EL MUNDO PRE-INKA: Sobre el “estado de la cuestión” en Historia  

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Alfonso Klauer

El Titicaca: la común historia de las naciones inka y kolla

Tiahuanaco fue sin duda la más grande realización cultural y material de esta parte de la historia andina. Sus enormes y costosísimas construcciones de piedra primorosamente trabajada, como la pirámide de la Akapana –que se mostró en la Ilustración N° 17–, y el palacio de Kalasasaya –al que pertenece la Puerta del Sol–, alcanzaron tal envergadura que implicaron un conjunto de decisiones tomadas al nivel de un poder central suficientemente fuerte –como afirma Métraux.

Lo suficiente como para decidir incursiones guerreras de conquista y/o de reclutamiento forzoso de fuerza de trabajo. Suficiente como para organizar y obligar después a los prisioneros a trabajar. Suficiente para decidir en qué tipo de obra se concentrarían los esfuerzos de cientos o miles de prisioneros y/o los campesinos de pueblos aledaños (como parece haber sido el caso de los inkas en el altiplano tiahuanaquense).

Es decir, suficiente para decidir el uso del excedente generado por su propio y otros pueblos. Sin duda se trataba de varias e importantes decisiones, en manos de un poder que, sólo siendo muy fuerte, podía materializarlas.

Siglos más tarde, sin embargo, el pueblo inka sería el protagonista del habría de ser el más extenso y militarmente poderoso imperio que llegó a conocer el mundo prehispánico.

Pero, como bien se sabe, el mito fundacional más importante del pueblo inka relata el mitológico surgimiento de su legendario fundador, Manco Cápac, de las frías aguas del lago Titicaca.

Ello, sin ápice de duda, revela la fortísima y muy prolongada relación que en algún período tuvieron los quechua–parlantes inkas, con los aymara–parlantes kollas del Altiplano.

Relación intensa y prolongada que –todo parece sugerirlo– se dio precisamente durante el esplendor de Tiahuanaco, donde aquéllos, por asimilación, hicieron suyo el mito fundacional de éstos.

De la misma manera que la asimilación andina del mito fundacional más importante de la cristiandad –que a su vez es de lejano origen judeo–mesopotamio–, fue el resultado de la estrechísima y por tres siglos duradera relación de los pueblos dominados y “paganos” de los Andes con los hegemónicos del “cristiano” imperialismo español.

¿Cómo y por qué se produjo esa estrechísima relación quechuas inkas – aymaras kollas? ¿Cuándo empezó y qué tan prolongada fue? Lejos está aún la historiografía tradicional de dar elementos de juicio para responder adecuadamente esas interrogantes.

Aún cuando, de hecho, el famoso mito es parte de la historia más y mejor estudiada del larguísimo período prehispánico de la historia del Perú.

Sólo cabe pues formular hipotesis, como las que pasasaremos a enumerar. Debe sin embargo advertirse que el elemento central, la esencia de la cuestión, es la mitológica leyenda de Manco Cápac. Los restantes puntos de partida tienen base científica y son harto conocidos:

a) Tiahuanaco fue la culminación de un gigantesco y costosísimo proceso de capitalización material;

b) ello no se había dado antes, y no ha vuelto a repetirse;

c) los yermos y agrícolamente pobres campos del Altiplano –como se les conoce hoy– no pueden explicar un fenómeno de acumulación de excedentes tan gigantesco, y;

d) es virtualmente imposible que la ganadería de auquénidos del Altiplano hubiera podido generar masivamente tantos excedentes, ni siquiera en el caso de que la hambruna de la periferia hubiera sido gravísima (a menos que la ciencia demuestre que varias generaciones sucesivas pueden alimentarse única y exclusivamente de carne).

Nuestras conjeturas e hipótesis son entonces las siguientes:

1) Hoy la ciencia conoce perfectamente de la existencia y consecuencias del fenómeno océano–atmosférico del Pacífico Sur. Y también perfectamente conoce que afecta selectiva y discriminadamente, con consecuencias distintas en unos que en otros rincones del territorio andino.

Así, las frecuentes y reiteradas versiones de “El Niño” representan lluvias torrenciales en la costa norte, por sobre todo, e invariablemente sequías en el Altiplano.

Y, a la inversa, las versiones de “La Niña” producen sequía en la costa norte y lluvias en el altiplano. En uno y otro caso, tanto más graves unas y otras cuanto más grave es el fenómeno.

Pero la “selectividad espacial” es tal, que a un lado y otro de la Cordillera de Carabaya –la que separa el surcordillerano con el Altiplano–, se dan procesos climáticos distintos. Así, mientras en el área inka puede estar dándose un estado de lluvias, en el área kolla puede estar dándose sequía, y a la inversa.

2) También es claro hoy que no todos los fenómenos de dicho tipo tienen igual duración, los hay de meses y años.

3) Como parece estar ocurriendo actualmente, y a lo largo de las últimas dos décadas, hay razones para presumir que la convergencia del fenómeno planetario con fenómenos localizados en el Altiplano, dan lugar a períodos largos de sequía cada vez más aguda.

