EL MUNDO PRE-INKA: Sobre el “estado de la cuestión” en Historia  

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Alfonso Klauer

El Imperio Wari

Los hombres de Pacaicasa, según las evidencias conocidas hasta hoy, habrían sido los iniciadores de la Cultura Andina –como afirma Del Busto–.

Los vestigios de estos primitivos y pequeños grupos de recolectores–cazadores que habitaron la cueva de Pikimachay, en Huanta, 20 Kms. al norte de la ciudad de Ayacucho, serían los más antiguos del territorio andino. Datarían del año 20 000 aC.

El área cordillerana de Ayacucho resultó lo suficientemente benigna a los pocos recolectores–cazadores que empezaron a poblarla, como para asegurar su subsistencia, multiplicación y pervivencia a partir de entonces.

El hombre dispuso allí de protección, agua dulce y alimentación.

Sólo así puede explicarse que la cueva de Pikimachay fuera reiteradamente ocupada por más de cien siglos.

Además del hombre de Pacaicasa, en la cueva de Pikimachay, en efecto, han dejado testimonio sucesivo y superpuesto otros grupos a los que la arqueología reconoce con otros tantos nombres: Hombre de Ayacucho (16 000 – 12 000 aC); Hombre de Huanta (11 000 – 8 000 aC); Hombres de Puente y Jaywa (8 000 – 6 000 aC); Hombre de Piki (6 000 – 4 000 aC); Hombres de Chihua y Cachi (4 000 – 2 000 aC).

Todos esos testimonios prueban el prolífico y exitoso poblamiento de esa parte de la cordillera. Población que, como pocas en el extenso territorio andino, fue acumulando de esa manera una larga y riquísima tradición.

Tradición a la que sin duda pertenecen también, aunque de datación más reciente, los vestigios de la Cultura Chupas (600 aC), cuya población probablemente alcanzó a caer bajo la hegemonía de chavín. Y a la que después corresponden las evidencias de la denominada Cultura Rancha (500 – 100 aC), encontradas en el área de la actual ciudad de Ayacucho. Y tradición histórica a la que corresponden, además, los testimonios de la Cultura Huarpa (0 – 400 dC), cuyos creadores fueron pues contemporáneos de moches y mochicas, nazcas y kollas.

Y tradición a la que finalmente pertenecen además los protagonistas del segundo imperio de los Andes: Wari, cuyo despegue probablemente se concretó en torno al 800 dC.

Como vinos antes para el caso del Imperio Chavín, también en este caso gran parte de la historiografía tradicional ha optado por la mimetización del Imperio Wari bajo el neutro e impoluto nombre de “Cultura Huari”. A lo sumo como hace Del Busto, se habla de un “posible” y de un “presunto” imperio (aun cuando en su texto proporciona evidencias incontrastables de conquistas militares y sojuzgamiento imperialista).

Pues bien, hablando sucesivamente de las culturas Chupas, Rancha, Huarpa y Huari, y tratándolas en general como compartimentos estancos –casi sin vinculación entre sí y menos con los remotos habitantes de la cueva de Pikimachay–, la historiografía tradicional ha logrado soslayar la responsabilidad de definir qué pueblo –o pueblos– habrían sido los protagonistas de aquéllas.

Así –en lo que nos parece una penosísima consecuencia– se ha logrado, por añadidura, desvincular en los textos de historia a los ayacuchanos de hoy con la más remota y prolongada historia de los Andes que, sin duda, les es propia e inalienable.

Del Busto, hablando de la Cultura Huarpa, la predecesora inmediata de Wari, nomina a sus protagonistas como “huarpas”. Pero luego, hablando de la Cultura Huari, atribuye su autoría a unos genéricos e imprecisos “guerreros de Huari”. ¿Por que, entonces, no llama “waris” o “huaris” a éstos? Mas nominarlos “waris” no es la única ni parece ser la mejor alternativa. Veamos.

El propio Inca Garcilaso de la Vega, en el siglo XVI, reconoció que en área ayacuchana fue a la “nación chanca” a la que vencieron y conquistaron los inkas. ¿De dónde pues había surgido esa nación? ¿Y cuándo y cómo se apoderó ella precisamente y nada menos que del territorio desde donde se había expandido y adquirido forma el Imperio Wari? Pues será el propio Del Busto –paradójicamente, diremos–, quien nos dé el derrotero.

Dice en efecto, hablando de los chankas, que “su país [fue] la hoya del río Pampas”, esto es precisamos, el centro de gravedad del territorio ayacuchano (como bien puede apreciarse en el Mapa N° 16). Y dice también que los susodichos chankas, a través de sus leyendas, se reputaban originarios de la laguna de Choclococha, allí donde justamente nace el caudaloso río Pampas.

¿Y qué tan antiguo habría sido ese asentamiento de los chankas en torno a las márgenes del Pampas? Según Julio C. Tello –el llamado padre de la arqueología peruana–, y según Rafael Larco Hoyle –citados ambos por Del Busto–, se “encuentra en los chancas una vinculación con Paracas...”.

