EL MUNDO PRE-INKA: Sobre el “estado de la cuestión” en Historia  

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Alfonso Klauer

El comercio: vehículo pacífico de expansión cultural

Pero generar excedente agrícola suponía, además, contar con producción intercambiable.

Ello permite explicar por qué los chankas mantuvieron, desde muy antiguo, estrecha relación con sus vecinos, de los que recibieron aquello que a éstos, a su vez, resultaba excedentario.

Quizá en su origen ese intercambio comercial haya sido sólo de comestibles. Siglos más tarde el trueque se amplió haciéndose extensivo a muchos otros bienes, incluyendo por cierto alimentos preparados y bebidas. Y junto con estos últimos pasaron de un pueblo a otro, quizá involuntaria pero irremediablemente, los recipientes de cerámica que las contenían. Después, sin duda, la propia vajilla de cerámica fue objeto de ese comercio.

En los primeros y viejos tiempos de agricultura inicial, el intercambio de alimentos no supuso sino la diversificación del consumo alimenticio de los pueblos involucrados.

Pero el trueque permitió a los pueblos romper la monotonía de la producción local y pasar a consumir lo que la naturaleza ofrecía en distintos pisos ecológicos y en variadas latitudes.

Imperceptiblemente, sin embargo, el proceso era más complejo. De ello vinieron a darse cuenta, muchos siglos después, cuando repararon en que con los productos alimenticios que intercambiaban llegaba también una rica y variaba información: clima y tipo de suelo en que ese alimento podía ser cosechado, cantidad de agua que requería para producirse, etc. Inclusive muchos productos eran, o portaban dentro de sí, la semilla necesaria para su reproducción. Es decir, el intercambio propiciaba un lento pero riquísimo proceso de diversificación dentro de cada pueblo e, inadvertida y simultáneamente, de homogenización cultural entre los pueblos.

La difusión cultural se amplió con el intercambio de productos elaborados. Los alfareros de un pueblo, por ejemplo, obtenían valiosísima información cada vez que llegaba a sus manos un ceramio extranjero. Rescataban de cada nueva pieza todo aquel dato que les permitía mejorar su propia producción.

Ensayando, observando, estudiando e innovando habían dado los pasos iniciales de su trabajo productivo, mas el trueque facilitó que, alternativa o complementariamente, los especialistas recurrieran también a imitar o copiar.

Siendo fronterizos, los pueblos chanka e ica establecieron, desde períodos muy remotos, un fructífero intercambio. Ese trueque comercial permite entender la similitud entre las cerámicas de las culturas Chupas y Paracas Cavernas, elaboradas entre los años 700 y 600 aC. Explica también que más tarde, entre los años 500 y 100 aC, se siguiera dando semejanza entre las alfarerías de esos pueblos en sus versiones Rancha y Paracas Necrópolis. Y, por último, da cuenta de las similitudes que, entre los años 100 y 400 dC, se dieron entre las cerámicas de las versiones culturales Huarpa y Nazca.

Esa manifestación nazquense en Ayacucho corresponde al período en que se dio gran beligerancia entre las naciones andinas.

Sin embargo contra lo que podría imaginarse –, esa presencia de la cultura Nazca en valles de la cordillera presuntamente no significó que la nación ica (nazca) hubiera invadido el territorio ayacuchano. No hay indicadores de ocupación nazquense allí –afirma categóricamente Lumbreras. Pero, pacíficamente, a través del comercio que llegaba principalmente de la costa pero también desde el Altiplano en ese período, la influencia y los consecuentes beneficios que iba obteniendo el pueblo chanka eran ostensibles e incuestionables.

Desde muy antiguo, los artesanos se las ingenieron para decorar vasijas y tejidos. El conjunto de imágenes con las que se adornaron los objetos, es decir, su iconografía, era también un retrato del mundo, un eficaz vehículo de información y de difusión entre los pueblos. A través de esa parte del trabajo de los artesanos, los pueblos ofrecían el testimonio de su flora, fauna y riqueza natural.

Pero también de sus usos y costumbres. Y de sus héroes, mitos y sus dioses.

Variada y rica información fluía con y en los objetos, aun cuando el intercambio se concretara sólo en la frontera. No obstante, no siempre era así. En múltiples ocasiones, y en muchos casos, en efecto, los propios comerciantes cruzabas las líneas divisorias y llegaban al pueblo anfitrión portando su mercancía.

En el peor de los casos, con señas y otros ingeniosos modos se superaban las barreras idiomáticas. En otros, los comerciantes demostraban sus eficaz bilingüismo. Y en el mejor de los casos, los dos pueblos hablaban el mismo idioma, o variantes idiomáticas que, con la frecuente interacción que promovía el comercio, se hacían, precisamente, cada vez más inteligibles.

Todo ello permitía reforzar, incluso como argumento que incentivaba aún más el intercambio, toda aquella información de la que implícitamente era portador el objeto: usos, técnicas de confección, representación iconográfica, etc. Los tratantes, en el resto de sus conversaciones, dejaban otro cúmulo de información: costumbres, tradiciones, religión, idioma. Y quizá, a instancias de algunos de sus interlocutores, aquella otra referida al territorio de donde provenían, sus riquezas disponibles, organización, ejército, defensas, etc. Y también, involuntaria o deliberadamente, viendo y oyendo, recogían otro tanto del pueblo anfitrión.

Así, más allá de su voluntad –e, incluso en muchos ocasiones, a pesar de ella–, los comerciantes se constituyeron pues quizá en los más importantes protagonistas de la difusión cultural, y, claro está, del espionaje. Ya sea relacionando directamente, de manera intensa y permanente, a pueblos aledaños; o, a manera de puente, vinculando indirecta, tenue y esporádicamente a pueblos no fronterizos.

Así, el intercambio habría permitido al pueblo ica, durante la cultura Paracas, convertirse en el puente que vinculó los pueblos ubicados al norte de su territorio con los que estaban al sur y sureste del mismo. Así, por ejemplo, por mediación de los paracas, habrían llegado a construirse templos de lejano parentesco chavinoide en Ayacucho.

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