EL MUNDO PRE-INKA: Sobre el “estado de la cuestión” en Historia  

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Alfonso Klauer

El hombre tras la huella del agua

Hoy las ciudades de Ica y Nazca –y siglos atrás Cahuachi–, en la costa central del Perú, están desusadamente ubicadas a 50 kilómetros del mar. No son pues ciudades costeras sino típicamente mediterráneas.

¿Cómo explicar una ubicación como ésa, que asoma antojadiza y errática, e incluso absurda, siendo que, aparentemente al menos, bien habrían podido estar asentadas a inmediaciones del océano? No son sin embargo las únicas excepciones en la costa peruana. Otro tanto ocurre en efecto con Piura y Lambayeque, en el norte; y con Moquegua y Tacna, en el sur. Son también entonces mediterráneas. A diferencia de ellas, el restante 80 % de las ciudades grandes de la costa están virtualmente a orillas del Pacífico. Son, pues, típicamente costeras.

El asunto, como podría parecer a primera vista, no es una simple trivialidad. Por el contrario, reviste singular importancia y trascendencia.

Porque –como veremos–, una y otra solución revelan cuán coherentemente racional es la conducta colectiva de los pueblos –sobre todo cuando son conjuntos sociales homogéneos y democráticos–. En ningún caso la ubicación definitiva de una ciudad ha sido el resultado de un capricho absurdo de un supuesto “fundador”. Y cuando ello ha ocurrido, los pueblos se han dado siempre maña para enmendar el entuerto.

¿Qué tienen pues en común las viejísimas ciudades de Piura y Lambayeque, Ica y Nazca, y Moquegua y Tacna, que explique su común condición de mediterráneas? Pues simple y llanamente la escasez relativa de agua dulce. Ello es absolutamente claro en el caso de las cinco últimas. Los correspondientes ríos que las proveen del indispensable e insustituible agua dulce, durante la mayor parte del año son cursos secos en los tramos finales de sus respectivos valles.

En todos ellos, sin duda, la primera localización naturalmente elegida por el hombre fue próxima a la costa, allí donde generalmente el río desemboca en el mar. Pero tan pronto como apareció la primera sequía, y los pobladores descubrieron que el río se secaba, debieron liar sus bártulos y remontarlo hasta encontrar agua dulce nuevamente. Allí volvieron a asentarse, “refundando” su centro poblado.

En los casos que estamos revisando, reiterativas y más graves sequías, habrían obligado a los pueblos a remontar cada vez más sus ríos, hasta finalmente afincarse en un punto en el que el abastecimiento de agua dulce estuviera asegurado, sin excepción, para todos y cada uno de los días del año. De ese modo Ica y Nazca –y antes Cahuachi–, terminaron a 50 kilómetros de la que sin duda fue su posición costeña inicial.

El río Piura tiene en cambio un curso muy regular casi todo el año, y enormes picos de aforo en los meses de avenida. Teóricamente, pues, no habría sido aquélla la causa de su mediterraneidad. No obstante, también lo es.

Porque recordemos que en 1883 se registró en dicho valle una sequía tal, que el cauce del río se secó antes de que sus aguas alcanzaran a llegar a la ubicación en la que actualmente se encuentra la ciudad.

Mal podemos suponer que aquél fue el único fenómeno de esa naturaleza en miles de años de historia. Por el contrario, debió ocurrir tantas veces como para explicar que los pobladores que inicialmente se habrían asentado en el costero poblado de Sechura, terminaran en la mediterránea Piura, también 50 kilómetros río arriba.

El asunto, pues, resulta simple de explicar y de entender. Sin embargo no aparece en absolutamente ningún Atlas ni texto de Geografía e Historia del Perú.

Así, en ausencia de información, no hay conocimiento; y en ausencia de éste no hay conciencia.

El Perú actual –conjunto social absolutamente heterogéneo y básicamente no democrático– debe contarse entre los países del mundo con menor conciencia sobre la importancia del agua dulce para la vida –humana, animal y vegetal–; sobre la ignominia que representa desperdiciarla en las ciudades o dejarla discurrir al mar en los valles; y sobre la gravedad del asunto cuando la escasez relativa es extrema, o, peor, cuando la escasez llega a ser absoluta.