Recientemente el arqueólogo norteamericano Alan Kolata, ha mostrado que estudios del lecho del lago Titicaca muestran en efecto que el colapso de Tiahuanaco coincide en el tiempo con evidencias de una grave y prolongada sequía. Ella se habría producido –presumimos a manera de hipótesis– en torno al año 900 dC, esto es, poco después del inicio de la expansión del Imperio Wari.

El fenómeno eventualmente habría tenido proporciones planetarias. Porque casi coinciden en el tiempo los colapsos por sequía de las culturas:

– Tiahuanaco, en los Andes

– Maya, en Centroamérica

– Anazasi, en Norteamérica (California)

– Khmer, en Oriente

Como resulta obvio deducir, ese fenómeno no pudo ser de aquellos a las que estaba habituada la población del Altiplano.

Y menos aún posterior a una cualquiera de sus consuetudinarias sequías, pues simplemente de la precedente sólo habrían podido resultar, aunque agravados, los mismos resultados de pobreza agrícola mileraria del Altiplano (“A” en el gráfico de la página precedente).

4) Aún no está comprobado, pero de lo dicho y de lo que se conoce del fenómeno océano–atmosférico del Pacífico Sur, es razonable presumir que, en sentido inverso (“B” en el gráfico), pueden haberse dado –y repetirse en el futuro– procesos de prolongadas, intensas y generosas lluvias que –así como transforman ahora en un gigantesco pastizal desierto de Sechura –, podrían haber convertido el Altiplano en un asombroso y extenso aunque pasajero vergel.

Eventualmente, entonces, un fenómeno natural de este tipo –espacialmente muy focalizado–, repentino, explosivo y fugaz, en simultaneidad con sequía prolongada en la periferia –incluido el territorio inka–, se habría dado en el Altiplano en torno al 600 dC. Y, en efecto, parecen confirmarlo las modernas investigaciones –referidas en la primera parte de este texto –, realizadas en los hielos de los nevados Quelcayo y Macusani del Altiplano.

En todo caso, habrá que reconocer que las posibilidades que ha tenido la ciencia para construir y confrontar esta hipótesis llevan acumulados 450 años. Esto es, desde que en 1553 Cieza de León publicó La crónica del Perú. En ella, hablando de los kollas, el cronista nos dice: Muchos destos indios cuentan que oyeron a sus antiguos que hubo en los tiempos pasados un diluvio grande...

Y efectivamente, los “diluvios” son, por naturaleza, intrínsecamente repentinos, y de consecuencias explosivas y fugaces.

Ese “diluvio grande” del Altiplano –secularmente seco–, no debió ser sino uno o varios conjuntos anuales de grandes lluvias que, por comparación con aquellas precipitaciones anuales promedio a las que estaban acostumbrados los kollas, debieron parecerles gigantescas.

Pero, dados los resultados objetivos que ha ofrecido Tiahuanaco, habrían sido de magnitud tal que, no siendo destructivas, fueron por el contrario inmensamente productivas. Sobre todo por el hecho –pocas veces bien tenido en cuenta– de que el Altiplano es enorme. Bien puede sumar tanto como 100 000 Km2.

Sólo un inusitado evento climático de esa naturaleza explicaría el carácter repentino y fugaz de Tiahuanaco. Pero explicaría también además su carácter explosivo. O, si se prefiere, el hecho de que alcanzó el esplendor “de la noche a la mañana”. Y una vez más corresponde recurrir a Cieza de León. Dice en efecto: ...oyeron a sus pasados que en una noche amaneció hecho lo que allí se veía.

Si como todo parece indicar, efectivamente ocurrió ese “generoso y constructivo diluvio” –aunque no hubiera habido sequía en la periferia–, mal podemos extrañarnos de sus abrumadores resultados en infraestructura material. Porque con esa enorme superficie, el Altiplano es la llanura potencialmente fértil más grande del conjunto del territorio Perú–Bolivia.

Los kollas del área circunlacustre, casi permanentemente en sequía, estaban pues acostumbrados a los rigores de una vida de subsistencia, casi sin capacidad de inversión o acumulación. Y, derrepente, sorpresivamente, se vieron obteniendo cosechas 10, 25 o quizá hasta 50 veces mayores.

Así, dadas las magnitudes del Altiplano, puesto repentinamente en producción ese vasto territorio, el imprevisto e impredecible –pero fugaz– excedente generado debió resultar absolutamente gigantesco.

Puede incluso hasta sospecharse que no se dieron abasto para secar toda la producción de tubérculos, como estaban acostumbrados. Así, no habrían alcanzado a convertir buena parte de su primera gran cosecha en no perecedera y aprovechable.

Quizá, pues, la mayor parte de ella se les pudrió, volatilizándoseles así gran parte de sus primeros grandes excedentes.

Todo sugiere que al año siguiente –y durante muchos más– volvieron a darse nuevas grandes lluvias. Mas éstas ya no habrían tomado a los kollas de sorpresa.

La experiencia anterior resultaba invalorable.

Probablemente lo primero que se decidió fue que regresaran al Altiplano todos los kollas desperdigados por el flanco costero de la cordillera Occidental, desde Ocoña hasta el norte de Chile. Y todo parece sugerir que ni siquiera ello fue suficiente.

