EL MUNDO PRE-INKA: Sobre el “estado de la cuestión” en Historia  

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Alfonso Klauer

Las principales manifestaciones del fenómeno

Quizá la primera de todas es la significativa elevación de la temperatura superficial del mar (TSM) , como consecuencia de la incursión en el litoral peruano–ecuatoriano de la gigantesca masa de aguas cálidas que llega desde el Pacífico Occidental.

Como muestra con elocuencia el Gráfico N° 8, dependiendo de la latitud, las temperaturas “normales” de las aguas costeras peruanas fluctúan de 14, 16 y 18 °C, en invierno, a máximos de 16, 18 y hasta 21 °C en verano, según se mida frente a los puertos de San Juan, el Callao o Lobitos, respectivamente.

A partir de esas condiciones, el acercamiento de grandes masas de aguas calientes provenientes del oeste, no sólo es la causa de la anormal elevación de temperatura de las aguas costeras peruanas y de la atmósfera de la costa, sino que generalmente también contribuye a quebrar el fenómeno de inversión térmica y consecuentemente a desatar grandes lluvias.

Según anota Woodman, basta un incremento anómalo de temperaturas de sólo 2 °C para definir la presencia del fenómeno océano–atmosférico del Pacífico Sur, aunque débil. Puede calificarse como eventos “medianos” los que sobrepasan los 3 °C de anomalía, e “intensos” aquellos en que la temperatura superficial del mar muestra anomalías de más de 4 °C 57.

En este sentido como nítidamente muestra el gráfico “intenso” o “fuerte” fue el fenómeno océano atmosférico observado entre finales de 1991 e inicios de 1992.

Estrechamente vinculada con el incremento anómalo de la temperatura superficial del mar, está pues la segunda de las más obvias manifestaciones de la presencia del fenómeno océano–atmosférico del Pacífico Sur: el incremento de las precipitaciones.

El primero en realizar un escrupuloso y meritorio recuento de las precipitaciones en Piura Piura fue Víctor Eguiguren, quien en una publicación de 1894 reunió una vasta información sobre las lluvias ocurridas entre 1791 y 1890.

No menos valiosas son las recopilaciones realizadas por Santiago Távara, de 1791 a 1845, y Juan de Helguero, desde 1839 hasta 1864.

Aunque dependiendo mucho de los años que se tome en consideración, en general se acepta que el promedio de precipitaciones en la ciudad de Piura (incluyento los años en que se presenta el fenómeno) es de 50 mm anuales (medidos en la estación meteorológica de San Miguel, Bajo Piura, en las inmediaciones de la capital del departamento).

Pues bien, la presencia del fenómeno océano–atmosférico del Pacífico Sur, en su versión más leve, virtualmente triplica el volumen de las precipitaciones en el área del departamento de Piura, elevándolas por encima de 135 mm anuales 61.

Ello ocurrió, por ejemplo, en 1941, cuando la temperatura superficial del mar que se registró en Chicama fue apenas de 23 °C 62, y sólo en el mes de marzo, habiendo probablemente llegado en las costas de Piura a 25–26 °C.

Sin embargo –sostiene Woodman–, cuando la TSM se eleva hasta 29 °C, “esperamos precipitaciones cercanas a los 800 mm por mes”, como en efecto ocurrió en 1983. Así, fueron registradas extraordinarias precipitaciones anuales de 1 761 mm, en la estación de San Miguel; 2 340, en la del aeropuerto de Piura; 2 957.7 mm en la población costera de El Alto; y un récord de 4 167 mm en el distrito de Chulucanas, a 60 kilómetros al este de la ciudad de Piura. En ésta, pues, llovió en 1983 tanto como en casi 50 años “normales”.

“Dudo exista un lugar en el mundo en el que se haya presentado una precipitación que difiera tanto del comportamiento normal” –ha expresado Woodman–.

En todo caso, y avalando esas expresiones, el Gráfico N° 9 ha mostrado también cómo el fenómeno de ese año “apenas” duplicó las precipitaciones en Guayaquil (Ecuador) .

Sin duda, pues, los pobladores del departamento de Piura asistieron a un verdadero diluvio en 1983. Y en 1998, aun cuando no se alcanzaron los récords anotados, las precipitaciones fueron también extraordinarias.

Relacionada a su vez con las dos anteriores, la tercera manifestación de la presencia del fenómeno océano–atmosférico del Pacífico Sur es elconsecuente significativo aumento de la descarga de los ríos.