Entre gobernantes y gobernados, nuestra inconciencia histórica sobre la importancia del agua dulce para la vida es tal que, en el extremo del absurdo, venimos dándonos el lujo de crear artificial e irresponsablemente una cada vez mayor escasez relativa de dicho elemento. Porque no otra cosa representa el hasta suicida crecimiento macromegálico de Lima. En ese contexto, cada vez es más escasa el agua potable.

Y cada vez son muchísimo más costosas las derivaciones de aguas cordilleranas al Rímac, para satisfacer la sed de los millones de habitantes que se concentran en la ciudad, y que representan ya el 32 % de la población peruana.

Todo ello fomentado en los últimos doscientos años por un deliberado centralismo, seudo–paternalista, autocrático y demagógico. Y, por lo demás, sería ingenuo desconocer los mezquinos y corruptos intereses que merodean siempre en torno a las grandes y millonarias construcciones públicas, en este caso de derivación de aguas cordilleranas, ampliación de troncales, ampliación de redes de agua potable, y sus equivalentes de alcantarillado.

Entre tanto, campea en los valles agrícolas el más absoluto desorden y displicencia en torno al uso del agua de riego. Nadie paga además un centavo por su uso. Nunca se ha castigado el dispendio. Nunca se ha premiado el ahorro. Nunca se ha estimulado el uso de sistemas tecnificados de riego, con el agravante de contarse con millones de hectáreas costeras que, si bien desérticas, harto han probado su bondad agrícola en presencia de agua. Cómo soslayar, pues, la enorme responsabilidad que en todo esto tienen la Geografía y la Historia.

Si siquiera mostraran cuán pernicioso es a todos estos respectos el centralismo. Si siquiera mostraran cuántas ventajas en esto y en todo ofrece la descentralización.

Pero cómo van a mostrárnoslas si ni siquiera han “descubierto” todavía las maldades de aquél y las bondades de ésta.

Los pueblos que ocuparon el territorio del actual departamente de Ica vieron alternarse a lo largo de su historia –como muestra el del Gráfico N° 47–, a distintos grupos dominantes y/o culturalmente más destacados .

Primero, contemporáneos e incluso sometidos por los chavín, destacaron ampliamente los paracas, asentados en el valle de Pisco. Después, en el período de desarrollo autónomo que siguió al Imperio Chavín, dominaron los nazcas, que fueron los que precisamente cayeron derrotados por los chankas. Y en los siglos que sucedieron a la caída del Imperio Wari, y hasta caer bajo la hegemonía inkas, la nación ica fue dominada por los chinchas.

El Mapa N° 25 –por otro lado– nos enfrenta una vez más a una realidad insoslayable: está también atiborrado de nombres de muy probable y remoto ancestro centroamericano.

He ahí Chincha, Cahuachi, Chavincha y Changuillo, en primer lugar. Pero también Sunampe y Guadalupe; Huaytará, Huancano, Huac-Huas, Hualhua y Huanca; Ocoyo y Yauca; Ocucaje, Aquije y Jaqui. Y eventualmente quizá además lo sean Ica, Nazca, Acarí, Palpa y Tate.

No se sabe de ninguna leyenda inmigracionista referida al remoto período en el que dominaron los paracas. Ni de ninguna que corresponda a aquel en el que hegemonizaron los nazcas.

Sin embargo, durante la hegemonía de los chinchas, éstos orgullosamente se proclamaban hijos de una remota migración. Dice a este respecto Garcilaso, cuya versión en este caso resulta inobjetable: los naturales de Chincha se preciaban de haber venido sus antepasados de lejanas tierras, aunque no dicen de dónde.

Como ya se dijo, fue el antropólogo alemán Friedrich Max Uhle quien postuló la hipótesis de una migración centroamericana que habría llegado precisamente a algún punto de la costa de la nación ica. A la luz de los extraordinarios efectos que habría tenido esa migración centroamericana en los Andes –que consistente y reiteradamente venimos mostrando–, resulta irrelevante discutir si hubo un único ingreso por Ica, Casma, Moche o Lambayeque; o por dos, tres o todos esos puntos de la costa, y en uno, dos o más momentos distintos.

La hipótesis de una migración múltiple, tanto en el espacio como en el tiempo, contribuiría a explicar, por ejemplo, ese vasto y masivo impacto en la toponimia andina que hemos mostrado en diversos mapas y secciones del texto. Mas obligaría a admitir que la presencia física de migrantes centroamericanos fue numerosísima.

