EL MUNDO PRE-INKA: Sobre el “estado de la cuestión” en Historia  

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Alfonso Klauer

Las trampas de la divinización del poder

En aquel primer milenio de nuestra era, para todos debe haber sido harto evidente que los pobladores del campo trabajaban tanto como los de la ciudad (quizá 12 horas diarias unos y otros). En razón de ello, las élites moche, nazca y/o de Tiahuanaco difícilmente habrían proclamado la falacia de que los beneficios y privilegios de que disponían eran el fruto de “su” trabajo.

Ello equivalía a proclamar el absurdo de que el trabajo producía a unos riqueza y a otros pobreza. Y difícilmente se argüiría por entonces que los privilegios se debían a las distintas “calidades” del trabajo que desempeñaban unos y otros (aparentemente este argumento sólo se esgrimió mucho más tardíamente).

Frente a los desiguales resultados de similares esfuerzos, al interior de cada grupo humano fue necesario e importante encontrar y dar una explicación convincente. Era imprescindible tener una justificación consistente para mantener la unidad y estabilidad de esas sociedades estratificadas, evitando la escisión, la fragmentación; porque la frustración y la insatisfacción alimentan el fenómeno escisionista, fragmentalista. Siempre han sido su mejor fermento.

casos con objetivos transformadores –revoltosos, revolucionarios o subversivos, diríamos hoy, dependiendo de la virulencia de los gestos y palabras y de la violencia de las acciones–. Y en otros, alternativamente, con objetivos escisionistas, los grupos descontentos buscaban conquistar un territorio propio donde aplicar autónomamente un proyecto que los beneficie.

No obstante, debe reconocerse que los objetivos transformadores –como los escisionistas – no necesariamente eran concientes ni explicitos cuando recién empezaban a gestarse.

Como en todo proceso, sólo alcanzaban ese nivel al cabo de un período de maduración.

Alcanzado éste, o en trance de serlo, también el mundo andino asistió a episodios violentísimos en los que se registró innumerables casos de magnicidio, por ejemplo. Si se dio entre los inkas, muy probablemente también se dio desde mucho antes.

La estratificación social daba cuenta del conjunto de subgrupos de que realmente estaba compuesta cada grupo social –nación o pueblo–. O, si se prefiere, mostraba las fracciones en que, de hecho, y más allá de la conciencia lúcida de sus miembros, estaba dividida cada sociedad. Cada uno de los subgrupos era internamente homogéneo: tenía y defendía los mismos intereses y aspiraba alcanzar los mismos objetivos.

En definitiva, cada subgrupo, cada estrato, era implícitamente portador de un proyecto, de su propio proyecto. Con excepción del grupo dirigente, el resto de los subgrupos enarbolaba, implícitamente, con mayor o menos énfasis cada uno, objetivos transformadores o, en el extremo, escisionistas.

Si no había una explicación clara y contundente de por qué el todo –esto es, la nación o el pueblo– debía permanecer unido, el grupo dirigente corría riesgos muy graves:

Los grupos o subgrupos descontentos siempre han pugnado por cambiar el proyecto en vigencia por uno en el que, legítimamente, también ellos alcanzaran beneficio. En unos el riesgo de transformación de la sociedad, en el que, necesariamente, quedaría desplazado –y hasta podía quedar exterminado–; o, tan grave como aquél, el riesgo de escisión, esto es, el de quedar privado del concurso de muchos de aquellos que generaban la inmensa mayor parte del excedente, y por ende, el riesgo de perder la posibilidad de seguir acumulando privilegios.

Alguna poderosa razón debía enarbolarse pues para que no se produjera el rompimiento o la escisión del conjunto social, para evitar que cada subgrupo emprenda autónomamente su propio proyecto.

Debía existir “algo” que mantuviera unida, re–unida, a la sociedad. Era necesario “algo” que, manteniendo la división social, fuera argumento suficiente para mantener la unidad nacional. “Algo”, pues, que garantizara la unidad espacial, esto es, mateniéndose la unidad del territorio.

“Algo” debía esgrimirse, además, para que los sectores que se perjudicaban con el proyecto en vigencia aceptaran que era “lógico”, “natural” e “inevitable” que así fueran las cosas. Para que aceptaran que “no debía ni podía” ser de otra manera.

Y para que, sin mayores objeciones, siguieran creando excedente y aceptando, hasta de buen grado, que otros se beneficiaran de él.

“Algo” debía explicar consistentemente por qué las cosas ocurrían así, habían ocurrido así en el pasado y deberían seguir ocurriendo así en el futuro.

