EL MUNDO PRE-INKA: Sobre el “estado de la cuestión” en Historia  

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Alfonso Klauer

La cultura Nazca y la nación ica

En la costa sur, por su parte, tras aprovechar y potenciar las influencias que les llegó de la Cultura Paracas Necrópolis (entre el 370 aC y el 100 dC), de entre los grupos de la nación ica largamente habían empezado a destacar los nazcas, desde su sede central en Cahuachi (a pocos kilómetros al sureste de la actual ciudad de Nazca), en el área sur del territorio de dicha nación.

Presumiblemente entre el 100–200 dC habrían realizado los primeros de sus gigantescos y asombrosos geoglifos hendidos en el suelo de cascajo en la Pampa de El Ingenio (ligeramente al norte de la actual ciudad de Nazca). Éstos, a la postre, llegaron a ocupar un área de más de quinientos kilómetros cuadrados. Hay allí aún hoy hasta 32 grandes figuras bien definidas, entre ellas un ave de 127 metros de largo y una araña que mide 42 metros.

El conjunto de geoglifos de Nazca es sin duda el más grande y asombroso de los Andes. Sin embargo –a despecho de lo que cree la inmensa mayoría de las personas– no son los únicos. También los hay en Arequipa: una enigmática espiral, en la Pampa de Majes; un bellísimo manto, en la pampa de Santa Isabel de Sihuas; y varios en Toro Muerto, en el valle medio del río Majes cerca de Aplao.

Y en el norte del Perú, dentro del territorio mochica en Lambayeque, en Oyotún, en la cabecera del río Zaña. Pero también hay otros en el desierto de Antofagasta, en el norte de Chile.

A diferencia de otras grandes realizaciones materiales en los Andes, las ya célebres Líneas de Nazca representaron exclusivamente un gran despliegue de esfuerzo humano: infinidad de horas de trabajo. No fue necesario explotar canteras de piedra y por tanto tampoco el concurso de pacientes picapedreros.

Las asombrosas Líneas de Nazca –que aún vienen dando lugar a innumerables investigaciones, hipótesis y fantasías seudo científicas–, representaron por sobre todo un extraordinario despliegue de ingenio y habilidad.

No tanto para definir las líneas rectas, sea en el llano o superando montículos, pues para ello era suficiente el auxilio de pequeñas estacas de madera de huarango alineadas con la vista humana. Sino para concretar lo que en la moderna topografía se conoce como “replanteo”, esto es, el traslado al terreno, en sus dimensiones finales, de los pequeños trazos bosquejados en una superficie menor.

El arquitecto Carlos Milla postula como hipótesis que bien pudieron los nazcas conocer el principio de ‘ampliación a partir de la diagonal del paralelogramo’ (el sencillo método que se usa en la ampliación fotográfica).

A partir de ese principio, y con el auxilio de bastones y cordeles, habrían podido los nazcas construir un pantógrafo gigante capaz de ampliar una figura en grandes proporciones.

Por lo demás, habrían recurrido también a un simple artefacto de cerámica (dos pequeños tubos huecos cruzados en ángulo recto) para concretar el replanteo de ángulos de 90 grados.

Todo ello pudo lograrse porque muchos de sus especialistas, los ingeniosos creativos, y muchos de sus hombres, la insustituible fuerza de trabajo, habrían dispuesto de tiempo suficiente para concretar ese cuantioso despliegue de energías. Mas ello, a su turno, sólo podía lograrse obteniendo grandes excedentes en las campañas agrícolas.

Y no fue precisamente porque las tierras del área fueran proverbialmente fértiles. Sino, por sobre todo, porque los nazcas habrían tenido siglos de una vehemente proclividad a la inversión.

De ello dan fiel testimonio las innumerables obras hidráulicas que se construyeron en Matará, Achullo, Aja, Bisambra, Curve, Orcona, Cantayo, Tejeje, Bijuna, Pangaravi, Huairona, Majorito, Majoro Grande, Anclia, Agua Santa, San Marcelo, Gobernadora, Ocangaya, Soisongo, Conventillo, Llicuas, Copara, Taruga y Soisonguillo.

“Los acueductos y reservorios de la región todavía sorprenden por su eficacia” afirma con certeza Del Busto, pues efectivamente muchos están aún en uso. Se conoce de artificiales conductos subterráneos de agua, de más de un kilómetro de largo y que llegan a tener la altura de un hombre.

En otro orden de cosas, los nazcas, dado su circunstancial desarrollo y su posición geográfica –como se verá en el Mapa N° 18–, adquirieron una gran importancia comercial enlazando Tiahuanaco con Pachacámac, y seguramente hasta con moches y mochicas.

Lo cierto es que adquirieron también reputación como mercaderes. Hacia el sur de su territorio, dejaron testimonios de intenso comercio con Huacapuy (Camaná) y Majes (Arequipa) hasta por lo menos el 600 dC.

Fueron pues sin duda significativos los testimonios de desarrollo técnico y económico que alcanzaron los nazcas. No es difícil imaginar que con todo ello asombraran a los restantes pueblos de la nación: icas propiamente dichos, paracas y chinchas, alcanzando a predominar sobre todos ellos. Hasta puede presumirse que al principio –como había ocurrido con Chavín– habría sido sólo una hegemonía tecnológica y pacífica que, como sugiere la iconografía de su cerámica, se mantuvo durante los siglos I y II dC.

Es difícil definir cómo y por qué se operaron drásticos cambios en la sociedad nazca.

Lo cierto es que su cerámica y otras expresiones culturales de los siglos III y IV retratan, entre otras imágenes, dantescas cabezas–trofeo.

Había pues asomado el período de los guerreros nazcas que, hasta su conquista por el Imperio Wari, concretaron un segundo período de su historia, pero de hegemonía militar.

“Gustaron de traer atados al cinturón los cráneos de sus enemigos. Son las famosas cabezas–trofeo que penden también de los tobillos, rodillas y manos de los vencedores” –registra Del Busto.

Quizá del mismo período es la ya citada cabeza–trofeo lítica de características faciales negroides, encontrada en el sitio de Querullpa Chico II, en el valle alto del río Majes –que Linares Málaga presume de origen Tiahuanaco–. Y otra evidencia de una fuerte presencia y eventual expansión conquistadora hacia el sur de su territorio, la constituyen los geoglifos de la Pampa de Majes, así como los de las cercanas áreas de Santa Isabel (Sihuas) y de Toro Muerto (Aplao), todos ellos en Arequipa.

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