EL MUNDO PRE-INKA: Sobre el “estado de la cuestión” en Historia  

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Alfonso Klauer

El colapso del imperio

A despecho del sueño de sus mentores y adalides, la vida del Imperio Chavín no fue eterna. Diversos son los factores que concurrieron en el progresivo minado de sus fuerzas hasta llevarlo al colapso. Veamos pues las que asoman como más relevantes:

1) Los kurakas de los pueblos dominados cumplieron el papel de intermediarios entre los miembros de su pueblo y las autoridades imperiales. En un sentido, para transmitir y organizar el cumplimiento de las disposiciones que llegaban al pueblo, o que emanaban del representante del imperio en la localidad. Y, en dirección contraria, disponiendo y organizando el envío de los tributos y excedentes a Chavín de Huántar.

Administrando esos envíos, los kurakas locales y los representantes imperiales lograron conocer de cerca cuán grandes eran los beneficios que recibía el pueblo hegemónico y, en particular, el grupo dominante en Chavín de Huántar. No es difícil imaginar cuántas desmedidas ambiciones se fueron gestando en el proceso.

El excedente que generaban los pueblos fue además usufructuado de manera discriminatoria.

En efecto, una parte del excedente de producción era apropiada y consumida por el kuraka del pueblo sometido. Y otra parte fluía para ser consumida por la élite hegemónica. Así, en los pueblos sometidos, entre el kuraka local y el poder hegemónico externo fue apareciendo un común denominador: sus intereses crecían a expensas de los del trabajador. En esa alianza implícita se irían exacerbando los afanes autonomistas que cada vez más, entonces, adquirirían mayor envergadura.

2) De otro lado, la riqueza que los pueblos sometidos transfirieron al pueblo chavín sólo podía tener dos formas de uso –consumo o inversión–, aunque múltiples versiones de cada uso.

Gran parte de ese excedente, quizá la inmensa mayoría en los últimos siglos, fue orientado al consumo, fundamentalmente de la élite chavín. Sea en las versiones de consumo directo, en forma de alimentos, bebidas, fiestas, vestidos o adornos personales (para lo que el personaje retratado en la “estela Chavín” resulta un ostensible e insuperable ejemplo); o bajo las versiones de consumo indirecto: centros cívico–religiosos, palacios, y, por cierto, un presupuesto militar exorbitante. Ello a la postre crearía lo que hoy denominamos presupuestos crecientemente deficitarios.

3) Mas no sólo eso. Es una constante en la historia que la altísima proclividad al gasto ha ido siempre de la mano con el abuso por el fasto y la ostentación; la lujuria y el desorden anímico y espiritual y, en general todo tipo de privilegios excluyentes. Y en el caso de Chavín innumerables esculturas líticas (que los textos muestran hasta la saciedad), reflejan ese clima de superficialidad, ese ambiente suntuoso y de frívola ostentación que, sin duda, fue también minando paulatinamente la fuerza hegemónica. Y no dejan de ser harto significativas otras evidencias. Se ha comprobado, por ejemplo, que mientras las poblaciones pobres de Chavín de Huántar –los esclavos y los servidores de la élite– comían carne de auquénidos viejos, duras, magras y de menor valor nutricional; la élite se alimentaba exclusivamente de animales tiernos, sabrosos y nutritivos.

4) La amplia hegemonía territorial del Imperio Chavín supuso el sojuzgamiento de muchos pueblos con los que no había similitud idiomática. Los dominadores chavín, por consiguiente, sólo contaban consigo mismos para la materialización de su proyecto imperialista. Así, la más importante restricción para acrecentar y retener sus dominios estuvo constituida por la magnitud de su propia población: se extendió tanto como se pudieron desperdigar sus habitantes en el territorio imperial (hasta aparecer débilmente en pequeñas guarniciones de frontera).

Ello, a la postre y contraproducentemente, terminó gestando y desatando la que fue una de sus mayores debilidades: su población dispersa y la sede imperial repleta de extranjeros. Si esto último fue constatado en el viejo mundo en el caso de la Roma imperial; y a su turno lo atestiguaron aquí en los Andes los conquistadores y cronistas españoles en el caso del Cusco, ¿qué nos podría hacer suponer que eso mismo no ocurrió pues también en Chavín?

