EL MUNDO PRE-INKA: Sobre el “estado de la cuestión” en Historia  

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Alfonso Klauer

Las colonias kollas fuera del Altiplano

La dieta altiplánica típica de los kollas resultaba monótona y desbalanceada. La mayoría de los pueblos andinos podía usufructuar, dentro de su propio territorio, con áreas en pisos ecológicos muy variados. De 0 a 5 000 metros sobre el nivel del mar, en el caso de los costeños icas, por ejemplo. O de 1 000 a 5 000 metros sobre el nivel del mar, en el caso de los cordilleranos chankas. El Altiplano habitable de la nación kolla, en cambio, sólo fluctúa básicamente entre casi 4 000 y 5 000 metros sobre el nivel del mar –como se vio en el Mapa N° 26–.

Aquéllos pudieron disponer entonces de una amplia gama de alimentos vegetales y animales. Frente a la misma necesidad, en ausencia de un abanico equivalente de pisos ecológicos, los kollas se vieron impelidos entonces, desde muy antiguo, a buscar y ocupar territorios que se lo proporcionaran, a fin de poder contar con una variedad más amplia de nutrientes e insumos.

En El control vertical de un máximo de pisos ecológicos en la economía de las sociedades andinas, John Murra desarrolla extensamente esta tesis, tanto para el caso de los kollas como de otros pueblos andinos.

Debemos, sin embargo, observar lo siguiente.

La historiografía tradicional, que incurre en tantos y tan graves defectos por omisión, incurre también en defectos por exceso: por ejemplo cuando se atribuye “gratuitamente” méritos extraordinarios.

Y este es precisamente el caso de lo que ha ocurrido a partir de la tesis de Murra sobre la expansión y control kolla, y de otros pueblos andinos, sobre variados pisos ecológicos.

¿Corresponde acaso a ese tipo de expansión un mérito extraordinario –como el que explícitamente se concede en muchos textos–? ¿De qué otro modo sino verticalmente –hacia pisos ecológicos más altos y/o más bajos– podían expandirse los pueblos que habitaban la cordillera de los Andes? Era, pues, su única alternativa de expansión agrícola–geográfica. Como la horizontal resultaba la natural para los pueblos de las planicies. Una y otra no eran más que conductas sensatas (y punto). El Gráfico N° 19, en el Tomo I, y el Mapa N° 26, que acabamos de mostrar, son muy elocuentes a estos respectos.

Frente a tan natural exigencia de diversificación alimenticia, los kollas se encontraron con que, al occidente de su territorio, había uno de características muy especiales: el territorio cordillerano y costeño de Arequipa, que acaba de ser ampliamente descrito.

Sin embargo, desde la perspectiva e interés de los kollas, aquél tenía una característica única y especialísima. Y que, para ese estadio de la historia andina, era excepcional: era un territorio prácticamente desocupado, sin un gran dueño que lo reivindique como propio y lo defienda de incursiones extranjeras. Era, pues, virtualmente, de libre disponibilidad.

En el amplio territorio al oeste de los grandes volcanes de Arequipa, sus ocupantes nativos no pasaban de ser grupos pequeñísimos y completamente aislados en sus minúsculos valles, separados entre sí por los desiertos y las estribaciones de la cordillera que llegan hasta el mar.

Así, según se cree, incluso desde antes del 200 dC, habían ya empezado a ocupar las partes altas de los valles de la vertiente del Pacífico. Durante tanto como cinco siglos fueron explotando y abandonando uno tras otro pequeños valles muy poco productivos, pero que cumplían cuando menos un mínimo de exigencias de diversificación alimenticia.

Puede suponerse –como hemos dicho anteriormente – que durante el esplendor de Tiahuanaco podría haberse producido un gran repliegue hacia el Altiplano, en mérito a los grandes excedentes que allí se obtuvieron.

Aunque muy rápidamente, quizá, se dio marcha atrás, y volvieron a ser ocupados los espacios que precipitadamente habían sido abandonados.

