EL MUNDO PRE-INKA: Sobre el “estado de la cuestión” en Historia  

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Alfonso Klauer

¿Cómo definimos “imperio”?

¿Con qué criterio han definido los historiadores por ejemplo que sólo a partir de las primeras décadas del siglo I dC el Romano fue un imperio acaso el imperio por antonomasia–?

Casi unánimamente se acepta que desde que Octavio:

a) concentró todo el poder político en su persona;

b) recibió el título de imperator (que dará origen a emperador) con lo que se le concedió el poder absoluto sobre el ejército;

c) recibió además el título de princeps (que dará origen a príncipe) o primer ciudadano, y;

d) el Senado Romano lo nombró augusto o divino (grande y honorable, según otras fuentes).

“Así empezó una nueva fase en la historia romana: el imperio”

se dice entonces clara, rotunda y textualmente a nuestros estudiantes–. Pero no son más elaboradas ni sofisticadas, sino exactamente esas mismas las razones que utiliza un erudito y enjundioso historiador profesional como Carl Grimberg. Y a la postre también las de Geoffrey Barraclough y sus colaboradores de Oxford y Cambridge, y de muchos otros.

Muy extrañamente, y con alta dosis de ambigüedad, porque ninguno lo explicita con claridad meridiana, para ninguno de ellos la conquista, dominación y expoliación de territorios extranjeros son factores relevantes en la definición de “imperio”.

Y conste que los enormes, densamente poblados y ricos territorios de Cartago, Egipto, España y Francia habían sido conquistados y comenzado a ser saqueados por los romanos antes del advenimiento de Augusto como emperador. De allí que, según parece con mayor objetividad y acierto, “los historiadores de la Antigüedad [vieron en César, el padre adoptivo de Augusto] el primer emperador de Roma” –como bien nos lo recuerda Grimberg. Así, desdeñando criterios sustantivos y relevantes, y acogiendo más bien formalismos legalistas, la historiografía tradicional ha hecho suya una subjetiva versión de “imperio”, de inocultables raíces romanas.

Y mal puede extrañarnos que sea precisamente ésa la que se ha terminado imponiento en los diccionarios a los que recurre el ciudadano común y corriente.

Así, en el Pequeño Larousse Ilustrado, entre otras, se encuentra esta esencial, metodológica y científicamente inútil definición: “Estado gobernado por un emperador”.

Veamos. A ella se ajustan, entre muchos otros, los casos del Imperio Faraónico, el Imperio Persa que gobernaron Ciro, Darío y otros, el del propio Imperio Romano que gobernaron Augusto, Trajano y otros; del Inka que gobernaron Huayna Cápac y otros; y del Español que gobernaron Carlos V, Felipe II y otros.

Nadie en cambio invistió como emperador a Pericles.

Grimberg sin embargo no duda en reconocerlo como primer ciudadano del imperio ateniense.

Alejandro (“Magno”) nunca fue tampoco formalmente investido como emperador. ¿Significa eso que no formó ni gobernó un imperio? Claro que lo formó.

¿Por qué Barraclough –incurriendo en flagrante contradicción – habla de la existencia del Imperio Romano desde antes de la investidura de Augusto, cuando formalmente aún no había emperadores? Quizá nunca sabremos si Chavín y Wari tuvieron emperadores, ¿significa eso que estamos condenados a no saber nunca si hubo esos imperios? ¿Qué definición es pues aquélla que es válida en unos casos e inválida en otros? Simple y llanamente, no sirve.

Mas hay otra definición de “imperio” que sin haber sido adecuadamente explicitada es implícitamente muy socorrida en los textos de Historia. Según ella, hay o hubo imperio allí donde además de emperador o emperatriz (o sus equivalentes, faraón, inka, monarca, rey, soberano o sha; y, entre otros, zar y kaiser, derivados eslavo y germánico de césar), hay consortes y príncipes herederos, palacios y castillos, pléyades de cortesanos y cortesanas, lujo, fasto, boato, esplendor, despliegue escénico y cursilería, grandes bailes y festines, amantes y validos, artistas en mecenazgo y bufones, etc. Y, complementaria, aunque no necesariamente, poder omnímodo, prepotencia, abuso, injusticia, conquistas y expoliaciones. ¿Cómo negar que esta definición está más bien cargada de ribetes versallescos, pero donde una vez más prevalece básicamente la apariencia sobre la esencia de los hechos y procesos históricos?

