EL MUNDO PRE-INKA: Sobre el “estado de la cuestión” en Historia  

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Alfonso Klauer

¡Cada pueblo muchas culturas!

Acerquémonos pues otra vez a la historia de la naciente nación chimú. El padre Vargas Ugarte puso en evidencia que, en el siglo XVI, los únicos habitantes que se autodenominaban “mochicas” eran los del área de Lambayeque y cuyo idioma era el “muchik”.

Un magnífico representante del genuino pueblo “mochica” es precisamente el ya célebre “señor de Sipán”.

Sin embargo, y sin duda a partir del parecido fonético, un error generalizado –que se mantiene mucho tiempo vigente–, llama también “Mochica” a la cultura “Moche”, que desarrolló (aprox. entre el 100 aC y el 700 dC) el pueblo moche y cuyo centro urbano más importante estuvo ubicado en el valle de Moche (en departamento de La Libertad), 250 Kms. al sur de Lambayeque. Este otro pueblo, en el siglo XVI, hablaba también el “muchik”, pero se autorreconocía con el nombre “chimú” y su cultura ha sido por eso denominada “Chimú”.

Pues bien, descartando la hipótesis “exterminacionista” y adoptando en su lugar la de continuidad demográfica, y haciendo además también nuestra la precisión etnohistórica realizada por el padre Vargas Ugarte, es que –con cargo a mayores precisiones más adelante– seguimos asumiendo que los pobladores agrícolas de Lambayeque estaban dando forma al pueblo mochica, y los de La Libertad al pueblo moche. Y que unos y otros gestaban a su vez la nación chimú.

Permítasenos entonces extraer algunas conclusiones válidas para el conjunto de la historia andina que queda por presentar:

a) Cada “pueblo”, a lo largo de su historia, ha sido capaz de crear y/o adoptar varias “culturas”. De hecho, en la historia de la humanidad, los “pueblos” han demostrado mayor longevidad que sus “culturas”.

Los “pueblos” son más estables que las “culturas” que ellos mismos libremente crean, adoptan y/o que, bajo procesos de dominación, fueron obligados o impelidos a adoptar. Dentro de un mismo “pueblo” las “culturas” se suceden una a otra, mas el “pueblo” sigue siendo el mismo.

b) Cada una de las sucesivas “culturas” que un “pueblo” desarrolla, adopta y/o se ve obligado a asumir a lo largo de su historia tiene que seguir siendo identificada con un nombre propio.

c) Pero también es imprescindible distinguir entre las distintas y sucesivas “culturas” y el “pueblo” (o “nación”) que las creó y/o adoptó. Ello permite, por ejemplo, establecer el siguiente esquema y progresión para el caso de la “nación” chimú y los dos principales “pueblos” que la formaron: moche y mochica.

Es posible pues registrar la historia de las “culturas”: las creaciones humanas. Pero es fundamental registrar la historia de los “pueblos”: los protagonistas, creadores y/o asimiladores de las culturas. En este trabajo queremos privilegiar el registro de la historia de los pueblos, sin descuidar, no obstante, el reconocimiento y explicitación de sus sucesivas y distintas formaciones culturales.

Por todos esos motivos, pero por sobre todo por el de continuidad demográfico–geográfico –histórica, haremos sistemática y reiteradamente mención a las siete grandes “naciones” del mundo andino peruano: chimú, chavín, lima, ica, chanka, inka y kolla, y a muchos otros medianos y pequeños pueblos que compartieron con ellas el vasto territorio andino.

Porque simultáneamente que los nacientes chimú –moches y mochicas–, no menos numerosas, y con también milenarios antecedentes, eran las evidencias de formación, en la costa central, de las que serían las naciones lima e ica. Y la cordillera fue albergando en su seno a innumerables pueblos que habrían de formar las naciones chavín, chanka, inka y kolla –como se aprecia en el Mapa N° 9, en la página siguiente–.

Muchos grupos humanos en esta fase inicial de desarrollo intenso de la agricultura convergían a la formación de los que serían los grandes pueblos y las grandes naciones andinas.

Los identificaremos por los nombres de las culturas que ha bautizado la historiografía tradicional, y (entre paréntesis) por los de los pueblos o naciones a que daban origen.

