EL MUNDO PRE-INKA: Sobre el “estado de la cuestión” en Historia  

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Alfonso Klauer

Las grandes construcciones, ¿cuánto costaron?

Así como algunas de las grandes edificaciones antes citadas, medidas con cuidadosa y sin duda profesional minuciosidad, nos encontramos reiteradamente en la historiografía tradicional con muchos otros datos que con seguridad tienen la misma precisión.

Se conoce, para citar sólo otros dos entre innumerables ejemplos, las dimensiones exactas del Castillo Nuevo (o Templo Tardío) de Chavín de Huántar (75 x 72 mts. de base, pudiendo presumirse que su altura fue de 13 o más metros, a estar por la de la pared más alta que aún se conserva en pie). Y que en Tiahuanaco la pirámide de plataformas escalonadas de la Akapana, tuvo nada menos que 300 x 200 metros de base y 32 de altura.

Cómo dudar que esos valiosos datos son una magnífica base quizá hasta suficiente para multidisciplinarios cálculos subsecuentes que, sin embargo, hasta ahora no han sido emprendidos. Y cuyos resultados tendrían un valor incluso más trascendente que las dimensiones mismas de los edificios: cuánto habría costado erigirlos.

¿Por qué, por lo menos en las últimas décadas, al no haberse convocado el concurso de la ingeniería, la arquitectura, la economía y la informática, los arqueólogos peruanos vienen negándonos los importantísimos datos de cuánto –siquiera en órdenes de magnitud y en sus equivalentes de valor actual– habría costado levantar esos imponentes edificios (gastos) y obras hidráulicas (inversiones)?

O, si se prefiere, y además con el concurso de la agrimensura y la agronomía, ¿cuánto –en términos absolutos y en porcentaje– del excedente agrícola generado por los pueblos correspondientes se habría destinado a esos usos? ¿No permitirían acaso esas estimaciones tener una idea más cercana de cuánta proclividad al gasto y a la inversión fueron nuestros antepasados? ¿No se estima acaso que esos cálculos son incluso más relevantes y trascendentes que, por ejemplo, el meticuloso estudio de las formas y colores que se usó en la cerámica precolombina? ¿E incluso mucho más representativos y reveladores del mundo concreto y tangible, de sus prioridades, de su organización económico –productiva y de su organización y jerarquización político–social, que sus conocimientos astronómicos y sus creencias mágico–religiosas?

Tenemos todo el derecho a preguntarnos todavía, ¿por qué la historiografía tradicional sigue empecinadamente desdeñando el valor enorme de la información económica del mundo prehispánico? ¿Por qué, siendo que incuestionablemente hace décadas que está a un paso de poder emprender su estudio, no ha incursionado hasta ahora en ese capítulo de la historia? ¿Qué la inmoviliza, qué la ata, qué la ancla, cuál es la rémora que le viene impidiendo dar ese trascendental paso que aportaría valiosísima información para conocer mejor la historia?

Esa sorprendente “parálisis” no es, a nuestro juicio, el resultado de carencias de órden técnico, científico o metodológico. Transitoriamente, mientras estuvieron alhelados ante las monumentales obras, quizá no se hayan hecho preguntas tan prosaicas como éstas: ¿cuánto pudo costar esta obra en la que se apilaron 50 millones de adobes? O, ¿qué inversiones agrícolas dejaron de hacerse por construir este templo y aquél palacio? Mas, tras el natural asombro, ¿no ha sobrevenido acaso después un período reflexivo? ¿Por qué entonces tampoco allí surgieron esas interrogantes? Y si eventualmente surgieron, ¿por que, entonces, no se ha dado respuesta a ellas?

Esa parálisis, a nuestro juicio, connota una dependencia ideológica. Inconciente y quizá inadvertida, pero no es un problema científico. Es un problema resultante de prejuicios y escala de valores. Y, a la postre, un asunto inconciente de compromiso y hasta de arraigada e incontrolada sumisión al poder, que de hecho explica muchas formas conocidas de “pereza intelectual?

¿Por qué? Porque como en el también inabordado estudio político–social profundo de la caída de los imperios, ahondar en lo económico–social puede “des–cubrir” y traer a la luz incomodísimas y hasta “subversivas” respuestas. Mas en esto no hay tampoco ninguna originalidad en la historiografía tradicional andina. También en esto ella soporta con asombroso estoicismo el viejo corsé diseñado por la historiografía filogreco–romana.

