EL MUNDO PRE-INKA: Sobre el “estado de la cuestión” en Historia  

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Alfonso Klauer

Una conducta racional

Todas las evidencias permiten concluir que la conducta de estos primitivos grupos andinos fue coherente con el mandato vital de subsistencia y supervivencia de la especie.

Los antiguos recolectores y cazadores pudieron haberse conducido inadecuada y erróneamente, de manera tal que atentaran contra su vida y la de la especie. No obstante, por el contrario, enfrentaron con éxito el reto de la subsistencia, se protegieron adecuadamente y, a través de la procreación, fueron aumentando en número y poblando el espacio andino. Así garantizaron la permanencia de la especie humana en este rincón del planeta.

Es decir, actuaron en el sentido de mantener el primero y más caro de todos los intereses: el de la vida.

Ello es particularmente importante de destacar si se recuerda que, a fines del Pleistoceno, la Tierra experimentó bruscos cambios climáticos, a consecuencia de los que se extinguieron muchas especies. Extensos bosques quedaron convertidos en desiertos. Los megaterios, mastodontes, esmilodones o tigres de dientes de sable, perezosos gigantes, gliptodontes, o los pequeños y primitivos caballos, fueron incapaces de superar los cambios que se operaron sobre la superficie de la Tierra e inexorablemente se extinguieron.

Los grupos humanos andinos, en cambio, como otros en el resto del planeta, en defensa de sus propios intereses, lograron sobrevivir a costa de adaptarse a las nuevas circunstancias.

Entre muchas decisiones, aceptaron modificar algunos de sus hábitos de consumo, sustituyendo la carne de las especies que se extinguieron por la de aquellas que, como el guanaco, pasaron a poblar la superficie de los Andes.

Actuar, voluntaria y concientemente, en su propio beneficio, eludiendo todo aquello que lo afecta, es sello distintivo de la vida humana. Protegiéndose del clima y de la intemperie, buscando agua dulce y alimento, adaptándose a los cambios por violentos que fuesen, y huyendo de la agresión de la naturaleza y de las grandes fieras, fueron, allá en el Pleistoceno, las conductas racionales que adoptó el grupo en defensa del más caro de sus intereses: la supervivencia.

Así lo hicieron todos los grupos primitivos de recolectores y cazadores que habitaron los Andes en los primeros 10 000 años de poblamiento de esta parte del planeta.

De ello dan testimonio fidedigno los hallazgos de Pacaicasa, Pikimachay, Ancón, Chivateros, Paiján, Ayacucho, Viscachani, Oquendo, Toquepala, Lauricocha, Arenal, Huanta, San Nicolás, Yauca, Ocoña, Pampa Colorada, Playa Chira, Puyenca, Sumbay, Toquepala y Tarata, entre otros.

A la fecha, los que casi unánimemente se reconoce como los restos arqueológicos más antiguos encontrados en el Perú, corresponden al que ha sido denominado “Hombre de Pacaicasa”, que habitó hace aproximadamente 22 000 años, entre las cordilleras occidental y central, a casi 2 700 m.s.n.m., en la cueva Pikimachay, en lo que hoy es la provincia de Huanta, en Ayacucho (véase ubicación destacada con el número “16” en el Mapa N° 7). Se trata de instrumentos de piedra (y no de restos humanos) descubiertos en 1969 por el arqueólogo norteamericano Richard Mac Neish.

La ubicación tan austral, cordillerana y mediterránea de esos restos permite inferir las siguientes conclusiones hipotéticas:

a) Aceptando como más antiguas las migraciones procedentes del norte (desde el Estrecho de Bering, pasando por la costa norte y centroamericana), restos presumiblemente más antiguos, en las partes bajas de la costa peruana, aún estarían por ser encontrados, o;

b) Habrían sido destruidos por el océano al elevarse el nivel de las aguas durante las últimas dos deglaciaciones.

