EL MUNDO PRE-INKA: Sobre el “estado de la cuestión” en Historia  

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Alfonso Klauer

Guerras inter–nacionales: causas y secuelas

Entre los mochicas lambayecanos, durante ese mismo lapso se había ido poniendo de manifiesto una diferenciación social que mostraba tendencia a ser cada vez más pronunciada.

En el apogeo, la élite mochica se diferenció nítidamente del resto de la población llegando a extremos increíbles de boato y despilfarro, reservándose asimismo el derecho a la poligamia –anota Lumbreras–. Mas ello ocurrió también entre los moche.

Los privilegios de unos contrastaban significativamente con las formas sencillas de vida que caracterizaban a otros. Hoy una vez más ha sido puesto esto de manifiesto con el descubrimiento de los murales multicolores y en alto relieve del centro arqueológico El Brujo (Cao Viejo, en el valle de Chicama, en las proximidades de la ciudad de Trujillo).

Entre los lima, ubicados básicamente en los valles de Chancay y Chillón, la presencia de cadáveres degollados, mutilados y descuartizados, en torno a otros intactos, sugiere una modalidad de estratificación social.

En la nación ica, dominada en este período por los nazca (que habían arrebatado ya la hegemonía a los paracas), el grupo urbano fue poderoso, y sus integrantes eran enterrados con gran boato. Entre los kollas, en las inmediaciones del lago Titicaca, las famosas chullpas funerarias siempre han sugerido la existencia de diferentes estratos sociales.

En la diferenciación social, a los grupos dirigentes les correspondió asumir la responsabilidad de conducir a sus pueblos en procura de alcanzar su objetivo fundamental: consolidar la unidad y organización de la multitud de ayllus que formaban parte de cada una de dichas naciones y pueblos.

No obstante, y aun cuando debía estar todavía fresca en las distintas tradiciones la experiencia chavín –y sus consecuencias–, las élites dirigentes que se habían consolidado en el poder de las distintas naciones pusieron pues en evidencia que tenían objetivos de grupo diferentes a los de la gran mayoría del resto de los habitantes de sus pueblos.

Empezaron a repetir entonces algunos de los hechos del fenómeno imperial chavín. Así, para alcanzar sus particulares objetivos, lanzaron a sus naciones y pueblos en pos de los pequeños pueblos que los rodeaban. Es decir, en campañas de conquista como las que sus propios antecesores habían repudiado.

Así, entre los años 200 y 300 dC –según apunta Lumbreras–, los Andes fueron entonces el escenario de un nuevo proceso de efervescencia bélica. Naciones y grandes pueblos se lanzaron a expandir sus fronteras dominando a los pequeños pueblos del contorno afirma Kauffmann.

Los recientemente descubiertos murales de El Brujo insinúan en múltiples imágenes un clima bélico muy acentuado: guerreros fuertemente armados, degolladores y prisioneros esclavizados. Los hechos parecen sugerir que había empezado a operarse en los Andes un hecho novedoso y de grandes consecuencias.

Todo sugiere, en efecto, que –a la luz de las lecciones del imperialismo chavín– había aparecido una nueva motivación para las guerras. Las principales motivaciones de éstas ya no eran pues apropiación de tierras y bosques; acceso a fuentes de agua; disposición de bancos de peces y canteras; recuperación de bienes que habían sido arretabatados por otros pueblos; vengar agresiones; liberación nacional; etc.

La nueva motivación para la guerra era ahora capturar prisioneros, que, en vez de ser eliminados –como había estado ocurriendo antes de Chavín–, pasaban ahora a constituir fuerza de trabajo al servicio del conquistador –anota Lumbreras–280. Los nuevos brazos reforzaban la fuerza de trabajo existente y sustituían a quienes habían ocupado las novísimas plazas militares de los pueblos agresores.