Un magnífico ejemplo nos lo acaban de proporcionar los arqueólogos italianos que, con el auxilio de las más modernas técnicas de diseño gráfico, pero tras costosa tarea, han recreado en imágenes virtuales de tercera dimensión la esplendorosa Roma de la cúspide del imperio. La acaba de difundir en Lima la televisión por cable. Mas se plantaron allí: en la versión arquitectónica. Que se sepa –no lo anunciaron, cuando bien pudieron hacerlo–, no han dado el único paso que faltaba: empezar a calcular cuánto costó ese portento.

Ese valiosísimo dato actualizado –que para cuando se estime no dudamos que alcanzará cifras astronómicas–, habrá de contribuir a mostrarnos cuánto aportó al debilitamiento del imperio la absoluta pero intrínseca proclividad al gasto (en detrimento de la inversión) de las élites hegemónicas.

Nuestra hipótesis es pues que la historiografía tradicional andina, siguiendo meticulosamente la senda de aquélla, tampoco acomete el estudio económico –social de nuestra historia por el muy fundado –aunque quizá sólo inconciente temor– de con ello empezar a derruir el enorme castillo de naipes que ha creado. Porque no otra cosa es esa imagen idílico –mística y “gloriosa” del pasado prehispánico, que sólidamente han sembrado nuestros viejos y reputadísimos historiadores de las primeras décadas de este siglo. Cómo replicar a tan incontrastables maestros.

Si se atreven, que lo hagan los de las generaciones que vienen –debe tener en la mente más de uno–.

Y así van pasando las décadas y los siglos. Y nuestros estudiantes continúan sumidos en el engaño.

Pero tampoco se emprende el estudio económico –social del pasado antiguo, porque entonces debería seguirse con el correspondiente al Virreinato. Y ésto es todavía más incómodo. Cómo enfrentar a la Madre Patria. Y cómo desacralizar a Isabel la Católica y a Carlos V, al inefable virrey Toledo y a Fernando VII.

Cómo sacudir las tranquilas conciencias de España y otros pueblos de Europa, recordándoles que inicuamente, y a cambio de nada, extrajeron de los Andes riquezas de valores astronómicos. Mas de ello y otros latrocinios equivalentes veremos extensamente en En las garras del imperio.

¿Y para cuando finalmente se haga ese estudio completo de la Colonia –porque inexorablemente terminará por hacerse algún día–, ¿no habría que acometerse entonces un genuino y profundo estudio económico –social del período correspondiente de la República y hasta nuestros días? Innumerables indicios permiten suponer que las revelaciones serían asombrosas: crímenes, ambiciones enfermizas, corrupción desembosada, fraudes económicos y electorales, estafas de todo género, grotesca proclividad al gasto inútil y otros latrocinios por doquier.

¿Cómo sino entender que, tras Virreinato y República, a pesar de la extraordinaria riqueza natural que se ha explotado en el Perú, no somos sino un pueblo pobre y subdesarrollado, en el que se ha impuesto –en palabras de Rocío Silva Santisteban– la “cultura de la indigencia”? Cuando como ha dicho el historiador peruano Pablo Macera, de haberse manejado los recursos de otra manera “el Perú hubiese tenido un desarrollo histórico económico similar al de Japón al otro lado del Pacífico”.

Pues bien, “des–cubrir” todos los latrocinios de la República ya no sólo es incómodo: hay familiares, amigos y conocidos en la escena. Y resulta peligroso: están vivos, e incluso usufructuando del más onmímodo poder muchos de los responsables. ¿No resulta entonces ostensible que el silencio y esa extraña “pereza intelectual” de la historiografía tradicional tienen que ver –como lo advertíamos y eventualmente pareció hasta forzado– con el temor al poder de turno? He ahí pues cómo 50 millones de adobes nos han mostrado el temible callejón sin salida de la historiografía tradicional. He ahí, pues, por qué a muchos ha resultado más cómodo y sensato dejar las cosas en adobes inertes, harpías de fábula y seres mitológicos inofensivos.

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