No obstante, pocos son los historiadores que, como Eloy Linares Málaga, reconocen que pruebas científicas de radiocarbono 14 –realizadas en laboratorios de Alemania en 1965– han reportado para restos arqueológicos encontrados en el valle de Yauca, en la costa norte de Arequipa –destacado en el Mapa N° 7 con el número “25”– una antigüedad tan remota como 26 000 años aC.

De confirmarse y admitirse definitivamente, ésos pasarían a ser, más razonable y consistentemente, las evidencias más antiguas de ocupación del territorio andino central.

Por lo demás, como se muestra en el Mapa N° 7, resulta obvia la relación física y proximidad de los dos centros arqueológicos de mayor antigüedad: la costa del valle de Yauca, en Arequipa, y la cueva de Pikimachay, en Ayacucho.

En efecto, la cabecera del río Yauca está en las inmediaciones de la correspondiente del afluente más austral del río Pampas, que a su turno está próximo al área de Pikimachay.

Ésa, muy probablemente, fue la ruta de refugio que, aterrorizados, habrían tomado los habitantes de la costa del valle de Yauca al elevarse el nivel de las aguas durante la penúltima deglaciación. Poco podría extrañar pues que, en el futuro, logren hayarse en esa ruta vestigios de antigüedad intermedia entre Yauca y Pikimachay.

Los remotos vestigios de poblamiento andino ponen en evidencia que, en aquel lejano período preagrícola, aunque dejando todavía muchos espacios deshabitados, el hombre iba ocupando, en forma paulatina, el extenso territorio.

Muy lentamente, la población fue creciendo. Y los grupos se subdividían dispersándose en diferentes direcciones.

La propia vida, empero, no era pues el único interés que tenían y defendían los recolectores –cazadores. También formaban parte del conjunto de sus intereses las fuentes de las que se proveían de agua dulce, así como los espacios de los que se abastecían de raíces, frutos y pequeños animales. Y los grandes animales recién muertos que encontraban, de cuyas carnes se nutrían y con cuyas pieles obtenían abrigo. Pero también la cueva en la que se guarecían.

Las evidencias de migración, en busca de los elementos básicos para la vida, muestran que los grupos siempre estuvieron enfrentando y sobreponiéndose, generalmente con éxito, a situaciones de escasez, que se presentaban cada vez que el consumo del grupo agotaba las fuentes de alimentos animales y vegetales que circundaban la cueva.

Pero además, los accidentes y catástrofes en que es pródiga la geografía andina, daban lugar también con frecuencia a diversas variantes de situaciones de escasez: ya como bloqueo o inutilización de la cueva por catástrofes telúricas, sea como inundación de las áreas de recolección y caza, o, por el contrario, como sequías que disminuían o eliminaban la disponibilidad de agua dulce, por ejemplo.

Puede sin embargo presumirse que –como hoy–, las catástrofes de origen telúrico, ya fueran terremotos o erupciones volcánicas –aunque sobrecogedoras–, fueron siempre esporádicas, muy distantes en el tiempo unas de otras, y de presencia absolutamente arbitraria e impredecible. Las variaciones climáticas, en cambio, mostraron siempre una gran regularidad.

El clima, en el contexto de ciclos estacionales regulares, recurrentemente daba lugar a situaciones de sequía que se alternaban con períodos de inundación. Eventualmente una y otra adquirían sin embargo dimensiones dramáticas. Y tanto en uno como en otro caso, las consecuencias eran semejantes: desaparecían los frutos de la superficie y se alejaban las especies que proporcionaban alimento y abrigo.

Durante miles de años el hombre andino vivió respondiendo a una sola preocupación: preservar el conjunto de sus intereses, o, si se prefiere, salvar rutinariamente el presente.

Cada día, pues –como se representa en el Gráfico N° 15–, no era sino una reiteración del anterior. El presente (t1) y los bienes que se había conseguido (b1) eran una simple repetición (b1 = b0) de los que se había disfrutado en el pasado (t0).

