EL MUNDO PRE-INKA: Sobre el “estado de la cuestión” en Historia  

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Alfonso Klauer

Los pueblos Cañete y Yauyos

En la vecindad, al sur de Lima, estuvo asentado el pueblo cañete que dio intensa explotación agrícola al valle regado por el río del mismo nombre.

Su historia –como veremos– es quizá una de las más sugerentes y diríase que hasta paradigmáticas del mundo andino. Extraña y sorprendentemente, debe no obstante contarse sin embargo entre las menos conocidas y difundidas.

¿Quiénes y cuándo se establecieron allí, que ciertamente no era un valle común de la costa peruana? ¿Qué explica que la historiografía le haya prestado tan poca atención a este singular pueblo, que estando tan cerca de los lima, no se le puede incluir como parte de ellos; y tan cerca de la nación ica, tampoco formó parte de la misma? ¿Y que ni siquiera el tiempo permitiera que se fundieran con los lunahuaná, sus inmediatos vecinos del este, siendo que entre sus centros poblados más importantes hay apenas 40 kilómetros de distancia? Más hacia el este, posesionados de las cabeceras de los ríos Mala y Cañete, se ubicaban los yauyos, cuyo mayor centro poblado está a 140 kilómetros de la costa siguiendo el curso del río Cañete. Al norte, controlando la faja costera de los valles del Mala y Asia, se ubicaban los malas. Tampoco éstos entre sí, ni con aquéllos, habían logrado integrarse en un solo gran pueblo. ¿Cómo explicar su terco, vehemente y centenario aislacionismo, aún cuando en conjunto ocupaban menos del 1 % del territorio andino, en el que estaban pues tan cerca unos de otros? La interrogante es aún más acuciante si se pone atención a los nombres de las distintas localidades incluidas en el mapa. Recuérdese a este efecto el análisis que se hizo anteriormente de la toponimia que seguimos presumiendo es de origen sechín y a la postre centroamericana.

En este caso, la “ch” está presente con insistencia en Pachacámac, Huarochirí, Chilca, Chiome, Lincha, Chocos y Chincha.

La partícula “hua”, en Huarochirí nuevamente, pero además en Huañec, Huantán, Catahuasi, Lunahuaná y Huancaya –que no debe sorprendernos tiene como vecina precisamente a Huancayo, pero al otro lado de la cordillera, como se ve en la ilustración de perfil–.

A su turno, la sílaba “ya”, estando en Huancaya, está también en Ayaviri y Yauyos.

Mas –para el período que venimos analizando, “E” en la representación cronológica de la página anterior–, habían ya transcurrido tanto como 2 500 años desde la traumática derrota de los sechín de manos de Chavín.

Cien generaciones habían pasado pues bautizando, en su propio idioma, los distintos espacios que ocupaban.

Entre tanto –recordamos–, siglos después de haber sido inicialmente derrotados y diseminados (en torno al 1200 aC, “A” en la cronología), el Imperio Chavín, en su fase militarista, volvió a caer sobre ellos (quizá alrededor del 700 aC, “B”), pues se proyectó hasta más de doscientos kilómetros al sur de Cañete –como se mostró en el Mapa N° 12, Tomo I–.

Así, la que quizá fue persivida como una persecusión implacable, habría exacerbado la diáspora sechín en el territorio que estamos analizando, de allí topónimos de ancentro centroamericano en recónditos espacios del territorio cordillerano al este de Cañete.

Siglos más tarde llegarían dominándolos desde el sureste los ejércitos del Imperio Wari (“D”).

Muy probablemente para atenuar las consecuencias de esta nueva traumática experiencia, los descendientes de los inmigrantes originales se desperdigaron aún más profusamente en el territorio, en porciones cada vez más altas, estrechas y pobres de los valles.

Quizá todo ello contribuya a explicar, a su vez, el enraizado y empecinado aislamiento mutuo, y la sensible ausencia de integración entre los distintos pequeños pueblos del área.