No es pues que la confusión del hombre común y corriente, y de los textos que maneja, sea ajena y opuesta a la claridad de los historiadores. Es más bien una consecuencia de la oscuridad y vaguedad y hasta trivialidad de los conceptos que muchos de éstos manejan.

¿Cómo sino entender que el concepto “imperio” tampoco esté definido en un texto tan significativo y especializado como el Diccionario de términos históricos, donde sí figura en cambio “imperialismo”, extrañamente definido como “adquisición y administración de un imperio...”. Y que tampoco aparezca en el Diccionario del mundo antiguo, donde en cambio aparece “imperium”, definido como “poder originario y soberano de vida y muerte (...) del que eran investidos los altos magistrados [romanos]...”. En uno y otro diccionario están sin embargo definidos con precisión conceptos tan poco trascendentes como, por ejemplo, “infangentheof” (ladrón...) e “impilia” (medias o polainas...).

“Imperio” es sin género de duda uno de los términos más importantes, característicos y recurrentes en Historia, esta milenaria e importante área del conocimiento humano. No obstante, resulta harto evidente que no tiene una definición explícita, de sentido unívoco, preciso e indubitable.

Por analogía podemos preguntarnos: ¿habría podido progresar la Química si los especialistas aún no hubiesen definido “átomo”, o la Física si todavía se vacilara en torno a lo que debe entenderse por “gravedad”? ¿Quién ha dicho que a la Historia no le corresponde definir, precisar y formalizar sus conceptos? Ése –debemos reconocerlo– es parte del largo y costoso camino hacia la construcción científica de la Historia, que no tendría porqué no transitar por él.

Pues bien, a nuestro juicio, a Chavín –pero también a Wari, Tiahuanaco y Chimú, como veremos más adelante, pero además al Inka, al que analizamos en Tahuantinsuyo, el cóndor herido de muerte–, y a muchos otros en la historia mundial, corresponde tipificarlos como “imperios”, más allá de sus enormes y múltiples diferencias de apariencia. Para tal efecto, la hipótesis general que hemos manejado se sintetiza y abstrae en la siguiente definición: Imperio es el dominio (estructural y sistemático) que ejerce un pueblo, nación y/o Estado (hegemónico) sobre otra u otras naciones, pueblos y/o Estados (dominados), y a través del que aquél obtiene beneficios objetivos (identificables y mensurables) a costa del perjuicio (también objetivo) de éstos.

Nuestra hipótesis es pues que bajo los imperios hay una nítida relación asimétrica entre las partes: una domina de manera clara e irrecusable. Y es precisamente la única que se beneficia, habida cuenta de la sumatoria total y objetiva de los bienes y servicios que circulan desde y hacia ella.

El dominio, predominio, hegemonía –o como prefiera llamársele– puede ser militar, comercial, político, tecnológico, o de una cualquiera de las múltiples combinaciones de esos e incluso otros factores como la religión y/o la ideología.

Típicos imperios militares fueron, por ejemplo, los que formaron, contribuyeron a formar y/o gobernaron, Ciro desde Persia, Alejandro desde Grecia, César desde Roma y Carlos V desde España. Militar y comercial fue el Imperio Ateniense sobre el resto de los pueblos del Egeo y de gran parte del Mediterráneo.

Militar, tecnológico e ideológico –pero también militar – fue el Imperio Egipcio sobre gran parte de los pueblos de su entorno en África y Asia Menor. Militar, comercial y tecnológico fue el Imperio Inglés a partir de la Revolución Industrial, etc.

Así, y volviendo otra vez sobre el mundo andino, Chavín habría experimentado dos tipos de hegemonía imperialista: tecnológica, durante sus primeros quinientos años; y militar en los siguientes quinientos y hasta su liquidación. En el decurso de uno y otro proceso habría obtenido beneficios gigantescos a cambio de un equiparable perjuicio material y humano en los pueblos sojuzgados. Pero nada menos que por espacio de casi mil años.

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