Un primer grupo estaba asentado en la costa norte: Vicús, en Piura (tallanes); Chon- goyape, en Lambayeque (mochicas); y Salinar, Cupisnique, Caballo Muerto, Queneto, Alto de la Guitarra, Guañape, Gallinazo, Punkurí, Ipuna y Cerro Blanco, en La Libertad (moches).

Poco más al sur un segundo conjunto lo integraban Toril, Sechín, Moxeque y Las Haldas, en la costa de Ancash (acaso sechín todos ellos), y Chavín, Huaylas y Huaricanga, en el área cordillerana de ese territorio. Colindaba con éstos últimos, al otro lado de la cordillera Blanca, Kotosh, en Huánuco. Gran parte de las poblaciones de este segundo complejo espectro, a la postre sería la principal base de la nación chavín.

Más al sur estaban, en un tercer grupo, El Aspero, Ancón, El Paraíso, Garagay, Tablada de Lurín, Manchay, Cardal y Curayacu, en Lima (limas); y Disco Verde, Pucato Nuevo, Paracas y Ocucaje, en Ica (icas). Y, a la derecha de éstos, tras la cordillera, Chupas, en Ayacucho (chankas).

Los chavín, pues, eran sólo uno entre los diversos pueblos de esos tres grandes grupos.

Siglos más tarde, sin embargo –como muestra el mapa–, los conquistarían y dominarían a todos ellos.

Fuera del imperio, pero altamente influidos por su vecindad, quedarían, Huayurgo, Udima, Pacopampa, Condorhuasi y Torrecillas, en Cajamarca (cajamarcas). Y lejos de su alcance, en el sureste cordillerano, Marcavalle, en Cusco (inkas); Qaluyo y Pukara, en Puno (kollas), y Tutisucanyo, en Ucayali (antis).

En torno a ellos, la arqueología, ante la abrumadora evidencia empírica, ha logrado mostrarnos dos hechos concluyentes. Para todo el conjunto, y entendiendo a todo el territorio como una unidad de hecho, factual, en primer lugar la indubitable demostración de que, apuntalado en el desarrollo de la agricultura, estaba en marcha y riquísimo y fertil proceso de descentralización y de ocupación plena del territorio andino.

Siendo que la mayoría de los pueblos y naciones señaladas, desarrolló y consolidó las citadas culturas en el amplio período 2500–1200 aC, obsérvese pues cuán remota puede identificarse la ocupación inka de su territorio –que contrasta enormemente con la que por lo general refiere la historiografía tradicional a ese pueblo, al que se le hace “aparecer” muchos siglos después–.

El largo y lento proceso de poblamiento que se experimentó, fue llevando a la población del territorio andino –de la costa y de la cordillera– de unos pocos miles de hombres en los años 20 000 aC, hasta algo más de medio millón de habitantes hacia el año 1500 aC, según puede estimarse.

La explotación agrícola intensa había generado incrementos tales en la producción alimenticia y de fibras de abrigo, que las poblaciones experimentaron incrementos en la tasa de fecundidad, disminución de la tasa de mortalidad y elevación del promedio de vida.

Desde el inicio del desarrollo intenso de la agricultura todos los pueblos venían enfrentando el mismo conjunto de problemas básicos: abastecimiento alimenticio y de agua; provisión de abrigo y techo; almacenamiento y acarreo de productos líquidos y sólidos; generación cada vez más eficiente de energía; neutralización de peligros por acechanzas de la naturaleza y de los animales; convivencia y rivalidad con otros pueblos; entretenimiento; pérdida de seres queridos; conocimiento de la naturaleza; comunicación física y oral; miedos, temores; y muchos otros.

Cada pueblo, sin embargo, y básicamente en función a las peculiaridades de su territorio, había adoptado generalmente soluciones propias a esos problemas. Es decir, en el contexto de su propio proyecto implícito, cada pueblo había ido forjando su propia cultura, o, si se prefiere, complejos sistemas culturales propios que, como se ha listado, eran muchos en los Andes de aquel entonces.

En el contexto de ese proceso de creciente complejidad, la consolidación de la agricultura intensiva significó pues un nuevo punto de partida, un nuevo hito en la historia de los pueblos: dejaban atrás sus culturas primitivas y empezaban a construir las que serían las grandes culturas andinas.

