EL MUNDO PRE-INKA: Sobre el “estado de la cuestión” en Historia  

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Alfonso Klauer

Segunda fase: hegemonía militarista

No obstante, la seducción y el encanto que suscitó en los Andes la “minoría creadora” chavín en mérito a sus avances técnicos y tecnológicos, llegó a su fin al cabo de tanto como cinco siglos. El vaso comunicante había cumplido su rol, minimizando o haciendo desaparecer la supremacía tecnológica que al inicio del proceso hegemónico y expansivo había exhibido chavín.

Pero durante la vigencia de su imperio pacífico y tecnológico, inadvertidamente, la “minoría creadora” había experimentado un significativo cambio. Seguía siendo minoría, pero había perdido las condiciones objetivas por las que, de modo implícito, los demás pueblos la habían reconocido como “creadora”.

El sistema de vasos comunicantes que ella misma había creado le habían hecho perder su condición de adalid y vanguardia tecnológica. Sin embargo, esa minoría chavín, y en particular los dirigentes, no estuvieron dispuestos a perder los beneficios –y privilegios– de que habían estado usufructuando.

Así –tal como razona Toynbee refiriéndose a acontecimientos similares acaecidos en otras latitudes–, la “minoría creadora” chavín se transformó en “minoría dominante”.

Careciendo ya de razones objetivas para mantener su posición privilegiada, acudió entonces, para la segunda mitad de su hegemonía imperialista, al uso de la fuerza para conservar la preeminencia que había dejado de merecer.

El Imperio Chavín, entonces, inició su segunda fase, según parece, en torno al 800 aC. Ésta se caracterizó ya no por la adhesión voluntaria y pacífica sino por el violento sojuzgamiento de los pueblos y por la compulsiva rapacería de sus recursos.

Así, a diferencia de inerme “lanzón”, que presenta, representa y literalmente retrata el carácter pacífico del primer período de hegemonía Chavín, la afamada “estela Chavín” y las conocidas cabezas clavas ponen de manifiesto la modalidad guerrera y la crueldad a las que tuvieron que recurrir los dirigentes chavín para mantener su imperio, o, mejor, para preservar sus privilegios. La “estela Chavín” y las cabezas clavas pertenecen –y no por simple casualidad–, precisamente a ésta, la fase tardía de Chavín.

La “estela Chavín” –de la que por ahora estamos presentando una versión interpretativa de perfil, elaborada por Kauffmann– muestra a un fiero y fuertemente armado guerrero, ataviado con su más vistoso traje militar y de desfile.

Esa imagen iconográfica, sorprendente y casi unánimemente, ha sido divinizada en la historiografía tradicional. Todos los pueblos de la antigüedad, ya en los Andes o en el resto del mundo, han tenido dioses y héroes.

¿Por qué razón la historiografía tradicional andina ve dioses y sólo dioses por todos lados? ¿Por qué no ve grandes líderes y/o grandes guerreros por ningún lado? Las cabezas clavas –con las que quizá intentaron perennizar a sus más importantes enemigos vencidos, que muy probablemente no eran sino los más rebeldes de los dirigentes de los pueblos dominados–, son, a su turno, evidente representación de decapitaciones.

Desfilar triunfalmente y decapitar a sus enemigos derrotados debieron ser escenas con las que estuvieron familiarizados los pobladores chavín en esta etapa de la historia. Y muy significativamente habrá de ser esa imagen de cabezas cercenadas una de las más extendidas en sus dominios: contribuía sin duda a crear un clima sicológico de terror y sumisión.

En el estudio de la iconografía chavín, por lo demás, queda patente la presencia reiterativa y enfática del ave de rapiña. Extraña, singular y notable coincidencia con la rapacería que en este segundo período de hegemonía debió llevar a cabo el Imperio Chavín en el territorio andino.

El Imperio Chavín puso de manifiesto en esta segunda etapa un gran aparato represivo –como afirma el arqueólogo e historiador peruano Luis G. Lumbreras . Con él pudo controlar y retener por otros quinientos y prolongados años el inmenso territorio dominado, en el que, muy posiblemente, organizó censos de población, de tierras, de animales, contabilizó la producción a fin de disponer las cargas tributarias que correspondieron a cada pueblo y a cada ayllu sometido. Además, el Imperio Chavín pasó a controlar administrativamente a cada uno de los pueblos sojuzgados, ordenando las faenas agrícolas, la construcción de caminos, canales, etc.

La difusión de las manifestaciones artísticas típicas de chavín, por todo el espacio andino, no son sólo e incuestionablemente una prueba de que los pueblos las asimilaron y asumieron como propias, durante la primera fase imperial. Son, también, el testimonio de la presencia física de las huestes y representantes imperiales chavín –los primeros y más antiguos mitimaes militares de los Andes –, destacados a concretar el proyecto imperial de dominación y saqueo de la segunda etapa.