Porque el esplendor agrícola tiahuanaquense sólo les garantizaba abundancia dentro de la monotonía alimenticia. La diversificación sólo podía asegurarse tras la cordillera Occidental. Así, de veinte sitios arqueológicos que en el territorio de Arequipa corresponden en el tiempo al esplendor de Tiahuanaco, en la inmensa mayoría de ellos hay evidencias de la presencia de pobladores de esa cultura.

El colapso de Tiahuanaco debió dar origen a grandes hambrunas en el Altiplano. Las necesidades de proveerse desde espacios distintos debieron entonces incrementarse. Mas sobrevino inmediatamente el expansionismo Wari, que, precisamente, pasó a dominar, entre otros, los territorios de las viejas colonias kollas de Arequipa. No hay evidencias de si fueron sojuzgados en ellas o expulsados. Es obvio, sin embargo, que difícilmente pudieron seguir abasteciendo de nada al Altiplano.

Es muy probable entonces que, en ese contexto, los kollas volcaran su atención sobre la Amazonía, y aquellos otros espacios del sur de los Andes –Arica y Antofagasta, en el norte de Chile; el sur de Bolivia; y el noroeste de Argentina, a donde por cierto no llegaba ni llegó la dominación Wari.

Hacia 1200 dC, tras la caída de Wari, volvieron pues a darse las condiciones para reocupar libremente sus viejas colonias occidentales.

Mas esta vez las necesidades habían quedado exacerbadas por la gravísima sequía que se dio en el Altiplano a partir de esa misma fecha, eventualmente en el contexto de la “pequeña era glacial” que reiteradamente se ha mencionado.

Así, kollas y lupacas, pero también pacajes, volvieron a establecer en los valles costeños y cordilleranos de Arequipa, Moquegua y Tacna, verdaderos enclaves poblacionales, trasladando grupos de colonos mitimaes de las propias etnias a muy diversos espacios.

La exploración del territorio fue vehemente. Diríase que hasta desesperada. Una idea de ello la da el hecho de que, de 68 sitios arqueológicamente estudiados, correspondientes al período 1200–1400 dC, 60 de ellos tuvieron, aparentemente, ocupación efímera.

A menos que el abandono se explique porque la dominación inka que sobrevino inmediatamente después, dispusiera un uso completamente distinto del espacio. Mas sobre ello no hay información específica.

John Murra presume que las distintas etnias kollas lograron disponer sus respectivas colonias, simultánea y paralelamente intercaladas, unas al lado de otras, constituyendo verdaderos archipiélagos étnicos.

Murra supone que estos sugerentes “archipiélagos étnicos” que formaron las distintas etnias aymaras (o kollas) en torno al Altiplano, podrían haberse dado también en los demás pueblos del resto de los Andes. Si eso fuera así –dice Murra– “el mapa étnico de la región andina debe dibujarse con múltiples pinceles y con criterios distintos a los que se usan en otros continentes, donde etnias y territorios suelen coincidir...”.

Sin embargo, y a menos que las investigaciones posteriores den finalmente la razón a Murra, todo parece indicar que tales archipiélagos étnicos deliberados y pacíficos sólo se dieron entre los kollas, que compartieron sus territorios periféricos de la misma manera que compartieron, aunque con tensiones y pugnas, las tierras del Altiplano. Y, más aún, las aguas y riqueza del lago.

En el resto de los Andes, en cambio –como en otros espacios del planeta–, las cordilleras, los ríos, los desiertos, etc., marcaron por lo general, y nítidamente, las fronteras (naturales y/o artificiales) de los pueblos, haciendo así coincidir etnias con territorios –como lo vienen mostrando hasta la saciedad nuestros gráficos–.

No puede desconocerse, sin embargo, que durante muchísimos siglos el territorio andino fue, efectivamente, un “archipiélago étnico” como el que describe Murra (como reiteradamente se ha mostrado en este texto en múltiples mapas). Mas ello se dio no sólo por la existencia de múltiples pueblos y naciones.