Siendo que esta cultura fue contemporánea de Chavín, los chankas, entonces, tenían un milenario asentamiento en los valles ayacuchanos. Hay pues razones absolutamente suficientes para considerar que la nación chanka que conquistaron los inkas fue la misma que siglos antes, por intermedio de los distintos grupos humanos que contribuyeron a formarla, fue la protagonista de las culturas Chupas, Rancha y Huarpa, y luego la que formó y hegemonizó en el Imperio Wari (tal como presentamos más adelante en el Mapa N° 17).

La historiografía tradicional, sin embargo, no razona en los mismos términos. Así, Del Busto, el mismo que nos ha permitido conocer cuán antiguo fue el asentamiento chanka en el territorio ayacuchano, como por encanto los hace desaparecer durante el imperio Wari para colocar en su lugar a esos imprecisos y desconocidos “guerreros Huari”.

Para luego –en lamentable absurdo y confusión, que ha confundido a muchos– hacerlos aparecer otra vez, pero como “invasores bárbaros” y nada menos que propinando el “golpe de gracia” al Imperio Wari.

Sin dudas, reconozcamos pues como chanka a la más remota y longeva nación de los Andes. Por lo demás, un solvente lingüista como Torero, reconoce también genéricamente con ese nombre a los pobladores del área ayacuchana.

Como muestra el mapa, los distintos ayllus de la nación chanka ocupaban el área cordillerana formada por la pronunciada curva del Mantaro y las caudalosas aguas de sus tributarios los ríos Pampas, Pachachaca y Apurímac. Esto es, una diversidad de valles interandinos entre los que sobresale el del Huarpa. Precisamente en éste los chankas forjarían las culturas Rancha y Huarpa. Más tarde fue en sus inmediaciones que se erigieron primero Ñawinpuquio y luego la gran ciudad de Wari (y hoy está asentada allí la ciudad de Ayacucho o Huamanga).

Desde ese territorio central, de casi 20 000 Km2, alcanzaron a afianzar su dominio territorial sobre el área que incluye la cabecera del río Pisco y gran parte de los departamentos de Huancavelica y Ayacucho y la provincia de Andahuaylas, es decir, sobre un total de algo más de 50 000 Km2.

Más tarde, entre los siglos IX y X, en clara hegemonía imperialista, la nación chanka desde su sede central en la ciudad de Wari, conquistó una vastísima extensión del territorio andino.

Como muestra el gráfico del Mapa N° 16, la mayor parte del territorio ayacuchano está entre los 2 700 y 3 500 metros sobre el nivel del mar. Así, es obvio que el chanka era y es un pueblo eminentemente cordillerano. Como también lo fueron los protagonistas centrales del Imperio Chavín, asentados sobre los 3 000 m.s.n.m. Y como también lo serían los gestores del posterior Imperio Inka, cuya capital, el Cusco, está a 3 400 m.s.n.m.

¿Puede considerarse una simple casualidad que los tres únicos imperios de amplitud panandina de la historia peruana, hayan tenido su sede en la cordillera, y no en la costa? Quizá sea en efecto una simple coincidencia.

¿Qué impide, sin embargo, postular una o más hipótesis alternativas, cuyas respuestas podrían ayudar a comprender mejor nuestra historia, y a proyectarnos a partir de ella con más probabilidades de éxito en el futuro?

Una primera, que la ciencia médica bien puede contribuir a deslindar definitivamente, es que, genéricamente, parece más fácil al hombre cordillerano desenvolverse en la costa, que al costeño desenvolverse en las alturas. Así, pero ya específicamente, el guerrero cordillerano en la costa sería más eficiente que el soldado costeño en las alturas o laderas cordilleranas.

¿No contribuiría ello a explicar, en principio, el coincidente mayor éxito histórico–militar de los pueblos cordilleranos?

Complementariamente, y aunque asome también como de perogrullo, todo parece indicar que los ataques militares –aunque también las defensas– son más exitosos cuando se acometen “de arriba hacia abajo” que a la inversa. Ello también coadyuvaría a entender el coincidente éxito histórico–militar de chavines, chankas e inkas.

¿Será acaso que porque estas hipótesis asoman como tan simples y obvias, es que la historiografía tradicional no las ha planteado nunca? ¿Asume entonces ésta, que por obvias y simples, aquéllas están sólida y firmemente instaladas en la mente de los peruanos? ¿Y que por simples y obvias son lecciones que la historiografía no explicita para no ofender la inteligencia de los peruanos?