Diversas investigaciones “han encontrado que existen una relación significativa entre la ocurrencia de El Niño – Oscilación del Sur (ENOS) y la hidrología de los países de la cuenca del océano Pacífico”.

Avalan esa relación causa efecto las muy diversas referencias que se ha hecho en páginas anteriores sobre las inundaciones causadas por los ríos La Leche (a Lambayeque y Batangrande) , Reque (a Sipán) , Zaña (a Zaña) , Moche (al Templo de la Luna y Trujillo) , etc.

El caso de los ríos peruanos Tumbes (o Puyango Tumbes) y Chira, pero sin duda también el Piura, es muy especial y significativo.

No sólo se cuentan entre los de más largo curso y más amplia cuenca de toda la costa peruana sino que se encuentran ubicados en el área geográfica de mayor impacto

Habida cuenta de esas dos poderosas razones, alcanza a entenderse porqué muestran una altísima relación entre sus descargas anuales y la ocurrencia del fenómeno, cualquiera sea la magnitud de éste. El Gráfico N° 10 no deja dudas a ese respecto. Sin excepción, en 48 años de registro, el Tumbes y el Chira han incrementado significativamente sus descargas en todos y cada uno de los once fenómenos experimentados.

La cercanía física del Chira con el Piura permite suponer que éste también responde con gran sensibilidad a la presencia del fenómeno océano–atmosférico del Pacífico Sur.

Hay en todo caso la evidencia de cuánto se agigantó durante la ocurrencia del intenso fenómeno de 1983. En efecto, mientras su descarga anual alcanza en promedio 1 000 millones de metros cúbicos 66, ese año, sólo en el período enero junio, aforó 10 955 millones de metros cúbicos.

Pues bien, como también ocurre en el caso de las lluvias, en el de las descargas de los ríos resulta también de enorme importancia conocer sus picos máximos de descarga diaria, pues son éstos y no tanto la magnitud del volumen anual que transportan, los que dan lugar a los catastróficos desbordes que inundan campos de cultivo y ciudades.

Se sabe por ejemplo que el río Piura registró una descarga extraordinaria de 3 500 m3/seg en 1983, que sin embargo fue superada por la de 4 424 m3/seg que se registró el 12 de marzo de 1998. Y fue precisamente en esas circunstancias que se llevó de encuentro el tercio central de un enorme puente de concreto, inutilizándolo del todo.

Puede suponerse que ese mismo año en las riberas del Chira debió experimentarse una similar zozobra, en tanto que de enero a abril fluyeron 17 500 millones de metros cúbicos y apenas 1 288 en los otros seis meses del año.

Considerando siempre lo que ocurre en la vertiente occidental de los Andes, la descarga de los ríos de la costa peruana es producto tanto de las precipitaciones que se dan en las partes bajas de los valles (cuando el fenómeno océano–atmosférico del Pacífico Sur rompe el fenómeno de inversión térmica) , como de las que se dan en las partes altas (por encima los 1 000 metros de altitud sobre el nivel del mar, donde –como se ha visto en el Gráfico N° 3–, no se da esa anomalía en la gradación térmica) . Y estos últimos son precisamente los territorios donde se forman y adquieren mayor caudal esos cursos de agua.

Woodman afirma que, en presencia del fenómeno océano–atmosférico del Pacífico Sur, cuando a nivel del mar aún faltan 1–2 °C en la temperatura superficial del mar para que se desate el proceso de lluvias, se dan ya precipitaciones en las partes altas de los valles, entre los 1 000 y 3 000 metros sobre el nivel del mar, que es donde forman su caudal los ríos de la costa y donde se generan las grandes y destructivas avenidas de piedra y lodo (huaycos) .

Por lo demás, en los últimos y más intensos eventos de este siglo (1971–72, 1982–83 y 1997–98) , tanto por las lluvias de las zonas bajas como por las de las zonas altas de la costa, se forman pequeños y medianos nuevos cauces transitorios (como el que resultó denominado “río Loco”, que en 1983 inundó el bosque de Batangrande, en Lambayeque) , se llenan de agua muchos de los que se daba por secos para siempre (como el Cascajal, en Piura) , y llegan al mar otros que durante mucho tiempo habían dejado de hacerlo (como el río La Leche, en Lambayeque) .

