EL MUNDO PRE-INKA: Sobre el “estado de la cuestión” en Historia  

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Alfonso Klauer

El Imperio Chimú

El Imperio Chimú –como veremos– fue sin duda el caso paradigmático de un modelo de desarrollo eminentemente oligárquico, despótico, centralista y urbano.

Chan Chan fue convertida en “ciudad de ciudadelas” –a decir de Kauffmann 86–. La mayor ciudad del mundo andino –como refiere Del Busto 87–, fue dotada de belleza increíble –según afirma Lumbreras 88–. En sus dieciocho kilómetros cuadrados pudo dar cabida a 75 000 o 100 000 habitantes 89.

Gigantescos palacios, anchas y largas avenidas, plazas, jardines, templos, edificios públicos, viviendas, reservorios y acueductos, almacenes y depósitos, talleres, cementerios, todo, Chan Chan exhibía todo lo mejor del desarrollo urbano alcanzado en los Andes.

Los palacios, en particular, lucían vistosos estucados en altorrelieve, así como pinturas murales y hornacinas. Chan Chan lució esplendorosa en su época, y fue vista con gran deleite –como, por cierto es vista también en nuestra época, como acertadamente anota Porras Barrenechea–.

Pero las ostentosas construcciones de Chan Chan, y la recargada y sofisticada indumentaria de la élite chimú, pusieron de relieve otro aspecto importante a considerar.

En efecto, quedó de manifiesto que tanto el uso directo como el indirecto del excedente podía tener forma sencilla, discreta –como en Tumbes y Piura o en Lima y Cañete–; o, en su defecto, como había ocurrido entre mochicas y moches, y como ocurrió en Chan Chan, hacer alarde de ostentación y derroche.

Coincidentemente, en la zona surcordillerana, en el valle del Cusco, al interior del pueblo inka, se venía poniendo en práctica una parecida política económica –de derroche–.

La ponderación y discreción observada en unos pueblos, ¿era necesariamente el resultado de una generación de excedentes de menor cuantía? El caso de Cañete –como veremos–, mostraría que no: su valle era riquísimo; tanto o más que el conjunto de los cuatro valles que explotaron los mochicas en Lambayeque, por ejemplo. ¿Era ésta quizá la excepción que confirma la regla? Y el derroche de otros, ¿necesariamente el resultado de haber dispuesto objetivamente de una gran riqueza, como en el caso de Chavín,Wari, Tiahuanaco y Chimú, y como luego harían los inkas? ¿Era esta la regla? ¿La mayor riqueza disponible daba necesariamente lugar al desarrollo de modelos oligárquicos, consumistas, centralistas y urbanos, a la postre intrínsecamente débiles y de vida cada vez más efímera? Es difícil dar respuesta a esas preguntas. Menos aún respuestas concluyentes, por lo menos por ahora.

Quizá con el concurso de estas hipótesis una investigación multidisciplinaria logre encontrar indicios y eventualmente pruebas suficientes.

El proceso político–social que se había estado dando en los Andes era, sin duda, complejo y dinámico. En ese contexto, en algún momento la situación empezó nuevamente a violentarse. El desarrollo material se vio reflejado en incremento poblacional. Supuso entonces mayor demanda de alimentos.

Mas este crecimiento del consumo debió generar una disminución equivalente en el excedente. Con ello disminuyó la posibilidad de consumo suntuario de las élites dirigentes.

Las demandas alimenticias de la población y de consumo suntuario de las élites fueron quizá los factores que más empujaron a los pueblos, nuevamente, a la guerra. No obstante, no era ésa, por supuesto, la única alternativa.

Pudo emprenderse el camino pacífico de incrementar la producción, aumentando la productividad. Ello, sin embargo, significaba invertir en infraestructura agrícola. Es decir, desplazar excedente que se destinaba al consumo suntuario de la élite y aplicarlo a inversión en más andenería, canales, bocatomas, caminos, etc. Esta solución aseguraba los intereses de toda la población en el largo plazo.

