EL MUNDO PRE-INKA: Sobre el “estado de la cuestión” en Historia  

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Alfonso Klauer

¿De México al Perú y todo el Perú?

Por cierto, la similitud, por sí sola, no es prueba suficiente para establecer que los sechín migraran de México hacia el Perú. Porque de ella podría desprenderse también una migración en sentido contrario.

De allí que determinar la antigüedad de los restos arqueológicos era fundamental: necesariamente el más antiguo debía ser considerado el punto de partida de la migración (lo contrario no sería sino un absurdo insostenible, a menos que se pudiera probar la existencia de otro factor aún más antiguo que los restos mencionados).

Pues bien, recurriendo a la técnica de radiocarbono 14, la arqueóloga peruana Rosa Fung llegó a determinar la antigüedad de los templos: 1300 aC para el Templo de Las Haldas cerca a Sechín, y sólo 814 aC para el Templo de la Venta de México. Sostuvo entonces que, a la inversa de lo postulado por arqueólogos norteamericanos, la migración habría partido desde el Perú. “...la teoría de Rosa Fung resulta cuestionadora” –admite Del Busto.

¿Puede considerarse concluyente y suficiente la demostración de Rosa Fung? En nuestro concepto no. ¿Cuánto se sabe realmente de la antigüedad de los respectivos monolitos? ¿Pueden o no ser anteriores a los templos?

Barraclough proporciona un dato que parece darle la razón a Rosa Fung. Refiere él que los monolitos de Monte Albán son sólo del 500 aC. Es decir, serían tanto como mil años posteriores a Sechín.

¿Avala ello la hipótesis de que quienes “copiaron” fueron entonces los mexicanos? En apariencia sí, más no en su esencia misma.

Como veremos, en el 500 aC en los Andes hegemonizaba todavía ampliamente la cultura Chavín.

¿Por qué entonces –a través de los comerciantes – habrían de copiar los mexicanos un estilo primitivo y rudimentario, cuando habrían podido copiar lo más sofisticado de Chavín? ¿No sugiere nuestra pregunta la precariedad de la hipótesis anterior?

No obstante, y para dilucidar finalmente quién inspiró o influyó sobre quién, no puede soslayarse la necesidad de recurrir a otros datos y criterios cuya antigüedad, cuando no se conoce, amerita ser estudiada y desentrañada.

Algunos de ellos, y que nos parecen más relevantes, son los siguientes:

a) El poblamiento remoto de Centroamérica se produjo bastante tiempo antes que el del Perú: los hallazgos en Tlapacoya, México, tienen comprobadamente 29 100 años de antigüedad; en tanto que el sólo presumiblemente más antiguo del Perú (Yauca) tendría 28 000 años.

b) A despecho de ello, Barraclough, como muchos arqueólogos e historiadores peruanos, refieren que la agricultura, la primera de las grandes conquistas del hombre en la Tierra, se dió antes en el Perú que en México.

“En Perú –dice a este respecto el famoso historiador inglés–, ciertas especies de plantas, entre ellas las calabazas, porotos y pimientos, ya se habrían cultivado hacia el 8500 aC. Posiblemente 2 000 años después, [recién] se habría cultivado el maíz en México”.

c) No obstante, hacia el 2000 aC la primera de las grandes culturas que surgieron en México “la olmeca”, como refiere explícitamente Barraclough, contaba ya con “la ciudad de Monte Albán, en Oaxaca [que] tenía una población de hasta 16 000 personas”; cuando en los Andes sus contemporáneos peruanos, Huaca Prieta y Kotosh, eran todavía centros poblados muy pequeños.

Y hacia el 1500 aC, ya varias culturas centroamericanas contaban con “estelas y monumentos conmemorativos de gobernantes (...), el sistema de escritura jeroglífica, una compleja notación de cálculos basados en el calendario”, y jugaban un deporte como el fútbol, con pelota de goma, en lo que hoy llamamos un estadio “especialmente construido” para ese efecto; cuando aparentemente Chavín, la precursora de las culturas peruanas, aún no había empezado siquiera a construir su primero y único gran edificio, el famoso Templo Viejo.

Hasta aquí podría concluirse que si las primeras grandes civilizaciones se dieron en México antes que en el Perú, es razonable concluir que a través del comercio ultramarino, necesariamente también desarrollado antes en aquellos pueblos doblemente costeros– es “más probable” que aquél haya influido antes a éste que viceversa.

Insistimos, no es necesariamente cierto; pero sí “más probable” que así hayan ocurrido las cosas. Y, sin duda, esa primera influencia cultural fue un acontecimiento completamente azaroso. Nadie lo programó.