La cuarta de las más obvias manifestaciones circunstanciales y transitorias del fenómeno en las costas tropicales sudamericanas es la elevación del nivel del mar. No sólo por la adición de las grandes masas de agua que llegan desde el Pacífico Occidental, sino porque siendo calientes tienen mayor volumen que las aguas frías.

Como se ha visto en el Gráfico Nº 11, es precisamente durante la ocurrencia de los fenómenos más severos cuando más se eleva el nivel medio del mar. En el caso del Callao llega pues a estar hasta 35 cm por encima del nivel “normal” y hasta 50 cm por sobre el nivel más bajo registrado (en 1975) .

Y como ya puede suponerse, la elevación del nivel medio del mar es aún más pronunciada en la zona norte del Perú, allí donde el fenómeno se presenta en su máxima intensidad.

Así, entre setiembre de 1982 y enero de 1983 y de marzo a junio de 1983 el nivel medio frente a Paita se elevó hasta llegar a estar 50 cm. por encima de su nivel “normal”.

No es difícil advertir que la elevación del nivel medio del mar constituye también una seria amenaza. No sólo porque queda inundada una amplia faja que normalmente está descubierta, acercándose peligrosamente el mar a muchas instalaciones. Sino porque al ser rebalsados los taludes naturales, llegan a inundarse grandes áreas cuyas cotas quedan por debajo del nivel del mar, como ha ocurrido en diversas ocasiones en el litoral de Tumbes y Piura, y en particular en el desierto de Sechura.

La elevación del nivel del mar representa además un grave riesgo contra las instalaciones portuarias, que quedan expuestas a empujes significativamente más grandes. Y muchos muelles artesanales y de recreo corren incluso el riesgo de quedar bajo las aguas.

La quinta de las manifestaciones más evidentes del fenómeno, y específicamente en las costas peruanas, es la formación de lagos y lagunas de vida más o menos corta en el desierto de Sechura.

Son el resultado de las anómalas y copiosas precipitaciones en el desierto, de la formación de nuevos cursos de agua y/o el llenado de quebradas y viejos cauces que llegan desde las faldas de la cordillera y que sólo en estas excepcionales circunstancias llegan hasta el mar (como en el caso de los ríos Cascajal, Olmos, Motupe y La Leche) , e incluso del desborde de los taludes de arena y consecuente incursión de aguas del océano.

Al iniciarse el proceso de lluvias durante el fenómeno puede percibirse hasta 9 lagunas distintas: Ñapique y Ramón, en el extremo sur del valle del Bajo Piura; Salinas de Sechura, Chocol, Sapayal y Namuc, en pleno desierto; Reventazón y Salinas de Mórrope en la misma costa; y la que se forma en la Gran Depresión del desierto de Sechura cuyo fondo está a 34 metros por debajo del nivel del mar.

En los grandes eventos de 1983 y 1998, salvo la de la Gran Depresión, que quedó aislada, el resto de las lagunas dio paso a la formación de un gran lago de hasta 200 kilómetros de longitud y 25 de ancho, por lo que se constituye, transitoriamente, en el segundo lago más grande de Sudamérica (después del Titicaca) . La evacuación de las aguas a través del estuario de Virrila impide que el lago adquiera aún mayores dimensiones.

Salvo las lagunas San Ramón y Ñapique, de vida más prolongada, la del gran lago, primero, y la de las pequeñas lagunas que van quedando, después, a lo sumo se prolongan entre 12 y 24 meses. Y es que la evaporación mina el nivel de las aguas hasta en un centímetro por día en las jornadas más ventosas del verano.

No puede sin embargo concluirse este recuento sin hacer mención a la sexta de las más visibles manifestaciones del fenómeno océano atmosférico del Pacífico Sur: la simultaneidad de lluvias y sequías en áreas distintas del territorio andino y, como se ha adelantado, del planeta. Pero aun cuando el fenómeno es de viejísima data y en consecuencia tiempo es lo que más ha habido en el Perú no existen todavía estudios que demuestren bien el irregular impacto del fenómeno en todo el territorio.

“Con excepción de Puno –reconoce Woodman–, no existe una relación estadística clara entre El Niño y la precipitación en la zona central y en la vertiente oriental de los Andes”.

“En el caso de Puno agrega más adelante, se notó una correlación negativa (sequía) con El Niño de 1983...”.

Y en efecto, como se ha visto en páginas anteriores, en diciembre febrero 1982 83, las precipitaciones en Puno se redujeron al 32 % de lo “normal”, constituyéndose en la peor sequía en 50 años: 2 millones 600 mil cabezas de ganado tuvieron que ser sacrificadas en la dramática escasez de agua.