Mas al cabo de la milenaria observación de los ciclos de la naturaleza, y específicamente de los ciclos estelares, el hombre estuvo en condiciones de internalizar y asumir una nueva preocupación: el futuro.

La reiterativa alternancia del día y la noche hizo que el hombre tomara conciencia de la existencia inevitable del futuro inmediato: el mañana. La repetición de los ciclos de la luna mostró otra versión del futuro: el próximo mes. La reiteración de las estaciones enseñó un nuevo registro: el próximo año.

Apreciaciones aún más distantes del futuro fueron dadas cuando se logró registrar las evoluciones de los cometas, al cotejar su propia experiencia con la información que habían transmitido las generaciones precedentes.

Así, los ciclos de la naturaleza desarrollaron en el hombre una clara convicción de la existencia del futuro.

Con los períodos del año en que el Sol asomaba en el firmamento en una determinada ubicación, dejando un cierto ángulo de sombra cuando estaba en el cenit, estaba asociada una estación, por ejemplo la de ausencia de lluvias y el máximo de temperatura; y con su aparición en otra ubicación, dejando un diferente ángulo de sombra al mediodía, estaba asociada otra, por ejemplo, la temporada lluviosa y de mínima temperatura, que, por lo general, representaba también destructivos aluviones de lodo y piedras, con sus secuelas de destrucción y desabastecimiento alimenticio. Conociéndose por reiterada experiencia que ello invariablemente ocurriría, había pues que prever.

Así, a partir de un cierto momento, la siempre presente escasez relativa se fue enfrentando con sentido de anticipación. A partir de entonces le resultó claro al hombre que no era suficiente desplegar esfuerzos para satisfacer las necesidades del día: se hacía necesario prever, anticiparse.

Para garantizar la subsistencia y la supervivencia del individuo, del grupo y de la especie, era necesario asegurar el abastecimiento de agua, alimento y abrigo ya no sólo del día, sino de los próximos meses, e incluso de los próximos años. De esa manera, en la mente del recolector–cazador se fueron concibiendo, aunque no necesariamente de manera conciente, los primeros objetivos.

En un imprecisable momento (t1), a los intereses (I) –todo aquello que se tiene y quiere mantener–, se agregaron los objetivos (O) –todo aquello que se desea y prevé alcanzar, en algún momento del futuro (t2).

Si los intereses que defendía el recolector –cazador eran: (1) su vida y la del grupo, y (2) las condiciones materiales que había conquistado, a partir del usufructo de cierta área territorial, y de bosques y canteras, por ejemplo y entre otros elementos; sus primeros objetivos fueron: (1) asegurar la pervivencia de su propia vida y la del grupo, y (2) asegurar e incrementar el abastecimiento futuro de agua, abrigo, así como incrementar las tierras de usufructo, bosques y canteras.

Mas en ese estadio de la evolución de la vida humana ya no sólo había conciencia del devenir. En efecto, se había desarrollado también la conciencia de la necesidad de prever.

Y es que el hombre había adquirido conciencia de que con los cambios estelares estaban asociados cambios climáticos.

La aparición del Sol estaba asociada con calor, o aumento de temperatura, y la de la Luna con frío, o menor temperatura, y había que prever un tipo distinto de abrigo para cada caso.

 

Con la existencia de intereses por defender y de objetivos por alcanzar en un tiempo determinado, los grupos andinos de recolectores –cazadores habían logrado configurar, cada uno, su propio “proyecto vital”, anticipo de lo que, para las naciones, habría de ser su “proyecto nacional”.

A tal efecto, de hecho, e independientemente de que sus miembros fueran o no concientes de ello, cada grupo de recolectorescazadores quedó convertido en la fuerza social que, superando todo tipo de obstáculos y movilizando en su legítimo beneficio todos y cuantos recursos disponía, impulsaba la consecusión de sus también propios y legítimos objetivos.

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