Así, los cada vez más grandes excedentes que se fue generando la tierra cultivada, posibilitaron que algunos contingentes de población pudieran dejar el espacio rural y asumieran otras tareas en el espacio urbano. Comenzaba entonces a ser cada vez creciente el número de especialistas en los pueblos andinos.

Y los resultados de su labor, siempre a expensas de los excedentes que generaba la agricultura, eran cada vez más sorprendentes y diversos.

No sólo los grandes edificios que se levantaron en El Aspero, en Supe, al norte de Lima; y el de El Paraíso (también llamado Chuquitanta), en Lima misma (a sólo unos kilómetros del actual aeropuerto de la capital del Perú), que son los que presentamos en las Ilustraciones N° 2 y 4, en la página siguiente.

Sino también los famosos y grandes edificios en forma de “U”, muchos de los que, entre los pueblos de la larga enumeración anterior, fueron construidos incluso antes que sus equivalentes en Chavín de Huántar.

Pero en todos los pueblos involucrados en ese complejo y numeroso conjunto, se ha constatado también la existencia de grandes unidades urbanas que lideraban la creación cultural y desde donde se irradiaba al resto de cada nación, pero sobre todo a los periféricos pequeños centros poblados de la misma. Hasta dos docenas de centros urbanos eran más grandes que Chavín –como lo acaba de recordar el arqueólogo norteamericano Richard Burger.

También a través del ayni, ese ya milenario trabajo del ayllu y de los pueblos más grandes en beneficio de sí mismos, las aldeas y centros urbanos mayores fueron dotadas de más y mejores centros administrativos y religiosos.

Respecto a otras manifestaciones de creación cultural fructífera, de Kotosh (Huánuco), en las cercanías cordilleranas de Chavín, han quedado las renombradas “manos cruzadas” del templo de este nombre (ver Ilustración N° 3). Y de Garagay (Lima), han quedado también hermosas esculturas–murales.

Quizá no sea difícil convenir en que, tanto la ampliación y modernización de las áreas habitacionales de los centros urbanos, como los grandes edificios administrativos y religiosos erigidos también en ellos, así como las expresiones artísticas esculturales en ellos materializadas, no dejaban todas ellas de ser formas de consumo.

Se generalizó también la construcción de obras hidráulicas, como muchos de los canales de regadío que han quedado de Sechín.

Sin duda, por otra parte, las sucesivas mejoras en las características hidrodinámicas de las mismas, sólo pueden explicarse por la presencia de los novísimos, muy apreciados y respetados especialistas en esa materia.

Se construyó asimismo almacenes para guardar temporalmente los excedentes agrícolas.

Y las estrechas vías peatonales que enlazaban entre sí las aldeas, y a éstas con el centro urbano más importante, fueron ensanchadas y quizá hasta se les disminuyó las pendientes. Eran ahora caminos más amplios y seguros.

Sorprendentemente, en otro orden de cosas y en clara demostración de cuán familiarizados estaban ya con el fenómeno océano –atmosférico del Pacífico Sur, los protagonistas de Manchay, en las proximidades de Pachacámac (Lima), dejaron el testimonio de un gigantesco muro de 7 metros de alto por 6 de ancho, y de 700 metros de largo, que el doctor Burger presume estaba destinado a minimizar los efectos de los aludes a que dan lugar las intensas lluvias que genera el fenómeno.

Puede pues hablarse, para una fecha tan remota como esa, de los primeros grandes esfuerzos para contrarrestar los siniestros del evento climático: parapetos contra deslizamientos provocados por El Niño. Quizá otros pueblos también lo hicieron. Y presumiblemente más todavía los pueblos del norte de Lima, más próximos al centro de impacto más frecuente del fenómeno. Eventualmente todavía están en pie o semiderruidos, y erróneamente se les sigue atribuyendo sólo un rol de defensa militar.

Pues bien, quizá también es fácil convenir en que, tanto las obras hidráulicas, como los caminos, almacenes y parapetos de defensa contra la naturaleza, eran formas ostensibles de inversión, eficiente y reproductiva.