Aparentemente los primeros prisioneros sometidos a trabajo esclavizante fueron llevados a explotar las inhóspitas y nunca antes habitadas islas guaneras que explotaban los moche (chimú). Quizá ese era el destino de los prisioneros que han aparecido en los murales de El Brujo, donde, a partir de las imágenes encontradas, los arqueólogos especialistas han recreado la pintura que aparece en la Ilustración N° 14, que a todas luces muestra prisioneros cuyo destino difícilmente sería otro que el trabajo esclavizado.

Permítasenos sin embargo una nueva observación. La prensa (en este caso el diario “El Comercio” de Lima, que con gran despliegue difundió en setiembre de 1999 los descubrimientos de El Brujo), haciendo suya las especialísimas interpretaciones de la historiografía tradicional, no duda en que la imagen corresponde a la “presentación de quienes habían sido vencidos en los combates rituales”. ¿Combates rituales? ¿Representación teatral tragicómica y/o místicoreligiosa? Mal haríamos en desconocer que esa puede ser “una” hipótesis. ¿Pero ésa es acaso la única hipótesis? ¿Y acaso la más verosímil? No, en absoluto.

El contexto histórico al que pertenecen los murales de El Brujo, larga y sólidamente permite la formulación de otra, bastante más probable: que efectivamente se esté ante la representación de prisioneros, reales y no rituales, de una guerra, real y no ritual. ¿Acaso la presencia de armas y guerreros en los murales no coincide con las evidencias guerreras que ha encontrado la arqueología? ¿Y una y otra evidencia no concurren también a explicar el expansionismo moche? Según los “especialistas”, las muy diversas y complejas imágenes de los murales de El Brujo corresponden –en la hipótesis que implícitamente han formulado– a un “secreto calendario”, plagado de “dioses y otras imágenes mitológicas”.

Habría en ellas pura abstracción y simbolismo mas nada de realismo. Que sepamos, ellos no se han planteado, alternativamente, una igualmente verosímil pero más prosaica hipótesis: que los artistas moche hayan retratado el rico y complejo mundo en que vivían; esto es, a sus dioses, pero también a sus héroes militares; sus sueños, pero también sus hazañas; sus miedos, pero también sus fortalezas; sus soldados, pero también sus prisioneros; sus armas, pero también sus animales; etc.

La Arqueología y la Historia tradicionales tienen obligación moral y profesional de explicar por qué, sistemática y recurrentemente, haciendo tabla rasa de los más elementales criterios metodológicos, sólo ven escenas ritual–recreativas allí donde más probablemente hubo guerras sangrientas y conquistas, sufrimiento y muerte. Y por qué sólo ven dioses allí donde muy probablemente hay héroes legítimamente divinizados por la ideología de las élites y el imaginario popular. Y, tanto o más importante, por qué sólo y exclusivamente formulan sus apriorísticas y prejuiciosas hipótesis y silencian las otras.

¿No son acaso concientes de que formulando sólo una hipótesis, por lo demás apriorística y prejuiciosa, lo más probable es que sin rigor científico terminen artificial y artificiosamente “probándola”? ¿Y que al negarse a plantear hipótesis alternativas nunca las someterán siquiera a contraste y nunca entonces podrán probarlas? ¿No son concientes de que su obsesiva y nada científica tendencia a divinizar cuanto observan, contribuye decididamente a mitificar el pasado, esto es, al fortalecimiento de la Mitología, a despecho y con sacrificio del desarrollo de un área del conocimiento tan trascendental como la Historia? ¿No son concientes, por último, de que, a fin de cuentas, su persistente mitologización contribuye al encubrimiento y escamoteo de la verdad histórica? ¿No se cometería mañana un error monstruoso si, escribiéndose la historia de hoy, los historiadores, además de las imágenes de que están llenas las iglesias, vieran en los monumentos de Grau y Bolognesi, Cáceres y Quiñones, seres divinos? Pues de tamañas distorsiones están plagados los libros de la historia andina.

Quizá básicamente pues, con el expediente de la guerra, en el norte, los moche (chimú) hicieron efectivo su dominio sobre los valles de Chicama, Moche, Chao y Virú.