Pues bien, si todo ello es claro y nítido, ¿cómo explica entonces la historiografía tradicional que en los casi doscientos años de nuestra historia republicana, estructural y sistemáticamente se venga cometiendo el monumental error de tener y mantener la inmensa mayoría de nuestras costosísimas infraestructuras militares y no menos costosas fuerzas armadas en la costa y no en la cordillera? ¿Acaso porque lo que parecía obvio en realidad no lo era? ¿O acaso porque los que más y mejor debieron aprenderlas son los únicos que no han aprendido las lecciones implícitas de la historia –ni los aprensivos silencios de la historiografía–? ¿No es monumentalmente suficiente este ejemplo para concluir que hasta lo que parece más simple y obvio de la historia hay que explicitarlo? Porque siempre serán menos costosas las cuatro líneas de su presunto exceso de palabras, que los miles de millones de dólares de mal gasto militar acumulado en doscientos años.

Pues bien, herederos de esa rica tradición fueron también, aunque posteriormente, en el siglo XVI –según refiere Garcilaso 15, los ayllus de los hancohuallus (a), los utunsullas (b), y los urumarcas (c), que compartían el valle del río Pampas; los vilcas (d), de la meseta que está sobre la orilla izquierda del mismo río Pampas; los pocras (e), de los valles que circundan la actual ciudad de Ayacucho; los iquichanos (f), de las montañas de Huanta, al norte de Ayacucho; los morochucos (g), de Cangallo, sobre las nacientes del Pampas; los chankas (h) de Andahuaylas; y los tacmanes y quiñuallas (i) asentados entre Abancay y la cordillera nevada. Y ciertamente y entre otros muchos, los lucanas (j), de la margen derecha del Pampas y vecinos de los nazcas (ver sus correspondientes ubicaciones en el Mapa N° 16).

Disponiendo desde antiguo de agua y tierras, se dieron entonces condiciones suficientes para el trabajo agrícola. Sin embargo, el perfil topográfico en la zona es tan agreste que reduce drásticamente los valles a estrechas y en algunos casos insignificantes franjas de tierra. Así, al cabo de miles de años de lento proceso de poblamiento, esos reducidos espacios fértiles quedaron plenamente ocupados.

En adelante fue pues inevitable incorporar a la agricultura laderas y pendientes, cada vez más pronunciadas, cada vez menos fértiles.

La tarea agrícola constituyó, pues, un titánico desafío. En respuesta, varios siglos antes del inicio de nuestra era, ya los gestores de la cultura Rancha, como también hicieron sus similares de otros rincones de los Andes, resolvieron parte de la demanda alimenticia mediante la esforzada construcción de toscos andenes 16. Ello constituyó una trascendental modalidad de ampliación de la frontera agrícola andina.

Los andenes significaron, además, y particularmente en las zonas de pendiente más pronunciada, una adecuada solución contra el carácter erosivo de las lluvias; permitieron el máximo aprovechamiento agrícola del agua, y atenuaron los huaicos –la acción aluvional y destructiva de las lluvias torrenciales–.

También aquí debe observarse que son sólidas las evidencias de una muy vieja andenería chanka, muchos siglos anterior al Imperio Inka.

No obstante, deformándose una vez más la historia, y usurpando indebidamente ahora a otro pueblo una de sus conquistas más notables, la historiografía tradicional ha sembrado empecinadamente en la mente de los peruanos el falso dato de que fue mérito del Imperio Inka la difusión de la andenería.

Algunos siglos después, durante la fase cultural Huarpa, se prosiguió en la titánica construcción de andenes, y se construyó los primeros canales, como el de Racay Pampa.

Y reservorios, depósitos y graneros como los de Quicapata. Mas había también un templo piramidal, mansiones, recintos públicos, así como plazas y patios.

El tesonero esfuerzo, la habilidad agrícola y la abundancia de agua, permitieron cosechas que, sin duda, facilitaron y propiciaron el crecimiento poblacional.

Entre los años 200 y 400 dC, cuando el pueblo chanka seguía todavía forjando pues la cultura Huarpa, la población debió alcanzar una cifra relativamente alta, a juzgar por la presencia de casi trescientas pequeñas aldeas 18 desperdigadas en el territorio.

Habida cuenta de una presumible gran densidad poblacional, la existencia de depósitos y graneros advierte sin duda entonces de la existencia de una gran producción agrícola, capaz de generar incluso pues una producción transitoriamente almacenable. Pero la existencia de depósitos y graneros permite saber también que los chankas tuvieron conducta previsora.

Los chankas, hace casi dos mil años, tenían cabal conocimiento de la irregularidad de los ciclos pluviales: lluvia – sequía, y sus consecuencias.

Con una permanencia tan prolongada como la que tenían en ese territorio, habían experimentado, además, las desastrosas y hambreadoras consecuencias de las episódicas –pero también reiterativas– situaciones extremas: sobreabundancia de agua – sequía grave.

La previsión de almacenar era, pues, el resultado de un adecuado conocimiento de los ciclos de la naturaleza. Previsoramente se almacenaba los excedentes cosechados durante la temporada de abundancia para consumirlos así en los de escasez.

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