Pero ello a su turno, paradójicamente, dificultaría seriamente explicar cómo entonces no se consolidó un vasto y sólido “horizonte cultural centroamericano” en los Andes; o, como también podríamos denominarla, una gran “civilización sechín”; o, por último, un gran y eventual “Imperio Sechín”, en el entendido de que los migrantes eran aguerridos y bien equipados soldados–agricultores.

Más aún, sería casi imposible explicar cómo entonces “desapareció” esa cultura que, hacia el 1500 aC, era sensiblemente más avanzada que cualquiera de sus contemporáneas de los Andes.

Por los múltiples aspectos que hemos venido analizando hasta aquí, nos resulta más verosímil la hipótesis de una remota y originaria migración sechín que finalmente recaló y se afincó en Casma, allí donde han quedado los célebres monolitos de ese pueblo. Y desde donde, al cabo del triunfo definitivo de Chavín, se habría iniciado la gigantesca diáspora de refugio por los Andes.

Así, para el caso de la costa sur, los remotos y casi primitivos pobladores agrícolas chinchas, paracas, icas y nazcas, habrían por igual recibido también a los pequeños grupos de asombrosos y adelantados refugiados sechín.

Éstos, aun cuando numéricamente minoritarios, en mérito a los notables avances tecnológicos con los que llegaron, presumiblemente habrían alcanzado un rápido y sólido ascendiente dentro del seno de las poblaciones que los recibieron.

Así, al cabo de siglos, y antes de que los chinchas, paracas e icas cayeran bajo la hegemonía de la fase militarista de Chavín, habrían impuesto su acreditado idioma, por ejemplo, en la definición de la toponimia del territorio que los albergaba.

¿Acaso no lograron lo mismo los también poco numerosos fenicios en casi toda la cuenca del gigantesco Mediterráneo? ¿Debemos por lo demás creer que el éxito de los extranjeros en el seno de sus pueblos anfitriones fue un fenómeno privativo de la Europa antigua y de la América moderna? Por las mismas razones habrían logrado también imponer la práctica del atavío personal con cabezas–trofeo, de la que profusamente hacen gala los afamados mantos paracas, icas y nazcas. Y habrían concretado la inclusión de su fenotipo facial tanto en mantos como en cerámica y orfebrería.

Por lo demás, a lo largo de siglos habrían sembrado y mezclado su sangre con la de sus viejos anfitriones, con lo que habrían dejado de ser extranjeros. Y hasta habrían obtenido entonces que aquél que ahora era “su” propio pueblo, asuma como genuinamente originales y comunes a todos sus miembros las leyendas y tradiciones de los migrantes iniciales –como aquella a la que hace referencia Garcilaso–.

Así, al cabo de siglos de asentamiento y mestizaje, los herederos de los primeros refugiados sechín eran ya chinchas y paracas aquí, icas allá y nazcas acullá. Pero la impronta común había quedado marcada en todo el territorio de la nación.

A la caída del Imperio Wari, desde Chincha se alcanzó a administrar y dominar un territorio de casi 45 000 Km2, comprendido entre Chincha y Yauca, incluyendo en las alturas del sureste –según parece dominados desde la hegemonía nazca– a los pobladores de Puquio y Lucanas, con una población total del orden de 500 000 habitantes.

Pero hay razones para suponer que, en algún momento de su máximo apogeo, la élite chincha haya alcanzado a dominar también una parte del pueblo lima, imponiendo normas que se hicieron efectivas incluso en Huaura (150 Kms. al norte de Lima), en cuyo caso sus predios aumentaron otros 15 000 Km2.

Todo parece indicar, sin embargo, que el vecino valle de Cañete, larga e intensamente ambicionado, no llegó a ser conquistado.

Habría quedado así, como un bolsón, encerrado dentro de los dominios que controlaba el grupo dirigente en Chincha. Las flotas navieras de ésta permitían sortear eficazmente el escollo terrestre de los cañete.

La hegemonía del Imperio Wari había representado la liquidación del poder de la élite dominante nazca, con lo que quedó minada la importancia de su centro urbano más importante: Cahuachi.

Pero, muy probablemente, fueron razones de índole estrictamente económicas –aunque derivadas de decisiones políticas imperiales– las que terminaron por restar toda importancia a la ciudad de los nazcas.

En efecto, durante la vigencia del Imperio Wari, la tecnología, así como la riqueza agrícola, textil y minero–metalúrgica de los pueblos dominados, estaba concentrada en manos de cañetes, limas, moches y mochicas. Es decir, en el amplio territorio al norte del valle de Chincha.