A consecuencia de la hegemonía militar sobre un espacio territorial tan amplio, el pueblo chavín experimentó a lo largo de sus últimos siglos importantes transformaciones.

Por lo pronto, el conjunto de sus intereses se modificó sustancialmente. En efecto, su limitado y pequeño territorio inicial, en un valle de los Andes septentrionales, se agigantó, multiplicándose cien veces. Y los recursos de que dispuso, de todo género, se habían también multiplicado. Es decir, se dieron significativos cambios cuantitativos.

No obstante, la historia del pueblo chavín registró, además, otros cambios, esta vez cualitativos, y de enorme trascendencia. El reducido número de personas que tenía rol dirigente en Chavín de Huántar multiplicó sus intereses con la apropiación, por lo menos de una parte, del excedente que aportaban los pueblos sojuzgados.

Todo el pueblo chavín usufructuó también de beneficios materiales. Directamente, a través del mayor abastecimiento que provenía de los pueblos sometidos. E, indirectamente, aprovechando los beneficios del crecimiento y embellecimiento de su propio territorio: caminos, canales y almacenes; templos y palacios, etc.

A expensas de la población agrícola y rural, la población no agrícola y urbana del pueblo chavín creció seguramente en proporción muy considerable, a efectos de cubrir cuanta nueva ocupación administrativa y organizacional había aparecido a la sombra de la hegemonía imperialista. Así, el centro urbano–teocrático debió crecer para dar cabida a los nuevos e improvisados funcionarios recién reclutados dentro del campo.

Complementariamente, otra parte de la población campesina chavín, militarizada de improviso, tuvo que ser desplazada a los territorios sojuzgados, a fin de garantizar la dominación y la captación de los recursos que cada pueblo fue obligado a entregar. El Paraíso, en las inmediaciones de Lima, por ejemplo, habría albergado al importante destacamento enviado para controlar esa parte del territorio imperial.

No menos espectaculares fueron los cambios que se operaron en el seno de los pueblos dominados. A la autoridad local se superpuso la del Imperio Chavín, para cuyo sostenimiento vieron incrementadas sus obligaciones tributarias. Pero, además, tuvieron que enviar parte de su producción con destino a Chavín de Huántar. Una parte de sus tierras –probablemente las mejores– fueron expropiadas para destinarlas al abasto del grupo de pobladores chavín que había sido destacado a controlar y administrar al pueblo sometido. Además del tributo en especies, los pueblos, en su propio territorio, debían trabajar –en faenas agrícolas y de construcción de viviendas y murallas– las tierras que les habían sido expropiadas. Y en las tierras sobre las que mantenían posesión no tenían siempre libre disposición: el Imperio Chavín decidía qué sembrar, cómo y dónde se construiría el nuevo canal de riego, etc.

La producción agrícola y ganadera, en las tierras de libre usufructo, continuó revistiendo su forma comunitaria ancestral: el ayni.

Mas apareció una nueva obligación: la mita.

Es decir, el trabajo comunal por disposición y en beneficio del poder imperial: grandes caminos troncales, puentes, fortificaciones, adoratorios, etc.

Por último, los pueblos contribuían con cientos de individuos que marchaban a trabajar en la sede imperial, y a quienes se dio un trato esclavizante. Fueron encargados de acarrear gigantescas piedras para las formidables construcciones magalíticas de Chavín de Huántar, que la práctica social de los pueblos de la antigüedad ha demostrado que fue posible realizarlas sólo mediante el esfuerzo de esclavos.

cómo, de un gran número de pueblos que florecía contemporáneamente con Chavín hacia 1500 aC, en los casi mil años siguientes sólo floreció este, al precio de “apagar” a todos los demás.

El Imperio Chavín, pues, frustró y liquidó, temporalmente al menos, el fructífero proceso descentralista que se había estado dando en los Andes, instaurando por primera el más nefasto centralismo. Y los grandes excedentes que generaba la agricultura en el territorio andino no disminuyeron, sino que fueron a parar todos a manos del poder hegemónico.

A despecho de que formara o no parte del conjunto de sus propósitos explícitos, dentro del amplio espectro de elementos culturales que de hecho difundieron los conquistadores chavín, estuvo sin duda –y como ya hemos advertido– su propio idioma.

Larguísimos mil años de dominación habrían sido absolutamente suficientes para terminar imponiéndolo. Ya sea desplazando y sustituyendo las lenguas de pequeños pueblos.

Ya sea convirtiendo en bilingües a una buena proporción de los habitantes de las naciones más grandes. Como fuera, es completamente verosímil que tras ese dilatadísimo período de hegemonía, el idioma de los chavín terminara expandiéndose en una vastísima porción del territorio andino, quedando pues en los labios de millones de personas y de muchas generaciones por delante.