Por lo demás, a nadie acredita y a nadie desacredita. Habría sido un hecho histórico objetivo, no susceptible de juicios de valor –a menos que prevalezca el chauvinismo anticientífico–.

En otros órdenes de cosas, debe tenerse en cuenta también estos otros elementos de juicio y criterios:

d) El único gran mito de origen claramente identificable en la costa norte del Perú (territorio en el que se desenvolvieron los hechos que estamos analizando), es el contenido en la Leyenda de Naylamp que, sin embargo –y erróneamente en nuestro concepto–, muchos historiadores reservan para la imprecisa explicación del origen de un hecho mucho más tardío: la cultura Lambayeque –o Mochica–, contemporánea a la Moche, ambas mil años posteriores a Sechín.

Pues bien, recogida por el cronista Cabello de Valboa, la Leyenda de Naylamp refiere que:

en tiempos muy antiguos [mucho antes pues del surgimiento de la cultura Lambayeque, como bien puede imaginarse, y acaso precisamente en tiempos de Sechín] vino de la parte suprema de este Pirú [¿el norte, Centroamérica, México?] con gran flota de balsas un (...) hombre de mucho valor y calidad llamado Naimlap (...y...) trajo en su compañía muchas gentes....

La Leyenda de Naylamp habla además, sugerentemente, de “grandes caracoles”: ¿acaso el spondylus de los mares tropicales de Centroamérica y del norte del continente (y que no existen en la costa del Perú)?

¿Hay en México una leyenda equivalente, que pueda insinuar, aunque remotamente –como en la Leyenda de Naylamp–, una migración que, a la inversa, haya llegado desde el territorio andino? Pues bien, diversos elementos que se citan en la Leyenda, permiten por de pronto desplazar sus alcances descriptivos 250 Kms. más al sur de Lambayeque (acercándola a Sechín).

Habla ella en efecto de: 1) tañedores o músicos, 2) andas o literas, 3) aprecio por las bebidas o licores, 4) afición a la pintura facial, 5) camisetas labradas, 6) adornos de plumas, 7) hombres que llevaban cuentas, y, 8) grandes balsas (véase más adelante, por ejemplo, las Ilustraciones N° 19, 20 y 21).

Es decir, todos, sin excepción, elementos archipresentes en la vida e iconografía moche de La Libertad (que por lo demás es notoriamente parecida a la de los mochicas de Lambayeque, en las que, por añadidura, reiteradamente está presente, además, la figura emblemática del tumi).

Así, pues, moches y mochicas –y no sólo éstos últimos, como pretende la historiografía tradicional– estarían emparentados con la leyenda –inmigracionista– de Naylamp.

e) De otro lado, Del Busto recoge que Cie–Quich habría sido el nombre de uno de los “monarcas máximos” en el territorio de Moche, en La Libertad, suficientemente importante, “majestuoso y soberbio”, “gran caudillo”, como para que fuera retratado en la cerámica del área.

Y recoge asimismo que el que habría sido el último monarca (mochica) en Lambayeque se habría llamado Xecfuin, en extraña similitud fonética con el nombre anterior. ¿Pero es acaso difícil asociar fonéticamente Cie–Quich y Xec–fuin con Se–chín?

f) La iconografía contenida tanto en la cerámica como en la orfebrería y en la pintura y escultura mural aportan otros indicios que también merecen ser tomados en cuenta.

En efecto, el característico y muy extraño labio grueso presente en la lítica olmeca de Oaxaca (México) y sechín, de tipo negroide según Frederic Engel 176, habrá de estar presente durante tanto como dos mil años en la costa norte del Perú: en los murales pintados de los moche, en vasos ceremoniales de los mochicas (representando presuntamente, según Del Busto, nada menos que a Naylamp), y por último en la orfebrería chimú del siglo XV dC. Y, aunque una vez más en la costa, reiterativamente está también presente en los mantos paracas y, siglos más tarde, en la cerámica nazca.

La Cultura Nazca, durante su esplendor, nos muestra en su arte rostros negroides.

Es decir, cuando a su vez Nazca era el punto de la costa más próximo y con mejores y estrechos vínculos con Tiahuanaco, también en su apogeo. No sería por ello una simple casualidad que –como acaba de difundir la televisión por cable, el Altiplano también albergue monolitos con imágenes de rostros negroides e incluso insólitos personajes barbados. ¿Acaso unos y otros también de origen sechín?