De allí que seguramente el mayor tráfico económico y poblacional desde el área norte del imperio hacia Wari, y viceversa, se fue dando por la ruta Cañete–Lunahuaná–Huancavelica –Wari (destacada en el Mapa N° 25, pág. 241).

Bajo esas circunstancias, la urbe nazca, a 250 Kms. al sur de dicha ruta, fuera del circuito comercial, fue languideciendo paulatinamente.

A la caída del Imperio Wari, el surgimiento de un nuevo núcleo urbano de poder, esta vez en el valle de Chincha, hace suponer que el grupo allí residente fue el que encabezó y triunfó en su guerra de liberación contra los chankas. A partir de entonces, la élite chincha ejerció dominio sobre el resto de la nación ica.

Se requiere sin embargo entender más y mejor cómo habría alcanzado esa élite a tener poder suficiente para llegar a enfrentar al poder hegemónico Wari, físicamente tan próximo.

Veamos.

La ruta Wari–Castrovirreyna–Pisco era la vía más corta entre el enorme mercado de la ciudad Wari y la costa adyacente. Los poblados costeños de Pisco y Chincha tenían que ser pues los proveedores naturales de productos del mar que constante e insistentemente demandó ese mercado. Ello permitiría explicar la presencia entre los chinchas de una población desproporcionadamente numerosa de pescadores.

Mas Wari demandaba también muchísimos productos que sólo se ofrecían en lejanos territorios. De allí entonces también la presencia en Chincha de grandes flotas de balsas, sobre las que se concretaba el tráfico marítimo internacional. Los marinos mercantes chinchas, también desde el lejano norte ecuatorial, traían el preciado mullu, y se estima que por el sur llegaron comerciando hasta las australes costas de Valdivia, en Chile.

Así, a instancias de la hegemonía Wari, los chinchas habrían experimentado un cambio significativo en su estructura ocupacional y productiva: habían sido probablemente impelidos a dejar casi íntegramente la agricultura para reorientarse preferentemente a la pesca, el comercio marítimo y el acarreo terrestre de mercancías.

Así, miles de hombres dejaron la agricultura para constituirse en el numeroso contingente de la actividad mercantil y de transporte.

Navegando en numerosas y grandes balsas movilizaban significativos volúmenes de mercadería. Y tanto la que llegaba a la costa para ser exportada, como la que venía del exterior, eran transportadas en miles de auquénidos por cientos de arrieros.

Si bien corresponde al período inmediatamente siguiente (esto es, directamente incentivado por el Imperio Inka), una pauta de la enorme actividad comercial que Wari había gestado en Chincha es la cifra de 6 000 mercaderes que reporta María Rostworowski para el siglo XVI.

El cronista Pedro Pizarro, por su parte, afirmó que oyó decir al Inka Atahualpa (en 1532, por consiguiente) que en Chincha había 100 000 balsas. La cifra como reconoce Torero, siendo sumamente exagerada e inverosímil, insinúa un orden de magnitud que no deja de llamar la atención.

Considérese además lo siguiente: asumiendo que las llamas pueden transportar, en promedio, 35 kg., y que la capacidad de las balsas era de 20 ton., cada una de éstas podía acarrear lo que transportaba una tropilla de 600 a 700 llamas. Así, cientos de hombres y miles y miles de animales cumplían organizadamente la tarea del acarreo terrestre de grandes volúmenes desde Chincha a Wari.

Es por último también indiciario el hecho de que en el siglo XVI todavía uno de cada tres adultos tributarios era pescador en Chincha –según se puede colegir de las cifras que ofreció el cronista Lizárraga–.

Bajo la hegemonía Wari la economía de la nación ica sufrió pues grandes transformaciones.

Ya sea desde la perspectiva de los nazcas, que virtualmente lo perdieron todo, o de los chinchas, que resultaron inopinada y extraordinariamente fortalecidos. El Imperio Wari pues, inadvertidamente, tras liquidar el poder de los nazcas, había terminado por desarrollar el poderoso núcleo organizacional, político y eminentemente comercial de Chincha que, paradójicamente, fue el que lideró la guerra de independencia de la nación ica contra él.

