Fundamentos de valoración de empresas

 

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Una revisión de la Economía dominante

Alfonso Galindo Lucas

Capítulo VIII

SITUACIÓN DE LA MANO DE OBRA

La sociedad del conocimiento

En la bibliografía crítica de la reciente historia, se detectó un cambio de criterios de dominación social, en función de la era tecnológica en que entrábamos. Se defendía la idea de una “transición desde el dominio técnico hacia la dominación social” (Bourdieu, 1989), que hoy podemos identificar con la instauración del conocimiento como instrumento principal de dominación. Como diagnosticó Huxley, a principios de los 50, se nos induce a amar nuestra esclavitud “en los actuales estados totalitarios [mediante] los ministerios de propaganda, los directores de los periódicos y los maestros de escuela”, pero en su época, los métodos aún eran toscos.

El .trabajador de conocimiento. de Drucker (p. 253 y ss.) no sólo participa en la creación de valor económico, sino en el mantenimiento y justificación de un sistema sociopolítico acorde con las nuevas relaciones en el sistema productivo. Su parte en el contrato social .'contrato global'. tiene un componente computable en el Valor Añadido agregado o Producto Interior Bruto y también le compromete a la custodia y salvaguarda del propio contrato.

El trabajo intelectual fue identificado como principal recurso productivo de la “sociedad del conocimiento” en Drucker (1989, p. 263 y ss.). Especialmente paradigmático es aquél que se contiene en los denominados “Sistemas Expertos”, que consisten en dotar a una máquina cibernética de datos y algoritmos que le permiten, mediante “redes neuronales” u otros mecanismos, dar respuesta a realidades contingentes, casos concretos. Esto permite que se materialice el conocimiento más allá de su original poseedor, de forma intemporal y más fácilmente apropiable, almacenable y mejorable. De forma opuesta al modo en que la Revolución tecnológica de carácter Industrial, en torno a 1870, permitió a los procesos de producción sustituir “mano de obra” por capital; un siglo después, la revolución tecnológica de la “Sociedad del Conocimiento” busca la creación de valor contratando “trabajo intelectual” y extrae plusvalía a un nuevo proletariado. Desde 1973, el elemento de riesgo introducido en el coste de los combustibles hizo que se empezase a sustituir factor capital (reconversiones) por trabajo, pero para eso era necesario crear una situación de precariedad que desmantelase el entramado de derechos obtenidos por los obreros fabriles.

La incorporación de la mujer, menos conflictiva, era imprescindible para inundar los mercados de mano de obra y esta necesidad alentó el feminismo institucional, que llegó al punto ridículo de incluir modificaciones políticamente correctas en un lenguaje como el castellano y a promesas electorales que incluyen la composición paritaria de futuros órganos de gobiernos. La mano de obra femenina era una solución ideal, que ya se usó en las fábricas, pero que ahora estaba más que justificada por la naturaleza intelectual de los puestos de trabajo. Además la reducción de dedicación de la mujer a su hogar crea nuevas necesidades de consumo.

Otro elemento de precarización laboral lo constituyeron las leyes de extranjería, que se analizan más adelante. Se trata de medidas que son percibidas como protectoras del empleo, pero que juegan en contra de los niveles salariales.

Otros medios de explotación más recientes son la falacia de la formación profesional y la del voluntariado. En el plano académico, esta nueva definición de puestos de trabajo hizo que los factores productivos antagónicos, capital y trabajo, se confundiesen en forma de recursos productivos, cuando se trata de trabajo intelectual.

Al incluir esta prestación laboral en el concepto de activo intangible, se presenta una dificultad en relación con el tema de la apropiación del conocimiento: “Si estamos hablando de conocimiento del que son portadoras las personas,... el conocimiento es un activo de los trabajadores y no... de la empresa” (Salas, 2001, p. 11). A menos que el capitalismo actual no termine por hacer obligatoria para el trabajador la relación de dependencia laboral45, la libertad que tiene el trabajador para abandonar la empresa es un argumento fulminante a favor de la prudencia valorativa para la empresa que utiliza sus servicios como input.

Sin embargo, en términos agregados, el trabajador siempre estará en la “economía del conocimiento”. No es menos cierto que su conocimiento valdrá menos fuera que dentro de su empresa original y, debido a su falta de especificidad, pasaría de ser un recurso a un factor productivo, pero siempre es defendible que la experiencia que el trabajador ha adquirido en una empresa concreta le hará fácilmente aprensible el funcionamiento de otra.

Por la primera razón, se puede estimar bastante reducida la probabilidad de que el trabajador de conocimiento abandone la empresa y debido a la segunda, que la empresa deje escapar fácilmente a un empleado antiguo que haya recorrido un cierto itinerario promocional. Por lo tanto, valorar los intangibles en términos de probabilidad no sólo no implica actuar al margen del Derecho laboral, sino que obedece a una situación real aplicable a aquellos servicios que dentro de la empresa se prestan con carácter personalísimo. La fidelidad del empleado, como la del cliente, constituye, desde este punto de vista, un contrato tácito o implícito y, en último término, un activo. “En la medida en que los conocimientos generan rentas... son... activos de la empresa” (Salas, 2001, p. 4).  

 

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