En el nuevo contexto aparecieron también y se generalizaron otras dos nuevas y estrechamente relacionadas actividades productivas: la minería y la metalurgia del estaño y del cobre, pero también del oro, como lo demostraría Chavín.

La del cobre permitió la confección de herramientas diversas, adornos y utensilios, así como puntas altamente eficientes para la caza y armas de guerra. Es decir, nuevos instrumentos y nuevas tecnologías, imposibles de imaginar en el contexto de la vida nómade.

Y la del oro dio paso a la confección de adornos y otras formas equivalentes de consumo de élite.

Y a diferencia de sus antecesores, que no la conocieron, estos pueblos de agricultura avanzada contaban también ahora con la cerámica, de tan versátiles usos prácticos y cotidianos en la cocción de alimentos, transporte de líquidos, almacenamiento de excedentes agrícolas; pero también de uso artístico –decorativo, de consumo más bien elitista.

Puede entonces definirse que, tanto la minería y metalurgia, como la cerámica, tuvieron un doble propósito: consumo e inversión.

En un rico y dinámico proceso de retroalimentación, el mejoramiento de las técnicas agronómicas, así como el de las técnicas de irrigación y de control calendario del tiempo, contribuyeron a elevar aún más la cantidad y la calidad de las cosechas, incrementándose así los niveles de vida y aumentando aún más el volumen de la producción excedentaria, que empezaba así a crecer en progresión geométrica.

Los cada vez mayores excedentes empezaron entonces a tener hasta tres destinos diferentes, aunque nunca más de los únicos dos usos posibles: inversión o consumo.

Por lo general, sin embargo, inmediatamente después de la cosecha eran almacenados, para luego progresivamente llegar a su destino final al cabo de meses.

Riqueza disponible y Proyecto Nacional

Una fracción, quizá la mayor en esta etapa de la historia, solventaría nuevas formas de inversión productiva: más canales de regadío, más y mejores caminos, nuevos almacenes y/o nuevos muros de defensa contra la naturaleza.

Una segunda fracción tenía como destino el consumo equitativo entre toda la población, ya fuera de tipo directo o indirecto. El primer caso era por ejemplo el del consumo de excedentes en las fiestas populares. Y el segundo el de la parte del excedente que se gastaba en la construcción de edificios administrativos, por ejempo.

La tercera y última fracción era apropiada por el kuraka del ayllu o por el grupo dirigente que, en la cúspide jerárquica, tenía la administración general y concentraba la mayor cuota de poder del pueblo o de la nación en formación. Tenía pues como destino un consumo inequitativo o discriminado y selectivo. Era el caso de la parte del excedente que solventaba los privilegios habitacionales, de indumentaria, afeites y adornos de que empezó a hacer gala la élite en el poder.

La apropiación discriminatoria de una parte cada vez más creciente del excedente por el sector dirigente de la población, fue distanciando cada vez más los intereses de aquél respecto de los de ésta. Unos y otros, sin embargo, habían acumulado ya intereses significativamente mayores que los que habían detentado sus antepasados.

Pero si bien todos los pueblos de esa etapa a grandes rasgos estaban experimentado las mismas grandes líneas de evolución, no a todos habría de corresponder exactamente igual suerte. Ya de partida, más allá de la voluntad y aspiraciones de sus integrantes, había diferencias más o menos relevantes de riqueza agrícola y forestal, ganadera y pesquera o minera, disponible para unos u otros.

Objetivamente las diferencias de riquezas naturales disponibles definían un destino distinto: no todos los pueblos, aunque lo pretendieran, podían alcanzar los mismos objetivos; la propia naturaleza imponía inexorablemente más o menos severas restricciones a algunos de ellos –como pretende ilustrar el Gráfico N° 27, en la página anterior–.

Pero habrían de darse también condiciones climáticas fortuitas, que favorecerían a unos pueblos y perjudicarían a otros. Unos además tenían poblaciones mucho más numerosas que otros. Había mayor o menor satisfacción de las necesidades alimenticias por habitante, con probable déficit en algunos pueblos y superávit en otros. Tenían desiguales desarrollos tecnológicos. Todas esas variables, sin duda, suscitaron, finalmente, desiguales condiciones generales.