5) De otro lado, potenciadas las ambiciones autonomistas internas, muchos kurakas locales y delegados del imperio no pudieron resistirse a la tentación de reproducir, en distintas dimensiones, las modalidades imperiales de Chavín.

Sin embargo, al cabo de siglos de iniciada la dominación militarista, muchos de los representantes imperiales en los pueblos sometidos pertenecían a destacamentos cuyas familias tenían cientos de años fuera de Chavín de Huántar. Eran lejanos descendientes de los primeros que habían llegado a someter militarmente a la población en la que residían. Muy probablemente, pues, estaban experimentando el tránsito entre la identificación con el centro hegemónico a la identificación con el pueblo en cuyas tierras habían nacido ellos, sus padres y abuelos.

En ese contexto, en los pueblos sometidos de los extremos del imperio, quizá a iniciativa del kuraka local y en connivencia con los representantes chavín, se fue gestando la ambición de ampliar los dominios conquistando pueblos allende las fronteras del imperio. Si la conquista resultaba exitosa, los protagonistas se fortalecían, aunque desarrollando un espíritu cada vez más autonomista.

Así se fueron fortaleciendo algunos de los pueblos de los confines del imperio, que, finalmente, aprovecharon ese mayor poder para escapar de la esfera del imperio y adquirir total autonomía. De manera concurrente, algunas aventuras de expansionismo autonomista habrían tenido resultado adverso y, a expensa de los intereses de sus promotores y del centro hegemónico, fueron derrotadas, mermándose así el territorio del imperio.

6) Durante la primera fase del Imperio Chavín, de expansión y dominación pacífica del territorio, el pueblo chavín y los pueblos que aceptaron su hegemonía tecnológica, tenían objetivos complementarios.

Ello permitió que durante varios siglos intercambiaran mutamente intereses –recursos materiales a cambio de tecnología–, en proporciones tales que todos los pueblos comprometidos encontraban equidad.

Pero el proyecto imperial en su segunda fase resultaba intrínsecamente inaceptable para los pueblos dominados. A la permanente usurpación de recursos se agregó, qué duda cabe, una crueldad muy grande. Ningún pueblo podía suscribir como propio y aceptar un proyecto que en lugar de beneficiarlo lo perjudicaba. Así, a las condiciones objetivas para la rebelión –siempre presentes– sólo tenían que adicionarse los detonantes.

7) Postula la arqueóloga peruana Rebeca Carrión que habría tocado también a la naturaleza jugar un rol protagónico (y detonante).

Recordémoslo: “... aluviones, cuyas huellas quedan en muchos sitios arqueológicos... [En la costa] se produjeron lluvias torrenciales e inundaciones que asolaron zonas íntegras; valles antes florecientes con densas poblaciones y vida económica próspera fueron sepultados o arrasados por violentos aluviones. Ciertos valles sufrieron más que otros, entre ellos los de Lambayeque, Nepeña y principalmente Casma.

¿Fue acaso el fenómeno océano–atmosférico del Pacífico Sur el detonante final? Quizá. Muy probablemente.

Lo cierto es que hacia el año 600 aC empezó a producirse, progresivo e inexorable, prolongándose hasta por dos largos siglos, el proceso regresivo que no terminó sino con el colapso del imperio. Si durante la segunda fase del período de hegemonía chavín, el argumento de dominación más importante había sido la fuerza, su fin ocurrió cuando los pueblos sojuzgados estuvieron en condiciones de recurrir al mismo expediente.

Fue sin embargo necesario que se diera una condición insustituible: que todos los pueblos sometidos, simultáneamente –o casi simultáneamente–, se enfrentaran al conquistador.

En efecto, una fuerza tan grande como la que debió acumular éste, sólo podía ser vencida con otra equivalente, constituida por la suma de muchas fuerzas, medianas y pequeñas, de otros tantos pueblos sojuzgados, medianos y pequeños.

Ubicados en los extremos del Imperio Chavín, quizá correspondió a los chankas e icas (paracas), en la cordillera y costa sur, respectivamente, y tallanes de Piura, en el límite norte, ser los primeros en lograr su liberación del imperio. Su ubicación, alejada del centro hegemónico, contribuyó quizá a facilitar su objetivo. Y cuando estuvo debilitado el poder imperial, llegó el turno a los pueblos limas, cajamarcas y chimú (moches y mochicas). Pero también a los huancas y tarmas, en el macizo cordillerano central.

