodió el Perú?

Bien ha dicho el notable historiador francés Marc Bloch, “la incomprensión del presente nace fatalmente de la ignorancia del pasado...”.

Ciertamente, que nos consideremos “ociosos” es una clamorosa demostración de que no comprendemos y distorsionamos nuestro angustiante presente. Y ello, a su turno, porque ignoramos nuestro pasado, nuestra historia.

Mas no porque no la abordemos, que hartísimas horas se dedica en la escuela a ella.

Sino porque no logramos entender un ápice de lo que nos dicen los textos. No es pues que hayamos olvidado nuestra historia. Es, simple y llamanente, que nunca hemos logrado conocerla (porque es ininteligible e irreconocible la que habitualmente se nos presenta).

Pero muy difícilmente habrá de ser con la historiografía tradicional como la conozcamos.

Podemos y tenemos la obligación de, con criterios científicos, reconstruirla íntegramente y reeditarla por completo. Recién a partir de allí el pueblo peruano tendrá posibilidades de observar, autocrítica y desapacionadamente, cuán graves errores comete, por ejemplo, al endosar ciega y reiterativamente toda su fe en falsos mesías (antidemocráticos, legicidas, corruptos, hipercentralistas, autócratas, falsos y cínicos, etc.).

Y recién a partir de entonces comprenderá también que, para alcanzar el desarrollo, es insustituible –además de revertir y/o desterrar, según corresponda, esas nefastas tendencias, y superar otros muchos obstáculos–, desatar una enorme proclividad a la inversión, y que todos participemos del esfuerzo, y que todos participemos de las decisiones, y no sólo uno.

 

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