No todos los pueblos, pues, estaban objetivamente en igualdad de condiciones. Mal podían entonces todos conquistar objetivos cualitativa y cuantitativamente equivalentes, ni defender con la misma fuerza el patrimonio que habían acumulado. Y esas diferencias objetivas fueron decisivas cuando se vieron envueltos en el trance de cotejar sus fuerzas con vecinos próximos o mediatos.

En efecto, estando posesionado el hombre andino de prácticamente todos los valles de la costa y de la cordillera, la única manera de que disponía un pueblo para incrementar sus espacios de libre disposición –y los recursos que en él se hallaban– era arrebatándoselos a otro que, por lo general, era su vecino.

Ese objetivo de acrecentar los recursos –agua, tierra cultivable, ganado, bancos marinos, bosques, canteras, minas, etc.– estaba presente en todos los pueblos de los Andes.

En unos para resolver problemas de escasez alimenticia, en otros porque deseaban recuperar anteriores niveles de vida y en otros porque, con similar derecho, anhelaban mejorarlos.

Trabados en guerra dos pueblos, sabían que el éxito y los beneficios con que se habría de alzar el vencedor se obtendrían a costa del fracaso y de las pérdidas del vencido.

Los habitantes del pueblo vencido podían tener diferentes destinos, pero siempre un común denominador: veían gravemente afectados sus intereses.

La derrota suponía para muchos la pérdida de la vida. Entre los sobrevivientes, algunos abandonaban y perdían sus tierras, cosechas, ganado, bosques, minas, viviendas, y se refugiaban, en pequeños núcleos, en parajes inhóspitos, cada vez más alejados de los ríos de la costa, o cada vez a mayor altura, en la cordillera.

Otros de los sobrevivientes lograban conservar sus viviendas y una parte de sus tierras y ganado, pero debían, a cambio, pagar tributo al vencedor. Podían ser obligados a asimilar una nueva religión, un nuevo idioma y nuevas costumbres. El pueblo vencedor, por regla general, imponía su propia cultura y, en desigual intercambio, virtualmente asimilaba todo avance tecnológico que encontraba en el pueblo al que había derrotado.

Así, los pueblos derrotados veían reducirse a la mínima expresión el conjunto de sus intereses. Los triunfadores, en cambio, observaban un nada despreciable incremento de los suyos: tierras, cosechas, bosques, minas, ganado, pieles, tejidos, redes, instrumentos, cerámica, tecnologías diversas, etc.

En general, es posible afirmar que la guerra suponía la eliminación, transformación o aplazamiento indefinido del proyecto del pueblo derrotado, según fuera exterminado, definitivamente asimilado o temporalmente dominado. E implicaba –transitoriamente por lo menos– la potenciación del proyecto del pueblo conquistador.

Para unos y otros, entonces, ya no era más la naturaleza el único elemento que había que superar. En adelante, en el contexto de su proyecto implícito, para que un pueblo alcanzara los objetivos que se había propuesto, era necesario superar los obstáculos y oposiciones que planteaban otros pueblos.

Las guerras tuvieron, probablemente, además, otras consecuencias de singular importancia. Muchos de los guerreros vencedores violaban y embarazaban a las mujeres del pueblo vencido. Los hijos de este mestizaje eran objeto de variadas formas de repudio, tanto en el pueblo de la madre como en el del padre. En particular, fueron repudiados por sus hermanos –paternos en el pueblo conquistador, y maternos en el pueblo conquistado –, con quienes, precisamente –y como ostensible prueba de rechazo–, quedó prohibido el matrimonio.

Así, fueron desarrollándose formas de parentesco que tanto el pueblo vencedor como el vencido consideraban inferiores, y respecto de las cuales las líneas no mestizas aparecieron como superiores.

La restricción del matrimonio entre hermanos adquirió más tarde gran difusión, dando lugar a nuevas consecuencias. En efecto, al renunciar los hombres a sus derechos sobre ciertas mujeres madres, hermanas e hijas las hicieron disponibles para otros, pero, simultáneamente, adquirieron el derecho sobre las mujeres de otras familias. Estas nuevas relaciones, de carácter exogámico, suponían consanguinidad y alianza con los miembros del ayllu y del pueblo de donde provenía el cónyuge.

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