Una vez más en el área cordillerana, una cabeza lítica con esas mismas características faciales negroides, encontrada en el sitio de Querullpa Chico II, en el valle alto del río Majes, en la provincia de Castilla en Arequipa, ha sido reconocida por Linares Málaga como de origen Tiahuanaco, pero bien podría ser de origen Nazca.

¿Presencia y/o influencia sechín en toda la costa?

Asumamos por un instante con Engel, que efectivamente el grueso labio insinúa un típico rasgo negroide. Es difícil, muy difícil, imaginar una migración siquiera accidental de África a los Andes. No así al golfo de México.

Al fin y al cabo –como muestra el Mapa N° 10–, los vientos alisios del Atlántico –los mismos que siglos más tarde trajeron a Colón hasta las inmediaciones de ese golfo–, pudieron también accidentalmente traer antes habitantes del occidente africano, los que sin duda habrían causado enorme impresión entre los olmecas y otros centroamericanos.

Por lo demás, como muestra el mapa, tanto el territorio olmeca como Oaxaca están virtualmente en un istmo, la parte más estrecha de México, con costas tanto en el Atlántico, por donde habrían llegado los africanos; como en el Pacífico, por donde habrían viajado ellos –o sus descendientes – y sus anfitriones hacia el Perú.

Datos demográficos contundentes muestran sin embargo que las eventuales migraciones africanas a Centroamérica debieron ser escasas y numéricamente muy reducidas.

Así, el mestizaje genético, si lo hubo, habría perdido presencia en pocas generaciones.

Quizá por ello no había indicios de población negroide –aunque sí de tez oscura– entre los centroamericanos que encontraron los conquistadores europeos siglos más tarde.

g) Habiendo ingresado a terrenos de la etnología y demografía, hay pues otro aspecto a considerar, aunque siempre a título de hipótesis, en la probable y antigua presencia mexicana en la historia del Perú. Terrenos sobre los que, dicho sea de paso, la historiografía tradicional ha sido exageradamente aprensiva. Porque habiendo hablado ella de las migraciones originarias que poblaron el territorio andino, prácticamente nunca ha precisado cuáles son en efecto los pueblos del Perú en los que se expresa tal o cual ascendencia genotípica y fenotípica, o, si se prefiere, en quiénes y cómo se manifiesta eventualmente hoy la vieja impronta de los primeros inmigrantes asiáticos, de Oceanía, o de otros rincones del planeta.

Son harto elocuentes sin embargo los diversos orígenes étnicos de las diversas manifestaciones fenotípicas que hoy existen en el territorio peruano. No se requiere ser un observador muy acucioso para distinguir las diferencias que exhiben en el rostro los aymaras del Altiplano respecto de los ashaninkas de la Amazonía, y los quechuas del Cusco. Y las de todos ellos con, por ejemplo, los campesinos de casi toda la costa peruana, tanto del norte como del sur.

Y no puede soslayarse que, de todos esos rostros, sólo los de los campesinos de la costa peruana, se nos presentan casi como hermanos con sus homólogos mexicanos.

¿No coadyuva acaso esa similitud a la hipótesis inmigracionista? Ciertamente.

Pero no nos dice si la fuente original estuvo en México o en el territorio andino.

Una vez más, entonces, estamos ante la necesidad de recurrir a otro factor para definir una respuesta probable.

Así, sólo tomando en consideración que la población mexicana actual es tanto como veinte veces mayor que la de la costa del Perú (excluyendo numéricamente la población actual de Lima), salta como evidente que, de haber habido alguna migración, ésta indudablemente habría partido de México al Perú, y en ningún modo a la inversa.

¿Puede la genética moderna contribuir a afirmar o descartar la validez de la hipótesis –habida cuenta incluso del intenso mestizaje autóctono–europeo que se operó en los siglos siguientes en uno y otro territorio–?

h) Ni la Etnología, ni la Demografía ni la Historia parecen haber enfrentado nunca otro de los enigmas étnicos y fenotípicos del Perú: Cajamarca. ¿Sigue siendo el tema un tabú? Pues bien, para nadie es un secreto que la inmensa mayoría de los campesinos norcordilleranos de ese territorio son de tez significativamente clara –si se la compara con la de sus pares surcordilleranos –, y, en promedio, de una talla aparentemente más alta que éstos.

Y para nadie es tampoco un secreto que orgullosamente se reputan descendientes de “enormes hombres blancos”. Coincidentemente, los monolitos de sechín sugieren tanto lo uno como lo otro.