El área total del territorio dominado por malas, cañetes, lunahuanás y yauyos es sólo de 10 000 Km2. Sin embargo, las estribaciones de la cordillera que llegan hasta la costa, apenas dejan de aquél un 1 % de área cultivable, esto es, no más de 10 000 hectáreas.

Asumiendo una población total de 72 000 habitantes para el siglo XIII, cada familia, en promedio, vivía entonces de la producción de 0,7 hectáreas, aunque con hasta dos campañas agrícolas por año, pero en tierras que, en promedio, eran de escasa productividad.

Era, pues, a duras penas, una economía de subsistencia mínima, virtualmente sin posibilidades de capitalización de excedentes.

La situación sin embargo –como de alguna manera insinúa el Mapa N° 24–, no era similar para todos los pueblos citados. Largamente muy por encima del promedio estaban los cañete, asentados en la parte más baja, de menor pendiente, más ancha y de suelos más fértiles de, por añadidura, uno de los mejores valles de toda la costa peruana.

Con casi 250 kilómetros de curso y varios pequeños tributarios, el Cañete es uno de los pocos ríos costeros que cuenta con abundante agua todo el año, a diferencia de los prolongados períodos secos que tienen los ríos Mala y Asia, con descargas anuales por lo demás muy pobres. El de Cañete, pues, era un emporio agrícola, si se le compara con los míseros valles que explotaban los malas, lunahuanás y yauyos. Éstos, pues, tenían razones objetivas y suficientes para envidiar y ambicionar la suerte de los cañete.

Según refiere María Rostworowski, en torno al siglo XIII –y muy probablemente desde antiguo– las ubérrimas tierras de Cañete y su abundancia de agua atraían a sus vecinos, entre los que ciertamente debe incluirse a los ricos y poderosos chinchas de entonces.

Puede suponerse pues que, para entonces, el único vínculo entre todos esos pueblos era el idioma, habiéndose perdido a través de los siglos, del aislamiento defensivo y las disputas territoriales, todos los sentimientos de relación filial que podían derivarse de su eventual común origen mestizo.

Los enormes excedentes generados en el valle del Cañete, permitieron a sus habitantes solventar un modelo de desarrollo muy especial de inversión y defensa. Concretaron en efecto valiosas inversiones agrícolas, entre las que destacan los canales de riego Chiome y Chumbe. Pero simultáneamente se vieron obligados a destinar una proporción muy alta del excedente a la construcción de un costoso, descentralizado y eficaz sistema defensivo, que sin duda alcanzó su máximo desarrollo en este período de autonomía que siguió a la caída del Imperio Wari.

Todo parece indicar que en los siglos de autonomía, en que Cañete no formó parte ni del Imperio Chavín ni del Wari, ese pueblo no pudo ser conquistado nunca por ninguno de sus vecinos, aun cuando los intentos debieron ser sistemáticos. Los cañete –como afirma la etnohistoriadora María Rostworowski–, estaban acostumbrados a defender sus tierras de las pretensiones vecinas, habiendo sostenido diversas guerras, pudiendo presumirse que específicamente con los chinchas del sur y los yauyos del este.

Para hacerles frente erigieron en Cerro Azul una fortaleza costera destinada a repeler los ataques de las flotillas de balsas enviadas desde Chincha. Hacia el este levantaron la fortaleza de Canchari, para controlar los intentos de invasión de los yauyos y para defender sus inversiones en canales de riego. La tercera, y más impresionante de las fortalezas, fue la de Ungará, para la defensa del inicio del sistema hidráulico de todo el valle. El sistema defensivo incluía una muralla de grandes proporciones, que envolvía con sus enormes paredes los campos y poblados del valle.

Ningún otro pueblo en el territorio andino realizó pues, proporcionalmente, tanto esfuerzo y gasto en defender sus intereses. Y no sólo en términos proporcionales. También, respecto de otros, en términos absolutos. En la nación ica, por ejemplo, asentada no en uno sino en cinco valles, y con una población significativamente mayor, la suma de todas sus realizaciones materiales es quizá de menor cuantía que la de los cañete.

Ciertamente tenían mucho que defender.

Y lo hicieron con éxito durante siglos. Fueron ciertamente combativos. Mas nada sugiere que se les pueda caracterizar como agresores.