Pero, en lo inmediato, atentaba contra los intereses suntuarios de las élites.

La guerra de agresión, por el contrario, atentaba contra los intereses inmediatos de la mayoría de la población que, así como podía perder la vida en las batallas, o caer prisionera, podía perder la guerra y, con ella, gran parte de sus intereses. Por eso los campesinos no iban de buen grado a la guerra. El rechazo de los trabajadores del campo se expresaba en huidas masivas de la leva –como se atestiguaría durante el Imperio Inka–.

Las élites dirigentes, en la disyuntiva de atentar contra sus propios intereses inmediatos o atentar contra los intereses del resto de la población, optaron, lógicamente, por esto último. Lanzaron así a sus pueblos o naciones a las guerras de agresión y de conquista.

La élite de la nación chimú emprendió y concretó la conquista de los pueblos vecinos.

Por el norte sometió a los a los tallanes de Piura y Tumbes. Por el sur expandió sus territorios conquistando primero a los pueblos pescadores del Santa y luego a los campesinos de la costa de Ancash y llegando luego hasta el valle del Chillón 92, arrebatando así parte de su territorio al pueblo lima.

Con ello, a partir del siglo XIII, la élite chimú acabó encaramada en la cima de un novísimo imperio andino: el Imperio Chimú.

Durante gran parte de los siglos XIV y XV, esos territorios y pueblos conquistados estuvieron sometidos por completo a la dominación chimú. Además, en los siglos precedentes, el intercambio comercial había sido intenso entre esos mismos pueblos costeños.

Ambos hechos permiten pues entender que la lengua muchik de los dominadores chimú –que los cronistas españoles rebautizaron como yunga–, se hablara, aparentemente en varias versiones dialectales, en el vasto territorio comprendido entre Guayaquil y Lima.

En el extremo norte se hablaba el dialecto tallán. El sec en algunas partes de Piura, pero, según parece, también en Lambayeque.

Los chimú lambayecanos hablaban tanto en muchik como en quignam –según refiere Porras Barrenechea–.

Eventualmente, sec y quignam no serían sino diferentes nombres de un mismo dialecto, que bien pudo ser, incluso el idioma original de los sechín. Cierto y definitivo es, en cambio, que la última persona que habló sec murió en Lambayeque en la década del 70 de este siglo.

Del muchik se conserva la “Gramática de la lengua mochica”, trabajada en 1644 por fray Fernando de la Carrera, cuando ese idioma era todavía hablado por 40 000 personas –afirma a su turno Del Busto–.

Esta última cifra es absolutamente discutible y probablemente constituye un error muy serio (un “cero” de menos en estos menesteres es bastante significativo).

En efecto, con una población en todo el territorio de algo más de nueve millones hacia 1400 dC, puede asumirse que tanto como tres millones habitaban en el territorio dominado por los chimú.

Hacia 1644, esto es, a un siglo de iniciada la conquista española, la población andina efectivamente se había reducido casi a la décima parte de la que encontraron los conquistadores europeos. Pero no fue precisamente la costa norte sino el área surcordillerana la que llevó la peor parte del monstruoso genocidio. Puede entonces asumirse que tanto como 400 a 500 mil personas hablaban todavía muchik para esa época.

No obstante, no deja de parecer extraño que el muchik desapareciera, aparentemente al menos, antes incluso que el sec. Podría sin embargo explicarse la pervivencia de éste a la muy especialísima devoción de un grupo, luego una familia y al final un individuo.

No obstante, la desaparición de un idioma tan masivamente hablado en la costa, como el muchik, demanda un análisis exhaustivo. Nuestras hipótesis a ese respecto aparecen en En las garras del imperio, porque la responsabilidad de la final desaparición de ese idioma se concretó en el contexto del dominio imperial español.

De entre los pueblos que estuvieron sometidos a la dominación chimú, puede presumirse que ninguno sufrió cambio tan drástico como el pueblo tallán de Tumbes.