Más al sur, pero siempre en la costa, el pueblo lima terminó de ocupar plenamente los valles bajos y medios de Chancay, Chillón, Lima y Lurín. Y en territorio aún más austral, los nazcas hegemonizaron sobre el conjunto de la nación ica: por el norte del área hasta el valle de Chincha, dominando en el camino a los paracas, y por el sur hasta Acarí.

Al lado de la nación ica, pero al otro lado de la cordillera, fue éste también el período en que los pueblos que estaban dando forma a la nación chanka consolidaron su dominio sobre toda la cuenca del río Pampas. Y, quizá también, fue éste el tiempo en que los dispersos ayllus del pueblos inka se posesionaron de manera definitiva del área del Cusco. Por su parte, los distintos grupos kollas se afirmaron sobre el vasto territorio altiplánico, e incluso sobre las costas de Arequipa, Moquegua, Tacna y el norte de Chile.

Es decir, virtualmente todas las naciones y grandes pueblos conquistaron sus objetivos de consolidación territorial y de desarrollo autónomo de su propio proyecto. Algunos de ellos, sin embargo, y por lo menos en parte, a costa de pequeños pueblos que fueron sojuzgados.

Estando poblados todos los valles del territorio de los Andes –tanto en la costa como en la cordillera–, la demanda alimencicia que planteó el crecimiento poblacional significó escasez relativa de tierras. Al fin y al cabo, la población andina habría crecido entre 40 y 50% durante esos cinco siglos.

Todo parece indicar pues que, para ampliar la frontera agrícola, entre la construcción de andenes, canales de riego y otras soluciones pacíficas y de inversión, los grupos dirigentes optaron por las guerras de expansión y conquista. En ese momento, sin embargo, ya no se trataba de enfrentamientos entre pequeños pueblos, sino de las primeras guerras inter–nacionales en los Andes.

No hay aún evidencias, pero compartiendo fronteras comunes, puede presumirse que los moche (chimú) rivalizaran con sus cercanos parientes los mochicas lambayecanos y otros de sus distintos vecinos: los tallanes, al norte; cajamarcas, huaraz y recuay, al este; y limas, al sur.

Es probable, también, que los ica rivalizaran con los chankas y que éstos tuvieran en esta etapa sus primeros enfrentamientos con sus vecinos inkas. Y es posible que, a su turno, estos últimos soportaran diversas formas de penetración y dominación a cargo de la nación kolla, donde con singular éxito despuntaba ya la cultura Tiahuanaco.

La presencia de individuos y pequeños grupos rodeados de ostentación y privilegios ponía en evidencia que la estratificación social –en pocos siglos, a la sombra de las guerras y de sus correspondientes botines–, se había hecho más pronunciada en algunas naciones. Ello demostraba que los beneficios que se obtenían estaban siendo concentrados por los grupos internos dominantes. Esto, a su vez, probaba que los proyectos nacionales estaban siendo sustituidos, subrepticiamente, por proyectos de grupo, cada vez más ambiciosos y agresivos.

Las guerras de conquista no eran precisamente un buen remedio para esa sustitución.

Muy por el contrario. Con ellas las élites dirigentes mostraban un completo dominio y control sobre el proyecto que se venía materializando en sus naciones. Si en la paz las mayorías concretaban algunos beneficios, con las guerras esas mayorías no sólo no obtendrían mayores ventajas sino que, incluso, iban a perder sus propias vidas. Sin embargo, las minorías dominantes, las élites, lograron imponerse.

Hacia los años 500 –según Lumbreras el espacio andino presentó un nuevo cuadro bélico generalizado. Los artesanos se encargaron de dejar expresa constancia del feroz y decidido espíritu guerrero que primó durante esta fase del desarrollo de las grandes naciones andinas.