En definitiva, “algo” debía garantizar también la unidad temporal, que el mismo conjunto social se mantuviera unido en los siglos siguientes. La exigente explicación tenía que ser capaz, pues, de asegurar unidad en el espacio y en el tiempo.

Para justificar los privilegios y la estratificación social, en ausencia de razones objetivas, en los pueblos y naciones se habían estado gestando, desde tiempo atrás, intrincados conjuntos de ideas, o, si se prefiere, elaboradas formulaciones ideológicas. A través de ese conjunto de ideas, a través de la ideología, los seres humanos buscaban tener una apreciación de su historia, de sí mismos y del mundo que los rodeaba y, del futuro.

El contorno físico, las propias experiencias vividas, el idioma, etc. condicionaron que en cada nación la formulación ideológica fuera propia. Sin embargo, más allá de las distinciones aparentes, prácticamente todas las ideologías andinas coincidieron en dar esencialmente la misma explicación para el fenómeno de la división y la estratificación social y sus resultados selectivos y excluyentes.

En efecto, todas las versiones ideológicas atribuían a razones divinas la existencia de grupos privilegiados: los kurakas –se decía– eran descendientes del fundador y éste había sido dios o hijo de dios. Según esto, la existencia del kuraka, del grupo dominante que lo rodeaba, y de los privilegios de que gozaban, era, entonces, voluntad divina y sabia, decisión suprema, incuestionable e inapelable.

Si ese fue el caso del Inka entre los inkas, nada impide pensar que también lo fue el del presunto Chimo Cápac chimú –al que derrotaron los inkas–, y el del no menos presunto Chincha Guavia Rucana de los chinchas. Y que mucho antes lo habría sido el Cie–Quich entre los moches. Y el de Cium, el primogénito, y el del resto de los demás descendientes del divinizado Naylamp de los mochicas.

En tanto decisión divina, “tenía” pues que ser acatada por todos. Con lo cual se garantizaba la necesidad de unidad espacial. Y, como decisión divina, “era válida” en el presente, había sido válida en el pasado y era válida para el futuro. Garantizaba, también, entonces, la unidad en el tiempo.

La ideología era, precisamente, entonces, el elemento que jugaba el papel de “cemento” aglutinador –en el espacio y en el tiempo – de las distintas partes en que estaba dividida cada nación, cada sociedad.

La mística justificación ideológica era, pues, falaz y encubridora. Con gran eficiencia, en efecto, disimulaba que, como el que se aplicaba era el proyecto del grupo dominante, tenía, lógicamente, que beneficiar a ese grupo –perjudicando al resto–.

Ese encubrimiento sólo beneficiaba a los grupos dominantes. De allí que esa ideología encubridora, ese “cemento” aglutinador, constituía un elemento importantísimo en el proyecto de las élites dominantes. Así las cosas, al cabo de varios siglos de frustrada aplicación y distorsión de sus proyectos nacionales, las diversas naciones en los Andes vieron sobrevenir, otra vez, e idéntico, al mismo cataclismo político–social que siglos atrás había liquidado al Imperio Chavín.

El exceso en concentrar riqueza improductiva, el lujo estéril, el abuso y la prepotencia, eran latente exteriorización de la decadencia en que caían y arrastraban a sus sociedades algunos grupos dirigentes. Esos vicios se comportaban como “disolventes”, como factores disgregantes, neutralizando y debilitando el papel cohesionante y aglutinador de la ideología.

Como insinúa el Gráfico N° 37, las exigencias de las poblaciones sojuzgadas y dominadas no fueron sin embargo los únicos elementos de desestabilización de las sociedades andinas. Ni los vicios de las élites sus únicos factores disgregantes. Las ambiciones internas y pugnas entre las distintas fracciones de la élite dominante, que por lo general involucran al todo el cuerpo social de una nación, fueron muchas veces la más eficiente modalidad de debilitamiento y quiebre de las sociedades. Sin duda ningún ejemplo fue tan patético y trágico como el prolongado y cruento enfrentamiento que lideraron Huáscar y Atahualpa.

¿Por que no suponer que se dieron sucesos parecidos y hasta equivalentes también en Chavín y el Imperio Wari, y acaso también en Chimú y Tiahuanaco? Quizá nunca se sepa. Pero la hipótesis no puede descartarse desde que Del Busto recoge la versión de que, muchos siglos antes el surgimiento del Imperio Inka, Fempellec, el último de los monarcas mochicas supuestamente descendientes de Naylamp, fue asesinado y “lo arrojaron al mar debido a sus muchos vicios y alianzas con el demonio”.