En todo el planeta, y desde tiempo inmemoriales, muchos pueblos han construido civilizaciones portentosas cada uno en su propio idioma. Así, salvo subjetivismos acientíficos e inaceptables, ningún pueblo tiene razones solventes para esgrimir que sólo su idioma da curso al progreso. Ni para de manera igualmente sesgada sostener que el idioma propio es mejor que el ajeno.

Riqueza transferida

Por primera vez de manera compulsiva, en el vasto territorio andino se materializaba una gran transferencia de riquezas: los pueblos sometidos hicieron converger en el pueblo chavín –y en particular en Chavín de Huántar– quizá la mayor del excedente que generaban.

No es casualidad que Chavín de Huántar sea el único grande e importante monumento arqueológico de los Andes en ese período de la historia. El esplendor de chavín tuvo pues como precio el drástico estancamiento y empobrecimiento de los pueblos sojuzgados. O, si se prefiere, los intereses de Chavín se acrecentaron a costa de la merma de los correspondientes de los pueblos sojuzgados.

Esa transferencia, subsidiante para uno y desangrante para los demás, ayuda a entender Sin embargo, invariablemente todos los imperios, pisoteando esas verdades, y empinándose sobre la fantasía y la soberbia, mañosamente han enarbolado como una de las mejores herencias de sus conquistas la divulgación de “su” idioma entre los pueblos dominados.

Y el hecho de que en los textos de historiografía tradicional, de manera virtualmente unánime, se haya admitido y aceptado esa trampa, pero sacralizándola hasta presentarla como un “mérito”, no convierte a éste en tal, ni al embuste en verdad.

El idioma del pueblo hegemónico, más aún si el proceso de dominación es largo, inexorablemente se difunde pero por razones distintas a la de su falaz y pretendido mayor valor intrínseco. Se difunde, en primer lugar, y por ridículamente obvio que parezca, (a) porque es el único idioma que habla la inmensa mayoría de los habitantes del pueblo conquistador. ¿Qué más podrían, pues, sino hablar y difundir la única lengua que conocen? A este respecto, la historiografía tradicional sigue cayendo en el mismo ridículo del despistado y candoroso gallego que en el siglo XV se asombraba del “mérito” de los niños de Francia que sabían hablar francés.

El idioma del conquistador se difunde además, y compulsivamente, (b) para poder extraer más eficientemente riquezas a los pueblos dominados. Pero también (c) porque en el proceso de la conquista los nativohablantes, víctimas de las guerras de conquista, del genocidio y la sobreexplotación, son relevados por niños que, casi sin alternativa, asumen la lengua del conquistador impelidos por sus padres, como último recurso en legítima defensa de la vida y futuro de sus hijos.

Se difunde asimismo, (d) porque cientos y miles de niños de los pueblos dominados son hijos mestizos de los conquistadores.

Pero también (e) porque miles de adultos de los pueblos sojuzgados pronto aprenden que la única manera de conseguir aunque fuera algunos peldaños de ascenso social es hablando la lengua del conquistador. Y, (f) porque sin ninguna duda, sólo hablando el idioma del conquistador puede asimilarse bien el cúmulo de elementos culturales nuevos que lleva sus dominios.

¿Tenemos derecho a presumir que los pueblos dominados por Chavín escaparon a ese esquema? No. Porque nada hay en la historia andina que insinúe siquiera que los pueblos de esta parte del mundo eran sustancialmente diferentes a los de otras latitudes. Y que haga presumir, en consecuencia, que aquí se dieron fenómenos profunda y cualitativamente distintos.

¿Y a suponer por el contrario que todo ello también se dio en los Andes en aquél remoto período de la historia? Sí. Porque como venimos encontrando hasta aquí –y como extensamente se verá más adelante en este libro y en Tahuantinsuyo: el cóndor herido de muerte, pero asimismo en En las garras del imperio– prácticamente todo muestra que la historia del mundo andino ha respondido a las mismas grandes constantes de la historia mundial. Salvo las formas externas, es decir, salvo las apariencias, esencialmente encontramos y encontraremos lo mismo en ésta y aquélla.

¿Cuál habría sido, pues, el idioma que difundió Chavín en los Andes durante los diez siglos de su hegemonía? Pues el quechua.

O, en términos caros a la lingüística, el proto–quechua. Esto es, ni más ni menos que la lengua que la historiografía tradicional, ha atribuido su difusión panandina al Imperio Inka.

Mas nuestra hipótesis es el resultado de una larga deducción lógica retrospectiva que parte de la realidad idiomática que encontraron los conquistadores españoles en el siglo XVI. Y se sustenta además en los valiosos, aunque muy poco difundidos, aportes del reputado lingüista peruano Alfredo Torero.

Permítasenos, sin embargo, dejar el desarrollo de esa hipótesis para cuando enfrentemos el análisis del Imperio Inka en Tahuantinsuyo: el cóndor herido de muerte.

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