También cuando hablamos del fenómeno océano atmosférico del Pacífico Sur –tomando referencias de Peter Kaulicke y de Walter Alva–, dijimos que hay serias evidencias de una sucesión de graves alteraciones climáticas y aluviones, que coinciden en el tiempo precisamente con el generalizado período de violencia de que venimos hablando. Hay evidencias de cuán afectados habrían quedado las poblaciones tallanes de Vicús (Piura), mochicas de Sipán (Lambayeque) y moches de La Libertad.

Una vez más, pues, tenemos obligación de preguntarnos: ¿cuánto de aquella generalizada violencia bélica fue desencadecada por la destrucción material y hambruna a que habría dado lugar esa dantesca sucesión de 4–5 fenómenos “El Niño”?

¿Y cuán proporcionalmente débiles habrían quedado todas aquellas sociedades? ¿Habrían tenido virtualmente que comenzar casi desde cero nuevamente, como podría suponerse en función de la precariedad de las viviendas, y de la enorme destrucción de sus sistemas de regadío? Cabe no obstante también preguntarse, ¿habiendo perdido gran parte de las fuentes de sus privilegios, no ambicionarían obsesivamente las élites volver a alcanzarlos?

Entre los moche (chimú), en la cerámica quedaron ilustradas violentas escenas y la existencia de prisioneros de guerra. Por lo demás como se aprecia en la Ilustración N° 15, la que la historiografía tradicional presume como la más importante divinidad de ese pueblo, no era sino un fiero personaje armado.

La representación de un “degollador” en Pukara, y la macrocéfala y también presunta divinidad Tiahuanaco, representada en la Puerta del Sol, provista de instrumentos contundentes, sugieren también un clima de violencia más en esta última, como se ve en la Ilustración N° 16, resulta elocuente cuán lejos había llegado la influencia Chavín: la similitud entre esta imagen y la del personaje de la estela de Chavín es harto evidente. Por su parte, los múltiples motivos iconográficos de la elaborada cerámica Nazca muestran, inequívocamente también, agresivo espíritu guerrero y gran ferocidad como anota Kauffmann.

Los prisioneros de guerra, es decir, la fuerza de trabajo esclavizada o casi esclavizada que fue puesta al servicio de las naciones vencedoras y, en particular, de los grupos dirigentes, resultaron ser una nueva modalidad de mitimaes y mitayos en el espacio andino, de momento que eran desarraigados de su territorio y obligados a trabajar en uno lejano y extraño. Sobre ellos recayó, muy probablemente, el mayor peso en la construcción de las grandes obras que se erigieron en ese período. Obras que, no por simple casualidad se levantaron generalmente allí donde residían los grupos de poder.

En el dominio central del pueblo moche (chimú) quedan aún los restos de un enorme sistema de irrigación que se cuenta entre las más sorprendentes realizaciones en los Andes.

En el valle de Chicama, en efecto, es posible rastrear, en casi 110 Kms, el trazo de un importante y profundo gran canal de irrigación: el canal de La Cumbre. Pero asimismo otra asombrosa demostración de ingeniería hidráulica: el acueducto de Ascope que como señala Del Busto– “midió 1 400 metros de largo, 15 de alto, y tuvo un volumen de terraplenado que llegó a los 785 000 metros cúbicos”.

E imponentes centros religiosos administrativos como la Huaca de la Luna y, mayor aún, la Huaca del Sol, gigantesca pirámide de 280 mts. por 136 mts. de base, y 48 mts. de altura, en cuya construcción, según la leyenda –como registra Kauffmann– habrían intervenido 200 000 hombres, apilándose tanto como 50 millones de adobes –como a su vez escrupulosamente registra Del Busto 294–. Así también el enorme complejo administrativo –religioso que erigió el pueblo lima en Pachacámac. La nación kolla –a su turno, y en Tiahuanaco– se encargó de repetir de chavín la erección de obras que implicaron el traslado y no menos asombroso trabajo de gigantescas piedras. Según ha ilustrado Stingl, la Akapana debió ser una pirámide de piedra de dimensiones y acabados portentosos.

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