Así, para el tercer año, habrían ya tomado conciencia de que su capacidad de reclutamiento de mano de obra extranjera era enorme. Pero además, les resultaba insustituible para concretar la materialización lítica de sus enormes excedentes.

Mal podría extrañar entonces que, eventualmente por las buenas a unos, y por las malas a otros, fueron a traer fuerza de trabajo ajena. Y, entre sus muchos vecinos, los noroccidentales inmediatos, los inkas, eran precisamente quienes estaban más al alcance de la mano.

Y si, como seguimos presumiendo, éstos llevaban el mismo tiempo en aguda sequía, habrían llegado entonces, virtualmente, en condición de esclavos. Como quizá también llegaron muchos campesinos chankas.

Todo ello, pues, ayudaría a explicar una muy prolongada presencia en el Altiplano de pueblos de la periferia, incluidos miles de campesinos del pueblo inka –voluntaria o forzosamente captados–, cuyos brazos –como veremos– habrían contribuido decididamente a levantar las monumentales construcciones que dispuso erigir la también fugazmente poderosa élite kolla.

Por lo demás, ésta, suponiendo que los dioses se habían vuelto de su lado para siempre, destinaron el íntegro de sus excedentes a financiar la construcción de obras faraónicas típicas de gasto, y no de inversión, que, seguramente, también habrían podido hacerse.

5) La extraordinaria situación, el insólito e inopinado escenario, se habría prolongado tanto como muchas décadas. Y –como también está dicho– vuelta a repetir en torno al 800 dC.

Es decir, ya fuera en una sola gran estadía, o en dos o más tramos parciales, se habría acumulado en el Altiplano una permanencia inka suficientemente prolongada como para que, con varias generaciones en proceso de aculturación, y eventualmente hasta en agradecimiento, los inkas adoptaran al Titicaca como su mítico lugar de origen.

Mas al retornar definitivamente al Cusco, cuando las condiciones climáticas “definitivamente” se hubieron “normalizado”, y ya no había ni trabajo ni alimento suficiente para ellos, Manco Cápac y los suyos efectivamente “llegaron desde las orillas del Titicaca”. De allí, a la versión legendaria de que los fundadores del Cusco surgieron del lago, no hay, pues, sino un paso.

Adicionalmente, debe sin embargo destacarse que, a pesar del tiempo transcurrido, que eventualmente pudo ser incluso de cautiverio, toda o una parte del tiempo, Manco Cápac y el redimido pueblo inka que quizá masivamente lo acompañó en el retorno, llegaron al Cusco con un mito ajeno, pero manteniendo su propio idioma.

Es decir –valga la insistente perogrullada –, sin haber asumido como propio el del anfitrión Este “dato” –sobre el que volveremos en otro momento–, es sumamente importante. “Mostraría” cuán lenta y difícil era en la antigüedad la transmisión de un nuevo idioma. Y cuán lenta y difícil la asimilación por un pueblo de un idioma que no era el materno.

Esta hipótesis específica se sustenta también en la misma experiencia histórica de la conquista española de los Andes. En ésta, en efecto, tras siglos de intensa relación, aún cuando mantuvieron sus idiomas nativos, muchos de los pueblos andinos adoptaron, aunque con diferentes variantes de mestizaje, el mito fundacional de la cristiandad que había impuesto el poder hegemónico.

De consuno, la etnología, la lingüística y la sicología social, deben contribuir a explicar por qué a los pueblos les resulta más fácil adoptar la ajena ideología de un pueblo que el ajeno idioma de éste.

¿Acaso no viene ocurriendo hoy lo mismo? ¿Acaso no se ha extendido más y más rápido el “modo norteamericano de vivir” que el idioma de sus mentores? Y dos mil años atrás, ¿acaso no resultó a los romanos “más fácil” sembrar en Europa su ideología, usos y costumbres, sin que lograran en cambio imponer el latín, que a la postre devino lengua muerta? ¿Será quizá porque el idioma quedó instalado en la mente humana millones de años antes que la ideología, que no es sino parte de la cultura, creación humana ésta muchísimo más tardía que aquél.

Pero –como resulta obvio–, los inmigrantes que retornaron a la tierra de sus padres, no sólo habrían llegado entonces con un nuevo mito. Sino, entre otras, con una enorme experiencia como finos constructores y alarifes.

He oído afirmar a indios [kollas] –dice una vez más Cieza de León reafirmando la validez de nuestras hipótesis– que los ingas hicieron los edificios grandes del Cuzco por la forma que vieron tener la muralla o pared que se ve en este pueblo; y aun dicen más, que los primeros ingas practicaron de hacer su corte y asiento della en este Tiaguanaco.

¿No resulta cada vez más consistente la presunta estancia de buena parte del pueblo inka en el Altiplano? La historiografía tradicional tendrá que explicar, muy sólida y consistentemente, porqué habiéndose tomado a los cronistas con tanta fidelidad en cosas intrascendentes y anodinas, se les ha desechado, sistemática y tercamente, en estas otras tan importantes.

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