Quizá el demonio no era otro que el expansionismo moche. ¿Quizo Fempellec, influido por sus demonios míticos, enfrentar decididamente al corporalizado demonio moche –como más tarde haría Pachacútec frente a la amenaza chanka–? O, por el contrario, ¿fueron sus demonios míticos los que lo impulsaban a claudicar ante la amenaza moche –como ocurrió con Huiracocha, ante la amenaza chanka–?

Las distintas fracciones de las élites ponen muchas veces de manifiesto conductas abiertamente discrepantes que, en el fondo, desnudan diferencias de intereses. Así ocurrió en el pueblo inka entre las fracciones lideradas por Pachacútec y Huiracocha en el siglo XV.

Y no otra cosa ocurrió un siglo después en el enfrentamiento militar entre Huáscar y Atahualpa. Aparentemente al menos, habría ocurrido algo parecido en el episodio en el que fue asesinado monarca mochica Fempellec.

Porque siglos más tarde, cuando los inkas a su vez asediaban al Imperio Chimú, “la quinta columna de la Corte de Chan Chan presionó a [su] monarca a aceptar el yugo [inka]” –afirma del Busto. En definitiva siempre habremos de encontrarnos con individuos y grupos que, en función de sus intereses, luchan; y con otros que, también en función de sus intereses, están dispuestos a claudicar ante el enemigo.

Cierto y definitivo es en cambio que cuando las ambiciones de las élites llegan a extremos, se constituyen en los más eficaces agentes de ruptura de las sociedades. Si ello se ha dado en la historia de prácticamente todos los pueblos del planeta, y aquí ostensiblemente entre los inkas, ¿por qué no habría de darse en el antiguo mundo andino? También parece ser cierto que las ambiciones nunca son tan perniciosas como cuando el poder, la riqueza y los privilegios en juego son enormes. Y ese es precisamente el caso de los grandes excedentes que producen los pueblos sojuzgados. Entre tanto, a despecho de lo que siempre creen las élites dominantes, los pueblos siempre están pendientes de la riqueza que producen y del destino arbitrario que dan a ésta quienes los dominan.

En ese complejo contexto de injusticias, vicios, errores y ambiciones desembosadas, cuando se presentó una amenaza externa, y las élites urgieron a “sus” poblaciones para que salgan en defensa de “sus” intereses, ya no fueron escuchadas.

Ostensiblemente ocurrió en presencia de los conquistadores españoles. Virtualmente todos abandonaron a su suerte a las élites. ¿Por qué no habría de ocurrir también antes? La mayor parte de los campesinos de los pueblos sometidos se negó a tomar bandería (que en muchas ocasiones dio origen a atroces represalias). Las huestes extranjeras incorporadas a la fuerza al ejército imperial abandonaron en estampida los campos de batalla. Los mitimaes trasladados a tierras ajenas precipitadamente las abandonaron, agudizando el desabastecimiento.

E incluso dejaron en la orfandad a las élites los propios campesinos de su nación.

Así, en el período histórico que estamos analizando, debió ser que, con enorme facilidad, todas las grandes naciones andinas cayeron dominadas por las armas del segundo imperio andino: Wari.

Como había ocurrido antes con el Imperio Chavín, pero esta vez en torno al siglo VIII dC, también la marejada Wari bajó indetenible desde la cima de los Andes. Y –como ha registrado Toynbee para el resto de la historia mundial–, aquí también los sectores dominados de cada nación probablemente miraron con indiferencia, y aun con satisfacción, el destino que cayó sobre sus minorías dominantes: fueron aplastadas, derrotadas y exterminadas.

La naturaleza, sin embargo, habría dado una considerable cuota de ayuda al aluvión imperialista de los chankas. No tanto catapultándolos directamente, que eventualmente también pudo ocurrir. Sino afectando a quienes habrían de ser sus víctimas.

Considérese en efecto que la seguidilla de los graves episodios climáticos que remecieron gran parte de la costa entre el 550–600 dC estaban relativamente cerca en el tiempo.

Así, por ejemplo, moches y mochicas, los más desarrollados de la costa, apenas habían tenido dos siglos para recuperar el nivel que, antes de tan graves siniestros, habían alcanzado tras casi ocho siglos de liberarse del Imperio Chavín.

El Imperio Wari, pues, los habría conquistado cuando apenas estaban reponiéndose (en el Gráfico N° 7, página 33) mostramos cuán próxima estuvo la expansión Wari de los citados episodios de “El Niño”).

 

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