Sin duda la relación “lluvias en la costa norte sequías en la Cordillera” durante el fenómeno amerita ser profundamente estudiada, porque mal pueden desconocerse los datos que ofrecen las propias estadísticas oficiales.

Pues bien, todo lo que venimos revisando en las últimas páginas es el resultado de la utilización actual, tanto de modernos criterios científicos, como de los sistemas de control y evaluación más sofisticados.

¿Pero algo alcanzaron a comprender acaso los antiguos habitantes de las costas ecuatoriales sudamericanas, en Ecuador y Perú? Tal parece que sí, y en torno a la afamada concha Spondylus giraría precisamente la cuestión. No obstante, casi toda la historiografía tradicional ha atribuido la sistemática presencia del Spondylus en el territorio andino, incluso durante la vigencia del Imperio Chavín, a razones que supuestamente tendrían un carácter exclusivamente religioso.

Así, hoy, científicos como Díaz & Ortlieb textualmente expresan “la presencia de ejemplares de esta especie en sitios arqueológicos refleja el valor cultural de estas conchas...”.

El historiador ecuatoriano Jorge Marcos, sin embargo, postuló ya en 1979 una tesis sumamente distinta y por demás sugerente, observando el trabajo de los antiguos y tradicionales pescadores submarinos del golfo de Guayaquil, que se sumergen sin otro auxilio que el de sus pulmones.

Marcos “descubrió” como también mostramos en la primera edición de Los abismos del cóndor que sólo alcanzan a extraer piezas de Spondylus cuando la temperatura superficial del mar se manifiesta anormalmente alta.

Ésa, pues, la constatación objetiva y sustancial.

Y dedujo que, en razón de las mayores temperaturas a que da origen el fenómeno “El Niño”, el Spondylus migra desde las partes más bajas del océano hacia capas que están al acceso de los buceadores.

Seguramente los especialistas observarán –u objetarán– que, en todo caso, se trataría, más bien, de una migración horizontal, desde las siempre más cálidas costas panameñas, colombianas e incluso del norte de Ecuador.

Lo sustancial sin embargo sigue en pie: el Spondylus sólo está al alcance de la mano durante el anormal calentamiento del océano (que genera las condiciones para las lluvias en el área) .

No obstante, la principal conclusión de Marcos fue que los especialistas hidro–meteorólogos de la antigüedad, incluso de Chavín, habrían también advertido esa importantísima relación.

Así, con el Spondylus en la mano, o en ausencia de él, estaban en condiciones de advertir, con meses de anticipación, si habría lluvias o sequía, sobre todo en los valles de la costa. ¿Podrá algún día probarse esta hipótesis histórico–científica? ¿Vamos a seguir creyendo que los antiguos peruanos simplemente rezaban al Spondylus clamando por lluvias? Como muestra el Gráfico N° 12, la temperatura superficial del mar (TSM) resulta, por sí sola –sin mediar sofisticadas boyas electrónicas y menos costosísimos satélites artificiales– una importantísima advertencia temprana sea de lluvias o de sequías. Hasta podría decirse: el fenómeno se advierte en setiembre.

De ese gráfico se deduce también que el 71% de los años la TSM (en Chicama) “advierte” certeramente, ya en setiembre, cuál será la correspondiente en el mes de febrero que se avecina, o, si se prefiere, en el verano siguiente. Ya sea porque cuando es baja, más baja de lo “normal”, tempranamente advierte de un verano frío y con pocas lluvias; o porque cuando es alta, más alta que lo “normal”, anticipa uno caliente y con lluvias. E incluso de las probables gradaciones que habrán de presentarse. En octubre y noviembre son incluso más certeros los anuncios. Y resultan, no obstante, “advertencias todavía tempranas”.

¿No habrían dominado también los antiguos peruanos ese simple y empírico método de anticipación hidro–meteorológica, que “sólo” falla en tres de diez casos? ¿No era suficiente termómetro la piel de los navegantes de los caballitos de totora de Trujillo, o la de los navegantes en balsa de Piura y Tumbes? ¿Y no bastaban sus observaciones en torno a las poblaciones de aves, tanto de las playas como de las islas cercanas que frecuentemente visitaban? ¿Y la pesca de especies que sólo aparecían cuando se incrementaba la calidez de las aguas? En fin, quizá la arqueología pueda finalmente acoger o desechar la hipótesis.

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