En efecto –como se adelantó en la Nota 45 del Tomo I–, a la llegada de los primeros conquistadores europeos a Tumbes, esto es, pocas décadas después de la caída del Imperio Chimú (y en consecuencia también del Imperio Inkas que había conquistado a éste y todos sus dominios), el valle de Tumbes tenía ya tanto como 114 000 hectáreas cultivadas.

Es decir, durante la prolongada dominación Chimú (porque la dominación inkas sobre Tumbes fue comparativamente muy corta), el pueblo tallán habría experimentado un extraordinario e inusitado crecimiento de la actividad agrícola: el territorio cultivado se había multiplicado varias veces. ¿Acaso por una repentina gran vocación agrícola de los tallanes tumbesinos? No, más verosímil es que los conquistadores chimú hubieran alejado a miles de aquéllos de su actividad ancestral, el comercio, y en particular el marítimo internacional, orientándolos compulsivamente hacia la agricultura.

¿Por qué? Porque el comercio marítimo internacional que realizaban los tallanes no sólo era una actividad muy lucrativa y estratégica, sino que rivalizaba con la de los propios y al fin y al cabo buenos navegantes chimú. Casi con seguridad, fue la conquista de los inkas mediterráneos y cordilleranos, la que devolvió a gran parte de los tallanes a su ancestral oficio mercantil.

La conquista de todos esos pueblos y territorios, de casi 150 000 Km2, que a fines del siglo XIII habría albergado a tanto como tres millones de personas, permitió a la élite, pero también a la nación chimú, incrementar significativamente sus intereses: más fuerza de trabajo disponible, mayor variedad de recursos, y eventualmente incluso nuevas tecnologías, etc.–.

Las guerras de este período, tanto desde las perspectiva de los agresores como de los pueblos que se veían amenazados, pusieron de manifiesto la necesidad de modificar significativamente la importancia de algunos de los rubros a que se destinaba el excedente.

Así, habrían crecido los presupuestos de las fuerzas armadas (instalaciones, armas, avituallamiento, etc.), inteligencia y relaciones internacionales.

Si cada élite, en función de sus intereses y para alcanzar sus objetivos, era capaz de lanzar a su nación a la guerra, era entonces tambien conciente –o intuía– que de otro tanto eran capaces las élites vecinas. Había pues que cuidarse estudiando los intereses y objetivos de los vecinos, así como sus fortalezas y debilidades, tanto políticas y militares como económicas y sociales.

La inteligencia estratégica –que no otra cosa era aquello– y el espionaje, permitían advertir las probables acciones futuras de los vecinos. Y permitía también diseñar acciones de manipulación y zapa, en unas circunstancias, y alentar alianzas tácticas y estratégicas en otras.

Clara y nítidamente apareció esto último, por ejemplo, cuando más tarde, ante la amenaza inkas (que ostensiblemente recurría a acciones de manipulación diplomática, y amedrentamiento y zapa), los chimú pactaron alianza con los cajamarcas, con quienes lucharon juntos contra el ejército imperial inkas –como reconoce Del Busto–.

Para los chimú, pues, ya no eran suficientes las dos grandes murallas que protegían a Chan Chan de cualquier amenaza que pudiera llegar desde el norte. Conforme fueron avanzando hacia el sur fueron destinando grandes sumas y esfuerzos (de los pueblos conquistados) para consolidar militarmente la ampliación de sus territorios.

Así se explica la construcción de la gigantesca muralla del Santa o “Mayao”, de 66 kilómetros de largo y con una altura promedio de 3 mts. y las catorce fortificaciones de que está acompañada 99; así como la construcción de la gran la fortaleza de Paramonga, al norte de Lima (que habría de servirles, décadas más tarde, para detener por algún tiempo a los ejércitos imperiales inkas).

El novísimo Imperio Chimú hizo pues crecer significativamente su territorio. Capturó nuevas tierras, cursos de agua, bancos de peces y canteras, acrecentando la producción agrícola, ganadera, pesquera y minera de que dispuso. Y asimismo capturó gran número de prisioneros de guerra –el más antiguo tipo de mitimaes–, que quedaron convertidos en yanaconas, al servicio personal de la élite dominante. En Chan Chan, por ejemplo, una amplia zona de casas modestas –“la barriada” 102–, albergó a miles de esos yanaconas.