Entre los años 600 y 400 aC el territorio de los Andes fue escenario de una oleada de prolongadas y sangrientas guerras de liberación.

En ese período de la historia andina convergen dos hechos muy significativos reportados por la arqueología, y que mal puede dejar de relacionarse: la repentina generalización de múltiples evidencias de guerra, entre ellas los primeros indicios de militarización de los pueblos que habían estado bajo la férula chavín, y, precisamente, la liquidación del imperio. Difícilmente esa conjunción fue sólo coincidencia. Parece, por el contrario, un sólido indicio de que los pueblos sometidos, alzados en armas, liquidaron al primer imperio andino.

En Piura –en el extremo norte de la costa–, los tallanes (Vicús) han dejado porras estrelladas de cobre fundido, hachas y petos protectores; cerámica que presenta personajes con cabezas–trofeo colgando del cuello o acaso ensartadas a manera de collar y otra muy variada cuya iconografía reproduce prisioneros y guerreros.

Los moches de Salinar y de Gallinazo, dejaron en los valles de Chicama y Virú edificios fortificados, mazas con puntas de cobre, escudos y fortalezas.

En la famosa textilería de los icas (paracas), es muy frecuente la presencia de personajes armados provistos de una o varias cabezas trofeo. Han quedado también puntas de dardos, estólicas y fortificaciones.

Incluso la especializada trepanación craneana que practicaron pudo surgir a consecuencia de la guerra.

A los huaraz y recuay las víctimas más cercanas de los chavín, les correspondió la tarea de invadir Chavín de Huántar. Arrasaron con la mayor parte de las edificaciones y, en simbólica manifestación de odio y desprecio a quienes habían sido sus opresores, utilizaron como vivienda el gran templo castillo de Chavín de Huántar.

Algunos autores –Del Busto entre ellos– atribuyen la “muerte” de la Cultura Chavín “a invasiones de pueblos poco conocidos, como los Huarás [o huaraz] primero, y los Recuay después”.

Dicha aseveración encierra un grave error de análisis e interpretación histórica. En efecto, sólo podrían haber invadido el territorio imperial aquellos pueblos que no formaban parte de él. Y ese no era, ni mucho menos, el caso de dichos pueblos.

Obsérvese otra vez el Mapa N° 12, y se verá que ningún otro pueblo estaba físicamente tan cerca de los chavín como precisamente los recuay y huaraz, ubicados nada menos que en el Callejón de Huaylas, esto es, en las inmediaciones de Chavín de Huántar.

Por su proximidad, ellos habrían sido, sin duda, los primeros en caer bajo la hegemonía chavín, antes incluso del triunfo de éstos sobre los sechín. Por lo demás, no existe la más mínima duda sobre el control absoluto que los chavín ejercieron sobre todo el Callejón de Huaylas y los distintos pequeños pueblos allí asentados. ¿Cómo imaginar entonces a súbditos del imperio invadiéndolo? Absurdo, por decir lo menos.

Entre los cajamarcas, fortificaciones e iconografía con escenas de violenciason también indicio de la presencia de conflictos armados. Y entre los lima, en los valles de la costa central, aparecen construcciones que sugieren esfuerzos de fortificación.

Es decir, tallanes, chimú (moches y mochicas), cajamarcas, huaraz, limas e icas (paracas), pero también los chankas, evidenciaron, repentina y simultáneamente, las huellas de un violento proceso de independentista.

Mil años del primer imperio de los Andes concluyeron tan dramática y ferozmente como había comenzado su segunda fase. La violencia que había caracterizado el surgimiento y consolidación de la misma adquirió quizá tanta o mayor gravedad durante las largas y sangrientas guerras que acabaron con él, y que exterminaron a la propia élite chavín.

“Los datos de que se dispone sugieren que un dominio creciente sobre los contornos es un concomitante de la desintegración más que del crecimiento. El militarismo [es] un rasgo común del colapso y la desintegración...”. El comentario de Toynbee, dentro del contexto de la historia mundial, se ajusta a cabalidad a este crucial pasaje de la historia andina.

Ése fue el contexto en el que cayó el primer imperio de los Andes. Y luego del que cada uno de esos pueblos reemprendió, con autonomía, la tarea de concretar su propio proyecto nacional. Esto es y usando nuevamente la analogía empleada por Toynbee, tras la marejada chavín, los pueblos dominados “emergieron” otra vez a la superficie.

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