Sino además como resultado del forzado traslado de mitimaes que durante siglos practicaron los cuatro grandes imperios de los Andes: Chavín, Wari, Chimú e Inka.

Muchas de esas poblaciones compulsivamente transplantadas, sobre todo probablemente aquellas de más larga data de asentamiento, jamás regresaron a sus tierras de origen. La toponimia de muchísimos de los pequeños centros poblados de los Andes hoy es una prueba irrefutable de ello.

A través de esas colonias pudieron entonces abastecer al Altiplano de diversos productos marinos, así como de maíz, algodón, guano de las islas del Pacífico, y madera y coca de la Amazonía.

Según refiere Linares Málaga, de las innumerables colonias kollas en el vasto territorio de Arequipa, alcanzó ligeramente a destacar Chuquibamba, en la vertiente izquierda y alta del río Majes. Mas no sería una simple coincidencia que ese pequeño valle, así como el de Chaupimiq’o, en las pobrísimas alturas del Colca; y Huacapuy, en el insalubre valle de Camaná, fueran los únicos que venían siendo cultivados desde la dominación Wari.

Chuquibamba tenía pues, como aquéllos, siglos de explotación. Pero, sin duda, mayor productividad. Quizá esas fueron pues la razones por las que destacó. Pero si la antigüedad en producción y la productividad fueran las únicas razones, quedaría por desentrañar el enigma de por qué Sihuas, que era aún muchísimo más antigua, no destacó entonces aún más. ¿Acaso porque la dominación Wari la desbarató? Es posible.

Complementariamente, la ocupación kolla del valle del Chili merece un análisis muy especial. Entre otras razones, porque fue la sede la cultura Churajón o Juli, la única que en verdad se dio en el vasto territorio comprendido por los actuales departamentos de Arequipa, Moquegua y Tacna. Pero que, no puede desconocerse, fue en realidad una subcultura kolla.

El valle del Chili, está dicho, era potencialmente muy rico. Sin embargo, para concretar un gran desarrollo cultural, debia reunirse en él, necesariamente, un conjunto poblacional muy grande. Mas, en un plazo tan breve como ése, de 200 años hasta la caída bajo dominación inka, era imposible que un grupo humano numeroso se concretara sólo con el crecimiento demográfico de los primeros migrantes que se asentaron allí tras la caída de Wari, y ni siquiera con el aporte demográfico de los que –seguimos presumiendo – habrían sido trasladados a él por los dominadores chankas.

Libre de la dominación Wari, el valle de Arequipa o del Chili podía haber sido pues escenario del asentamiento de oleadas numerosísimas de kollas. Oleadas hubo, pero sólo en tránsito. Su destino eran las tierras más alejadas: las llanuras bajas de La Joya, Majes y Sihuas, y los valles costeños de Yauca, Atico, Atiquipa, Quebrada de la Huaca, Ocoña, Camaná y Quilca. Sus antepasados –como está dicho– habían estado en esos territorios desde antes del esplendor de Tiahuanaco.

La a todas luces repentina y explosiva reinmigración kolla, y su paso por el valle de Arequipa sobre el Chili, resulta una buena evidencia de que algo lo había estado impidiendo en el período anterior. Sólo habría podido ser la dominación Wari. Y, además, sólo porque ésta, por medio de mitimaes de pueblos dominados, lo habría estado explotando.

Hay, pues, buenas razones para seguir presumiendo que bajo los cimientos de Arequipa colonial, y/o bajo los escombros de la precedente dominación inka, estarían aún enterradas las pruebas de ello.

Definitivo es, en cambio, que el mayor porcentaje de migrantes hacia la costa estuvo aportado por las etnias de la margen occidental del lago: los kollas propiamente dichos, y los lupacas. Aquéllos salieron desde el área norte del Titicaca, en torno a donde hoy se asienta la ciudad de Juliaca; y éstos de la zona suroccidental, y en particular desde el entorno de Juli (véase el Mapa N° 26).

De allí que Linares Málaga sostenga que el nombre correcto de la cultura que se desarrolló en el valle del Chili sea precisamente “Juli” –que no por simple casualidad está en ambos topónimos–.