Por el contrario, los cañete demostraron hasta la saciedad, con el vasto conjunto de sus construcciones militares, una actitud y una conducta eminentemente defensivas.

No obstante, ni su presunto remoto origen guerrero, ni la necesidad de defender sus grandes intereses, son suficientes para explicar su carácter tan aguerrido y el sostenido y consistente gran esfuerzo defensivo que mantuvieron durante su historia. En efecto, otros pueblos, con similar ancestro y con equiparables intereses, no los defendieron, ni tanto ni con tanto éxito.

Las cuantiosas y titánicas construcciones permiten reconocer que los cañete tuvieron una eficaz estructura jerarquizada que facilitó la administración, la toma de decisiones productivas y las acciones militares de defensa.

Sin embargo, no es ostensible la presencia de un gran centro urbano, ni de palacios y grandes centros ceremoniales que, por lo general, reflejan la existencia de una élite privilegiada. Ello sugiere, pues, la existencia de una sociedad poco estratificada, y de carácter más bien democrático.

Frente a estos importantes indicios, es posible, entonces, registrar que el modelo de desarrollo nacional que puso en práctica el pueblo cañete era descentralista, rural, no ostentoso y democrático.

En el “Diagrama desarrollado de alternativas y opciones de consumo e inversión” (Gráfico Nº 52 que se muestra más adelante) ésa bien podría corresponder a una solución final como la “32” –que destacamos en él–.

Ese proyecto nacional consolidó una sociedad internamente homogénea. Sin fisuras.

Compacta, y, por ende, sólida. De pequeñas dimensiones territoriales y reducida población –quizá no más de 60 000 habitantes –, pero con la convicción, en cambio, de que la gran riqueza era de toda la población.

Y, en consecuencia, fue defendida por toda la población. Allí habría residido su fuerza extraordinaria. Ninguno de sus pares, los pueblos o naciones vecinas, pudo por eso doblegar a los cañete.

Sólo pudieron ser conquistados –como ocurrió con muchísimos otros pueblos–, por los tres más grandes imperios andinos: Chavín, Wari e Inka.

A este último sin embargo, según se ha podido conocer, la conquista de los cañete le supuso una guerra de casi tres años –como precisa María Rostworowski–. Es decir, un asedio y esfuerzo muchísimo más dilatado y oneroso que la conquista del enorme pero socialmente fraccionado Imperio Chimú.

Nada como esa dilatada y tenaz resistencia explica que la represalia inka –como veremos – fuera tan violenta. Y a su turno –insistimos –, nada explica mejor esa inusitada gesta heroica, que la composición homogénea y democrática de la población cañete.

Arqueológicamente ha sido poco estudiado el territorio de los yauyos. No obstante, puede presumirse que, aunque en un contexto de abrumadora precariedad económica y militar, fuera también una sociedad homogénea y democrática. Eso explicaría también la no menos heroica resistencia de por lo menos algunos de sus poblados a la acometida imperialista inka. Porque –como también veremos–, hay indicios que advierten que igualmente sufrieron durísimas represalias.

No se conoce el topónimo original de Cañete. Parece haber sido bautizada como tal poco después de 1556, a raíz de la llegada del tercer virrey del Perú, Andrés Hurtado de Mendoza. Quizá –como veremos– ese territorio de la cercanía de Chincha pudo llamarse “Asto”.

En algunos textos, desde los cronistas españoles, a los cañetes se les denomina “guarcos” o “huarcos”. Éste, sin embargo y aunque sin duda de manera inadvertida, es un tratamiento historiográfico inadecuado, por despectivo y ofensivo. Como lo registra la etnohistoriadora María Rostworowski, de acuerdo al Lexicón de Domingo de Santo Tomás, “guarco” en quechua equivaldría a “ahorcado”.

Así, podemos presumir que Guarco, o “pueblo de ahorcados”, fue la agraviante y amedrentadora denominación dada por los inkas tras la terrible represalia de que fue objeto Cañete por su heroica resistencia militar.