En resumen, todo muestra que el proyecto nacional que emprendieron los chimú tras librarse del yugo Wari, había quedado sustituido, en los albores del siglo XV, por un proyecto de grupo: el de la élite. Élite que, en esas circunstancias, dejó de ser dirigente para convertirse en dominante e imperialista.

El proyecto de grupo de la élite dominante chimú fue equivalente a aquel otro que había imperado siglos atrás entre los moche.

Fue, efectivamente, consumista, porque privilegió el consumo; centralista, porque hizo confluir una cantidad extraordinaria de riqueza desde todo el territorio imperial hasta el valle de Moche; urbano, con Chan Chan como el mejor testimonio; ostentoso, porque dio énfasis al consumo suntuario; oligárquico, porque la élite dirigente acaparando el poder acaparó los beneficios y privilegios; despótico, porque prescindió de considerar los intereses y objetivos del resto de la población; e imperial, porque se impuso por la fuerza sojuzgando a otros pueblos y naciones andinas.

El existencia de Chan Chan como el único centro urbano altamente desarrollado e implementado en el vasto territorio imperial, pone de manifiesto cuán castrante y frustrante resulta el modelo imperialista para los pueblos sojuzgados. Ninguno de éstos alcanza a lucir sino el más pobre subdesarrollo material e infraestructural de su época.

Por el contrario, y para demostrarlo una vez más, resulta suficiente el hecho de que allí donde los pueblos pudieron seguir teniendo un desarrollo autónomo, dieron muestras de una mayor y propia capitalización “descentralizada”.

Fue el caso, en las áreas cordilleranas norte y central, de los pueblos que dejaron los testimonios arqueológicos de Collur y las Ventanitas de Otuzco, en Cajamarca (1); Marcahuamachuco, en Huamachuco (2); Tantamayo, en Huánuco (3); Hatunmarca, en Jauja (4); Vinchos y Korivinchos, en el valle del Mantaro (5); Kuelap”, en Chachapoyas (6), y; Pajatén (7) y la recientemente descubierta “ciudad perdida” de Conturmarca, en provincia de Mariscal Cáceres en el departamento de San Martín.

Es decir, estamos hablando pues de los cajamarcas, huamachucos, huánucos, tar- mas, huancas ychachapoyas, que pugnaban –cada uno, e independientemente del resto–, por materializar su propio proyecto.

Pues bien, hacia el año 1400 dC, la sociedad que albergaba el Imperio Chimú lucía marcadamente estratificada. Al poderoso grupo dominante sucedían el conjunto de especialistas que habitaban Chan Chan y, rodeados de algunos privilegios, los dirigentes sumisos de los pueblos conquistados. A éstos seguían la población campesina chimú y luego las poblaciones campesinas de los pueblos sometidos. Y, finalmente, los esclavizados mitimaes y yanaconas de esos pueblos sojuzgados.

Cada estrato, ya fuera explícita o quizá sólo implícitamente, reivindicaba para sí sus propios intereses y objetivos. Éstos no solamente eran distintos entre cada estrato, sino que incluso, y aunque por lo general de manera encubierta, muy propablemente eran mutuamente opuestos y contradictorios. Ello sería particularmente obvio en el caso de la confrontación entre la élite y los yanaconas y mitimaes esclavizados por aquélla.

A la postre, como había ocurrido ya en múltiples ocasiones anteriores, ese profundo agrietamiento y división de los grupos sociales del imperio, tendría gravísimas consecuencias: era su más ostensible fuente de debilidad. En particular y dramáticamente, cuando, amenazándolos por igual a todos, cayeron sobre la costa los ejércitos imperiales inkas, Éstos, sin pena ni gloria, casi de un plumazo, terminaron conquistando al Imperio Chimú y a los pueblos que éste había mantenido sojuzgados.

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