Pero no puede soslayarse que, a la sombra de la dominación Wari, la economía de la nación ica se había convertido en altamente dependiente: tres de sus más importantes actividades productivas y, por consiguiente la mayoría de su población trabajadora, funcionaban a exigencia de los requerimientos de un mercado extranjero: Wari.

Si Wari aumentaba en población y/o en capacidad de consumo, los pescadores debían incrementar la captura, y por su parte los comerciantes y transportistas asegurar mayor abastecimiento. Así, Chincha floreció mientras floreció Wari. La relación de dependencia era muy evidente. Pero tan obviamente evidente como intrínsecamente peligrosa.

La liberación del Imperio Wari representó que el excedente que antes fluía a Wari quedaba en la nación costera. Pero, a diferencia de otras naciones, la nación ica no podía beneficiarse mucho con retener en su suelo todos los excedentes que había estado generando. Ello sólo era posible con el generado en el sector agrícola: podía ser almacenado y destinado luego al consumo; o, a través de la mita, permitía solventar algunas inversiones.

No pudo sin embargo ocurrir lo mismo con la producción pesquera, ni con el comercio.

La captura pesquera que se había estado llevando a la capital ayacuchana tuvo que eliminarse drásticamente. Y durante el prolongado período de guerra de liberación, y quizá durante muchos años después también, se vio interrumpida la ruta comercial que pasando por Wari llegaba a Abancay, Cusco y al Altiplano. La pesca y el comercio de Chincha sufrieron pues una gravísima merma como consecuencia de la caída de Wari.

Es decir, para gran parte de la nación ica, la independencia tuvo un paradójico perjuicio inmediato. Era consecuencia inevitable de la situación de dependencia económica que se había establecido en relación con el liquidado imperio.

En el nuevo contexto, la nación ica, hegemonizada por los chinchas, debió lanzarse entonces a resolver sus grandes baches económicos, y a recomponer su estructura productivo –poblacional. Por un lado, buscar e integrar muchísimos nuevos pequeños y medianos mercados que pudieran absorber el volumen de pesca que permitía su enorme capacidad de captura. Y colocar en ellos la restante y variadísima demanda de otros productos que había estado consumiendo Wari.

A la postre lo lograron, y con extraordinario éxito. No obstante, tuvieron que pagar un precio altísimo por ello –si así puede considerársele –. En efecto, su fama, o la imagen que de ellos se tuvo en los Andes, fue muy especial –para llamarlo de alguna manera–.

Los términos del intercambio, o, si se prefiere, los precios, estaban estrechamente relacionados con la mayor o menor disponibilidad circunstancial de bienes, esto es, con la oferta y la demanda.

Así, en el trueque de carne de auquénico por maíz, los kollas altiplánicos daban “una” llama a cambio de “tres” fanegas de maíz que entregaban los yungas (nombre que genéricamente daban los pueblos cordilleranos a los costeños, en este caso a los chinchas). Mas, cuando las sequías y heladas afectaban la producción agrícola del Altiplano, es decir, cuando en torno al Titicaca la demanda de alimentos superaba a la oferta, los yungas aprovechaban las circunstancias y obligaban a los kollas a “pagar” el doble: “dos” llamas, por las mismas “tres” fanegas de maíz –refiere el cronista Diez de San Miguel–.

Si bien esta información está referida a hechos registrados por los cronistas a partir del siglo XVI, presumimos –como hemos hecho en múltiples casos anteriores–, que esas reglas de intercambio eran muy antiguas.

¿Hay alguna razón para presumir que esas prácticas se estrenaron sólo con la presencia de los conquistadores europeos? Ninguna.

Este ventajismo, que quizá ejercitaron los yungas en muchas ocasiones, les reportó fama de comerciantes inescrupulosos.

Según refiere Torero, el estereotipo de los comerciantes yungas queda de manifiesto en las palabras con que Manco Inca increpó a los conquistadores españoles: ...peores sois que los yungas, los cuales por un poquillo de plata matarán a su padre y negarán todo lo del mundo.

Es presumible sin embargo que, cuando las circunstancias se invertían, los yungas (chinchas) costeños, en situación de escasez, tuvieran que dar el doble de guano de islas o de maíz o pescado por las misma cantidad de auquénidos, por ejemplo.

Pues bien, los mercaderes chinchas surcaron incesantemente muchísimas vías. Y al cabo de varios siglos de recorrer caminos y pueblos, debieron alcanzar la privilegiada situación de conocer en profundidad gran parte de la sinuosa y complicada red vial de los Andes.

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