El castigo habría consistido pues en el ahorcamiento masivo de la población masculina adulta. Como veremos después, hay indicios suficientes para creer que el presunto y cruel genocidio efectivamente se habría llevado a cabo, afectando también a algunas poblaciones de yauyos.

Los cronistas Diego Ortega y Morejón y fray Cristóval de Castro hacen referencia...

a un asiento llamado Asto, ocho leguas de [Chincha], que era cárcel del inca, y mandó encarcelar allí a todos los curacas y hijos de curacas, de diez años arriba, y sin dejar ninguno los mandó despeñar desde una peña de donde todos se hicieron pedazos.

Tal parece, pues, que Asto habría sido efectivamente la que hoy conocemos como Cañete.

Resulta impensable que todo el valle de Cañete tuviera en aquella fecha sólo 3 266 habitantes. Ésta era quizá la población del centro poblado más importante del valle. No obstante, se desprende del cuadro que, poco más de un siglo después del presunto genocidio inka, la población femenina cañete era todavía 29 % más numerosa que la masculina.

Sin embargo, un análisis más exhaustivo da resultados todavía más convincentes. En efecto, asumiendo conservadoramente que la población infantil femenina fuera la misma que la masculina (601 niñas), y que el porcentaje de mujeres ancianas fuera el doble que el de ancianos, dado que la matanza habría sido de hombres, la población femenina adulta sería entonces 43 % mayor que la de varones adultos: prueba irrecusable de una catástrofe demográfica exprofesamente selectiva.

Tal parece pues que el ahorcamiento masivo de los hombres adultos de Cañete no forma parte de la leyenda sino de la historia.

María Rostworowski refiere que los pobladores de Huarochirí y Yauyos se declararon desde el principio como aliados de los conquistadores inkas. Mal podrían haber podido sufrir entonces cualquier tipo de represalia.

Sin embargo, un valioso y muy reciente reportaje periodístico deja entrever una conclusión diametralmente distinta, por lo menos y específicamente para el caso de los yauyos del pueblo de Tupe que, aparentemente al menos, habrían sufrido también el genocidio de su población masculina adulta.

En El último bastión jacaru, la periodista Doris Bayly hace en efecto un hermoso y encomiable reportaje a Tupe, un recóndito y pequeñísimo poblado de yauyos de apenas 600 habitantes. Tupe –como se ha destacado en amarillo en el Mapa N° 24–. se haya en la cabecera de uno de los tributarios del río Cañete.

Está pues a no más de 125 kilómetros de la costa –y a sólo 270 kilómetros de Lima–.

No obstante, objetivamente Tupe ha quedado inmovilizado en el siglo XV. Mas, en términos relativos, ha regresionado quizá hasta el siglo I de nuestra era: no cuenta con energía eléctrica, ni con agua potable ni sistemas de alcantarillado; no tiene posta médica y su escuela no merece siquiera ese nombre. Sin camino carrozable que lo una siquiera al deplorable afirmado que desde Lunahuaná llega a Yauyos, los yauyos tupinos tardan hoy en día 6 horas en llegar a pie a Catahuasi, distante apenas a 25 kilómetros.

Los yauyos tupinos no saben que el nombre de su pueblo –como también ocurre con Motupe, Mocupe, Úcupe, Chacupe, Supe, el Sunampe de su cercanía, y el lejano Chacacupe cusqueño–, tiene un origen característicamente sechín–moche–mochica de ancestro centroamericano. Como también presumiblemente lo tiene jacaru, la voz con la que hoy identifican a su lengua los yauyos tupinos, y que –según refiere Doris Bayly–, sólo significa “idioma de la gente” o, simplemente, “idioma”.

Éstos, pues, probablemente sean entonces los únicos habitantes del Perú que todavía hablan –aunque quizá enormemente deformado–, el que habría sido el viejo idioma de los sechín y que, pasando por Chimú, se habría mantenido masivamente usado hasta bien entrado el período republicano. Así, la importancia extraordinaria de rescatar y estudiar el jacaru no es sólo lingüística o paleolingüística, sino eminentemente histórica.