Hay, no obstante, otros indicios que apuntan en el sentido de que habría habido una fuerte y consistente presencia cultural –básicamente étnica y etno–lingüística– de sechín en Cajamarca y muchísimos otros rincones del territorio andino que, como veremos, incluyen Huaura y Yauyos pero también Cañete. Pero además incluso en Camaná –como también habrá de verse posteriormente– y Tiahuanaco.

i) Adicionalmente –y para terminar–, veremos insistentemente, a lo largo del texto, cuán profunda y vasta puede considerarse la influencia lingüística centroamericana, y mexicana especialmente, que, a través de los topónimos, parece descubrirse en todo el territorio andino y, en general, sudamericano.

Aventureros y temibles guerreros, provistos de sólidas y contundentes armas, los sechín habrían terminado su largo periplo hasta la costa norte del Perú aproximadamente hace 4 000 años. Habría sido un viaje presumiblemente marítimo. Porque hay buenas razones para imaginarlo –como veremos más adelante–.

Y terminaron por fin instalándose en torno a Casma. Esto es, en un área ocupada desde tiempos muy remotos (si con todo derecho nos retrotraemos hasta el Hombre de Paiján, por ejemplo). En mérito a ello, puede sospecharse con razón que la zona contaba con población autóctona, sino numerosa, profundamente identificada con sus valles ancestrales.

Recurriendo a las cifras proporcionadas en el Cuadro N° 2 (de páginas anteriores), puede estimarse que hacia el 2 000 aC aproximadamente 450 000 personas habitaban el conjunto de los 20 valles de la costa norte peruana.

Esto es, en grueso promedio, no más de 23 000 habitantes, o no más de 4 600 varones adultos por valle. Mas no concentrados en grandes poblados –que no los había–, sino profusamente desperdigados a lo largo y ancho de cada valle, en grupos apenas minúsculos.

Y tanto más importante, casi desprovistos de armas e infraestructura de defensa militar. Así –imaginémoslo– una imprevista incursión de 200 invasores fuertemente armados habría resultado demoledora.

Los monolitos de Sechín despejan cualquier duda: la desproporción de equipamiento (y tecnologia bélica) habría sido apabullante.

Violencia, cuando menos, es el espíritu que transmiten aquellas piedras, retrato de los acontecimientos: de un lado, individuos armados de contundentes objetos; y del otro, rostros con inequívocos gestos de rabia y odio; patéticas expresiones de dolor; cuerpos seccionados, decapitados, brazos sueltos, vísceras regadas, etc.

Los impresionantes restos líticos de Sechín dan cuenta, sin género de duda, de sangrientos y prolongados conflictos. He allí los victimarios y sus víctimas; los vencedores y los vencidos.

Eventualmente pues, habrían sido también entonces los sechín quienes instauraron las prácticas de canibalismo en los Andes.

Porque, hasta donde hay evidencias irrefutables, son las piedras de Sechín las que contienen las primeras y más antiguas imágenes de cabezas–trofeo como atavío de orgullosos y triunfantes guerreros según claramente se observa en la imagen correspondiente de la Ilustración N° 6 (en la página 107).

Difícilmente hubo pues gran resistencia a los invasores. Y éstos, posicionados de una importante cabecera de playa en las costas de Casma, poco a poco fueron convirtiéndose en el azote de sus vecinos inmediatos y mediatos de la costa norte.

Los sechín quizá enfrentaron y derrotaron a muchos pequeños y antiguos pueblos de la región. Sus artistas, sin embargo –sea por propia iniciativa o a instancia de sus jefes–, dejaron a la posteridad sólo la imagen de dos de los más importantes protagonistas: de un lado, la de ellos mismos, por supuesto; y, del otro, la de los que a la postre habrían sido sus más significativos y enconados rivales. Aquéllos: erguidos, fieros, soberbios y triunfantes.

Éstos: doblegados, mansos, humillados y vencidos.

Ni la guerra entre dos “pequeños” adversarios, ni el enfrentamiento entre uno “grande” uno “chico” habrían generado tanta violencia como la que registran las piedras de Sechín. Ello sólo fue posible cuando contrastaron sus fuerzas dos “grandes” adversarios.

“Grandes” tanto por la animosidad en que estaban envueltos, como por la proporción y magnitud objetiva de las fuerzas que cada uno poseía.

Relativamente cerca de los sechín, pero ya no en la costa sino en el macizo andino, tras la cordillera Negra, se hallaban asentados, desde muchos siglos atrás, los chavín, en el Callejón de Huaylas y en el contiguo Callejón de Conchucos.

 

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