El hecho de que los kollas, una vez más desaprovecharan la ocasión de un numeroso afincamiento en el riquísimo valle de Arequipa, y su consiguiente explotación agrícola, resulta una clara demostración de cuán temido era todavía el asentamiento en él. Allí se estaba, pero sólo en tránsito. O, bajo férula imperial, a fuerza de sojuzgamiento y violencia.

No voluntariamente. Los temblores de la tierra seguían ahuyentando a la inmensa mayoría de la gente.

Así, la población estable en el asentamiento de Cerro Juli o Arequipa debió ser escasa. En su mayoría debió ser población flotante: arrieros en tránsito, desde y hacia los extremos del territorio kolla. Mal podía ser entonces una gran ciudad. Nadie tenía interés en que lo fuera. Cerro Juli debió ser apenas una posta de intercambio. Pero de intercambio físico, no comercial.

Como está dicho, las colonias agrícolas kollas en territorios “ajenos”, tenían básicamente como propósito abastecer a las poblaciones altiplánicas de aquella producción que no podía obtenerse en el entorno agrícolamente pobre del lago. De haberse podido alcanzar buenos o grandes excedentes en las colonias, habrían sido sólo éstos los que se habría movilizado en dirección al centro de la nación kolla. Sin embargo, como se ha mostrado, dadas las enormes limitaciones agrícolas de los pequeñísimos valles costeros, las colonias en ellos establecidas no podían garantizar sino el autoconsumo.

En ausencia de excedentes –tanto en el Altiplano como en las colonias costeñas–, teóricamente no había posibilidades de intercambio.

No obstante, se dio dentro de la propia producción de autoconsumo. Y necesariamente fue incesante. De éstas subían al Titicaca productos costeros, y del Altiplano bajaban a la costa tubérculos propios a los que estaban acostumbrados los kollas que, por encargo de sus pueblos, explotaban las colonias occidentales.

El valle de Arequipa era precisamente el punto de intercambio. Los arrieros que llegaban allí con sus productos desde el Altiplano, emprendían el retorno con lo que sus pares de la costa habían a su turno llevado allí mismo; y viceversa. Quizá sólo en ocasiones excepcionales se hacía viajes directos de uno a otro extremo.

Mucho se ha discutido sobre el posible significado del nombre “Arequipa”. Sin embargo, en el contexto que se acaba de desarrollar, ninguna apreciación parece tan válida como la de Alberto Cuentas Zavala. Él afirma que “Arequipa” proviene del vocablo aymara “Alquipa”, que significa “lugar de cambio, de permuta, entre los productos que vienen del Altiplano y los que llegaban de Camaná”.

Pues bien, queda claro entonces que no había trueque comercial. Sino sólo intercambio físico entre grupos de un mismo pueblo que, por necesidad, explotaban territorios distintos para hacer más variada su producción de autoconsumo, y más rica su dieta alimenticia.

Así, en ausencia de comercio, tampoco había por ese lado posibilidades de generación de excedentes y, en consecuencia, de acumulación e inversión, desarrollo material y progreso.

De allí que la subcultura kolla Churajón o Juli, la única en el Perú que podría tipificarse como administrativo–logística, dejara tan discretas evidencias materiales de su existencia.

Los norteños vecinos chinchas, habiendo alcanzado un extraordinario desarrollo comercial, poco pudieron comerciar con las colonias kollas. Éstas no tenían excedentes con qué adquirir los sofisticados productos extranjeros que ofrecían aquéllos. De allí que haya sido excepcional la presencia terrestre chincha en el extremo suroccidental del Perú.

Y, sin que deje de ser una gran sorpresa, nada se sabe del intercambio que, por mínimo que fuera, eventualmente hubo entre las colonias kollas de Arequipa y sus vecinos del este: los inkas. El vacío es tanto más asombroso desde que, precisamente en estos siglos XIII y XIV, fermentaba ya la eclosión inkas sobre los Andes.

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