Pues bien, Tupe –nos dice Doris Bayly– es “un pueblo sostenido por la fuerza de sus mujeres extraordinarias...”.

“Son la fuerza productiva de la comunidad” –nos refiere más adelante–. “Son tan fuertes que levantan un saco de papas a la espalda y lo cargan” con la misma resistencia que los hombres.

Durante siglos las mujeres de Tupe asumieron las tareas del “riego, cultivo, deshierbe, cosecha y trilla, además de las labores propias del hogar”. Para más señas, “los tupinos son independientes y agresivos” –como señala la lingüista Martha Hardmann–. Más que los hombres, las tupinas “son las que conservan la tradición” –precisa a su turno Rosina Ávalos en el mismo reportaje–.

¿Cuál podría ser el sustento objetivo y relevante de tan acusadas e insólitas características de las mujeres de Tupe, que Doris Bayly no ha dudado en calificar además como “indomables”? Ella no plantea ninguna hipótesis. Mas proporciona un nuevo valioso dato. Porque refiere en efecto que durante el fenómeno terrorista que sacudió el Perú durante el período 1980–95, abandonado durante muchos años el pueblo, “fueron las mujeres las que volvieron. Muchas de ellas se habían casado con hombres de otros pueblos”.

¿Puede colegirse de ello que había originalmente más mujeres que varones? Sí, aunque no necesariamente.

Pero si además se relaciona esa hipótesis con todas y cada una de las características anotadas, se está entonces sin duda frente a un cuadro sico–sociológico muy especial.

¿No asoma pues la posibilidad de un espíritu aguerrido curtido por el sufrimiento, la constante adversidad y el heroísmo? ¿Es acaso inverosímil que las mujeres de Tupe –como ocurrió con las de Cañete– desde su ancestro sechín hayan sufrido reiterativamente el drama heroico del sacrificio masivo de sus esposos, por ejemplo durante los imperialismos Chavín, Wari e Inka –y recientemente durante el terrorismo de nuestras últimas décadas–?

Hay pues aún muchísimo por desentrañar en las excepcionales historias de Cañete y Tupe. Mas de todo lo antedicho, resulta virtualmente inaudito conjeturar que las mujeres de Tupe habrían aceptado una vergonzante claudicación de sus esposos frente a los ejércitos inkas. Porque son las mismas que orgullosas reivindican que “tampoco fueron sometidas a la hacienda feudal de los españoles” –como refiere Martha Hardmann–.

Por lo demás, nunca será muy difícil demostrar, a la luz de la historia, que los caracteres indómitos y aguerridos que con legítimo orgullo exhiben algunos pueblos del planeta, son el resultado de siglos y siglos de forja continua e indesmayable, y siempre en contextos muy específicos de lucha, en sucesivas pero honorables derrotas, y en continuas pero honrosas victorias.

Pero siempre además en el seno de poblaciones socialmente homogéneas y políticamente democráticas.

De allí que esos espíritus singulares y admirables no aparecen de la noche a la mañana, ni simplemente por azar. Se crean y cultivan. Terca y tenazmente, aunque quizá muchas veces los propios protagonistas no sean concientes de ello.

Todo parece indicar pues que, tanto la población de Cañete como la de su vecina y ancestralmente filial Tupe, fueron portadoras de ese espíritu indómito y aguerrido. No obstante, hoy son dos pueblos sustancialmente distintos.

A partir de la conquista española, la posición costeña, proximidad a Lima y riqueza agronómica de Cañete exacerbaron allí un intensísimo proceso de mestizaje, urbanización y aculturación en el que, al cabo de siglos, virtualmente ha desaparecido todo rastro de su enaltecedora cultura original. Y, sin que la mayoría de su población actual lo sepa, sólo queda de ella, como mudo y pobremente estudiado testimonio, el amplio abanico de sus ancestrales topónimos.

Tupe, en cambio, sin ninguna riqueza que ofrecer a Occidente, lleva cinco siglos física y culturalmente casi aislado, y casi congelado en el tiempo. Así, hoy, a las puertas de Lima, es una reliquia viviente del siglo XV.

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